Dios Blanco: algo más que una película de perros

10 Abr

 

Anoche terminé de ver la película Fehér Isten (Dios Blanco) de (2014) y ella me confirmó una vez más que Hungría, pese a ser un país pequeño es capaz de hacer un gran cine se trata de un drama de horror nacido de una suerte de simbiosis entre la película “Amores Perros” (2000) y “El Planeta de los Simios (r)evolución” (2011).


Y no dejo de interpretar el hecho de que se mencione una tal calle “México” en la película como homenaje aquel primer largometraje de Alejandro González Iñárritu.
Ojalá que esta película sirva a su director, Kornél Mundruczó, como rampa de lanzamiento, del mismo modo que hizo “Amores”, con Alejandro González Iñárritu, no es que sea una obra perfecta, pero si es una muestra de oficio y original uso de la intertextualidad propia de las artes audiovisuales.

Según el guion escrito por el propio Mundruczó y Victoria Petranyi, esta es la historia de Lili, una niña de trece años, hija de padres separados que lucha por proteger a su perro Hagen, animalito que por su condición molesta bastante la verdad. La película dibuja muy bien ese amor que nace entre los adolescentes y los animales, y lo desbastados que ellos pueden quedar, cuando se les separa. En este caso cuando el padre cansado de los problemas que ocasiona el can lo abandona en la calle. Allí comienzan dos historias paralelas la de Lili buscando a su perro y la de este degradándose por la acción humana hasta convertirse primero en un criminal y luego en el líder de una revolución perruna que asola la ciudad.

Hay quienes han querido ver en la película algo más que la indignidad con la que los animales por son tratados por los humanos, incluso una metáfora brutal de las tensiones políticas y culturales que recorren la Europa contemporánea. Bueno, podría ser, si nos guiamos por los medios del propio continente, Hungría el país de la película sería por antonomasia una de las naciones que mejor encarna la actual ola de xenofobia europea, y primero por el trato que tradicionalmente ha recibido allí población gitana y ahora el que están recibiendo los miles de refugiados sirios y de otras naciones orientales que intentan atravesar la vieja tierra de los magiares, muchos de los cuales terminan confinados en tras rejas muy parecidas a aquellas en las guardados los perros recogidos en la calle que vemos en la película. Se trata de una criminalización del otro que termina bestializando. Pero la alegoría podría ir más allá, conectado el maltrato del animal como el modo en que desde los tiempos paganos, griegos y romanos trataron a los “barbaros”, lo que se prolongará en el cristiano medievo con el trato al siervo derrotado, y luego con los procesos colonizadores y ya fuera del continente en la manera en que fueron sometidos los pueblos salvajes.

El título de Dios Blanco podríamos asociarlo con las elucubraciones del célebre Dominico Fray Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra quien creyó ver en Quetzalcóatl nada más y nada menos que Santo Tomás Apóstol. Ese mismo Quetzalcóatl es el que los aztecas creyeron ver en un primer monto al arribo de la expedición de Cortés, lo que le permitió al conquistador ganar el tiempo necesario para crear alianzas y convertir los pocos hombres que le acompañaban desde Cuba en guías del enorme ejército que hizo caer a la gran Tenochtitlán. Y como el único animal puramente blanco que aparece en la película es el hombre, no es difícil asociar con este el nombre y por carambola a los perros con unos nativos que se someten hasta que descubren la mortalidad de las deidades.

Sin duda alguna es el título de la película donde encontramos la clave del mensaje más trascendente de cuantos se nos quiere dar con este thriller. Por ello considero imperdonable el cambio de título de la obra como ocurre en su presentación en Suecia donde fue bautizada simplemente como “la revuelta”. Toda película es un discurso cuya primera oración es el título. Cambiárselo debería enervar a los directores del mismo modo que les enervaría el corte de cualquier parte de su creación.
Pero volviendo a la connotación inmediata, viendo la película no he podido menos que recordar un video hecho en Cuba y colgado en las redes sociales donde se ve a un empleado de la Zoonosis sacando a un perro de una casa, alzado de manera dolorosa para el animal por una pata para luego lanzarlo despiadadamente contra la portezuela de la camioneta en la que se lleva al animal.

Hay que reconocer que frente a este personaje sus colegas húngaros que vemos en el filme parecen monjitas de la caridad y todavía más angelicales aún resultan su compañeros de oficio, disfrazados de veterinarios y voluntarios que aparecen en la serie televisiva sueca SOS Djur (SOS Animales) por el cual damos seguimiento una ambulancias que suele rescatar a los animales de sus dueños, en muchos casos para curarlos pero en otros para determinar que no se puede hacer otra cosa que dormirlos” (matarlos con una inyección letal), el eufemismo con el que se encubre una suerte en eutanasia, en ocasiones contra animales cuyas ganas de vivir se observa a simple vista, un acto que se nos disfraza de piedad, pero que el fondo sirve para justificar a niveles inconscientes el mismo procedimiento contra los seres humanos.

Y da gracia el silencio que frente a estos crímenes de Estado contra el mundo animal mantienen las organizaciones animalistas suecas, las mismas que se empeña en covertirnos a todos en vegetarianos, como si la carne un derecho exclusivo de los leones, a la vez que inundan los vagones del Metro con propaganda contra el uso de animales amaestrados en los circos extranjeros (en los suecos ya están prohibidos) aduciendo el estrés y maltrato al que son sometidos unos de los pocos animales que han aprendido al ganarse el pan con su trabajo, después de los humanos, quienes por cierto hacen otro tanto con no menos tensión psicológica y martirio.

Si por los animalistas fuera no podría ni siquiera filmarse películas como la que nos ocupa, en la que interviene una jauría de perros entre protagonistas y extras a los que se habrá tenido que domar previamente con algo más que chuletas.

Pero suponiendo que todo lo anterior fueran meras especulaciones, ello no le restaría demasiado valor a una película cuyo mérito ya es suficiente con la manera en que Kornél Mundruczó hace trabajar a tres de sus actores más importantes, a la pequeña Zsófia Psotta quien hace de Lili ( la niña protagonista) y los chuchos Body y Luke en sus respectivos roles del perrito Hagen y el amiguito canido que le ayuda a sobrevivir en la dura vida callejero.

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