¿Racismo, socialismo o liberalismo?: Lo que está detrás de expropiaciones de tierra en Sudáfrica

25 Ago

 

Ryan McMaken es el editor de Mises Wire y The Austrian y tiene títulos en economía y ciencias políticas por la Universidad de Colorado y ha sido economista de la División de Vivienda de Colorado de 2009 a 2014. Es además autor de Commie Cowboys: The Bourgeoisie and the Nation-State in the Western Genre. Este 24/08/2018 publicó McMaken un artículo en el muy liberal instituto Mises,  que traducimos al español como “Confiscación de tierras en Sudáfrica: socialismo por otro nombre”.

Aquí se reseña la noticia difundida esta semana por El Express del Reino Unido sobre el hecho de que el gobierno sudafricano haya comenzado a apoderarse de granjas en el país sin negociar las ventas con los propietarios. Se trata del un artículo que publicado el día 21, que lleva por título “ Comienza el caos como primera expropiación de granjas de propiedad de blancos” publicado por Paúl Withers quien a usa como fuente el periódico con sede en Johannesburgo City Press que daba cuente que los propietarios Akkerland Boerdery querían 200 millones de rand (£ 16,7 millones) por su tierra, pero que el gobierno del país estaba dispuesto a ofrecerles solo una décima parte de eso en 20 millones de rand (£ 1,67 m). Lo cierto es que tras el fracaso de las conversaciones con los propietarios el gobierno ha comenzado a apoderarse de tierras de los granjeros blancos, comenzando con dos granjas de caza en la provincia norteña de Limpopo.

Una carta enviada a los propietarios a principios de este año decía de manera expedita: “Se da aviso de que se realizará una inspección del terreno en las granjas el 5 de abril de 2018 a las 10 a. M. Para realizar una auditoría de los activos y una entrega de las llaves de la granja al Estado.”

El dueño Akkerland Boerdery intentó evitar el desalojo hasta que un tribunal se hubiese pronunciado sobre el asunto, pero el Departamento de Desarrollo Rural y Asuntos Agrarios ha rechazado su solicitud. Por Annelie Crosby, vocera de la asociación de la industria agrícola AgriSA, dijo al City Press: “Lo que hace que el caso de Akkerland sea único es que aparentemente no tuvieron la oportunidad de disputar el reclamo en la corte, como lo exige la ley”.

Según el mismo periódico el vocero de ANC, Zizi Kodwa, se negó a revelar detalles de las granjas que se están atacando y ha intentado calmar los temores de los inversores, agregando que las confiscaciones propuestas estaban “vinculadas a abordar las injusticias del pasado”… “Con el tiempo, creo que tanto los mercados como los inversores apreciarán que lo que estamos haciendo es crear certeza política y crear las condiciones para futuras inversiones”.

Las tensiones entre la comunidad de agricultores blancos de Sudáfrica han ido en aumento desde la elección de Cyril Ramaphosa como presidente a principios de año, que cometió su Congreso Nacional Africano (ANC) para la expropiación de tierras.

La semana pasada, el presidente de ANC, Gwede Mantashe, provocó el pánico entre la comunidad agrícola cuando dijo: “No deberían poseer más de 25,000 acres de tierra…Por lo tanto, si posee más, debe tomarse sin compensación”

Según reportaba el diario sudafricano un número récord de agricultores sudafricanos blancos han puesto sus tierras a la venta en medio de temores de que el partido gobernante esté considerando confiscar propiedades de más de 25,000 acres. Del mismo modo el gobierno fue acusado por el AfriForum, un grupo de derechos civiles que representa a la minoría afrikáner blanca, de haber elaborado una lista con casi 200 granjas para confiscar a los granjeros de origen europeo. Pero el Departamento de Desarrollo Rural y Reforma Agraria negó que la lista fuera real, y la portavoz Linda Page le dijo a otro medio, el News24: “No sabemos de dónde sacaron esto. No hay verdad en este documento “. Esto fue refutado en domingo pasado por el vicepresidente ejecutivo de AfriForum, Ernst Roets, confirmó que ya dos granjas (presuntamente de la lista), Salaitna y Lukin, habían sido las dos primeras en ser atacadas destacando la gravedad de los planes del estado para la expropiación y la deshonestidad del Departamento de Reforma Agraria y Desarrollo Rural.

Todo parece haberse iniciado el 31 de julio, cuando el presidente Cyril Ramaphosa, elegido para el cargo en febrero, confirmó que su partido, el Congreso Nacional Africano (ANC) aprobaría una enmienda a la constitución del país para permitir la incautación de tierras de cultivo de blancos sin compensación. El Sr. Ramaphosa afirmó entonces que la nueva enmienda estaba diseñada para “delinear más claramente las condiciones bajo las cuales la expropiación de tierras sin compensación puede verse afectada”.

Técnicamente el programa de confiscación se dirige a los propietarios de granjas en función del tamaño de las explotaciones, y no, estrictamente hablando, en función de su condición racial. El eco de la naturaleza racial de la medida ha llegado a los oídos de Donald Trump quien tuiteó esta semana que había ordenado al Departamento de Estado que estudie la cuestión de las confiscaciones de “granjeros blancos”. El tuitazo trajo la condena del partido gobernante de Sudáfrica por invocar el tema racial, algo que indirectamente se reconoce en un comentario de la compañía francesa de medios de comunicación estatal France24 la que afirma con total naturalidad que esta política “busca corregir el legado de décadas de gobierno de la minoría blanca que despojó los negros de su tierra”.

Para Ryan McMaken, si bien la animosidad racial y el deseo de reparación por crímenes pasados que “despojaron a los negros de su tierra” parecen ser el factor motivador para el régimen gobernante, el hecho es que las confiscaciones de fincas son también buenas políticas desde la perspectiva del partido gobernante. Para el “coloradense” las confiscaciones podrían estar motivadas por el deseo cínico de recompensar la base política del partido con cosas “gratuitas”. Los propietarios de granjas, después de todo, son un pequeño porcentaje de la población votante sudafricana.

Y es por eso por lo que el analista considera que lo importante no es fijarse en el aspecto racial de las expropiaciones, sino ver esta política en su esencia, es decir como medidas ordinarias y mundanas diseñadas para expropiar propiedad privada de un grupo y dársela a otro y agrega que: “en esto, las confiscaciones de tierras no son fundamentalmente diferentes de cualquier otro momento en que un estado haya confiscado tierras, industrias o negocios en cualquier otra parte del mundo.”
McMaken recuerda que, en el siglo pasado, los regímenes inspirados por los marxistas han confiscado tierras y granjas con la mayor frecuencia, basándose en la idea de que los propietarios eran demasiado “burgueses” o enemigos de la “revolución” en algún otro aspecto. Este ha sido el caso en los últimos años en Venezuela donde las empresas son confiscadas de supuestos “traidores de clase”.

Aún más importante, ni la motivación declarada ni la motivación real significan gran cosa cuando se trata de los efectos de las confiscaciones de tierras y la expropiación de propiedades de cualquier tipo. Independientemente de la motivación, la confiscación estatal de la propiedad conduce a consecuencias económicas que pueden tener efectos desastrosos en la economía local. Lo que es más importante, las expropiaciones de propiedad conducen a serios problemas de ” incertidumbre de régimen ” en el que la incertidumbre sobre el estatus legal y político de la propiedad puede conducir a disminuciones significativas en inversión y producción. En otras palabras, si los propietarios no están seguros de si sus bienes serán confiscados, no invertirán en la propiedad ni la mantendrán asegura el editor.

Comentando el número récord de granjeros blancos sudafricanos han puesto sus tierras para la venta el economista adivina que les será difícil encontrar compradores. Después de todo, ¿qué inversor, con medios reales para comprar y mantener las granjas, comprará estas granjas en las circunstancias actuales? Al menos, nadie va a comprar a un precio que no sea drásticamente reducido. Dado que todavía no se sabe con certeza cuán extensas o duras serán las confiscaciones, la mayoría de los potenciales propietarios esperarán y verán cómo van las cosas antes de invertir algo más en la economía agrícola sudafricana. Tal situación impulsaría a los inversores y propietarios a retrasar las inversiones hasta que la incertidumbre amaine. Mientras tanto, los salarios de los trabajadores disminuirán, los propietarios renunciarán a las reparaciones necesarias de máquinas y herramientas, y la economía en general sufrirá, asegura el economista.

Pero los males no terminan aquí, el autor del artículo publicado en el portal de Mises da por sentado que muchos de los residentes más experimentados, conocedores y ricos en capital de Sudáfrica huirán del país, llevando consigo sus conocimientos técnicos. El estado sudafricano, como lo hacen los estados con frecuencia, probablemente intentará dificultar que los emigrantes se lleven su capital lo que será relativamente fácil conseguir en el caso para los propietarios cuyo capital está atado en tierra, algo que no ocurrirá del mismo modo con los inversores extranjeros, sin embargo, no tendrían tales problemas, pues a relativamente fácil para los inversores extranjeros sacar su capital de Sudáfrica como resultado de las expropiaciones. Esa inversión puede que nunca regrese.

Entonces, aunque las confiscaciones de tierras tienen sentido político para el partido gobernante en Sudáfrica, el hecho es que la política tiene muy poco sentido económico. Es el mismo tipo de cosas que hemos estado viendo en Venezuela en los últimos años, y los efectos, proporcionales en tamaño a la cantidad de expropiación efectuada, serán los mismos.

Y tal vez este problema de “proporcionalidad” es sobre lo que el régimen está apostando. Incluso si el régimen sudafricano entiende las implicaciones económicas de la expropiación, el régimen también reconoce que la agricultura sigue siendo una parte relativamente pequeña de la economía sudafricana. Menos del tres por ciento del PBI de Sudáfrica está actualmente impulsado por la agricultura.

El régimen puede esperar que pueda salirse con la suya al destruir la inversión en ese sector si la destrucción económica resultante sigue siendo bastante limitada. Después de todo, si la economía sudafricana sufre, como ya lo está haciendo debido a una variedad de otros factores, el régimen siempre puede culpar a algún otro grupo por el problema, como los capitalistas extranjeros o los detractores nacionales.

Sin embargo, desde el punto de vista económico, podemos estar seguros de que, en caso de que las expropiaciones continúen, las tierras en los márgenes se perderán, los trabajadores agrícolas en los márgenes se encontrarán sin trabajo, y la incertidumbre del régimen provocará disminuciones generales tanto nacionales como extranjeras. inversión.

La motivación para este último movimiento hacia la destrucción de los derechos de propiedad es irrelevante para el resultado económico.

Otro liberal que aborda en tema es el español Fernando Díaz Villanueva, quien el 21 de agosto le dedicó podcast a la propuesta del El Congreso Nacional Africano, para modificar la Constitución del país para poder expropiar a los granjeros blancos y repartir esa tierra entre jornaleros negros. Villanueva se centra primera mente en el lado racista del asunto, para luego preguntarse si detrás de esto hay más razones políticas que raciales. Lo hace recordándonos que 25 años atrás Sudáfrica, pasó página con el apartheid, reconfigurándose como país multiétnico. Lo que ocurre ahora sería una traición de su Gobierno está traicionando a la esencia fundacional de lo que propagandísticamente se ha denominado el país del arcoíris. Al margen de esto el historiador español recuerda que lo que pretenden hacer ahora en Sudáfrica ya se hizo en Zimbabue hace 20 años con desastrosas consecuencias para la economía.

La comparación entre los países africanos me parece válida en muchos aspectos, aunque quizás no en todos, comenzando por las condiciones con las que contaba Robert Gabriel Mugabe al desarrollar la reforma agraria del año 2000, como estrategia para enfrentar su crisis de popularidad una mediante el beneficio de sus antiguos compañeros de armas. Todo ello ocurrió en medios del aislamiento y por tanto de independencia con respecto al mundo, que le permitían al dictador zimbabuense hacer en su país lo que le viniese en ganas, por ejemplo, conservar los valores heteronormativos del país enfrentándose a las imposiciones de género de la ONU, es decir el nuevo colonialismo cultural como lo ha denominado el Papa Francisco. Pero tanto dio el cántaro a la fuente hasta que se rompió, nada es de extrañar que al final Mugabe, quien llevaba en el poder desde la caída de Rodesia en 1990, terminara depuesto por un golpe militar de su propio ejercito. Tal no es el caso del actual Presidente de la República de Sudáfrica Cyril Ramaphosa, con fama de liberal y amigo de los empresarios, ni el de su partido, miembro de la Internacional Socialista, quienes hasta el momento siguen al pie de la letra cualquier orientación del orden establecido a nivel mundial tras la desaparición de la Unión Soviética.

Sin despreciar la expresión racial de las expropiaciones, coincido con lo que ha escrito el economista McMaken en su artículo” Confiscación de tierras en Sudáfrica: socialismo por otro nombre” sobre la necesidad de ir a un análisis más profundo del problema. En lo que no estoy de acuerdo es en quedarnos en el nivel más que “socialista”, populista, en que nos deja enganchado el columnista del Instituto Mises. A diferencia de este autor y viajando un poco más en la historia, comprendo que no existe nada más “liberal” que esa enfermedad infantil padecida tanto por el leninismo como el castrismo de romper en pedacitos una gran cantidad de tierra, hasta el momento perfectamente para repartirla entre pequeños propietarios que, a su vez, por su pobreza – ya podemos ver en el documental con que se inicia el video el modo en que los agricultores son abandonados pro el gobierno – se verán obligador a vender una vez más su parcela a otro gran dueño extranjero lo que generará un nuevo latifundio no necesariamente productivo. En muchos casos el nuevo terrateniente servirá más a los intereses internacionales que a las necesidades locales. Así lo vimos en Hispanoamérica cuando los liberales se apoderaron de ella tras separarla de España, disolviendo las tierras comunales originadas en los virreinatos de la Casa de Austria para crear sobre ellas los ruinosos minifundios, los mismos que ya estamos viendo en Sudáfrica.

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