¿Cuán marxista puede ser el marxismo cultural?

1 Jul

“La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx.”
Prólogo de Federico Engels a la edición alemana del Manifiesto Comunista, firmado en Londres, 28 junio 1883.

¿Entendemos lo mismo cuando hablamos de Marxismo?

EcuRed define al Marxismo como “Doctrina revolucionaria de Marx y Engels; constituye un sistema íntegro y armónico de concepciones filosóficas, económicas y político-sociales”. La enciclopedia oficialista cubana, califica así mismo al Marxismo como; “superación del modo de producción capitalista, es Revolución, es cambio, y no sólo de crítica del capitalismo real. El Marxismo, en sentido práctico, es también encarar el reto de superar la propiedad privada y la cultura mercantil capitalista que ésta genera.

Por lo visto el marxismo es teoría y a su vez su antítesis, práctica social. La confusión está servida en esta definición polisémica y plagada de errores formales que, de su propia doctrina, nos dan los marxistas cubanos. Sin embargo, ella nos indica una de las peculiaridades del marxismo en general; la de haber degradado de su condición original de doctrina trasformadora, a discurso legitimador de una acción políticas, cuyos propósitos y sobre todo resultados, poco o nada tiene que ver con lo que predica. Así cualquiera puede calificarse de marxista.

Hablar pues de marxismo, y para colmo apellidarlo “cultural” es adentrase en un pantano o si lo prefieren en un campo minado en el terreno de las palabras. Intentemos atarnos algo concreto para entender de que estamos hablando, cuando hablamos de Marxismo. Acaso pueda servirnos de asidero una parte de la biografía ideo política del propio creador, aquella parte en la se establecen los cánones de esa concepción tal y como la entendemos hoy.

Carlos Marx, nació el 5 de mayo de 1818, en Tréveris, Alemania, se formó en las Universidades de Bonn y Berlín, donde se incorpora al llamado grupo de “jóvenes hegelianos”, muchos de los cuales habían asistido a las lecciones de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, en la Universidad de Berlín. Veamos lo que aprendieron.

Para Hegel, la naturaleza e historia se unifican en la Realidad, cuyo devenir dialectico es reflejado por el pensamiento. Pero si la naturaleza es como es y la función del espíritu respecto a ella es conocerla. Cuando se habla de historia, donde negatividad e innovación son esenciales tenemos un cambio, donde el espíritu solo existe en tanto se conoce, es decir donde la conciencia se convierte necesariamente en objeto de sí misma para poder actualizarse en la realidad. Este autoconocimiento se obtiene gracias al trabajo humano. Para Hegel la historia es además el sitio donde se expresa lo que él llama “el absoluto”; interpretación de Dios lo hace inmanente al mundo y no trascendente respecto al mismo, en el que razón, espíritu e idea se convierten en sinónimos. De aquí que todo lo real sea racional, que el deber ser y el ser coinciden, siendo pues tarea de la filosofía, hacer las paces con la realidad no diciendo como tiene que ser, sino comprendiéndola.

Es así como la filosofía juega un papel privilegiado en el proceso de autorreconocimiento y objetivación del espíritu humano. En esta lógica, el Estado aparece como resultado de una oposición conflictiva entre la ley de la familia y la ley de la comunidad, un proceso de oposiciones en continua superación.

En consecuencia, Hegel no busca un nuevo “deber ser” en lo que a política se refiere, sino comprender lazos humanos que van desde la familia, pasando por sociedad civil, para llegar al Estado, el cual es comprendido en su devenir contradictorio, como el poder abstracto que nace de la racionalización de la sociedad.

Es aquí, en el Estado como máxima expresión del espíritu objetivo, donde alcanzan su realidad efectiva y su contenido concreto los conceptos de persona y propiedad.

Influidos por su maestro, pocos de aquellos hegelianos llegaran los extremos de Marx y Engels; a desechar la mayor parte de la teoría hegeliana sobre el Estado, para involucrarse en los movimientos revolucionarios de naturaleza fundamentalmente liberal que entre las décadas del 1830 y las de 1840 azotaron el continente apoyados desde Inglaterra.

Y si la máxima de Hegel era aquella de “lo real es lo racional y lo racional es lo real” la lectura de sus discípulos más radicales, entre ellos Marx, fue la de que el presente se había vuelto irracional y por tanto debería transformarse para conseguir una nueva realidad que a su vez fuese racional. Desde entonces esa ha sido la visión de los marxistas en la oposición, una visión que se invierte radicalmente una vez que alcanzan el poder.

Marx egresa de la universidad con una tesis sobre el materialismo griego pero observado desde la perspectiva idealista que todavía le acompaña como buen hegeliano que era, aunque de izquierda: La diferencia entre la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro.

A fines de 1842, se traslada a Colonia, donde se convierte en redactor jefe del diario La Gaceta Renana, beneficiándose de la relajación de la censura. Pero ya, en el mismo año se inician las presiones sobre la prensa liberal, por parte de un estado prusiano cada día más conservador y cristiano.

En paralelo el joven Marx se van radicalizando y como otros jóvenes hegelianos, influenciados por la visión idílica de lo que fue La Revolución Francesa, cuestiona aquel movimiento como negación, de un régimen constitucional que muchos de aquellos habían favorecido y que les hace repensar las doctrinas sociales hegelianas de las que partían.

En el caso concreto de Marx, éste pasará en filosofía del idealismo al materialismo, y en política de la fe proyecto liberal de democracia a la confianza de que la solución de los males de su época radicaba en una revolución de corte comunista, inevitable por demás, en su condición de necesidad histórica, predeterminada por causas materiales y no de la evolución de la razón universal materializada en el sacrosanto estado Prusiano.

A principios de 1843, el gobierno cierra La Gaceta Renana. En consecuencia, Marx se traslada a París, donde, en compañía de Arnoldo Ruge publica el Deutsch-französische Jahrbücher (Los Anales Franco-Alemanes). Solo sacan un número, pero les fue suficiente para dar guerra, dentro y fuera de Alemania. Arnold Ruge (1802-1880), era otro del hegeliano de izquierda cuya defensa de la república democrática burguesa ya comenzaban a chocar con las tendencias socialistas de Marx, pero al menos en esta etapa podían colaborar.

Pese a la corta vida del proyecto, los materiales publicados en Los Anales permiten comprender la radicalización escalonada del pensamiento del joven Marx y aunque todavía utiliza nociones hegelianas, no solo incorpora al proletariado como parte de la sociedad civil, sino que lo concibe como la clase revolucionaria que emancipara a la humanidad.

Aquí Marx intenta superar la oposición hegeliana entre Estado y sociedad civil, quitándole la primero el monopolio sobre la unidad y la racionalidad, sobre la idea de que el Estado en realidad vive sometido a los intereses de uno de los grupos que conforman la sociedad civil. Y si para Hegel la burocracia estatal era una clase cuyos intereses representan los de la sociedad como un todo, para Marx, esa condición de clase universal la ocupará el proletariado. Es también el espacio para atacar crudamente a la religión, como opio del pueblo y cuya crítica debería pasar de la teología a la política.

Otro tema vinculado a la religión, pero en su condición de señal de identidad, lo tenemos en el trabajo Sobre la cuestión judía, escrito por Marx en respuesta a las ideas del líder de los Hegelianos de izquierda, el teólogo y filósofo Bruno Bauer.

Se estaba debatiendo por entonces la cuestión de si un estado cristiano como lo era entonces el Prusia debía eliminar las restricciones a la participación judía en las instituciones civiles. Mientras que los liberales abogaban por la llamada emancipación, los conservadores defendían la exigencia de lealtad confesional exclusiva dentro del estado. Para Bauer de lo que se trataba por parte de los cristianos era de defender privilegios usando religión como criterio; pero también criticaba a los judíos y sus partidarios por reclamar la libertad sobre la base de una identidad religiosa particular, algo que recuerda mucho lo que se ha incentivado hoy día por el llamado marxismo cultural cuando enarbolas el tema de los derechos particulares de determinados colectivos, étnicos o sexuales.

Según Marx el error de Bauer reside en que somete a crítica solamente al Estado cristiano y no al “Estado en general”, en que no investiga la relación entre la emancipación política y la emancipación humana. Es en ese mismo Paris, donde Marx conoce a alguien fundamental en la conversión de sus ideas en auténtica doctrina de masas, el empresario, ex militar y teórico Friedrich Engels, hijo de familia adinerada propietaria de una industria textil. En este capitalista socialista Marx encontrara, un amigo, un colaborador, su mecenas más conocido, y hasta su encubridor cuando seduzca y embarace a la sirvienta.

Por lo visto todavía en esta nueva etapa Bruno Bauer, seguía siendo el motor inspirador de Marx. En compañía de su nuevo amigo Engels, Marx escribe en 1844 un libro contra Bauer que será publicado a fines de febrero de 1845 en Frankfurt am Main. El título por el que le conocemos es el de La Sagrada Familia, añadido por sugerencia del editor, un tal Lowenthal, en referencia a los hermanos Bruno y Edgar Bauer, así como a sus seguidores. El objetivo de la obra era arremeter contra la crítica baueriana al cristianismo, de ahí la continua critica a la crítica hace parecer al texto, ya de por si complicado con su carga de ironías, un verdadero galimatías. Aun así, los epígonos de Marx le reconocen gran mérito a este trabajo en cuanto critica al materialismo mecanicista; abordando la importancia de las relaciones de producción, aunque sin arribar todavía al tema de la llegada ineluctable del comunismo.

Tras el fracaso de los Anales, Marx intenta sacar un periódico dirigido a los trabajadores, se titulaba Vorwärts (“Adelante”), pero al salir sin previa autorización oficial, dio el motivo que necesitaba el ministro de Interior para decretar su expulsión de Francia. Por ese motivo, en febrero de 1845, Marx tiene que dejar París para instalarse en Bruselas, donde él y su familia sobrevivían de las ayudas de Engels, sus amigos y seguidores en Alemania que le permitieron salir a flote.

En Bruselas, Marx preparó, con Engels, dos obras importantes que sólo vieron la luz póstumamente: La ideología alemana y las Tesis sobre Feuerbach; donde desarrollaron la concepción materialista de la historia, como reflejo de sus relaciones económicas y materiales: relaciones cambian que al cambiar generan transformaciones que son lideradas por una clase dominante, así dejaban formulado en términos filosóficos, sino para el público que tardaría en leerles, para ellos mismo, la teoría de un comunismo que consideraban científico.

Al mismo tiempo y a despecho de la visión un tanto mecánica del desarrollo de la historia que se desprendía de esa visión, se asignaron a sí mismos una nueva tarea, la que habían enunciado en la célebre Tesis sobre Feuerbach, que rezaba: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

En consecuencia con esta misión es que en junio de 1845 Marx viaja Mánchester y Londres para establecer contactos entre exiliados alemanes y militantes ingleses del movimiento cartista, creando luego un Comité de Correspondencia Comunista que tejería una red internacional con ramificaciones en Francia, Inglaterra y Alemania, de la que nacerá la Liga de los Comunistas en junio de 1847, el mismo año en que aparece en Bruselas, su obra Miseria de la Filosofía dirigida contra el libro del anarquista y socialista Proudhon, Filosofía de la Miseria.

Como sabemos desde aquellos tiempos, a Marx el único socialismo que le gustaba era el que saliera de su cabeza. Pese a tal arrogancia, el emigrado jugará un papel preponderante en el segundo congreso de la “Liga de los comunistas”, la que le encarga a él y a Engels, la redacción, del famoso Manifiesto del Partido Comunista, como programa de la liga. Con este documento, publicado en febrero de 1848, ya tenemos un referente claro y didáctico de lo que es el marxismo, todo lo que se aparte de lo que se escribe y postula en este catecismo de materialismo histórico, deja de ser marxista, no importa cómo se defina a sí mismo o como le definan sus enemigos.

Sin ánimo de elevar el pensamiento de Marx a los altares de la verdad absoluta, podríamos asegurar que la inmensa mayoría de los partidos, activistas, publicaciones e incluso Estados que hoy se declaran marxistas, poco o nada tienen que ver con lo predicado por el alemán y su amigo Engels en los textos clásicos que hemos citado, en otras palabras; que no existen marxistas de verdad. Y sin marxistas ¿Podrá existir acaso el “marxismo cultural”?

¿Cuán marxista es el primer marxismo cultural?

Podría pensarse que el decir que los marxistas contemporáneos, olvidados como están de casi todo lo que se decía en el Manifiesto, no son marxistas. No se trata ni mucho menos de exculpar al marxismo consecuente por sus pecados, tanto en el proceso del conocimiento como en los hechos, fallos que no son el objeto de este trabajo.

Claro que Marx y Engels, y todos los que siguieron al pie de la letra se equivocaron en mucho. Bastantes errores tuvieron con los suyos para que le endilguemos los que comenten sus herederos, por ejemplo, las viejas estructuras de profesionales del socialismo, lo mismo da si socialdemócratas, comunistas o anarquistas, que hoy están convencidas de que lo mejor es ajustarse a las agendas de un poder universal, que lo mismo saca delincuentes a la calle disfrazados de luchadores sociales, que encierra a todo el mundo en su hogar bajo medida sanitarias cuya justificación científica no está del todo clara.

Pero volviendo al marxismo originario, el único que merece ese nombre. La desnaturalización sufrida a manos de los que hoy se proclama marxistas, incluso de los que lo hacían en tiempos del llamado socialismo real, el fenómeno no es nuevo, no es algo que sólo se reconoce desde adentro, sino algo de lo que la que se percatan inclusos sus enemigos. Por ejemplo, los colaboradores del periódico digital del instituto Mises, enemigo del intervencionismo estatal y promotor del liberalismo económico.

En su artículo ¿Qué es el marxismo cultural?, Publicado en el sitio del Mises, el 21 de junio de 2018, por Chris Calton, aquí se hace referencia a la popularización de la expresión “marxismo cultural”. Esta sería usada de manera peyorativa contra los jóvenes ideólogos de izquierda y los llamados guerreros de la Justicia Social. Aun reconociendo los peligros del abuso de termino, Calton, considera que “marxismo cultural” es una expresión con significado real, derivada de la evolución de la teoría marxista, en la medida que historiadores marxistas se hacían menos ortodoxos, lo que podríamos traducir sin faltar a la verdad como que se hacen menos marxistas.

Sintetizando la teoría marxista, el redactor de Mises, trae a colación un factor de suma importancia, en particular para el marxismo cultural y que no habíamos mencionado antes; la conciencia de clases, que recordemos opera como elemento subjetivo en las transformaciones de la historia, la misma cuyo determinismo ya no es reconocido por los historiadores marxistas.

No está mal, podríamos decir, lo extraño es que se les siga llamando marxista. Tal vez sea porque si bien estén renunciando a las etapas de la historia, como herramienta analítica, no hagan otro tanto con el análisis de clase de Marx. Es aquí donde según Chris Calton encontramos la definición del “marxismo cultural”, para empezar, cita el pensamiento de E P, Thompson, marxista poco ortodoxo que reconoció que la conciencia proletaria no solo está dictada por fuerzas económicas, como planteaba Marx sino también por factores culturales y religiosos heredados.

Para Thompson, la conciencia de clase sería la manera en la que aquella gestionan sus experiencias en términos culturales: encarnados en tradiciones, sistemas de valores, ideas y formas institucionales, lo que el convertiría en marxista cultural o acaso reinventor del marxismo.

Y no era para menos, el viejo militante del partido comunista británico se había traumatizado con las denuncias contra el estalinismo, realizadas en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, en febrero de 1956 y con la intervención soviética en Hungría en noviembre del mismo año.

Al parecer aquello despertó falsas expectativas en el treinta añero comunista inglés.  Existen indicios que el historiador intento una especie de deshielo interno denunciando entre sus compañeros a los jefes del comunismo británico.  Hace pocos años registros desclasificados del MI5 revelaron EP Thompson había escrito en el mismo año 1956, una carta a un funcionario de la organización en Yorkshire. En ella denunciaba del liderazgo de los comunistas británicos, a quienes acusaba de ser despóticos e indignos de confianza. Así mismo los acusaba de que eran conscientes de los crímenes de Stalin mientras engañaban durante década a los miembros de la base difundiéndoles propaganda acrítica e inexacta, así mismo comparaba al comité ejecutivo del partido como sumos sacerdotes con la tarea de interpretar y justificar la Sagrada Escritura emanada de Stalin, en lugar de ser marxistas creativos y capaces de un análisis independiente. Al final daba gracias a Dios que el Comité no tuviera posibilidades de lograr el poder en Gran Bretaña, pues destruiría en un mes toda libertad de pensamiento, conciencia y expresión, que al pueblo británico le había llevado 300 años conseguir.

La resistencia a la ortodoxia soviética dentro del Partido Comunista Británico terminó siendo liderada por E.P. Thompson, en Halifax y por el también historiador y académico John Saville, en Hull. Como parte de su lucha sacan a la luz una publicación periódica no autorizada titulada The Reasoner.

Tras ser llamados a capítulo por la dirigencia partidista y negarse a retractarse, los dos disidentes lanzaron en 1957 The New Reasoner. El impreso que atrajo de inmediato, no solo a los desilusionados con el comunismo británico sino también a personas políticamente pasivas que estaban desilusionadas tanto con el capitalismo como con el comunismo soviético.

Las páginas de The New Reasoner irían de la crítica al estalinismo al leninismo, sin saltarse al trotskismo. Pero la cosa no queda en demoler los fundamentos de sistema soviético, sino que va más allá desarmando el determinismo mecanicista de los propios Marx y Engels.

Del mismo modo, Thompson se pronunciará por un Humanismo socialista, como se titula un artículo en el primer número. Allí desborda la crítica de la represión y el control soviéticos sobre los partidos comunistas, cuestionar al estalinismo como toda una ideología la que debería contraponerse un nuevo tipo de humanismo, que superase la auto alienación propia de las ideologías del capitalismo y el estalinismo.

Con respecto al capitalismo el humanismo socialista debería liberar a los hombres seres creativos de la esclavitud a las cosas, de la búsqueda de ganancias y de la servidumbre a la “necesidad económica”. Por su parte el estalinismo también había ha reducido al ser humano a cosas, mercancías, a apéndices de las máquinas, cuando el deber de los hombres no era ir tras las cosas, sino tras la razón y la conciencia del conocimiento de sí mismos como parte indivisa de la humanidad.

En la revista no solo hubo comentarios filosóficos o políticos, en gran parte debido a la influencia de Thompson, sus páginas siempre estuvieron llenas de contribuciones sobre ‘artes’: poetas de la década de 1930, nuevos novelistas como Doris Lessing y Mervyn Jones, artículos ilustrados sobre artistas desde el poeta, pintor y grabador británico William Blake hasta el pintor mexicano Diego Rivera. Mientras que las portadas que elaboraba para la revista Paul Hogarth, se destacaban por su modernidad. Thompson escribía también sobre temas culturales, lo hacía a veces con pseudónimos, con el objetivo de evitar inundar con su nombre la revista, señal para quienes hemos sido revisteros de que no eran precisamente colaboradores lo que le sobraba a la publicación.

En 1960, la Universities and Left Review (Consejo de Universidades y Revista de Izquierda) se funciona con The New Reasoner para dar nacimiento a New Left Review. El punto que unía a las dos publicaciones eran sus respectivos rechazos de la ortodoxia “revisionista” del marxismo dominante dentro Partido Laborista y del legado del estalinismo en el Partido Comunista de Gran Bretaña.

La publicación se veía a sí misma como el órgano de una amplia organización de la Nueva Izquierda. Sus énfasis estaban en acciones populares sobre cuestiones inmediatas de la política contemporánea. Para lo que era necesario estructurar un movimiento que trascendiera los círculos cultos sobre la base del debate abierto, las relaciones no jerárquicas y las iniciativas sociales desde abajo, en forma comités vecinales actividades culturales y auto educativas etc.

La revista alcanzará connotaciones transatlánticas al convertirse en referente para las llamadas nuevas izquierdas de Estados Unidos. Con el tiempo volverá al redil de lo teórico, lo cual no la librará de grandes conflictos internos e incluso de renuncias de partes de sus redactores. El mismo Edward P. Thompson, terminó rompiendo con la publicación los setenta, a cause de la entrada en la misma de redactores cercanos al trotskismo.

El historiador se había vinculado desde los sesenta a la lucha contra una posible guerra nuclear entre los bloques de la guerra fría, pero en los ochenta su consagración al movimiento por la paz fue tal que se apartó de investigación, incluso se quedó sin carnet de biblioteca. Al mismo tiempo que se Iba desinteresando por en el marxismo como un sistema teórico.

Durante una charla en tiempos de la Thatcher, Thompson, aseguró que si todavía se le relacionaba con la tradición marxista eso se debía a que, en la Gran Bretaña de entonces la prensa popular califica de «marxista» cualquier forma de radicalismo. Aun así, nunca reconocía que nunca dejó de sentirse cómodo con el término «materialismo histórico». Y también con la noción de que las ideas y los valores, están situados en un contexto material y a su vez que las necesidades materiales están situadas en un contexto de normas y expectativas. Igualmente consideraba que categorías provisionales del marxismo como clase o ideología, y modo de producción, aunque complejas todavía eran conceptos creativos. En particular seguía atribuyendo a gran importancia a la dialéctica entre el ser social y la conciencia social, interrelación que a veces preferiría invertir.

No obstante Thompson también criticó en aquella ocasión tradición mencionada recordando las presiones que priorizaban la «economía» por encima de la «cultura»; y la confusión radical introducida por la azarosa metáfora de «base y superestructura». Incluso descubría en los marxismos una definición capitalista, aunque fuera un trastrocada de manera revolucionaria. Tal definición de la necesidad consideraba el teórico británico, en términos materiales económicos impone una jerarquía de causación que da una prioridad insuficiente a otras necesidades como la de identidad de género, la de respeto y posición social entre las mismas gente tes trabajadoras. Y subrayaba que algo que se ha denominado a sí mismo «marxismo» había tenido pocas cosas útiles que decir acerca de grandes problemas del siglo XX.

La Nueva Izquierda

Con el concepto Nueva Izquierda englobamos una serie de movimientos sociales y contraculturales surgidos fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, en Europa y Estados Unidos. Entre los teóricos que la fundamentaron tenemos, además de E. P. Thompson, a C. Wright Mills, así Erich Fromm, y Herbert Marcuse, en quien nos detendremos más adelante. Los dos últimos mencionados habían sido miembros del famoso Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort, escuela que intentó sintetizar el psicoanálisis y los postulados de Marx en lo que se denominó freudomarxismo.

Lo típico de estos grupos era el intento de trascender la focalización tradicional de la izquierda en lucha de clases para reconocer, otras formas de opresión, como podrían ser la de raza y o la de género. Así mismo rechazaban estructuras burocráticas y las formas tradicionales de organización contraponiéndoles formas de acción directa y de democracia participativa. En términos teóricos, la nueva izquierda implicaba una revisión del marxismo. Al mismo tiempo que se presentaba como luchadora contra la posibilidad de una guerra nuclear y anticapitalista.

Como ya vimos con el ejemplo de este. Thompson, en Europa occidental estos movimientos se inician con la recepción del discurso secreto hecho por Nikita Khrushchev al congreso del PCUS en febrero de 1956, revelando los crímenes políticos de Joseph Stalin. Es en ese momento que los disidentes franceses y británicos del comunismo adoptan la etiqueta Nueva Izquierda para denotar su búsqueda de una “tercera vía” el marxismo ortodoxo y la socialdemocracia.

Al mismo tiempo se comienza a prestar una mayor atención a la lucha anticolonialista en el Tercer Mundo, lo que se acentúa con la imagen idealizada de la Revolución en Cuba. Será bajo la influencia de esta que un sector de este movimiento apele a la lucha armada en los setenta, como harían en Norteamérica los Panteras Negras y El Ejercito simbiótico de liberación, en Europa, ETA, Brigadas Rojas, La Fracción del Ejército Rojo o el Ejército Irlandés de Liberación Nacional.

En Estados Unidos, la Nueva Izquierda nacerá del cruce entre el activismo estudiantil y el movimiento por los derechos civiles afroamericano. Es en este marco de revisión que son redescubrimiento de los primeros escritos de Marx, relacionados con el concepto de alienación.

De ellos se sirve esta izquierda, como ya hemos visto con el paradigmático de Thompson, para reorientación del marxismo europeo en sentido humanista.

Al otro lado del océano el mismo concepto de alienación era reelaborado por el pensador Herbert Marcuse, en su libro de 1964: El Hombre unidimensional. Aquí se describen los mecanismos totalitarios con los que la sociedad moderna impide su cambio. Las tendencias totalitarias de la sociedad moderna, unidimensional, como Marcuse la llama, hacen ineficaces las formas y los medios de protesta tradicionales, incluso los vuelven peligrosos, en tanto preservan la ilusión de soberanía popular. Así, «el pueblo» deja de ser fermento del cambio para convertirse en el fermento de la cohesión social, supongo que fuera esta una conclusión extraída de esa experiencia populista que fue nazismo en Alemania.

La esperanza la encuentra entonces el filósofo debajo de la base popular conservadora, el sustrato que en buena medida Marx habría despreciado como parte del lumpen proletariado, es decir el de; “los proscritos y los «extraños», los explotados y los perseguidos de otras razas y de otros colores, los parados y los que no pueden ser empleados”. Se trata de las personas que tienen la necesidad más inmediata de poner fin a instituciones y condiciones intolerables, su oposición es revolucionaria incluso aunque no lo fuese su conciencia. Al golpear al sistema desde el exterior, no podría ser derrotada por el sistema. Se trata solo de una posibilidad, no de un pronóstico.

El filósofo reconoce que la filosofía critica no puede prever el futuro y que las sociedades modernas, son capaces lo mismo de hacer ajustes y concesiones a los parias -que es lo que vemos hoy con los sistemas de asistencias social de los países capitalistas desarrollados- que colocarlos en su sitio con unas fuerzas armadas están suficientemente entrenadas y equipadas para ocuparse de las situaciones de emergencia, algo de lo que debería saber muy bien el antiguo asesor de la Cía., agencia para la que Marcuse trabajó, desde su fundación hasta 1952. Aquí tenemos la evidencia que los padres de aquella nueva izquierda podían colaborar con el sistema al que ella se oponía.

Décadas después, ya bien entrado el siglo XX, los términos de marxismo cultural y nueva izquierda (por más viejas que esta sea) vuelven a estar de moda. Lo que asusta es que se supone practican la gente que dice reclamar justicia social, a menudo sin una definición coherente de la misma, marcadas por un alto grado de intolerancia cuando no de violencia contra todo el que se les oponga, es como si aquellos “proscritos” sobre los que escribía Marcuse, se hubieran liberado de sus cadenas sociales y con fuerza descomunal a pruebas de gendarmes, estuviesen en condiciones de voltear la sociedad.

La respuesta fácil que suele darse es que las izquierdas, una vez fracasado el socialismo real y enfrentadas al mejoramiento del nivel de vida de la clase obrera, bajo las condiciones de un capitalismo amaestrado por el estado de bienestar se quedaron sin sujeto que llevara a cabo la revolución. Es verdad que son las viejas estructuras, partidos, sindicatos y organizaciones no gubernamentales, las que articulan a los nuevos actores revolucionarios, pero también que estos al cambiar los ejes de opuestos, de trabajo vs Capital, por los de hombre versus mujer, blanco/dentro, introducen el conflicto interno en la misma clase, que según el marxismo canónico debería emancipar al resto, la del proletariado.

Un fuerte crítico de este accionar, pero desde una perspectiva opuesta a la marxista tradicional, es Agustín Laje Arrigoni, politólogo, periodista y escritor argentino, coautor junto con Nicolás Márquez de El Libro Negro de la Nueva IzquierdaIdeología de género o subversión cultural. Se trata de una obra emblemática en la crítica de las vanguardias actuales de esta nueva izquierda, como son los movimientos homosexualistas y feministas que se guía por las ideologías de género.

Por cierto, la misma Revolución cubana que tanto inspiró a la Nueva Izquierda, le ha servido como martillo de herejes, es decir del izquierdista nuevo tipo, a los autores de El Libro Negro. En él se recuerda que hay un personaje excepcionalísimo que participa de la vieja y nueva izquierda al unísono Fidel Castro.  Se trata del mismo personaje que en el 2010, durante una entrevista con Carmen Lira Saade “modernizó” reconoció su responsabilidad en la marginación de los homosexuales en Cuba y el envío de muchos a campos de trabajo acusándolos de contrarrevolucionarios. Aquí podríamos preguntarnos qué poderes, los mismos a los que sirven la nueva izquierda, doblegaron a Fidel, que un homófobo todopoderoso como aquel, se vea obligado a retractarse de este y no de tantos otros pecados políticos cometidos durante su largo reinado en Cuba.

De cualquier modo, vale destacar en el libro varios puntos: el más importante excelente recorrido que hace desde el nacimiento del marxismo, hasta los movimientos como el feminismo, devenido en vanguardia del progresismo. De igual modo resulta interesante de la manera en que los autores de valen del caso cubano para exponer el desinterés que existe sobre los derechos individuales de todo un pueblo por los mismos que claman en favor de la normalización homosexual, bandera que gusta enarbolar los militantes de la nueva izquierda en cualquier parte del mundo.

Esta contradicción se manifiesta claramente cuando se organizan en la isla Jornadas contra la homofobia, que lidera una figura comprometida con el comunismo cubano como es Mariela Castro, sobrina del difunto dictador e hija de su sustituto inmediato aparte de su cargo directora del Centro Nacional de Educación Sexual, devenido en una suerte de organismo  con el que el estado orienta la reprogramación sexual de los cubanos, en términos muy similares a los que busca la nueva izquierda en el contexto de las sociedades “abiertas”, observamos.

Pero volviendo al libro de Laje y su colega Márquez Este trabajo sirve de motivo para una entrevista publicada el 8 de enero de 2020, por el Correo de España, bajo el título de La batalla cultural contra la nueva izquierda. Allí Laje aclara su visión de lo que denominamos normalmente Marxismo cultural. Lo primero que explica, me parece muy atinado, que los autores del Libro Negro,” prefieren hablar de “Nueva Izquierda “, en lugar de Marxismo cultural, destacando que el marxismo nunca ha sido culturalista, sino materialista. Es lo que hemos visto arriba.

En lo que se refiere a esa “Nueva Izquierda”, con la que jamás se identificarían los marxistas de antaño, ella se distingue precisamente de la vieja por abandonar parcialmente el terreno económico y los sujetos políticos que en él se determinan para saltar al terreno cultural y construir allí lógica opresor/oprimido, sobre identidades no-económicas como son las de hombre/mujer, heterosexual/homosexual, blanco/negro, humano/animal, indígena/colonizador europeo, etc., intentando hegemonizar los dispositivos culturales de la sociedad.

Laje está reafirmando a la inconsistencia del término marxismo cultural, cuando se utiliza para definir el accionar de la nueva izquierda, no importa que se note en ellas el espectro de un marxista como Gramsci, que proponía combatir la hegemonía cultural de la clase dominante construyendo una cultura alternativa como paro indispensable para una liberación del proletariado.

Ni siquiera puede calificarse marxista a esta nueva izquierda, desde la perspectiva del original freudo marxista de Hébert Marcuse, considerado padre de la misma consideraba que la clase obrera estaba siendo desplazada como sujeto revolucionario (en mi opinión nunca pudo ni la dejaron serlo) por otros grupos humanos; movimientos por los derechos civiles, estudiantiles, tercermundistas.

Es algo que le aparta radicalmente de la visión marxistas del desarrollo social. No importa que en los años sesenta la idea pareciera tener cierto asidero real, o que la historia hubiese demostrados las falso expectativas de Marx en la clase obrera como ente revolucionario.

La prueba más emblemática de la tragedia teórica del marxismo post Marx nos las dan todo los que han intentado disfrazar de obrera la famosa revolución de octubre en la Rusia de 1917.

Allí, donde se supone triunfa por primera vez la clase trabajadora, en realidad tenemos un golpe de estado perpetrado por marinos de guerra (pagados por el estado) y revolucionarios de profesionales, asalariados con fondos de dudoso origen, acaso de quienes combatía a país en la primera guerra Mundial. Muy pronto los revolucionarios ajustaran cuentas entre ellos, siendo el asedio y toma de la fortaleza de la fortaleza de Kronstadt en 1921, tumba del sueño libertario y símbolo de la traición del régimen bolchevique; los mismos marineros que le habían encumbrado.

Un régimen que, para sobrevivir, solo podrá hacerlo rescatando a la vieja burocracia rusa, incluida la encargada de la Ojrana – del ruso Охранное отделение, Ojrannoyie Otdelenyie, Departamento de Seguridad del régimen zarista-, y hasta de las viejas fuerzas armadas, para recrear el estado despótico ruso de toda la vida y que ahora devolvía al trabajador en particular y al ciudadano en general a los tiempos aparentemente superados de la servidumbre.

Así, aquel estado tan despreciado por Marx como, demostraba, que no hay sector de la sociedad civil, ni” clase universal”, que le pueda doblegar y que con revolución o sin ellas termina imponiendo sus reglas a la población que se le subleva. Esto lo consigue con mil caras, por ejemplo, decretando cuarentena universal, a la que no hay izquierda radical que le ponga la menor pega, las mismas que se desaparece por arte de magia cuando el estado a través de sus autoridades sanitarias se lo ordena. No referimos al mismo Estado que en apariencia aquella no respeta, o que resulta impotente para frenar sus desmanes callejeros, lo mismo en el sur que en el norte de América.

Una izquierda que se ha cansado de talleres culturales y teatros para estructurar ataques estratégicos a propiedades públicas o privadas, a personas, monumentos o templos, nunca a unidades represivas o bancos, con la seguridad de que mismo policía que ayer ejecutaba a un ciudadano, hoy se deja someter, o simplemente desaparecerá mientras que la ciudad es vandalizada impunemente en nombre de los que los derechos reproductivos, que de las igualdades raciales, de la emancipación de pueblos originarios o lo que sea.

El paradigma lo tenemos en lo ocurrido a partir del 28 de junio de 1969, en Stonewall Inn, bar, clandestino manejado por la mafia de, en el barrio Greenwich Village de Nueva York.  Aquel día la policía hizo una de sus acostumbradas redadas en el local de mala muerte, cuando de pronto se vio agredida por la clientela lésbica y gay, ante la cual puso pies en polvorosa. Envalentonados con su inesperada victoria los homosexuales montaron grandes desordenes en la zona. Ante aquello, los guardianes neoyorquinos del orden fogueados durante décadas en la represión de fornidos obreros, anarquistas de armas tomar y gánsteres de todo tipo, se mostró impotente, permitido que los disturbios duraran varios días, lo cual degeneró en disturbios de varios días. Nada importó que los gendarmes además de contar la fuerza de la porra tuvieran de su lado ley contra la sodomía. Esta se había mantenido vigente desde tiempos coloniales, aunque atenuando gradualmente el castigo, hasta que desapareció de las leyes del Estado, en fecha tan tardía como 1980. Lo curioso es que las revueltas del barrio Greenwich Village, en teoría no fuero premeditadas, ni tenían organización política detrás. Sus panegiristas se refieren a ella como el inicio de una revolución espontánea contra las injusticias del hetero patriarcado.

Ciertamente vistas las sociedades occidentales desde entonces debe reconocerse que la percepción social de la homosexualidad ha cambiado radicalmente, sobre todo en Estados Unidos. También podríamos  podríamos preguntarnos si en lugar de una libertad para todas las orientaciones sexuales, a lo más que llegaron aquellas izquierdas comprometidas con los derechos de determinado colectivo sexual fue a la sustitución de la vieja heteronormatividad que asfixiaba a los asistentes del antro de marras, por una sutil homonormatividad, no menos favorable al sistema y auspiciada por este, como ya podemos palpar en campos de la de la industria cultural, el lenguaje, en particular el llamado políticamente correcto, la educación y hasta de las ciencias médicas.

En cuanto a cómo se le escapó aquella situación de las manos a la policía, nunca se nos da una explicación convincente. Del mismo modo que tal aclaración sobre la impotencia policial desaparece cuando de pronto, las ciudades vaciadas con el pretexto del Covid-19, son literalmente tomada las pandillas de extrema, más que de nueva, izquierda, justificando su accionar con la protesta por lo que es pan nuestro de casa día, la ejecución de por la policía de un ciudadano que delinquía, en este caso de George Floyd. De pronto los encargados de mantener la tranquilidad en todo el país no son capaces ni de garantizar ni la seguridad de su presidente Washington. Allí, Donald Trump tiene que ser evacuado en el búnker de la Casa Blanca, y guardias se parapetan apuntando ametralladores en dirección a las manifestaciones, prestos a repeler una especie “de toma de Palacio de Invierno” a la norteamericana. como si el país se encontrara bajo una invasión, o alguien hubiera apagado las fuentes de botón la avanzada tecnología, que dispone Estados Unidos para controlar su población, o simplemente que la utopía de Marcuse de está realizando.

Vamos a terminar con las respuestas que les podrían haber dado los jóvenes hegelianos de izquierda a esta  Nueva (envejecida) Izquierda, la que no contenta con lo logrado en más de medio siglo, la sigue reclamando derechos específicos para colectivos determinados ya sean  por rasgos étnicos, biotípica o de géneros de diferentes grupos humanos,  derechos que ciertamente,  una vez que se plasman en leyes funcionan como privilegios con respecto al resto de la población no colectivizada, creando tiranteces y conflictos en una sociedad civil cada vez más atomizada.

A eso guerreros sociales y culturales se le podría repetir lo que decía Bruno Bauer a los judíos que se querían emancipar, es decir que pedían derechos colectivos especiales en la Alemania de su tiempo: “no te puedo dar la libertad que no tengo”. Y para rematar, parodiando las palabras de Marx en su debate con el teólogo y compatriota alemán, que nadie se emancipa hasta que se emancipen todos, es decir la humanidad.

Fuentes:

Marxismo. Entrada en EcuRed https://www.ecured.cu/Marxismo
Tom, Rockmore Hegel, Marx y el marxismo Traducción: Leandro Sánchez Negativo ediciones, Medellín, 2018.

José Manuel López García, Hegel y lo absoluto, publicado el
3 de septiembre del 2018, en el diario” La Nueva España”. https://mas.lne.es/cartasdeloslectores/carta/31986/hegel-absoluto.html

Luis Armando González, Aproximación a la filosofía de Hegel, Sitio de La Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”
http://www.uca.edu.sv/facultad/chn/c1170/aproximacionahegel.html

Enciclopedia de las revoluciones de 1848. Entrada sobre Arnold Ruge, en https://www.ohio.edu/chastain/rz/ruge.htm

Gerardo Ávalos Tenorio, Actualidad del concepto de Estado de Hegel, en Argumentos (Méx.) vol.23 no.64 México sep./dic. 2010;
http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952010000300001

Carlos Marx; Sobre La cuestión judía. Escrito en otoño de 1843, y publicado en febrero de 1844 en el Deutsch-Französische Jahrbüche
http://archivo.juventudes.org/textos/Karl%20Marx/Sobre%20La%20cuestion%20judia.pdf

Carlos Marx y Federico Engels, La Sagrada Familia y otros escritos filosóficos de la primera época, Editorial Grijalbo, S. A. Mé x ic o, D. F., 1967 https://historiaycritica.files.wordpress.com/2016/12/carlos-marx-federico-engels-la-sagrada-familia.pdf

Marx & F. Engels, La Ideología Alemana; Crítica de la novísima filosofía alemana en las personas de sus representantes Feuerbach, B. Bauer y Stirner, y del socialismo alemán en las de sus diferentes profetashttps://www.marxists.org/espanol/m-e/1846/ideoalemana/index.htm

  1. Marx, Tesis sobre Feuerbach, Escrito en alemán por Karl Marx en la primavera de 1845. Fue publicado por primera vez por Friedrich Engels en 1888 como apéndice a la edición aparte de su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm

Marx & F. Engels, Manifiesto del Partido Comunistahttps://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm

Enciclopedia de la filosofía de Stanford, entrada Bruno
Bauer
https://plato.stanford.edu/entries/bauer/#BauWri182

Vladimir López Alcañiz, Karl Marx: de rebelde a revolucionario, publicado en National Geographic, el 04 de mayo de 2018 https://historia.nationalgeographic.com.es/a/karl-marx-rebelde-a-revolucionario_12608/1

Chris Calton, ¿Qué es el marxismo cultural?, publicado en Mises.org el 06/21/2018 https://mises.org/es/wire/%C2%BFqu%C3%A9-es-el-marxismo-cultural

Ian Cobain, Historian EP Thompson denounced Communist party chiefs, publicado el 28 Septiembre de 2016 en The Guardian;  https://www.theguardian.com/uk-news/2016/sep/28/historian-ep-thompson-denounced-communist-party-chiefs-files-show

EP Thompson, Socialist Humanism part 1, The New Reasoner Summer 1957
http://www.banmarchive.org.uk/collections/authorsandtitles/nr_meta/01_105part1.h…

EP Thompson, Socialist Humanism part 2, The New Reasoner Summer 1957
http://www.banmarchive.org.uk/collections/authorsandtitles/nr_meta/01_105part2.h…

Paul Pasquali, La política de la «historia desde abajo» Edward P. Thompson historiador, activista y polemista, versión traducida y adaptada del artículo «La politique de l’histoire par en bas’», publicado en Genèses. Sciences Sociales et Histoire No 99, 2015. Traducción del francés de Gustavo Recalde.
https://www.nuso.org/articulo/la-politica-de-la-historia-desde-abajo/

Edward Palmer Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Editorial: Capitan Swing Libros, Año: 2012, ISBN: 978-84-940279-3-2

Stuart Hall, Gabriel Pearson, Ralph Samuel, Charles Taylor, Editors, Universities & Left Review Spring 1957 Vol.1 No 1, http://banmarchive.org.uk/collections/ulr/index_frame.htm

 

A Brief History of New Left Review 1960–2010 https://newleftreview.org/pages/history

Madeleine Davis, Nueva izquierda, Enciclopedia Británica,https://www.britannica.com/topic/New-Left

PSJM, Marcuse y el lema de la CIA, Publicado en Revista de Occidente, número 417, febrero de 2016, pp. 46-64.http://psjm.es/marcuse-y-el-lema-de-la-cia/

Herbert Marcuse EL HOMBRE UNIDIMENSIONAL ENSAYO SOBRE LA IDEOLOGÍA DE LA SOCIEDAD INDUSTRIAL AVANZADA PLANETA-AGOSTINI, Editorial Planeta-De Agostini, S. A. (1993)

Demóstenes, La batalla cultural contra la nueva izquierda. Entrevista a Agustín Laje, en El correo de España, 8 de enero de 2020.https://elcorreodeespana.com/libros/519937006/La-batalla-cultural-contra-la-nueva-izquierda-Entrevista-a-Agustin-Laje-Por-Demostenes.html

Nicolás Márquez, Agustín Laje, El Libro Negro de la Nueva Izquierda: Ideología de género o subversión cultural, EditorialUnión Editorial | Centro de Estudios LIBRE, Argentina, 2016.

Matías Bauso, Stonewall Inn: La historia del bar clandestino manejado por la mafia en el que empezó una revolución, publicado en el sitio digital de Infobae el 28 de junio de 2020, https://www.infobae.com/historias/2020/06/28/stonewall-inn-la-historia-del-bar-clandestino-manejado-por-la-mafia-en-el-que-empezo-una-revolucion/

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