Se nos fue un maestro: Umberto Eco

24 Feb

tratado

“La semiótica es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir.” Umberto Eco. Tratado de Semiótica General, 1976.

 

 

 

Me honro en haber sido uno de los primeros en difundir las ideas de Umberto Eco en Cuba; luego continué esta labor fuera de la isla, cuando organicé entre inmigrantes latinoamericanos unos grupos de estudios con los cuales financiaría el primer programa radial de los cubanos en Suecia, Radio Sur; antecedente de la actual “Tertulia de Estocolmo”, espacio para el cual he preparado un programa íntegro dedicado a Eco. Poco mérito, si se compara con cuanto le debo a ese pensador en lo que respecta a claves para interpretar la cultura, los medios, la política y en general la sociedad que nos rodea.

Fue a principios de los noventas que comencé a “predicar” a Umberto Eco, lo hacía como parte de cursos y conferencias que impartía en mi condición de profesor de semiótica dentro del Departamento de Filosofía y Estética del Instituto Superior de Arte de La Habana; lo hacía en la condición de semiótico que tenía el célebre italiano, no como escritor de ficción, de la cual muchos de mis alumnos ya tenían noticias, gracias al libro “El nombre de la rosa” y sobretodo de la versión fílmica que tanto ayudó en la fama de la obra.
 

El Instituto Superior de Arte de La Habana, era una institución bajo control directo del Ministerio de Cultura y por tanto un poco soltada de la mano del férreo Ministerio de Educación Superior. Tal situación favorecía a que el I.S.A funcionara en lo ideológico como una suerte de enclave heterodoxo, semejante en su relación con el pensamiento oficial, a la que establece con las creencias religiosas imperantes, del personaje de Guillermo de Baskerville, especie de encarnación de Guillermo de Ockham y figura central en “El nombre de la rosa“. Una obra cuyos críticos más extremistas dentro de la iglesia catalogaron de anti-católica, con una actitud que recuerda la de aquellos comisarios que veían en el ISA un antro de perdición ideológica. Pero no creo que ni en uno ni en el otro caso fuera para tanto. En lo referido concretamente a Umberto Eco debo subrayar en su defensa que cualquiera que le lean reconocerá de inmediato el respeto por las tradiciones y la espiritualidad cristiana que se desprende de sus obras, por más racionalistas y apegadas al espíritu de la ciencia que estas sean. Es algo que todos deberían reconocer, incluso ante la evidencia de que el ensayista recorrió el camino de tanto pensador crítico, de la fe al agnosticismo y de aquí a un sano ateísmo que se refleja en el deseo de su familia de acompañar su entierro como una ceremonia secular.

 

Regresando al tema de mi enseñanza de semiótica, sabrá Dios, si fue por una de esas cadenas de causas como las que hace que el aleteo de una mariposa desate terremotos, que aquellos cursos y charlas del pasado siglo incidieran de manera indirecta, en el hecho de que los redactores de Granma, en su edición digital correspondiente al 20 de febrero de 2016, dedicaran un obituario al escritor y filósofo italiano, fallecido el viernes 19 de febrero, a sus 84 años de edad. Allí se le reconoce, entre otros méritos, la autoría de varios libros que, si bien nunca publicaron nuestras editoriales, al menos si se encontraban en la excelente biblioteca del I.S.A y que me serviría para preparar unos cursos de semiótica que nada tenían que envidiar, modestia aparte, a los que todavía hoy se imparten en países con mejores condiciones bibliográficas que las nuestras de entonces.

Por cierto, me gustaría desde estas páginas, alertar a los bien intencionados colegas de Granma. Cuando ellos escriben acerca de Eco que: “Publicó su primera novela en 1968. Este trabajo, titulado `La estructura ausente…”. Tal parece que nos están diciendo que “La Estructura Ausente” fuese una novela, cuando en realidad se trata de un trabajo teórico que sirve de introducción a la Semiótica de Eco. Estamos hablando de paso sobre un libro que de alguna manera se percibe reescrito y actualizado en “Signo” y en “El Tratado de Semiótica General”.  El lector puede verificar lo que digo consultando los títulos mencionados en la plataforma https://issuu.com, servicio en línea que permite la visualización de libros, revistas, periódicos y otros documentos digitalizados previamente.

Esto de engordar obras y publicarlas como nuevas no es “vicio” exclusivo de Eco, es una vieja y extendida práctica de la que no escapa ni el viejo Carlos Marx, en cuyos breves Grundrisse o Elementos fundamentales para la crítica de la economía política 1858, está la semilla en ciernes de lo que será El Capital, cuyo primer tomo aparece en1867. Poco tenemos que objetarle a Umberto Eco más allá de este truco o quizás de su desprecio por las posibilidades que abre el internet como medio de expresión para cualquiera: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas” (Umberto Eco: “Con i social parola a legioni di imbecilli”, La Stampa, 10 de junio de 2015).

Lo anteriormente dicho no es mentira, pero tampoco lo es que -aunque no sea el caso de Eco- los pulpitos universitarios están plagados de estos mismos idiotas a los que él se refiere, y son todavía más peligrosos cuando el aura académica les autoriza a justificar las peores barbaridades contra la humanidad que realizan los mismos Estados y corporaciones que financian las universidades.

Sin embargo, son muchas más las virtudes que los defectos que podemos reconocer en Umberto Eco, para comenzar, su manera llana y amena de comunicar, lo que le diferencia de ese intelectual de medio pelo que, retorciendo su discurso, simula enseñarnos algo muy complicado, cuando en realidad nos entretiene con una bola de paja. A diferencia de aquellos, Eco siempre escribió claro y hasta con cierto humor, muy italiano. Si alguna vez nos cuesta comprenderlo no es porque fuese su intención confundirnos, como suele hacer tantos metafísicos, sino por presuponer en nuestro bagaje, las lecturas que ya tenía en el suyo este investigador del que se ha dicho: “lo sabía todo”, hasta como escribir de la mejor ficción agregaría yo. Ahí tenemos el caso de una novela como “El péndulo de Foucault’” (1988), que, si bien puede aburrir a algunos, tuvo el mérito de poner de moda un tema que no ha dejado de sonar hasta nuestros días tanto en los círculos del esoterismo y del misterio como en el más amplio campo de la literatura; el tesoro perdido de los Caballeros Templarios. Y ha sido el “pasar página” con respecto a esta en la memoria del público, lo que ha permitido explotar la avidez del lector sobre tal asunto, vendiéndoles un subproducto al estilo de “El código Da Vinci”.

A propósito, estaba leyendo un artículo sobre Umberto Eco cuando se me acercó un joven colega sueco, estudiante de pedagogía y lingüística inglesa, señalando la foto del novelista me preguntó quién era esa persona. Para introducirle en el tema le pregunté si le gustaba leer ficción y me contestó que sí poniéndome como ejemplo de su gusto “El código Da Vinci”, la novela que yo nunca había podido terminar dado el sueño que me inspira. En respuesta me permití recomendar al fan de esa construcción de la mercadotecnia que es Dan Brown, que leyera la segunda novela de Eco y supiera así  por donde le entró el agua al coco del éxito comercial que ha tenido “El código”, la obra de cuyo autor, Eco, con la agudeza que le caracteriza, declaró: “Es un personaje de El péndulo de Foucault. Así que debería pagarme algunos derechos.”
 

Umberto Eco nació el 5 de enero 1932, en Alessandria, en la región del norte de Italia Piamonte. Recibió educación católica en una escuela salesiana e ingresó en la Universidad de Turín donde se especializará en filosofía medieval, titulándose en 1954, con una tesis que desarrolla y publica como libro con el título de “El problema estético en Santo Tomás de Aquino”. En 1959 se convierte en asesor editorial en la editorial Bompiani; donde comenzará a desarrollar sus ideas semióticas. Entre 1956 y 1964 trabajará como editor cultural para la emisora estatal Radiotelevisión Italiana (RAI), al tiempo que se desempeña como profesor de la Universidad de Turín 1956-1964. En 1962 se había casado con la que hoy es su viuda, Renate Ramge, una alemana naturalizada italiana; académica y escritora, especializada en Arte, 3 años menor que su marido. El matrimonio tendrá dos hijos: Stefano, y Carlotta.

Es en ese mismo año, Eco se incorpora al “Gruppo 63”, movimiento nacido en Palermo bajo el influjo de neorrealismo en la literatura y en el cine popular que en esos momentos hacían Roberto Rossellini y Vittorio De Sica, lo conformaban jóvenes intelectuales, críticos hacia las obras literarias tradicionales de los años cincuenta, quienes buscaban nuevas formas de expresión literaria y estética, que terminarán teniendo eco en Eco.

Con toda esta base tendrá material para sus ensayos sobre cultura de masas y medios de comunicación, entre los que hay que destacar su ensayo “Apocalípticos e integrados ante la Cultura de Masas” (1964) y la ya mencionada  “Obra Abierta” (1963). Umberto Eco ha sido además, catedrático de Filosofía en la Universidad de Bolonia en la que será profesor de Semiótica desde 1975, en la que echa andar La Escuela Superior de Estudios Humanísticos conocida como la “súper escuela”, también fue fundador y espíritu rector de la Asociación Internacional para los Estudios Semióticos, Doctor Honoris Causa en más de 30 universidades de todo el mundo, Eco fue presidente de honor del Centro Internacional de Semiótica y Estudios Cognitivos de la Universidad de San Marino y miembro del Foro Internacional de la Unesco. Desde 1998 formó parte de la Academia Europea de Yuste y fue miembro del Foro de Sabios de la Unesco.

El  viernes 27 de febrero,  aparecería póstumamente el último libro del escritor italiano, “Pape Satan Aleppe”,  el título proviene de un verso escrito por Dante Alighieri en el comienzo del Canto VII del Infierno,  la obra se conforma con una serie de artículos de actualidad publicados por Eco en el semanario italiano L’Espresso.

Además de las obras ya mencionadas, Eco tiene en su haber, trabajos teóricos no menos importantes como serían; “Arte y belleza en la estética medieval” (1959), “Diario Mínimo”  (1963), “Las poéticas de Joyce”, (1965), “La definición del arte”(1968), “Socialismo y consolación” (1970), “Las formas del contenido”, (1971), “Sociología contra psicoanálisis” (1974), “Cómo se hace una tesis, técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura” ( 1977), “Lector in fabula” (1979), “La estrategia de la ilusión, “Semiótica y filosofía del lenguaje” (1984), “De los espejos y otros ensayos” (1985), “La búsqueda de la lengua perfecta” (1993), “Segundo diario mínimo” (1992), “Los límites de la interpretación” (1992) y para terminar esta lista incompleta,” Kant y el ornitorrinco” (1997).

En 1994, se publica su tercera novela “La isla del día antes”.  Sus obras literarias de este siglo fueron “Baudolino”, del año 2000; “La Misteriosa Llama de la Reina Loana”, del 2004; “El cementerio de Praga”, del año 2010;  y “Número cero” que fue publicada en 2015.

Es en su última novela donde Eco hace decir a uno de sus personajes, el reportero Braggadocio, que los periódicos no están hechos para difundir noticias sino para ahogarlas bajo una inundación. Así de peligroso es este hombre, lo mismo si nos habla a través de sus personajes que en su propio nombre, para desarrollar algo tan subversivo frente al poder como es  una “teoría de la mentira”, es decir la semiótica;  con ella Umberto Eco nos dio las herramientas necesarias para desenmascarar la manipulación proveniente de los medios y las industrias culturales, para descubrir las ideologías que ocultan los más variados sistemas de signos, lo mismo si se dan en la forma vulgar y grosera de un estado totalitario, o en la forma sutil y por ello más riesgoso, de allí donde creemos que existe “libertad de prensa”.

 

Que descanse en paz Umberto Eco, dichoso el profesor que ya lo puede hacer, para mi será imposible mientras quede un renglón suyo por leer.

 

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