¿Sería posible un giro al socialismo en los Estados Unidos? Una mirada desde la experiencia cubana

15 Feb

“Los obreros de Europa tienen la firme convicción de que, del mismo modo que la guerra de la Independencia [5] en América ha dado comienzo a una nueva era de la dominación de la burguesía, la guerra americana contra el esclavismo inaugurará la era de la dominación de la clase obrera. Ellos ven el presagio de esa época venidera en que a Abraham Lincoln, hijo honrado de la clase obrera, le ha tocado la misión de llevar a su país a través de los combates sin precedente por la liberación de una raza esclavizada y la transformación del régimen social.”
Carta a A Abraham Lincoln, Presidente de los Estados Unidos de América. escrita por or C. Marx entre entre el 22 y el 29 de noviembre de 1864.
“La crisis del capitalismo americano continúa. A pesar de una coyuntura más o menos favorable, pronto se volverá candente. Asimismo, la lucha de las víctimas del imperialismo americano, de las masas dominadas de EE.UU., de América Latina y de otros países se hace cada vez más amplia e intensa. La tarea más importante y más urgente consiste en continuar con energía de hierro la obra de la unificación de los elementos de vanguardia, tarea ya comenzada, en un partido fuerte y disciplinado de la IV Internacional y construir este partido bajo las bases de granito del internacionalismo marxista-leninista, único capaz de concentrar las luchas de las masas y de llevarlas a la victoria. Cuando esta tarea sea cumplida, se puede prever que la joven y vigorosa clase obrera americana, que ha mostrado tan a menudo su voluntad y su capacidad de lucha audaz y valiente, marchara rápidamente hacia la toma del poder y contribuirá enteramente al establecimiento del socialismo mundial.”
Sobre los Estados Unidos de América
(León Trotsky, julio de 1936)

Premisas actuales

Nadie, ni siquiera los marxistas auténticos, no hablo de heterodoxos como Lenin o Trotsky, por ejemplo, podrían pensar a principios del siglo pasado, que el imperio ruso daría un giro al socialismo, o por lo menos a un modelo con numerosos rasgos en común con que predicaban los clásicos de esta ideología, en particular la abolición de la propiedad privada.

Si en aquella “cárcel de naciones” apenas industrializada, con una clase obrera ínfima, con un sector campesino inmenso, y una religiosidad extendida en la forma de las más variadas creencias, desde las más primitivas hasta los monoteísmos más “avanzados” pudo darse el giro, que no podría ocurrir un siglo después en Esos Estados Unidos, donde el capitalismo monopolista de estado, (antesala del socialismo a decir del mismo Lenin) es ya un hecho. Y no se trata de lo que hay, sino de lo que ha habido como precedente en este inmenso país.

Tengo un joven amigo norteamericano, que guarda grandes esperanzas en el arribo de Bernie Sanders, al Casa Blanca, no crea que se trata del típico joven izquierdista norteamericano, amante de las drogas, de vida disoluta y que no tiene reparos en limpiarse las suciedades con la bandera de su patria, por el contrario, es un ex marine, combatiente en la primera guerra contra Irak, para colmo conservador en lo que al tema de liberalización de las drogas y disolución de la familia tradicional se refiere.

Este amigo cree que un poco de socialismo democrático no le haría mal a su país y que allí no se pasaría de la aplicar el modelo de economía social de mercado al estilo de la que teóricamente imperan en los países escandinavos, el cual de cierta manera ya existe en USA, pero sin las gratuidades en los estudios y la medicina que se ven en las zonas nórdicas. Mi amigo es uno más dentro del amplio sector de la juventud norteamericana que respalda al candidato declarado socialista. Fue precisamente con el apoyo clave de los votantes jóvenes, que Sanders ganó las primarias de Nueva Hampshire consiguiendo allí una victoria que, según el propio veterano político, es el comienzo del final de Donald Trump.

Desde el sector cultural también existen los que con la madurez de los años apuestan por el viejo candidato demócrata a presidente. Por ejemplo, tenemos al actor y director Tim Robbins, ganador del premio Osca, quien acaba de hacer público su apoyo al senador de Vermont. “Creo que es el único de todos ellos que puede derrotar a Trump”, afirma Robbins. Otra figura destacada procedente del mismo medio es la actriz y activista Susan Sarandon quien podemos ver en las redes en un mitin de campaña en Durham, Carolina del Norte, alabando al senador Bernie Sanders, como una figura singular de nuestro tiempo

En realidad si pueblos tan diferentes entre sí, como el ruso, el húngaro o el cubano fueron conquistados por el socialismo, nada puede extrañar que en circunstancias especiales, como las que tenemos en época global los norteamericanos no puedan caer en lo mismo y más cuando el estadounidense típico, lleva adentro una vocación de control social y falta de asco a la delación, en particular del forastero, que solo podrían superar las que inculca en los cubanos los Comités de Defensa de la revolución. Esta es la virtud proto socialista, que perfectamente dibujó Artur Milles en Las Brujas de Salen, consiguiendo bajo la metáfora retratar la sociedad norteamericana actual.

Tradiciones socialistas norteamericanas

En otro orden de cosas hay que decir que las practicas socialistas en USA cuentan con una larga tradición. Allí fueron fundadas durante el siglo XIX varias comunidades perfectamente catalogables bajo los parámetros de llamado socialismo utópico: colonias regidas por principios de vida comunitaria, el trabajo productivo colectivo, pacifismo y la igualdad de género.

Entre ellas tendríamos una a las que suele referirse cualquier historia del socialismo, la célebre New Harmony, fundada en 1825 en Indiana, por el famoso empresario y un socialista utópico británico Robert Owen, En realidad se trataba de una colonia que comprara a la Sociedad de la Armonía, había sido creada en la década de 1780 por Johann Georg Rapp (1757-1847) y su hijo adoptivo, Frederick (1775-1834). Los rappistas, eran anabaptistas rechazadas por la iglesia luterana, procedían de Wurtemberg, Alemania y habían emigrado a los Estados Unidos en 1803, en busca de libertad religiosa. Con la compra de 3,000 acres en el condado de Butler, Pennsylvania, establecieron la colonia llamada Harmony que intentaban adaptar a preceptos de la Biblia era la única autoridad de la humanidad. El 15 de febrero de 1805, los colonos de Harmony registran formalmente la Sociedad Harmony en los Estados Unidos. Los miembros de la Sociedad acordaron mantener todas las propiedades en un fondo común, incluido un capital de trabajo de $ 23,000 para comprar tierras, ganado, herramientas y otros bienes necesarios para establecer su ciudad. Luego se trasladaron a una nueva ubicación en el río Wabash en Indiana. Aquí nuevamente construyeron una comunidad próspera, la New Harmony que es la que compra Robert Owen, con apoyo de su socio financiero, William Maclure, en 1825. Los armonistas originales regresaron a Pensilvania donde levantarán una otra comunidad en las márgenes del río, río Ohio en Ambridge a la que denominaran, Economía, que llegará a ser muy prospera como su nombre augura, lamentablemente la práctica del celibato y varios cismas disminuyeron las filas de la Sociedad, y la comunidad finalmente se disolvió en 1905.

Otras de las colonias llevaron en antonomástico nombre de Utopía, típica comuna anarco individualista, fue fundada en 1847, por quien es considerado como el primer anarquista norteamericano, un admirador de Owen llamado Josiah Warren, quien ya había creado otra comunidad similar en 1830. Posteriormente, en 1851 fundará la más conocida de sus obras, la comunidad utópica, Modern Times (Tiempos modernos), levantada sobre 750 acres (3 km²) en Long Island, Nueva York Durará hasta finales de los 1880.

Para terminar, citaré el caso de Oneida, creada por el teólogo abolicionista John Humphreys Noyes. La comunidad se dedicaba a la fabricación de escobas, la fabricación de calzado, el procesamiento de harina, la molienda de madera y la fabricación de trampas y tenían una curiosa práctica, el llamado “matrimonio complejo”, lo que significa que los “perfeccionistas” como se autodenominaban, se consideraban casados con el grupo, no con una sola pareja.

Estos experimentos de vida comunitaria fueron disminuyendo con el tiempo sobre todo bajo el peso de la industrialización y muy pocos sobrevivirán hasta los días de hoy de cualquier modo algún legado han de haber dejado en el imaginario del norteamericano actual. Habían surgido en un contexto muy especial, la expansión territorial, la poca regulación estatal la gran ola de inmigración europea que caracterizó al siglo XIX. También fueron estas circunstancias las que permitieron la llegada a Estados Unidos de muchos socialistas europeos de todas las tendencias quienes una vez en su nueva patria reactivaron las organizaciones a las que pertenecían en el viejo continente, dando origen así al nada despreciable movimiento obrero y socialista norteamericano.

Entre estos recién llegados hubo no pocos colaboradores de Marx, algunos de los cuales hicieron armas en las filas del ejército norteños durante la guerra civil. Quizás por ellos fue que Marx obtuvo sus referencias sobre Norteamérica, así como su apoyo, tanto el expansionismo estadounidense a costa de México, como a la cruzada de Lincoln contra los estados del sur, establecidos en los antiguos territorios de Nueva España, por cierto, de ahí su diferencia de temperamento y valores con respeto al norte. Es decir que el marxismo clásico apenas está reñido con la ideología oficial norteamericana, tal como se le concibió decimonónicamente.

Por otra parte, la influencia del socialismo libertario no es menos desdeñable en Estados Unidos, recordemos la huelga organizada por los anarquistas el 1 de mayo de 1886 y su punto álgido con los atentados contra la policía el 4 de mayo, durante la represión de los trabajadores en la plaza Haymarket, a los que Martí da seguimiento, pasando de la crítica a la casi identificación con los ácratas condenados por ellos.

Por último, no debemos olvidar el tufillo socialdemocratóide del New Deal impulsado por el presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt a quien no le bastó con su política intervencionista de corte keynesiano para luchar contra las consecuencias sociales la Gran Depresión, sino que se entregó en paralelo (como otras muchas democracias occidentales) a un peligroso coqueteo económico cultural y más tarde militar con el estalinismo.

Retoño en el patio trasero

El de Roosevelt y Estalin no fue un acercamiento esteril, e sembró semillas y no solo en USA, sino también en su satélite cubano, donde aquellas devinieron en auténticos baobabs, regados con la lluvia (de sangre) traída por la revuelta castrista.

Para el caso norteamericano la sangre no llegó al río, en alguna medida gracias al intento de erradicar los efecto de aquel flirteo useño-soviético con la muy famosa, tanto como ridiculizada, cacería de agentes y simpatizantes comunistas infiltrados en la industria cultural administración pública, impulsada por el senador Joseph Raymond McCarthy, la cual si bien no desencadenó en proceso alguno al menos sirvió para despertar el pánico y la alerta dentro de la sociedad norteamericana con respecto al comunismo soviético. Esto no pasó en la Cuba de mediados de los 50 gobernada Batista, antiguo aliado del estalinismo criollo y adversario de sus comunistas y enemigo de sus enemigos más probados, los militantes nacionalistas de denominado Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). El dictador que, si bien acusó de comunista a todos los que se le oponían, resultó incapaz de limpiar de los verdaderos, el aparato estatal, incluidos su ejército y órganos de inteligencia que estos venían infiltrando, un proceso iniciado en aquellos años de luna de miel soviético-norteamericana, cuando Roosevelt presidía los Estados Unidos y Batista era, primero hombre fuerte, y luego presidente legítimo de Cuba, con el apoyo tácito del comunismo insular.

Y si a esto sumamos el substrato jacobino que dejó en cada cubano 5 décadas de adoctrinamiento martiano, no nos pueda extrañar, una década después, la mezcla de euforia con la pasividad generalizada con la que el cubano aceptó, casi sin rechistar, las declaraciones de Fidel Castro en abril de 1961, durante la invasión a Bahía Cochinos, reconociendo en carácter “socialista” (en realidad marxista leninista) del proceso que encabezaba por entonces. Solo un sector no mayoritario de la ciudadanía se percató entonces de que ya era hora de poner pies en polvorosa, como antes habían hecho las personas vinculadas al viejo régimen y algún que otro disidente revolucionario, todavía menos fueron lo que decidieron sumarse a quienes ya plantaban cara al nuevo régimen y así les fue.

Por su parte para aquel entonces el senador McCarthy, lleva tiempo muerto y enterrado, en el sentido físico y político, gracias a un sistema, que primero le aisló, para luego empujarlo a la depresión y al alcoholismo que le llevaron tempranamente a la tumba.

Liberado de la llamada “histeria anticomunista” imperante en los años del macartismo, el sector más liberal de la sociedad norteamericana quedo con las manos libres para entregarse a la admiración de los nuevos intentos utópicos socialistas nacido en la era del fusil contra fusil, lo mismo en Cuba, cuyos exiliados nunca vio del todo con buenos ojos, como en ese mismo lejano y exótico Vietnam, elegidos por el establecimiento para detener el comunismo que no había sabido o querido parar en su patio trasero.

Por cierto, hablando de la influencia de las ideologías socialistas en la industria cultural norteamericana, no vamos a sacar el caso más célebre, el bodrio estalinista de Misión en Moscú, sino de una valiosa pieza que suele saltarse en la lista de obras cinematográficas en las que participó ese estupendo actor que es Sean Connery.

Me refiero a una muy buena e inexplicablemente olvidada película rodada en 1969 y lanzada en el setenta en la que el escoces, expone un compromiso social poco conocido al participar de un proyecto cinematográfico que parece beber del realismo socialista al más puro estilo gorkiano. Se trata de The Molly Maguires (conocida en español como Odio en las entrañas). Se trata de un drama social estadounidense de 1970 dirigida por Martin Rit. El guion que se basa en una novela de 1964 de Arthur H. Lewis. Aquí se habla de una organización secreta de trabajadores irlandeses que realmente existió; la de The Molly Maguires.

No era la primera vez que la literatura se encargaba de ella. Anteriormente lo había hecho Arthur Conan Doyle, con su novela de 1915 El valle del terror ( The Valley of Fear) es la cuarta de sus obras dedicadas al personaje Sherlock Holmes.

Tras su emigración a Estados Unidos, los Molly Maguires en las voces más radicales de los trabajadores en las minas de carbón de antracita de Pennsylvania en la segunda mitad del siglo XIX, en cuyos finales se ambienta l la película de Rit.

Este filme nos cuenta la historia de un detective encubierto enviado a una comunidad minera de carbón para infiltrarse y descubrir a una sociedad secreta de mineros irlandeses luchan contra la explotación a manos de los propietarios de las minas. Uno de los protagonistas del filme es el personaje interpretado por Connery: “Black Jack” Kehoe, el líder rebelde de los Molly Maguires y de su lucha, incluido en ella el sabotaje, por alcanzar la justicia social. Ciertamente los Molly Maguires intimidaron, golpearon, mutilaron y con frecuencia asesinaron a dueños de minas, supervisores, policías y delatores. No fueron solo las condiciones semiesclavas de trabajo que sufrieron sino también una respuesta a la catolicofobia y etnicismo de la que fueron victima por parte de los naturales del lugar.

Las acciones de la película, si no se reducen al tema de la lucha proletaria, no dejan de crear en el espectador cierta comprensión por aquellos métodos de lucha contra las horribles condiciones de trabajo y pobreza en que vivían aquellos trabajadores. Algo que encaja a la perfección en el relato de cualquier socialista como justificación de su ascenso al poder.

La mirada sobre el personaje “Black Jack” por parte de los realizadores es muy positiva, y no dudo que, ayudado por el ingrediente melodramático, ocurriese lo mismo con público de entonces. No importa el bombardeo informativo o ideológico al que estaría sometido en plena guerra fría.

Si eso fue así entonces que podrá esperar de los jóvenes norteamericanos de hoy en día, que ni conocieron del enfrentamiento de bloques, y que apenas tiene muestras vivientes de las miserias del socialismo real. Ciertamente tal desventaja podría solucionarla el sistema educativo norteamericano financiando viajes de excursión a Cuba, para sus jóvenes, mas no bajo la guía del gobierno de la isla. Lamentablemente Trump se empeña en entorpecer este tipo de útil viaje de estudios al parque temático comunista que tienen al lado y que tan útil le sería en la guerra propagandística.

Así que, entre torpeza y torpeza, una incursión militar por allí, un reconocimiento político indebido por acá y la creación de sentimiento de hispanofobia general está forjando el rechazo generalizado de su figura por parte del votante norteamericano y con ello desbrozando, respaldada por la desmemoria y la necesidad popular, la llegada al poder de la alternativa más radical este presidente.

La misma que una vez tome el control del país, que podría llegar a transformar su nombre y modelo económico social, convirtiendo a EUA en UESA (suena bonito y casi igual que hoy en ingles ¿no?), es decir en La Unión de Estados Socialistas de América. Que me perdonen mis compatriotas del viejo exilio cubanoamericano por lo terrible de este vaticinio, sé lo que, con razón o sin ella, pueda evocar en sus almas la palabra socialismo. En cuanto a la nueva generación de inmigrados a Estados Unidos hay que reconocer que buena parte de ella, ha salido tan adoctrinada de la isla, que apenas puede establecer una relación de causa y efecto entre el presunto modelo socialista que impera en su patria y la necesidad de abandonarla. Si los campos de concentración levantados por Trump para contener a estos y otros inmigrantes hispano hablantes no lo remedian a tiempo, como reclama los voceros de la cubanofobia cubana (valga la redundancia) pronto serán legiones de cubanos proclives al discurso de socialismo, que no les quite la comida, los que pisaran las calles de Miami, y más lo serán sin antes se les ha tratado como bandidos al pisar “tierras de libertad”.

Solo nos queda rezarle este domingo a ese Dios que suele Bendecir a América, en la voz de sus presidente, para que nos coja confesados, amén de que si se diera tan probable proceso, impulsado desde el Partido Demócrata, usado como palanca, por el entrismo de la izquierda norteamericana más radical, aquél, no transcurra por los caminos trillados de la guerra civil y el terror, es decir el de esos crímenes que en nombre del socialismo, como antaño de se hizo de la libertad  – unicamente el liberalismo puede medirse con el socialismo por la cantidad de muertos que tiene sus espaldas- , hemos visto cometer una y otra vez contra la humanidad.

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