De los orígenes y límites de la homofobia; a propósito de un video de propaganda gay

27 Ago

Muy amablemente y pendiéndose mi opinión ha llegado a mi buzón un correo con el enlace a “La homofobia, el mal de todos los siglos” un artículo muy bien escrito del publicista Jorge González, persona por la que guardo gran afecto a pesar de no compartir muchas de sus opiniones.

Es lo que ocurre con las que se vierten en el trabajo mencionado, aunque he de reconocer su interesante manera de defender la homosexualidad sin salirse de la típica receta del buen agitador LGTB.

El mayor problema lo veo en SERGIO UN ADOLESCENTE GAY FRENTE AL BULLYING la película mexicana que se coloca a manera de pinto final de ese artículo, la misma con la cual inicio este mío y que también he compartido y comentado previamente en las redes sociales.

Para comenzar, los señalamientos al material audiovisual: aquí se mezclan dos cosas que no tienen que ver, el caso típico del muchacho que no se sabe defender del abuso y la condición de homosexual, que es como siempre en este tipo de material adoctrinador, cuando en muchos casos han sido son los homosexuales los primeros en abusar. Ahí tienes el caso de las terribles fuerzas de asalto SAS de Hitler, los deleznables violadores de cárceles y por último caso más reciente del genocida de Orlando, un inmigrante gay lastrado de auto fobia que no encontró mejor cura para su mal que asesinar en masa a latinos homosexuales como él.

Lo que sí se pone en evidencia a pesar de los objetivos doctrinarios de la película es la falta de orientación que tienen los jóvenes cuando tienen que enfrentarse a un magisterio adoctrinado en ideología de género (la misma a la que se le hace propaganda en el material), incapaces de orientar a un joven confundido sobre su propia sexualidad.

El video nos muestra pues el nivel de penetración que tiene la dogmática homosexualista en el cine y la educación mexicanas de hoy. A ese pobre niño de la historia lo que había que hacer era ayudarlo desde pequeño no solo para que aprendiera a defenderse de los abusos de grupo, sino en la tarea más delicada a la que se ha dedicado la humanidad desde que se separó definitivamente del resto del reino homínidos: canalizar desde la temprana edad la orientación sexual de sus hijos, en el sentido de conseguir la máxima eficiencia reproductiva, fue aquí donde se originó la famosa esa homofobia tan mal explicada por los apologetas del movimiento gay, un fenómeno que como bien ellos reconocen, no parecen tener parangón entre otros animales incluidos los primates más cercamos a nosotros, quienes según nos enseña la etología gustan de explotar, como hacen nuestros niños, todas las posibilidades de conseguir placer erótico, entre ellas la homosexualidad, la cual usan ya como diversión, ya como sustitución de una heterosexualidad no conseguida, por razones de internamiento, ecónomicas o de salud, ya como ritualización de las relaciones de poder.

No quiere decir que con la humanización del mono la homosexualidad se elimine o que esta reaparezca como simple atavismo, ella será mantenida, con el recurso a utilizar por los excluidos del mercado sexual, como castigo, como símbolo de dominación y castigo al mismo -estilo de nuestros primos los monos- y lo que es peor como instrumento de una política maltusiana encaminada a frenar el crecimiento de la población humana.

De lo que se trata es de superar esa etapa primitiva y guiar a nuestro infante para que supiera enamorarse de aquellos seres humanos con los que sus órganos sexuales se complementan en la bella función de procrear una familia. Evidentemente con el adolescente que vemos en la película nadie hizo esto en el momento preciso, y cada vez será más difícil que se podrá hacer gracias a las nuevas leyes que impone en Nuevo Orden Mundial persiguiendo lo mismo a padres que a especialistas, pedagogos, psicólogos etc. que apuesten por la orientación heterosexual de la infancia, mientras se premia a aquellos que hacen lo contrario.

Véase como la maestra manipula al joven en lugar de ayudarlo, convirtiendo su confusión sexual en una cárcel de la cual no puede escapar, que es lo que pasa cuando se transforma lo que pudo ser una pasajera y confusa inclinación por alguien de un mismo sexo (algo tan común entre los seres irracionales) en un estado natural e inamovible, encasillando para siempre la evolutiva sexualidad niño (leamos a Freud) con ese anglicismo metafísico que es el cartelito de “gay”, como si el ser humano fuese una máquina programada desde sus orígenes para su vida sexual y no uno de los pocos seres de la naturaleza condenado a aprender prácticamente todas las conductas que han garantizarle la sobrevivencia.

Lo segundo es el tema de la violencia contra esos pobres niños desorientados sexualmente, los cuales sin duda alguna deben ser defendidos y enseñados a defenderse, del mismo modo en que haríamos con el gordito o el miope del aula cuando es objeto de burla y abuso por sus compañeros clases.

Por lo visto en este caso hay una relación entre la falta de carácter y la desorientación sexual algo propio de los prejuicios sobre los homosexuales que difunde la propia propaganda LGTV, ambas cosas pueden solucionarse, pero ha de ser con una pedagogía no lastrada por la ideología de género. Con lo que no se arreglará será a base de golpes y maltratos, expresión nefasta e irracional de la homofóbia, que debe ser combatida y que es la única alternativa que se nos ofrece en la película.

Ocurre que del mismo modo que la violencia verbal o física no sirve para cura la obesidad o la miopía o la falta de valor, tampoco sirve para evitar el empantanamiento homosexual de un muchacho. Es en la crítica a esas reacciones bárbaras donde coincidimos con el director de esta película sin dejarnos llevar a la trampa de la claudicación en cuanto a la necesaria vigilancia y orientación en cualquier orden, incluido el sexual que merece toda juventud deseablemente sana.

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