Emilio Salgari; un escritor antimperialista en favor de la Cuba española

25 May

Mientras el lobo de mar abandonaba el mástil, toda la tripulación se había reunido silenciosamente en cubierta y desplegado a lo largo de los costales. Estos hombres intrépidos, pasado el primer instante de sorpresa, habían recuperado su calma y su confianza y esperaban serenamente los acontecimientos, decididos sin embargo a todo, incluso a un desesperado combate o a prender fuego al polvorín.
Doña Dolores se había trasladado al centro de la cubierta.
Estaba serena, tranquila; solamente en su mirada se veía brillar un relámpago de energía suprema.
—Que nadie se inquiete —dijo—. Obedecedme ciegamente y tened confianza.
—Ordenad, señora —respondieron los marineros—. Estamos dispuestos a morir por la patria.
—Lo sé, mis valientes, pero no ha llegado aún el momento. ¡Maestro Colón!
—Aquí me tenéis, mi capitana —respondió el viejo marinero.
—Tú bajarás al polvorín y tendrás el dedo puesto sobre el botón del disparador eléctrico. El hilo está unido a los dos torpedos, procura no apretar si antes no te he dado la orden.
—¿La señal? —preguntó el marinero, con un tono de voz en el que no se notaba la menor aprensión.
—Cuando me oigas gritar «Viva España» apretarás el botón y saltaremos todos, pero junto a nosotros volarán los odiados yanquis.
Emilio Salgari de su novela, La capitana del Yucatán, 1899).

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Emilio Carlo Giuseppe Maria Salgari, fue una de las figuras literarias a las que la censura literaria cubana, pareció no hacerle mucho asco. Si bien no todas, como veremos más adelante, buena parte de sus obras fueron publicadas en la Cuba, para disfrute y ensoñación de quienes solo podía salir de la isla para siempre o con la imaginación.


Postalita cubana

Una de aquellas obras fue Sandokan novela que, inspiró incluso una seria televisiva la isla, y de las que pocos conoce se inspira en las vivencias de un personaje real, el aventurero español Carlos Cuarteroni, convertido por arte de magia literario en amigo y consejero del protagonista, el portugués Yáñez.

Esta es la historia de un príncipe de Borneo convertido en pirata y que combate per de los británicos, asesinos de su familia. Siendo hasta hoy una de las pocas obras de la cultura popular donde el imperialismo británico sale mal parado, aplauso para Salgari.

No es esta la única novela en la que un héroe concebido por Salgari se enfrenta a los imperialistas británicos, un su ciclo de novelas conocido como Piratas de las Bermudas, ambientado en la época de la guerra de la independencia norteamericana, los héroes serán los corsarios americanos que intentan romper el bloqueo comercial impuesto por Inglaterra a las 13 colonias americanas.

Ya sabemos que detrás de aquella gesta libertaria, se encontraban la dinastía borbónica que dominaba Francia y España, sin cuyos ejércitos, en particular las tropas enviadas desde La Habana, jamás la independencia norteamericana, se habría consumado.

Lamentablemente pasó el tiempo y aquellos primeros estados independientes de América, se fueron expandiendo poco a poco a costa de los territorios que un día pertenecieron a quienes le habían ayudado. Y lo pero no fue eso, sino que echando por tierra la Doctrina Monroe, de «América para los americanos», elaborada por John Quincy Adams y atribuida al presidente James Monroe en 1823, los intereses de la antigua metrópolis y sus ex colonias en expansión se irán amalgamando, primero con un dejar hacer, por ejemplo ante la toma en 1833 de las islas Malvinas por los británicos, el establecimiento de los británicos en la costa de la Mosquitia (Nicaragua), la ocupación de la Guayana Esequiba por los británicos y el bloqueo naval de Venezuela por Alemania, Reino Unido e Italia entre 1902 y 1903, además de la tolerancia con el mantenimiento de las colonias en británicas en el Caribe.

Al fnal el colaboracionismo tal que casi imposible diferenciar los límites del antiguo y nuevo imperialismo. Así lo hemos visto con la conversión de los norteamericanos en carne de cañón al servicio de los intereses británicos durante las dos guerras mundiales, la no oposición cuando no respaldo al gran proyecto neocolonial que conforman lo mismo la mancomunidad británica con el enclave británico en el medio oriente hoy conocido como Estado de Israel, y por supuesto por el nefasto papel jugado por Estados Unidos durante la Guerra de las Malvinas en 1982 y el apoyando con sus servicios de inteligencia al Bando Ingles.

Esta fue en medio de este proceso de conciliación de intereses entre Estados Unidos e Inglaterra cuando estalla la guerra hispanoamericana de 1898. Lo que no saben los cubanos es que aquella sirve de contexto a una novela donde Salgari vuelve atizar a los anglosajones, en este caso a sus primos norteamericanos. La obra cuyo título completo es LA CAPITANA DEL YUCATAN — LA REBELION DE CUBA, fue publicada en 1899, en pleno “protectorado” de Estados Unidos. sobre la isla, Y aunque su valor literario, es incuestionable, así como interesante los conocimiento históricos y geográficos que denotan, no importa la perspectiva ideológica, jamás ha sido y dudo que lo sea publicada Cuba.

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Esta es la historia de otra mujer de amas tomar, como la afamada “Capitán tormenta”, pero ahora en ambiente tropical -no sé porque las feminista que tanto gustan de estos caracteres varoniles no toman nota, quizás porque se mete con su ama Inglaterra-, se trata de la marquesa Dolores del Castillo heroína españolista y antinorteamericana, que comanda la nave «Yucatán», su intrépida misión es la de romper el bloqueo naval norteamericano contra Cuba y llevar armas a las tropas asediadas del General Blanco, último gobernador de la isla. El posicionamiento del escritor no deja lugar a duda, defiende el derecho de Cuba a seguir siendo española, quizás sea el motivo por el que para no levantar sospechas entre los lectores, los modernos editores eliminen la alusión al tema de Cuba en el título.

Por supuesto que un libro como este choca con la política de las editoriales cubanas que, como el resto de las iberoamericanas, se somete a los cánones heredados de la historiografía liberal y por tanto maniquea. De lo que se trata es de anatemiza cualquier gesto de patriotismo hispano regional, desconociendo por principio la tragedia, económica, cultural y sobre todo humana que significó la fragmentación del imperio español en las Américas, una hecatombe que para el caso cubano represento la perdida de millones de vidas humanas, así como la supeditación directa o indirecta, incluso por carambola como ocurre hoy, a la potencia invasora.

Habrá que indagar de dónde le viene a Salgari este rechazo a los imperios de habla inglesa, pero ese será tema de otra entrada futura en este blog, por ahora le dejo en enlace a una edición gratis de La Capitana, que usted puede bajar pinchando acá.

Y si por causalidad no tiene tiempo para leer el libro entero en este momento le adelanto un fragmente donde se narra, en código novelesco, una de las acciones de guerra más emblemática, de la época y cuyo registro en esta novela de aventuras, casi contemporánea bien merecería una tesis doctoral, si no imperara tanto prejuicio negrolegendario en la académia cubana.

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Me refiero al asalto a la guarnición de El Caney, desde la cual se defendía el franco noroeste de Santiago de Cuba, donde por cierto, el oficial de español de mayor graduación caído en aquella guerra el general Vara de Rey. Por cierto tengo el gusto de conocer a un historiador español que desciende de este ilustre enemigo de mis antepasado quienes luchaban del lado separatista, el historiador Fernando Camacho, quien le ha dedicado una nota a su antepasado bajo el título de Hazañas e incógnitas del General español Joaquín Vara del Rey en la Guerra de Cuba.

La verdad es que Vara del Rey se comportó valientemente, al frente de uns 520 soldado regulares y guerrilleros resistió en un combate de 12 horas hasta quedar sin municiones el embate de los 6899 hombres, comandados por el general Henry W. Lawton. La batalla se libró el 1 de julio de 1898 y gracias a su heroísmo los soldados españoles contuvieron impidió el avance estadounidense a las colinas de San Juan como se había pedido al general William Rufus Shafter, Jefe del 5º ejército Expedicionario, para ayudar al resto del 5º ejército y luego dirigirse hacia Santiago.

Así describe Salgari la batalla en el capítulo que le dedica y que le dejo a modo de despedida:

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Después de la derrota sufrida por la caballería estadounidense en Jaragua, hubo descanso en ambos lados. Sin embargo, se produjeron algunos pequeños enfrentamientos, más enfrentamientos de lugares avanzados que peleas reales.
Sin embargo, los estadounidenses habían aprovechado la oportunidad para desembarcar por completo el cuerpo de operaciones, unos veintisiete mil hombres fuertes, dos veces más fuertes que los españoles, que por su parte solo habían recibido un poco de ayuda.

Solo el coronel Escario, comandante de Manzanillo, que obtuvo del permiso del mariscal Blanco para apresurarse a la plaza sitiada, reunió a unos cientos de combatientes, con una marcha atrevida y muy rápida que había logrado ingresar a Santiago, engañando simultáneamente la vigilancia de los insurgentes y de los estadounidenses.

Pero ese respiro no iba a durar mucho. El general Shafter, comandante supremo de las fuerzas estadounidenses, se estaba preparando para un golpe desesperado para asaltar la plaza sitiada.

Ya a fines de junio, grandes masas de tropas estadounidenses se habían concentrado gradualmente, amenazando a El Caney, un pueblo ubicado a solo siete kilómetros de Santiago y Aguadores, la llave de la plaza, defendiendo el fuerte castillo de Morro desde el lado de la tierra.

Donna Dolores, que quería participar activamente en la campaña, después de la batalla de Jaragua se había apresurado, por consejo de Córdoba, a ir a El Caney, que había sido ocupado por cuatro compañías de caza bajo el mando de uno de los generales españoles más valientes. Joaquín Varo del Rey y Rubio.

La aldea había sido fortificada apresuradamente con numerosas trincheras y empalizadas, pero casi carecía de artillería, ya que no quería eliminar los muros de Santiago. Sin embargo, el general Rubio era un hombre que confiaba plenamente en él y reparaba parte de esa grave deficiencia.

La marquesa, como en Jaragua, había reclamado el honor de que sus valientes marineros lucharan en el frente y se le había confiado la defensa de una de las trincheras más importantes.

No fue sino hasta la mañana del 1 de julio que llegaron noticias de que veinte mil estadounidenses se estaban preparando para un ataque general contra El Caney y Aguadores, un lugar defendido por otro valiente general español, Linares.
La superioridad numérica de los estadounidenses era enorme, ya que los españoles apenas podían oponerse a cinco o seis mil hombres. Además, los primeros, frente a Aguadores, contaban con el apoyo de los poderosos cañones de su flota.

El general Rubio, tan pronto como se enteró de los movimientos de los estadounidenses, como un líder prudente, había lanzado numerosos exploradores a la derecha y a la izquierda para conocer el número de sus oponentes, luego había organizado a sus buenos cazadores, que luego se cubrirían de gloria, detrás de las trincheras, asignando sus puestos a los comandantes.

La marquesa, con Córdoba, sus marineros y la compañía de medio cazador, había ocupado una valla, defendida por un foso profundo.
A las diez de la mañana, el general Rubio ya sabía con qué enemigo formidable se enfrentaba. Las fuerzas estadounidenses consistían en una división comandada por el general de brigada Lawton y la brigada comandada por el general Baters, más algunos escuadrones de caballería.
Había demasiadas para las cuatro compañías que defendían a El Caney, incluso los españoles se habían preparado animadamente para la pelea, aunque ahora no ignoraban su destino, siendo absolutamente imposible sostener la colisión de muchas columnas.

– Donna Dolores, – dijo Córdoba – aquí no se trata de ganar sino de morir. Es imposible resistirse a tantos yanquis.
– Bueno, mi buen Córdoba, moriremos, – respondió la mujer intrépida – moriremos con el grito en los labios de: ¡Viva la patria!
– ¡Tú, tan joven y tan hermosa para morir! … Donna Dolores, déjame a mí y a nuestros marineros cuidar de salvar el honor de nuestro Yucatán.
– No, Córdoba: no dejaré este lugar.
– Pronto tendrá lugar una terrible pelea aquí.
– Todo lo mejor.
– Las bolas se desprenderán y habrá montañas de cadáveres.
– No estoy asustado.
– Donna Dolores! …
– ¡Basta, Córdoba! ¡Vamos, mi valiente! ¡Luchamos por la bandera de la vieja España! Gritó la marquesa.

Las columnas americanas habían emergido entonces entre los bosques, desplegándose rápidamente en orden de batalla. Sus baterías, zócalo posición en una pequeña colina, ya habían comenzado el fuego que asaltaba las trincheras y los terraplenes.

En ese momento supremo, se podía escuchar el arma tronando furiosamente hacia Aguadores y las piezas colosales de los acorazados estadounidenses rugían oscuramente en el mar.

Una tremenda batalla también había comenzado allí. Dieciséis mil estadounidenses, liderados por el general Shafter, habían atacado a los tres mil españoles del general Linares atrincherados en ese lugar.

Como se puede ver en ambos campos de batalla, la lucha fue desigual, incluso los hijos de la caballerosa España se prepararon para apoyar sin miedo el ataque del adversario dominante y formidable.

La división del general Lawton, que se acababa de desarrollar en orden de batalla, se había lanzado sobre El Caney seguido de la brigada Baters y flanqueado por jinetes rudos, seguros de la victoria.

9788427808621: La rebelión de Cuba / Emilio Salgari ; [traductor ...

Las setecientas rondas por minuto de los cañones Maxim habían comenzado a tronar constantemente contra las trincheras de El Caney, pero los españoles no estaban consternados por esto.

Ocultas detrás de los refugios, respondieron valientemente con sus fusiles de pequeño calibre, asaltando las columnas americanas con una precisión que se hizo cada vez más minuto a minuto.

Bolas de rifle y balas de cañón silbaron por todas partes, esparciendo la muerte. Algunas bombas habían prendido fuego a las casas del pueblo, que ardían rápidamente arrojando nubes de chispas y nubes de humo al aire.

Las grandes columnas estadounidenses, que creían que estaban acabando con ese puñado de héroes simplemente apareciendo, se habían detenido. Los fusiles de pequeño calibre de los cazadores ya habían masacrado a las vanguardias. Se veían montones de muertos y heridos en todas partes e incluso se podía ver a una gran cantidad de caballos soplándose en el borde del bosque.

Habían empezado a entender que los soldados españoles no eran hombres para entregar el campo tan fácilmente, incluso si eran oprimidos por fuerzas superiores y enfrentados con una resistencia tan tenaz, se habían avergonzado bastante.

Sin embargo, sus generales, sabiendo que tenían tropas nuevas y que eran seis veces más poderosos que los defensores de la aldea decidieron intentar un golpe desesperado.

Tres mil hombres, reunidos en dos columnas de ataque, se precipitaron contra El Caney con la orden de conquistar las trincheras y perseguir a los defensores.
El momento estaba a punto de volverse terrible. Córdoba, temiendo a la marquesa, intentó un último esfuerzo para obligarla a retirarse.

– ¡No, me quedaré aquí hasta que ondee la bandera de la patria!
Esta fue la única respuesta que recibió del intrépido Capitán de Yucatán.
El asalto fue terrible. Los tres mil estadounidenses derrocaron con un ímpetu imparable contra la aldea tratando de superar las trincheras, pero el terrible fuego de los cazadores los detuvo pronto.

Las columnas diezmadas, disparadas casi en blanco, a pesar del número de combatientes muy superiores a los españoles, se agruparon antes de llegar a las zanjas.

Completamente derrotados, se vieron obligados a retirarse en desorden en la brigada del general Baters, dejando el suelo lleno de muertos.
La heroica guarnición no solo se había resistido admirablemente, sino que también había ganado esa primera colisión.

Pero la pelea no tuvo que terminar ahí. Nuevas tropas habían entrado en acción por la Brigada Baters.

El segundo ataque fue más terrible y más obstinado que el primero y esta vez también los cuatro batallones, a pesar de sus enormes pérdidas, lograron tomar represalias contra los atacantes.

Un tercero ya no tuvo suerte. Los estadounidenses, rechazados en todas partes, ahora habían sufrido reversiones completas.

Todo el campo de batalla estaba abarrotado de muertos y moribundos. En algunos lugares había montañas reales de cadáveres.

Eran las cinco de la tarde; En ese momento, llegó la noticia de que el general Linares había repelido el ataque de los catorce mil estadounidenses de Shafter y les había causado graves pérdidas.

Aguadores era libre pero El Caney aún no lo era, de hecho, todo lo contrario. Sin una sala de emergencias, existía el peligro de ser asaltado, ya que los cazadores ya no podían soportarlo.

Los cañones Maxim los habían diezmado más que ellos y esos tres asaltos, aunque rechazados, habían costado sacrificios desastrosos.

A las cinco y cuarto las columnas americanas intentaron un ataque final y más impetuoso.

La división del general Lawton, la brigada del general Baters y los rudos jinetes, más de cinco mil hombres, cayeron sobre El Caney simultáneamente.
Los cuatro batallones no se retiraron. Quemaron resueltamente las últimas cargas y luego se arrojaron a las bayonetas que bajaron contra los Yankees en un combate cuerpo a cuerpo.

Fueron solo quinientos o seiscientos, incluso la lucha fue larga y obstinada. Finalmente, oprimidos por el número, incapaces de enfrentarse a tantos enemigos, a las cinco y media comenzaron a retroceder.

El general Rubio, que luchó en la primera fila como un simple soldado, ya que la batalla ahora estaba perdida y que El Caney estaba a punto de ser tomada, no quería sobrevivir al deshonor de la derrota.

Recogí una bandera que había caído de la mano de un obispo que estaba se derrumbó a sus costados, se apresuró a través de los escuadrones de jinetes que lo atacaron al frente, gritando:

– ¡Para mí, mi valiente! … ¡Viva España! …

Se vio que ese hombre valiente derrocó, con su sable, varios caballeros enemigos, y luego cayó bajo una lluvia de golpes para no volver a levantarse nunca más.

Ese sentimiento magnánimo que siempre se encuentra en un enemigo valiente y verdaderamente fuerte debe haber sido desconocido para la caballería estadounidense que prefería matar a ese valiente en lugar de hacerlo prisionero.
La muerte del defensor de El Caney puso fin a la sangrienta batalla.

Los españoles prendieron fuego a la aldea y se salvaron en el bosque, después de haber hecho que el enemigo pagara caro la victoria, ya que más de mil quinientos estadounidenses permanecieron en el campo.

La marquesa y Córdoba, seguidos por sesenta y cuatro marineros, los otros cayeron detrás de las trincheras durante el último ataque contra la bayoneta, para proteger a su capitán, abandonaron el pueblo después de haber visto a los estadounidenses escalar los terraplenes y romper las brechas. empalizadas
La marquesa estaba a caballo, habiendo encontrado a uno que huía de las calles del pueblo y los otros a pie; Sin embargo, la retirada fue rápida, aunque los estadounidenses no se sintieron en caso de hostigar a los valientes defensores de ese puesto avanzado.

A las once de la noche, el grupo, después de dar largas vueltas en medio de los espesos bosques, llegó a Aguadores.

Allí, se ofrecían espectáculos horrendos a cada paso, la batalla más feroz se había librado en esos alrededores.

Las granjas estaban en llamas y dejaban una luz siniestra en el campo del puño. Montones de cadáveres, formados principalmente por estadounidenses, se levantaron en todas partes.

Había hombres y caballos confusamente mezclados, apilados, tendidos en medio de una capa de barro sangriento.

Una gran cantidad de urubú, los cuervos del Golfo de México se cernían sobre ese carro, descendiendo aquí y allá para darse un festín en las extremidades aún tibias de aquellos miserables extinguidos por el plomo enemigo.

También habían sucedido escenas terribles en Aguadores, no menos sangrientas que las de El Caney. Se habían producido asaltos furiosos, las grandes columnas estadounidenses habían dado enormes cargas, pero allí los españoles, más afortunados, a pesar de las horrendas masacres producidas por los cañones de fuego rápido y a pesar de la enorme superioridad numérica de los oponentes, habían ganado, cubriéndose de gloria.

El general Linares, su comandante, el héroe del día, resultó gravemente herido en el brazo; sus dos ayudantes fueron asesinados, sin embargo, dos mil estadounidenses permanecieron en el campo del puño, en parte muertos y en parte heridos.

Cuando la marquesa llegó a Aguadores, los españoles aún mantenían sus posiciones con fuerza, pero ese lugar parecía haberse convertido en un inmenso hospital.
Cientos de heridos, que se reunieron en el campo a la luz de las antorchas, llegaron en todo momento, reducidos a un estado compasivo, mutilados, desvaídos, cubiertos de polvo y sangre.

Desde cada tienda, desde cada cabaña, detrás de las trincheras se escucharon gritos insoportables, o gemidos retumbantes o traqueteos de los moribundos, ¡y esa horrible reunión aún no había terminado! … Debajo de esas montañas de cadáveres, otros heridos imploraron ayuda o murieron, solo, en medio de una terrible oscuridad, en medio de un verdadero baño de sangre …

La marquesa, con un corazón triste, agarrada por una angustia inexpresable, ya había cruzado las trincheras para dirigirse al general Linares a fin de ponerse a sus órdenes cuando se le acercó un capitán de los cazadores que ya había visto con el general Torral.
– Señora del Castillo, te estaba buscando por orden del general.
– ¿Sabías entonces que me había escapado de la muerte?
– Sí, Marquesa, escuché de algunos cazadores que participaron en la batalla de El Caney.
– ¿Y tú deseas? …
– Si quieres salvar tu Yucatán, no tienes un minuto que perder.
– ¿Qué quieres decir? …
– Que el equipo del almirante Cervera se está preparando para irse de Santiago.
– ¡Comenzando! … – exclamó la marquesa, llena de asombro. – ¿Y las naves de Sampson y Schley? …
“Es mejor morir peleando en el mar que rendirse más tarde sin pelear, señora”, dijo el capitán. – Santiago está perdido para España y quizás Cuba.
– ¿Qué hay de la victoria de hoy?
– Será una derrota para mañana. Vete señora, si quieres intentar salvar tu Yucatán.
La marquesa lo miró por unos momentos sin responder, como si estuviera oprimida por una inmensa angustia, luego dijo lentamente, volviéndose hacia Córdoba:
– Vamos a morir, amigo … Nuestra misión ha terminado. –

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