¿Y qué pasa con las vidas amarillas?

21 Mar

De la visibilización planificada del racismo

No es necesario hurgar en las estadísticas, para notar a simple vista que, si un policía norteamericano se “extrema” en sus deberes y ejecuta a un ciudadano negro durante sus arrestos, las probabilidades del escándalo social serán mayores que si la víctima hubiera sido eso que en Estados Unidos se codifica como hispano, blanco o asiático. Y es que el ser victima de un acto motivado por odios generalizados, parece ser un privilegio del que solo gozan las personas negras y si acaso aquellas que sin serlo se enamoran de quienes tienen genitales idénticos. Esto es a juzgar por lo que se ve de primera en los medios, otra cosa es lo que se descubre analizándolos con una lupa.

Es lo que denomino la visibilización planificada del racismo, un racismo, cuya versión invertida ha sido convertida en mala palabra por los inquisidores de lo políticamente correcto y que a veces solo sirve para encubrir el mal funcionamiento las instituciones, en este caso de una de las que en principio detenta el monopolio de la violencia, al servicio del estado, más que del ciudadano, aunque el cine con sus películas de ladrones y policías nos diga lo contrario.

Y así como la ideología feminista sesga en número de mujeres que han sido asesinadas, para construir eso que llaman “feminicidio”, es decir mujeres que muertas por el simple hecho de ser mujeres en abstracto, creando el dato que legitima su relato; el antirracismo oficial, asegura que cuando la víctima de un atropello, es negra, la causa de este ha sido el color de su piel, y no porque “le tocó” como estadísticamente le había tocado a cualquiera, no importa su color, colocado en la misma situación.

El caso es que siempre que se privilegia la tragedia un tipo de víctima, el fenómeno se realiza a costa de oscurecer, la tragedia de otra clase de afectados.

Cuando el color de piel es otro

Lo paradójico de todo esto es el modo evidentemente racilizado en que se administra en enfoque sobre los crímenes “racistas”, al punto de que el mundo entero está alarmado con lo que pasa con los afroamericanos norteamericanos mientras se desentiende de la violencia que se ejerce, por motivos raciales o no, con otros grupos de norteamericanos, un ejemplo es el de los ciudadanos de origen asiático en Norteamérica, de cuya discriminación histórica apenas se tiene noticias, y de la que solo ahora se esa tomando conciencia a nivel universal, más que por lo que nos cuenta la academia o los medios de información que por series de artes marciales n línea o de televisión como  Warrior  emitida en HBO o WU Assassins en Netflix.

El caso es que no se puede tapar el sol con un dedo mientras se intenta desviar la atención hacia otros astros del firmamento. El escándalo del del rechazo a los antiguamente llamados pueblos mongoloides ha estallado y no precisamente en relación con el llamado virus del Partido Comunista Chino.

El detonante ha sido un asesinato múltiple que acaba de tener lugar en el condado de condado de Cherokee, en el estado de Georgia, la semana pasada. Primero la policía recibió la denuncia del asalto a un centro de masajes de la localidad donde tres mujeres fueron encontradas muertas por heridas de bala., luego encontraron otra mujer que parecía haber recibido un disparo mortal, dentro de un Centro de Terapia de Aroma otro lado de la calle. Posteriormente tuvo lugar un tercer crimen a unos 50 kilómetros de los primeros en los que cinco personas recibieron disparos en un salón de masajes asiáticos, aquí dos de las víctimas murieron de inmediato y tres fueron trasladadas a un hospital local donde dos también murieron.

La Oficina del Sheriff del Condado identificó como sospechoso de todos los ataques a Robert Aaron Long, joven de 21 años, residente en Woodstock. El inculpado ha intentado evadir el tema de la motivación racista culpando su “adicción sexual”, como razón de los crímenes.

Así la causa de la masacre podría ser pues la habitual cosificación de la mujer asiática en las páginas pornográficas, algo contra lo que apenas protestan su “sorosas” hermanas feministas. Estas, por el contrario, fomentan la atracción de los hombres occidentales por las mujeres orientales convertidas en la última reserva de feminidad en tiempos de masculinización generalizada de la mujer de origen europeo, entre otras cosas gracias a su adoctrinamiento por el feminismo.

El caso es que la condicia de la asiática, cual fruta prohibida de placer está al orden del día, a lo que contribuyen no solo los centros de masajes y las publicaciones pornográficas sino incluso, series con motivos asiáticos antes mencionadas. Eso a pesar de respirarse en esos materiales audiovisuales cierto tufillo se supremacismo entre sus protagonistas, que no por defensivo, bien pudieran ofender a sus espectadores euroamericanos por no hablar de lo que debería preocupar al antirracismo administrativo, algo que lo tiene sin cuidado.

El morbo como explicación

Siguiendo con Robert Aaron Long, los medios locales a diferencia de otros casos de crímenes de odio, se han tomado muy en serio las motivaciones alegadas por el criminal, haciéndose eco de las mismas, según estos  el sospechoso de las masacres este le dijo a la policía que había sido cliente de dos de los spas a en los que había disparado, y que tenía una guerra personal contra la pornografía por lo que bloqueó varios sitios web en su computadora y que había buscó ayuda en una clínica de rehabilitación cristiana.

Y ha sido el punto religioso donde se han enfocado medios importantes como el New York Times, buscando, entre otras explicaciones, las razones del crimen en la cultura evangélica conservadora norteamericana. Pero no tanto en los valores de supremacismo blanco que le caracterizara hasta mediados del siglo pasado, sino en su lucha contra el pecado, concretamente contra el deseo libidinal inadecuado, es decir el que se ejecuta fuera del matrimonio heterosexual, enseñando a las mujeres a “odiar sus cuerpos, como fuente de tentación”, y a los hombres a “odiar sus mentes”, cuando los llevan a la lujuria y la inmoralidad.

El caso es que se está hablando mucho de la pornografía como uno de los causantes de la masacre, pero poco o nada del retorcimiento de las relaciones sexuales que ha traído la destrucción de la familia tradicional y con ella el aislamiento por igual de hombres y mujeres, obligados a buscar la solución de sus necesidades sexuales por las vías más pervertidas, algo que no solo debería importar a las iglesias, sino a la sociedad en general.

El caso es que cuando una negra o un negro son asesinado ningún medio se pone a buscar las cinco patas al gato para dar con explicaciones eróticas del crimen, como si ocurría cuando los muertos en series eran mujeres blancas y se ve ahora con victimas asiáticas.

Los asiáticos en USA, victimas como cualquier otro hijo de vecino

Pero no todo el mundo se ha tragado la explicación “freudiana” de esos asesinatos, promovida por los mismos medios que desencadenaron auténticas insurrecciones urbanas, al poner el grito en el cielo tras la asfixia, manos de las policías del afroamericano, George Floyd, el 25 de mayo de 2020. Sectores de la población fundamentalmente asiática ya han comenzado a movilizarse por su cuenta, obligando al gobierno demócrata a reaccionar.

EL viernes 19 de marzo, la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, de raíces afroasiáticas, y el mismo presidente Biden visitaron Atlanta, condenando en la capital de Georgia, que otro remedio le quedaba, la existencia de racismo, xenofobia y sexismo en el país.

Al día siguiente, el sábado, cientos de personas se concentraron cerca del Capitolio estatal de Georgia, con carteles exigiendo el fin del odio contra los asiáticos.

En Nueva York, otros cientos de manifestantes se congregaron en Times Square para marchar desde allí al Chinatown de Manhattan. Algo similar ocurrió en el recurrido cinematográficamente barrio chino de San Francisco en California escenario parecidas protestas, las cuales que también tuvieron en Pittsburgh Pensilvania, encabezadas allí por la actriz Sandra Oh, hija de inmigrantes surcoreanos.

Sin embargo, el apoyo mediático de estas protestas podría considerarse mínimo, sobre todo se le compara con el modo en que los medios abordaron las muertes de afroamericanos durante el mandato de Trump.

Los motivos son dos: el primero el de no empañar la gestión interna del flamante presidente Joe Biden. Dos ayudarle en su intento de reconstruir las relaciones shino-norteamericanas, duramente afectadas por su predecesor. El colmo del desvío de la atención por parte de la prensa establecida es que se acusa a la ya olvidada retórica de Trump contra el virus chino de la sinofobia rampante en el país.

Sin embargo, el odio al chino y al asiático en general -una bolsa en la que lo mismo se coloca a un vietnamita que a un hindú o paquistaní-, tiene larga data, en la nación norteamericana, tal y como ve en las series de artes marciales al estilo de Warrior o Guerreros Whu.

Por supuesto una cosa es cuando el asiático era odiado, por la clase obrera norteamericana, como por su condición de mano de obra barata lo que ke convertía en competidor desleal ante el mercado del trabajo y otra es la que se siente hoy no solo por esa misma clase, sino las clases medias frente a lo que algunos consideran el mito, de la ‘minoría modelo’.

El hecho es que en el imaginario del norteamericano común se ha creado una imagen que cierta o no, resulta es perjudicial para sus conciudadanos de origen asiático. Un fenómeno paradójico en el que al tiempo que se le reconoce a esta comunidad privilegios de clases en base a su alto nivel socioeconómico y educación, se les niega la capacidad de ser objeto de discriminación. Emulando en este sentido al blanco, el cual es percibido como clase dominante desde una visión vulgarmente marxista, no puede ser concebido jamás como otra víctima de la discriminación, ni siquiera de un comprensible odio racial histórico.

Al margen de lo ilusorio que esta idea, hay que reconocer que no a todos los asiáticos les va tan bien en Estados Unidos los estadounidenses de origen asiático experimentan la mayor brecha de desigualdad de ingresos como grupo étnico y racial en los EE. UU. En la Ciudad de Nueva York los inmigrantes asiáticos tienen las tasas de pobreza más altas de la ciudad.

Osea que, sociológicamente, no hay nada que invalide la necesidad que un movimiento que rece, “la vida amarilla también vale”, otra cosa es que al establecimiento norteamericano le convenga alzar una bandera tal escandalosa en tiempos de una administración demócrata que para colmo anda en coqueteos con el país más poderoso del continente asiático.

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