Rusia entre Sodoma y Eurovisión: a la espera de la nueva revolución

5 Jun

Vamos hablar ahora del lado oscuro de Eurovisión, de la transformación de este programa nacido en 1956 – el más antiguo del mundo- en arma arrojadiza dentro de la nueva guerra fría que estamos viviendo, no se trata en esencia de una guerra entre el capitalismo y el comunismo (como antaño) o entre occidente y oriente, o entre el islam y el cristianismo o entre el feminismo y el patriarcado, si bien se cruza trasversalmente estas y otras antinomias, se trata de una confrontación aún más profunda y de las que pocos parecen, pueden o quieren darse cuenta: es la lucha entre el maltusianismo encarnado en poderosas instituciones de carácter mundial o en estados más o menos desarrollados y el humanismo que a veces a su pesar de sus propias historias y doctrinas teológicas encuentra defensa en las religiones organizadas más importantes, así como el algún que otro estado que aún se mantienen beligerante, el más destacado de estos últimos, con todo y sus defectos es el ruso.

Para conocer en qué sentido se perfila Eurovisión como un Caballo de Troya contra Rusia, no hace falta escuchar los vulgares abucheo con que la claque homosexualista intentó empañar la participación de Polina Gagarina, con su canción en inglés Letra de la canción A million voices, sin importales la calidad de la interpretación y sobre todo el contenido precisamente humanista de una pieza que en medio de tantas frivolidades presentadas en el concurso clamaba por los sueño de paz que comparten gentes diferentes. Para entender de lo quiero decir basta con leer el artículo aparecido el 26 de mayo de4l 2015, en el periódico Metro de Estocolmo, titulado Därför skulle Ryssland ha vunnit Eurovision, lo que traduzco como “Por esto, Rusia debería haber ganado en Eurovisión” , en la columna escrita por Lisa Magnus.
Se trata de algo más que el típico ejercicios rusofobia que se practica en una Suecia para la cual la derrota sufrida por su rey Carlos XII el 8 de julio de 1709, en batalla de Poltava manos de, los ejércitos del zar Pedro I de Rusia libró generó un trauma similar, con respecto a su vecino del oeste al sufrido por los españoles en relación a sus enemigos del este tras el desastre de 1898. La particularidad del artículo radica en su modo en que pone poner en evidencia las expectativas que despierta entre los intelectuales orgánicos del Estado dictatorial de género, como el papel que juega Eurovisión como instrumento de promoción homosexual.

Según la Magnusson si algo tenían en común los espectadores de Suecia, Noruega, Dinamarca, Alemania y los Estados Unidos era que ninguno deseaba un triunfo en este festival de Eurovisión para Rusia, país al que compara con un abusador que le mete la cabeza en el inodoro a sus compañeros de escuela. Para justificar la imagen, la columnista recuerda que bajo la presidencia de Vladimir Putin, el país ha invadido a Ucrania, violó repetidamente el espacio aéreo de países próximos (incluyendo Suecia) los opositores políticos desaparecen, y existe prohibición de la “propaganda homosexual” contra los niños, lo que según ella convierte en ilegal, el decirle a una desesperada chica de 17 años de edad, que está bien amar de su mismo sexo, podría haber agregado el deseo de que se promueva, entre los jóvenes confusos en cuanto a su identidad de género, las cuestionables operaciones de “cambio de sexo”, o como todavía más eufemísticamente se le llama en Noruega de “confirmación de sexo”. Un terreno en el que Suecia se encuentra a la avanzada desde que se realizara la primera transformación de este tipo a mediados de la década de 1970, un paciente ocasional. Si alrededor del año 2000, solo una decena más o menos personas recibieron el tratamiento, en el 2014 ya eran 99, Esto por no hablar de los 600 pacientes atendidos como parte de este proceso en las llamadas “clínicas de identidad”.

Evidentemente el sueño libertario del comentarista es que se establezca en Rusia, el protocolo que que ya existe en otros lados, encaminado reorientación de la juventud hacia sino ambigüedad sexual a una práctica gay pura y dura, tarea a la que poco a poco se van incorporando, sobre todo en el mundo anglosajón diferentes sectas cristianas en un ejercicios de apostasía sin igual desde los tiempos de Roma.

Así las cosas no es extraño que durante el concurso de Eurovisión se haya tenido que echar manos a la tecnología para amortiguar el sonido de las protestas del público que surgieron cada vez que Rusia conseguía puntos, sin importarles que Gagarina besara al travesti austriaco, quien muy a tono con lo que estamos diciendo y sin la mitad del mérito artístico de la rusa, salió ganador año pasado; el/la tal Conchita Wurst.

Pero lo más significativo de la nota emerge cuando su autora se confiesa arrepentida, por no haberle deseado el triunfo a Gagarina,, y no lo hace porque la canción de Gagarina fuera escrita por unos suecos -lo cual, además de su interpretación en inglés, me parece imperdonable por el lado ruso- sino porque para Rusia, según la periodista, para celebrar una “fiesta” de este tipo sería una pesadilla. En este sentido Lisa Magnus recuerda que cuando aquel país fue sede olímpica, Vladimir Putin, expresó su preocupación por el asunto homosexual y que la semana pasada, el Patriarca Kirill de Moscú y de Toda Rusia – ese mismo cuyos vínculos con la “teología de la liberación ya comentamos aquí, veremos cómo lo digiere la izquierda-, declaró que este concurso es inmoral, que iba en contra de la cultura rusa, y que espera que no lo ganara. Instintivamente la periodista quisiera levantarle el dedo, así de soez es el estilo que se permiten tales articulistas cuando defender a los LGTB se trata, pero creo que lo mejor sería darles a los rusos la victoria por nuestro bien, es decir el de los homosexualistas.
Pero mientras esto es lo que ocurre del lado de acá, del otro lado los rusos no se quedan de brazos cruzado y lo han hecho dando una lección de libertad de opinión en el debate que, sin tener nada que ver con lo aparecido en metro, tuvo lugar en la televisión rusa en el 27 de mayo 2015 en el programa programa “Corresponsal Especial”*.

El motivo fundamental de la discusión en la que participaban una funcionaria de exteriores, una feminista, un periodista norteamericana, una psicóloga entre otros panelista, era discutir la reciente aceptación del matrimonio homosexual en la católica Irlanda y comentar presentado una película que jamás de atreverían a presentar los muy “liberales ´” medio de comunicación occidentales, se trata del documental Sodoma, del realizador Arkady Mamontov allí presente. Un material que con defectos y virtudes aborda temas tan doloroso, reales y pasados por alto por los medios occidentales como puede ser el efecto en los niños de esas hipersexualizadas demostraciones del orgullo gay, el tema de los niños “construidos” por encargar para las parejas homosexuales y el fenómenos de que mientras las lesbiana prefieren niñas las parejas de género masculino eligen barones, con lo cual se facilita que los chicos adquieran las inclinaciones sexuales de sus padres adoptivos, o lo que es peor que sean violados por estos.

Son casos como los que se presentan en el documental los que explican que en el 2013 la Duma Estatal aprobara las modificaciones legales que prohibían que las parejas de un mismo sexo adoptaran niños rusos , ni que tampoco lo pudieran hacer los solteros de aquellos países donde se ha legalizado el matrimonio homosexual. Algo que como se trajo a colación en el panel ruso afecta a las parejas heterosexuales suecas, las cuales se enfrentan al doble problema de competir con las del mismo sexo frente a una mejor oferta de niños de importación.

Claro una cosa si debemos reconocer y es que la tragedia de los niños rusos adoptado en el exterior no se circunscribe a las familias homosexuales, las parejas heterosexuales, pueden ser tan crueles o más con estos niños a los que nos les une la sangre y que en muchos casos se adoptan del mismos modo en que se adopta un perrito o por el prurito inducido a la mujer de no perder la forma pariendo a sus propios hijos, que son los únicos verdaderos.

Para mí lo bueno de la película de Arkady Mamontov “Sodoma” es que ponen el dedo sobre la llaga de un mundo que no ha necesitado de la represión comunista para lograr la destrucción violenta de la institución tradicional de la familia, que desde diferentes instancia promueve e impone la perversión sexual –concepto hoy censurado-, haciendo de prácticas homsexualizantes no solo un medio para detener el crecimiento poblacional, sino incluso para aplastar a los individuos lo mismos en las cárceles de La Prisión de Abu Gurayb que en las cárceles de Tiblisi, Georgia, algo por lo que Amnistía Internacional no forma el mismo escándalo que cuando se trata de violaciones heterosexuales.

Lo negativo del material es que de alguna manera recuerda en su forma los documentales de contra propaganda soviéticos que concretizaban el mal en Estados Unidos y sus embajadas, cuando se trata de un fenómenos para mí mucho más complejo y cuyo mejor cuestionamiento no es el que se puede hacerse desde posiciones religiosa, que es lo que hace Mamontov como buen cineasta del postcomunismo, sino de una visión global, política y antropológica que brilla por su ausencia a la hora de desenmascarar el nuevo orden maltusiano.

Y lo mejor de todo ha sido que tanto antes de la presentación del documental como posterior a ella, el televidente ruso pudo conocer los más diversos enfoques sobre el asunto desde el que coincide plenamente con la visión impuesta en Europa occidental sobre la homosexualidad hasta los que se identifica con el amor por el pecador pero no por el pecado que en relación al asunto defiende la Iglesia Ortodoxa Rusa. Creo que esa es la mejor forma que tiene Rusia de enfrentar las campañas que se ejecutan en occidente (donde no le faltan admiradores) para socavar los valores que ha recuperado tras la etapa soviética.

Lo otro sería, pasar por alto las aspiraciones de quienes en Europa piensan como Lisa Magnus y seguir coqueteando con estos que es lo que ocurre cuando se participa en arenas como las de Eurovisión. Los rusos deberían recordar que fue ese mismo festival lanzó al estrellato a Ruslana Stepánivna Lyzhychko, en 2004 cuando premió su canción y danza “Wild Dances”.

Se trata de la artista que en otoño de ese mismo año invirtió su fama en apoyar la llamada Revolución Naranja, que tanto detesta Rusia y a la que dedicó su canción “Dance with the Wolves”.

En la primavera del 2006 Ruslana llegaría al Parlamento como representante del partido Nuestra Ucrania. Ruslana también participó como manifestante en la llamada Revolución del Euromaidán por la cual fue derrocado el presidente legítimo de Ucrania Víktor Yanukóvich. En otras palabras que la galardonada con el Eurovisión 2004 terminó siendo un agente de influencia occidental en Ucrania y su los rusos viendo las barbas de sus vecinos arder, desean poner las suyas propias en remojo, lo mejor será romper con un festival más ideológico que artísticos.
De lo contrario verán multiplicarse las ruslanas que mañana, con sus cantos de sirena (nunca mejor dicho) arrastrará a la juventud de su país a algo mucho peor que una revolución roja o anaranjada: la imposición de la dictadura rosada.

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