El Niño flor o el arte de justificar el amaneramiento en los chicos

22 Mar

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Ayer, entre las novedades de la bilblioteca de Alby, en las afueras de Estocolmo, y a mano de que cualquier entrara en ella, encontré un librito para niños titulado “El Niño flor”. No tanto por el título como por los tonos rosas en que era dibujado el personaje principal en la portada; permitía adivinar que se trataba de una obra de propaganda gay dirigida a la más tierna edad, el contenido no daba lugar a dudas.
El “héroe” es descrito como “ni grande ni fuerte”, ciertamente nadie tendría culpa de no serlo y no está mal que los que nacieron pequeños y débiles vean que la literatura también se ocupa de ellos. “El Niño flor” nos cuentan es agradable, amable y amistoso en ningún sentido es un defecto, así deberían ser todos los niños del mundo; le gustan las cosas bonitas -tampoco esta mal- y “llora en silencio cuando se presiona la pequeña flor”, es algo exagerado pero propio de personas sensibles, hasta ahí no hay pecado.

La cosa se pone mala cuando nos describe al resto del mundo, en particular a los que los que se atrevan a criticar al Niño flor, con esta gente el dibujante no tiene la menor compasión y se dibuja con colores grises y rostros mal encarados, lo mismo al resto de los niños, esos que no quieren ser “flor” que al padre que enseña a su hijo a defenderse golpeado de vuelta, después la gente se extraña del crecimiento del acoso en unas escuelas donde se ha puesto en veda la responsabilidad personal en la lucha por la dignidad propia, donde se enseña que solo la autoridad, en este caso, la de un adulto, tantas veces distraido, es la única que puede poner coto al abuso del fuerte contra el débil. Reproducción a otra escala del papel del Estado como solucionador único de todo conflicto humano.

Y qué decir de esa rara y mala maestra que echa del aula a pobresito “Flor”cuando los demas le llaman algo así como “pajarito”; para buscar un termino con el que los cubanos denominaríamos aquello que en sueco se denomina, “fjollpojken”, caso extraño dentro de una pedagogía como la sueca que antes castigaría, a los “machitos” cualquiera que fueran sus razones.

Pero bueno, consentamos esta licencias literarias el pro de la compasión, de la victimización al Niño Flor, nombre que recuerda lo que el antropólogo Erin Malvert definió como “Flower Boy” para referirse a la costumbre de usar un varón como “Flower Girl” -“Dama de honor” entre los protestante, cuando no había una niña disponible para el papel en la familia de la novia. Se trata de un fenómeno que travestismo tiene paralelos en diferentes partes del mundo, y aunque no siempre se da esta relación, es idea común asociar el cambio de vestimenta con el de la orientación sexual.

Así con el nombre y teniendo en cuenta que vivimos en tiempos de sexualización forzada de la infancia se subraya la orientación del Niño flor a las minorías no heterosexuales. Así lo ha entendido la periodista Sra Brodrej, del periódico Expressen, quien describe este libro como “Un regalo a todos los chicos que no pueden, necesitan o desean definirse como hombre o mujer”.

“Él está bien tal y como está”. Decreta lapidariamente sobre el personaje el escritor, como si desconociera el papel del jardinero en el embellecimiento del jardín – usamos la metáfora ya que tanto se habla de flores-, que al hombre, a diferencia del resto de los animales hay que formarlo, en todos los aspectos de sus relaciones con los demás – incluidas las sexuales- estimulando sus cualidades mas positivas, por ejemplo aquellas que le permitirán reproducirse o esa misma sencibilidad por la belleza atribuida al Niño flor, y al mismo tiempo podando definitivamente sus defectos, como puede ser la falta de carácter que en el futuro le impida defender su espacio, o avanzar en la vida, sin necesidad de transacciones innobles. No quiero decir que la ausencia de coraje sea un monopolio de la homosexualidad, ni siquiera que se trate de un signo distintivo de este grupo, la historia está cargada de bravos guerreros que se fueron a la cama con su mismo sexo, pero también de individuo que por falta de valor terminaron haciendo lo mismo en el lecho, en el rincón de una prisión o en otro tipo de internamiento, y es este tipo segundo de personaje el que parece promover la publicación de marras.

Elias S. Ericson, autor del Niño flor tiene todas las pintas -sólo hay que ver su foto en el portal de la editorial Kabusa böker– de haberse inspirado en su propia infancia para concebir la obra. Se trata de un ilustrador y caricaturista, nacido en 1994 y criado en Estocolmo, acostumbra a crear historietas dirigida a la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, así como de orientación feministas y esa es la línea que sigue en esta, su primera obra infantil.

Aquí se ponen de manifiesto la gran contradicción que tienen la doctrina de género que dominan las industrias culturales de los países desarrollados, por un lado intenta redescubrir llevando al absurdo algo de lo que ya nos hablaba Umberto Eco en sus trabajos semióticos de los sesentas y que venía de mucho antes, de los estudios antropológicos sobre pueblos primitivos; la idea que tanto la sexualidad como el resto de los comportamientos asociados al género sexual tiene un alto grado de convencionalidad, y ritualidad, en otros palabras que en lo referente al sexo no pueden haber dogmas y todo es variable. Esto contrasta con una práctica institucional, educativa, médica y jurídica que se ha ido imponiendo en las últimas décadas en el mal llamado mundo occidental, según la cual la orientación sexual es algo intocable, siempre y cuando no sea de orden hetero sexual.

Quien dude esto último sólo tiene que recordar el escándalo y los ejercicios de censura con los que tuvo que enfrentarse en España un libro que marchaba a contra corriente , “Hijos gays, padres heterosexuales”, de Richard Cohen, creador de una terapia que intenta ayudar a descubrir el heterosexual que llevan dentro los ”gays”. Esto contrasta con la magnífica acogida mediática que ha tenido, en otra parte del continente, el librito de Mian Lodalen y Matilda Tudor Liten handbok i konsten att bli lesbisk: ”Pequeño manual en el arte de ser lesbiana”, obra encaminada a liberar a las mujeres heterosexuales de sus malos hábitos amorosos.

O sea, que de acuerdo al puritanismo de género imperante, lo virtuoso es convertir a los nace con todos los atributos biológicos para prácticar el amor con el sexo opuesto en homosexual, mientras que lo pecaminoso es reorientar la homosexualidad hacia la heterosexualidad, incluso si el propio homosexual así lo desea.”Él está bien, tal y como está”.

Quizás alguien me diga que la comparación no es válida porque se tarta en un caso de hombres y en otro de mujeres, además de dos países diferente. A ellos les respondo solo una visión machista impide descubrir lo que de común en cuanto a causas y efectos puedan tener hombres y mujeres homosexuales, u hombres y mujeres heterosexuales.

En cuanto a los países, haya que reconocer que a nivel de los medios que es donde se da esta batalla de ideas, España hace tiempo que dejó de diferenciarse de las naciones protestantes, germanas o anglosajonas, que son avanzada en la reprogramación sexual de la juventudo en dirección a la no reproducción.

Hagan el experimento e inviten a Madrid a las dos lesbianas suecas a presenter su libro traducido y verán que al igual que en su país de origen, en España, las dos agitadoras lésbicas, recibirán lo establecido vítores y aplausos, allí donde el pobre Cohen cosechó insultos y boicot por el crimen de ayudar a cambiar a los hoy intocables “Niños flor”.

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