El hombre que comía de ”to”

17 Sep

Picture results for William BucklandDibujo interpretativo sobre Guillermo Buckland donde se ve al científico en  una cueva de Kirkdale and rodeado de hienas.

Leía hace poco una nota crítica contra los que desde occidentes se indignan contra los chinos porque estos comen perros, mientras de este lado saboreamos chuletas de cerdos, no menos inteligentes y sentimentales que los caninos. A esto agrego la cercanía biológica que tenemos con ese clan porcino que tanto nos gusta comer, mi padre me contaba de niño que las mismas medicinas que les curan nos curan a nosotros, y ahora veo que gracias a la genética se pueden cultivar en cerdos órganos trasplantables a humanos, lo que desconozco que se pueda hacer con los perros. Pero el objetivo de esta entrada no es ni acusar o defender a los chinos, mucho menos rasgarme las vestiduras por esa suerte de pseudo canibalismo que comentemos contra el clan porcino, sino contar la historia de un científico occidental que no tuvo reparos en meterle el diente a todo lo que se arrastrara, caminara o volara superando en su amplitud de miras digestivas los códigos alimenticios existentes en los cuatro puntos cardinales.

La historia me la cuenta el boletín electrónico de historia que me envía la revista sueca ”Saber ilustrado”, bajo el título de ”Un científico loco quería probar todos los animales del mundo”, publicado el 11 de septiembre de 2017 por Søren Sorgenfri y Jannik Petersen. Al final se recomienda un libro, que supongo ha servido de fuente. Elizabeth Oke Gordon: La Vida y Correspondencia de William Buckland, DD, FRS, Cambridge University Press, 2010.

Aquí se nos habla de William Buckland se científico británico juró comer al menos un una muestra de de todas y cada una de las criaturas vivas de la tierra.

Según el mencionado artículo William Buckland nació el 12 de marzo de 1784, en la ciudad de Axminster, en el condado de Devon, a sur de Gran Bretaña. De niño acostumbraba a a acompañar a su padre en largas caminatas buscando fósiles en las muchas canteras abiertas de Devon. El interés de Buckland en los fósiles se convirtió en su pasión de toda la vida de, pero cuando entró en la universidad en 1801, decidió estudiar para sacerdote, consciente de que no se podía vivir de investigar animales fosilizados.

Gracias a una beca de estudio recibida por Buckland pudo asistir a la prestigiosa Universidad de Oxford, donde junto con estudios de teología sitió a conferencias sobre todo lo que tuviera que ver con piedras y fósiles.  Así recibió la mejor educación que se podía tener en la Gran Bretaña de sus días en lo que se refiere a minerales, anatomía y química, lo que para 1813 le calificó para el trabajo de conferenciante en mineralogía en propia universidad donde se había formado.

No se sabe con exactitud en que momento le dio a Buckland por probar todos los animales del mundo, pero un joven estudiante, Henry Acland, que participaba en una conferencias de Buckland en Oxford, este le preguntó, mientras sostenía fragmentos de una hiena en la mano” “¿Qué es lo que controla al mundo?. El joven no pudo responder. Entonces Buckland afirmó. “El estómago controla el mundo. Los grandes se comen chicos y estos a los más pequeños “. Tal vez ahí había elaborado la teoría que le llevaría a emprender sus ambicioso proyecto gastronómico.

Cuando Buckland era joven, estaba lejos de ser rico, por lo que para subsidiar su apetito de carne exótica, le pidió a su círculo de amigos y compañero ayuda para obtener animales de todos los rincones del mundo. Así casa vez que alguno de aquellos conocidos salía de viaje por el mundo, traían de vuelta animales enteros o partes de los mismos que terminaban en las las ollas del hogar de Buckland.

De esta manera el excéntrico conferenciante pudo dar cuenta lo mismo del conejillos de indias, el rinoceronte y la pantera que de animalillos locales como erizos y castores.

Si bien Buckland le puso el dientes en todas las curiosidades posibles de la infancia, tuvo un cierto cuidado al compartir su afición con los comensales que venían a su casa de visita, no todos los animales resultaban igualmente apetitosos, para sus invitados, así que anunció que no los agasajaría con algunos de ellos por ejemplo el topo, considerado por los colegas especialmente asquerosos o las arañas que según el propio anfitrión se quedaban atrapadas en la garganta”.

Desenmascarando falsedades

No fue hasta la avanzada edad de 41 años que el excéntrico especialista en animales y fósiles encontró su pareja perfecta en la aclamada ilustradora y también coleccionista de fósiles Mary Morland.  En 1825 se casó con ella para gran felicidad de la pareja. Muy pronto Morland, se contagió con el entusiasmo de su marido sirviéndolo tanto a él como a sus invitados de todo lo imaginable, desde cachorros de perro a oso pardo.

Pero el saber no siempre trae buenos resultados, esto lo veremos con el escándalo desatado por los recién casados ​se fuero de luna de miel, visitando como era de esperar los puntos de geológicos de excavación más famosos de Europa. Por esta vía la pareja llegó a la ciudad de Palermo en la soleada Sicilia.  Allí Buckland comenzó a hablar con algunos sacerdotes católicos quienes aseguraban que en la catedral de la ciudad se albergaba los restos de una santa llamada Rosalía. Se trataba de una ermitaña que en el siglo XI, se había pasado la vida dedicada a la oración. Durante una epidemia de peste en 1624, sus restos estaban en procesión por la ciudad, e inmediatamente después, Palermo se libró de la enfermedad.

Rosalía fue declarada sagrada y su esqueleto fue colocado dentro de un sarcófago en la catedral. Buckland pidió ver las famosas reliquias, pero cuando los sacerdotes se la mostraron, tras lanzar una rápida mirada a las piernas de la sagrada reliquia exclamó que aquellas nunca había sido piernas de mujer. ” Son los restos de una cabra. “Tales he cortado y comido tantos que las reconozco en un momento “, supongo que como buen protestante el científico inglés se haya dado gusto derribando el culto a la pobre santa, lo ciento es que lo único que consiguió fue desatar la furia de sus anfitriones y tener que poner los pies en polvorosa, abandonando de inmediato Palermo.

Una vez en Inglaterra de nuevo, las ofertas exóticas de la cena en la casa de los Buckland se convirtieron en un punto focal para la élite de la investigación británica, que recibía de inmediato invitaciones para probar de la carne fresca cada vez que esta llagaba a las despensa de nuestro personaje procedentes lo mismo de un país remoto o que del zoológico de Londres, las invitaciones fueron enviadas de inmediato.

María dio a luz a nueve hijos, de los cuales cuatro murieron antes de llegar a la edad adulta, pero estas no eran las únicas crías que correteaban por la casa, allí también vivieron dos monos, una hiena dócil y varios conejillos de indias que vagaban libremente por el hogar de los coleccionistas de platos, que nadie de los invitados sabían de que se trataban hasta ser servidos, lo único recurrente eran los champiñones tostados, el aperitivo regular, el resto tenía que ser adivinado por los invitados. Uno de los más entusiastas de estos comensales fue Caroline Owen, casada con el famoso biólogo y paleontólogo Richard Owen.

En sus cartas, la Sra. Owen, quien junto a su esposo visitaba regularmente a la los Buckland, describió en términos líricos los platos que les ofrecían en casa de aquella familia como el erizo, el cocodrilo y un patito particularmente delicado: “Una tarde recibimos rebanadas de avestruz asados, que sabían casi como nuestros propios pavos,” escribió, pero anotando además en la desafortunadamente y larga noche con dolor de estómago sufrida a continuación por su pobre esposo Richard

Los inusuales menús de Buckland atrajeron a algunos y asustaron a muchos, y más cuando el loco profesor universitario demasiado ocupado con sus investigaciones. no resultaba ni diplomático ni particularmente considerado con los sentimientos de otras personas.

En 1848, Lord Harcourt invitó a una cena en el castillo Nuneham al sur de Oxford, Buckland se encontraban entre los invitados. El fallecido padre de Lord Harcourt, arzobispo de York, había sido un diligente coleccionista de objetos crueles de la historia del mundo, y la joya de la colección era una parte de un corazón supuestamente perteneciente al rey Luis XVI. Durante la cena en la casa de Nuneham, el hijo de la familia mostró un pergamino con el famoso pedazo de corazón que fue pasando de mano en mano, entre unos invitados fascinados por el contenido. Cuando llegó a Buckland, esté examinó cuidadosamente el contenido. La pieza era grande como una nuez.  Los muchos hoyos de la superficie le recordaba una versión fosilizada de las esponjas naturales que Buckland conocía muy bien de sus viajes por el sur de Europa. Curioso y escéptico, como siempre, Buckland decidió investigar el corazón más cerca para tratar de averiguar si era una falsificación y lo hizo de la mejor forma que sabía hacer, así que diciendo: “He comido muchas cosas extrañas, pero nunca he saboreado el corazón de un rey”, se metío en la boca el supuesto souvenir real y comenzó a masticarlo antes los asistentes asombrados con la escena.

Un saber ùtil

El saber de las papilas gustativas del profesor no solo le sirvió para demostrar para impresionar o desenmascarar falsificaciones, tubo también otras utilidades mas o menos practicas, durante una excursión en coche de caballos, Buckland se perdió, salió del carruaje cogió un puño de tierra y se lo metió en la boca. Después de probar la tierra, indicó con la ayuda de su amplio conocimiento de los suelos de Inglaterra que se encontraban en Uxbridge las afueras de Londres, y así pudo dar con el camino a casa. Esto de “comer tierra” supera lo que hemos visto hacer en el cine a los avispados exploradores indígenas norteamericanos, lectores por excelencia de todas las señales del terreno.

William Buckland murió a edad de 72 años en 1856, desde 1850, sufría de una tuberculosis, que había debilitado gradualmente su salud. Sin duda alguna se trata de una edad avanzada para la esperanza de vida de la época y lo que mas me asombra es que se haya tratado por los efectos de una enfermedad pulmonar y no gastrointestinal, evidentemente comer animales de todo el mundo había fortalecido das defensas de su aparato digestivo, y todavía andan por ahí quienes nos intentan convencer de las bondades del veganismo.

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