La lección que no ofrece el acoso y derribo del juez Kavanaugh

28 Sep

Christine Blasey Ford nació en el año 1966, luego entonces tiene 51 años, es decir está en edad de ser abuela, está felizmente casada y es madre de dos hijos, evidentemente goza de una sana sexualidad a pesar de unos traumas del pasado que ha decidido airear en momento más que oportuno. Christine creció en los prósperos suburbios de Maryland, se graduó de una costosa escuela secundaria privada para niñas y pasó veranos inmersa en la salvaje vida nocturna de esta ciudad turística de Eastern Shore. Hoy tiene una profesión que, considero la que más daño hace en estos momento a la humanidad, después de las de militar, político, abogado o médico, la de psicólogos esos sacerdotes modernos que valiéndose de un saber mucho más peligroso que la teología hacen de nuestra mente y por tanto de lo que somos lo que les dé la gana, y lo peor no es lo que pueden hacer, sino lo que le encomiendan hacer el poder la población que cae en sus manos. Se trata de unos “profesionales” de la salud, que a diferencia del resto de sus colegas de bata blanca, no está obligado a jurar en detallado juramento hipocrático, sino uno más simple y moderno con los resquicios suficientes como para que puedas hacer y deshacer a su antojo como el paciente.

Fue en la época en que era conocida como Chrissy Blasey, siendo estudiante de la Holton-Arms School que la chica decidió irse de juerga con estudiantes de una red de escuelas exclusivas justo al otro lado de la frontera del Distrito de Columbia y entonces pasó lo que pasó. Una “tragedia” que apareció detallada primeramente con el filtraje a los medios de una carta “confidencial “a los demócratas del Senado y luego como entrevista del Washington Post. En ambas ocasiones Blasey Ford acusó al juez Brett M. Kavanaugh, entonces estudiante de otra costosa escuela privada, de agredirla sexualmente en una fiesta de la escuela secundaria hace 36 años, cuando ella tenía 15 años y él tenía 17. La violación consistió en que él borracho como una cuba, logró tenderla en una cama e intentó quitarle la ropa, mientras otro amigo que se reía, observaba y se tiraba sobre el “depredador”, me pregunto si no sería con intenciones de sodomizar al atacante. Pero esta queja no aparece por ninguna parte, el caso es que la chica logró zafarse y aquí paz y en el cielo gloría…hasta hoy.’
Por su parte el juez Kavanaugh negó con vehemencia su alegato, y sus partidarios dicen que todo esto contradice lo que saben de él. Yo por mi parte no podría la mano en el fuego por un adolescente para colmo borracho. Que tire la primera piedra que no haya hecho a esa edad alguna gamberrada, sin duda alguna injustificada, pero nunca como para que se use, una vez enmendada la conducta como palo en la rueda de una carreta, en este caso la del ascenso profesional del implicado, tras décadas de comportamiento ejemplar.
Hoy en día la señora Blasey Ford es profesora estadounidense de psicología en la Universidad de Palo e investigadora en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. Durante su carrera académica, Ford ha trabajado como psicóloga de investigación para el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Stanford y profesora del Programa de Psicología Clínica Colaborativa de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. Con tanto cargo y experiencia se supone que se trata de un profesional conocedor de las técnicas necesarias para superar las experiencias negativas del pasado y dominar los expresiones sentimentales que estas generan en el presente.
Pero nada de ello se ha puesto en evidencia este 27 de septiembre, cuando Ford testificó acerca de unas acusaciones realizadas por ella 16 de septiembre de 2018, cuando alegó públicamente que Brett Kavanaugh, nominado por la Corte Suprema de los Estados Unidos, la había agredido sexualmente allá por 1982, cuando todavía le quedaban casi dos décadas para terminarse el siglo pasado.

Lo que hemos visto durante las audiencias del Comité Judicial del Senado con respecto a la nominación de la Corte Suprema de Kavanaugh no ha sido a una mujer hecha y derecha, armada y fogueada en las lides emocionales, contando con objetividad una historia cierta, sino a lo más parecido que ha a pobre jovenzuela que alguien hubiese violado días atrás. No hace falta pues un detector de mentiras de los que usa la CIA para saber si esta testimoniante es digna de confianza, su lenguaje gestual es suficiente para descubrir el modo en que hiperboliza sus sentimientos con un afán mucho más propio de influir en el público que en contar la fría verdad.

Brett Kavanaugh calificó estas acusaciones en su contra como un intento de destruir su reputación y una “vergüenza nacional”. Mientras que Donald Trump, ha seguido respaldado a su candidato al Tribunal Supremo incluso después de la audiencia del jueves en el Comité de Justicia del Senado. Podemos condenar a este presidente norteamericano por su hispanoamericano fobia o su compromiso sionista, pero no por este ejemplo de lealtad a uno de los suyos que está en la hoguera.

Ahora le corresponde al Comité de Justicia del Senado votar a favor de la nominación de Kavanaugh ante la Corte Suprema. La votación está programada hoy viernes por la mañana según el horario local. El siguiente paso sería una votación sobre la nominación de HD en todo el Senado, probablemente la próxima semana.

Al margen de la conclusión a la que llegue el aparato del estado norteamericano en este caso rayano en lo ridículo. Podemos aventurar algunas conclusiones y comentarios.

Si toda mujer a la que se le tiró arriba un borracho en una fiesta hubiese que darle el tratamiento que a esta señora no habría no habría psicoterapeutas suficientes en el mundo para curar tanto trauma, ese que las mujeres dignas de verdad se han evitado toda la vida, primero evitando la ocasión como es el caso de las fiestas de borrachera, y segundo con la clásica bofetada al impertinente turno.

Sin ánimo de imitar a Sancho Panza como gobernador de la Ìnsula de Barataria, es lo que habría hecho la propia Blasey Ford, si en lugar de buscarle “su cosita”, el intento evidente de Kavanaugh era birlarle la cartera. Estoy seguro que entonces no me cabe duda de que jamás habrían llegado a la habitación, aunque para ellos también fuere necesario el remedio que se recomiendan las mujeres entre sí desde inicios de los tiempos; la clásica parada en los “huevos”.

Este teatro que han montado, con eco hasta en YouTube, se vuelve más repelente en tanto vemos a personas que parecen tener dos dedos de frente, que en medio del Interrogatorio de la acusadora insertan permanentemente juicios de valor hablando maravillas de la acción. Y como si todo esto fuera poco ya han comenzado a multiplicarse como moscas las victimas de que Brett Kavanaugh, algunas de ellas atacándolo de forma anónima. Se trata sin duda de una campaña bien planeada, una suerte de remake en la política del muy Hollywoodano Metoo, con tan poca originalidad como otras puestas en escena, lo mismo en el terreno de las ciencias en Norteamérica que al de La Academia Suecia, cuya consecuencia directa ha sido que nos quedáramos sim premio Nobel de literatura este año. Si encuentro tiempo escribiré sobre el asunto en otro momento. Lo que llama la atención que esta gente hubiera guardado silencio hasta el momento, como si a ninguna le importara anteriormente la presencia de un violador en el sistema de justicia norteamericano, un sistema al que ya no se acude para buscar el reparo y castigo por los delitos, para ellos están las redes sociales y emulando en desprestigio el Comité de Justicia del Senado, escenario de un auténtico juicio feminista que es como se deben llamar a los procesos estalinistas de nuestros días.

No puedo colocar el punto final a esta nota sin exponer la última enseñanza que nos ofrece este caso. Me refiero a una perversión intelectual que con ayuda de las industrias culturales se viene sembrado por décadas en la mente de la juventud; la dañina idea de ir a la Universidad tanto o más que para forjar la inteligencia y el conocimiento (del carácter se dejó de hablar hace tiempo) para dedicarse a cosas que nada tienen que ver con ella: “salvar al mundo” mediante la agitación política; política (en el pasado por la agitación en favor del socialismo, hoy por el regreso al matriarcado) o a cosas todavía peores; la borrachera, la droga y la promiscuidad sexual. Es lo que enseñan a los adolescentes, las películas que a borbotones produce la industria audiovisual norteamericana.

El daño no solo en el momento en que el estudiante, descuida sus estudios a causa del compromiso o los alucinógenos, es decir cuando muchos de ellos dejan la carrera – en definitiva no se puede permitir que la universalización de la enseñanza nos llene de mano de obra sobre calificada-o la terminan con una falta de conocimientos imperdonables en su materia, como demuestra (salvo que sea intencionada) la conducta de Christine Blasey Ford, sino induciendo a los jóvenes a situaciones cuyas con consecuencias serán lamentables largo plazo. Es lo que habría pasado ser ciertas las acusaciones, ocurriría con el juez Brett M. Kavanaugh, al que de pronto se le puede frenar un avance tan importante en su carrera. Como vemos el sistema de auto corrupción dentro del “mundo libre” norteamericano es implacable; tanto Kavanaugh como Blasey serían sus víctimas, como otros tantos.

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