Y la homosexualidad dejó de ser enfermedad…

6 Abr

Primero en El Nuevo Herald y luego en Cuba Encuentro, Alejandro Armengol, ha publicado un interesante artículo titulado Homosexualismo y enfermedad en Cuba, en éste aborda el modo en el que La Escuela de Psicología de la Universidad de La Habana tomaba medidas muy precisas para evitar la entrada de homosexuales al centro docente, retratando la visión oficial sobre la homosexualidad existente en la isla en las primeras décadas de la revolución.

El periodista nos cuenta que aquellos que estudiaban psicología en Cuba en la década de 1970 consideraban al homosexualismo como enfermedad —ya fuera de origen mental o por un desequilibrio hormonal lo cual podía ser considerado como una posición “avanzada”, en relación con una definición oficial que reducía al homosexual a la condición de degenerado sexual y antisocial.

De acuerdo con el artículo la Escuela de Psicología de la Universidad evitaba la infiltración homosexual en centro docente valiéndose, entre otras pruebas, del Inventario de Personalidad de Minnesota, Inventario creado alrededor de 1943 y desarrollado en los años 50 por Hathaway y McKinley. Aquí se presentaba una escala clínica que medía el índice Masculino-Femenino, así cualquier puntuación elevada del sexo contrario observada en el aspirante era causa de su rechazo.

El problema, muy común en tales tipos de test psicológico, radicaba que este no funcionaba del todo para el contexto cultural cubano, lo que le impedía determinar con exactitud tendencias de género, y aunque la escuela estaba consciente de ello, siguió utilizándolo.

Armengol considera que fue un extremo el considerar al homosexualismo más que como un trastorno psicológico, una enfermedad; ya que un trastorno implica solo cierto problema de adaptación persona-sociedad, lo cual hace que por definición no esté libre de valores. Asi mismo subraya el desface de concepciones entre Cuba y Estados Unidos, país en el que, nos recuerda, ya en los años 60 se había cambiado el criterio sobre el homosexualismo como una enfermedad, y que
entre 1973/1974 la Asociación Psiquiátrica Americana elimina, por una ligera mayoría (58 %) la condición de homosexual como categoría de enfermedad. Cuba por otro lado siguió “aferrada” a categorizar al homosexual como delincuente y antisocial, y enfermo, testimonia el columnista

En el artículo se cita a Mariela Castro, cuando se asegura que la “historia del CENESEX se remonta a 1972 momento en que la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) crea un grupo de trabajo destinado a evaluar las dificultades y censar las discriminaciones de las cuales eran víctimas los homosexuales y las lesbianas”, y señala que poco se supo entonces de esa supuesta labor en el principal centro universitario del país, dedicado al estudio de la psicología, donde algunos estudiantes como el autor se creían “científicos de criterios avanzados” al considerar a esas personas como “aberradas” y no como delincuentes.

Creo que el trabajo del antiguo estudiante de psicología merece cierta reflexión, que pondría fin a la suerte de autoflagelación que denota tu texto como concesión a la visión que hoy impera sobre la homosexualidad, tanto en Cuba como en los Estados Unidos.

Fueron criterios políticos de profunda raigambre maltusiana, no científicos, los que comenzaron echar por la fuerza de la clínica a los homosexuales y a quienes trataban de ayudarles optar por las formas heterosexuales de satisfacción orgásmica y erótica.

Todavía no se sabe bien por que ciertos seres humanos y animales se empecinan en usar sus órganos reproductores de manera tan estéril, teniendo acceso al sexo opuesto. Otra cosa es cuando esta falta en tal caso estaríamos en presencia de un pseudo homosexualidad, o sexualidad de sustitución, como la que se observan en los centros de internamiento. Y así como ayer injustamente se penalizaba a la persona homosexual, si entender las razones del fenómeno, hoy se persigue a quien intente revertir su estado utilizando recursos y técnicas de propios de la medicina o la psicología, al mismo tiempo se premia a quienes usando esos mismos medios inducen a un joven inseguro a la homosexualidad o peor aún afianzan la disforia de género destrozando el cuerpo del paciente con esa gran estafa médica y semántica que es la operación transexual.

Fue la política, no el desarrollo de la ciencia (aunque la primera se disfrazara con el consenso de los “especialistas”) la que impuso el cambio de criterio sobre el homosexualismo como enfermedad, además de su descalificación del código penal (algo justo en cuento atavismo medieval).

Los miembros de la Asociación Psiquiátrica Americana que votaron por su exclusión obedecían más al miedo de perder sus puestos que al juramente Hipocrático, si Cuba siguió aferrada fue porque contando con el respaldo soviética todavía no se había visto obligada a bajarse los pantalones ante las presiones antinatalistas que hacen de la defensa de la homosexualidad, el aborto, la “muerte digna” (eutanasia) sus herramientas, todo ellos disfrazados de un falso respeto por la opción individual, opción que se respeta solo si apunta a la reducción de la procreación humana.

A lo que estamos asistiendo es a la imposición en las naciones por la fuerza de los recursos e instituciones mundiales, de las mismas ideas que predicara como necesidad para la sobrevivencia humana (mas bien de las élites) el roussoniano inglés de Thomas Robert Malthus en 1798 con su ensayo anónimo sobre el principio de la población, en inglés; “An Essay on the Principle of Population”.

Hablamos de un ideario antihumanos que encontró renovada justificación pseudocientífica en el informe encargado por el Club de Roma al MIT y que fue conocido bajo el mítico nombre de “Los límites al crecimiento” (en inglés “The Limits to Growth”) publicado en 1972.

Este un proyecto de reducción no solo del crecimiento industrial, sino de la propia humanidad que alcanzará claro rango de política interna y externa de Estados Unidos desde el 10 de diciembre de 1974, cuando el Consejo de Seguridad Nacional de ese país, promulga un documento altamente secreto titulado National Security Study Memorándum 200, que también se conoce con el nombre de The Kissinger Report (‘El Informe Kissinger’) desclasificado en 1990. En el panfleto, entre otras cosas, se alegaba que el crecimiento demográfico en los países en vías de desarrollo ponía en peligro el acceso a minerales y a otras materias primas que los EE. UU. y era necesario implementar en estos países medidas para el control de la población.

Lo curioso es que como primeros laboratorios de tales medidas han funcionado los propios países desarrollados, con la excepción de Cuba, abocados hoy a al envejecimiento y lento suicidio de la población nativa. Y todo ello bajo el imperio de una neolengua, en forma de discurso políticamente correcto, encaminada a frenar cualquier pensamiento crítico sobre el asunto de la despoblación programada y particularmente el fomento de las relaciones sexuales no reproductivas, las homosexuales en primer lugar, en la que esta se basa.

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