¿Comer o no comer? esa es la cuestión

28 Jul

Sin ánimo de hacer apologías al mal llamado socialismo cubano, he de reconocer que en sus tiempos de relativizada bonanza, que son los que van desde que los soviéticos deciden sacarle a Castrismo las castañas del fuego del fracaso de la zafra los 10 millones hasta el desmoronamiento definitivo de la URSS, los cubanos comimos de una manera más o menos sana, siguiendo involuntariamente una dieta casi “vegana”, otra cosa es que los ingenieros sociales encargados de determinar lo ingeriríamos día a día, de acuerdo a lo que dictaba la libreta de racionamiento, tuvieran en cuenta nuestro paladar, un mal que podían solucionar aquellos que contasen con un poco más de dinero, comprando en los llamados “mercados libres” (cuando existieron), visitando de vez en cuando a un restaurante o negociando directamente con algún granjero.

Libreta cubana de racionamiento. Foto publicada en http://www.libertarios.info


Se trataba de un buen comer pasajero, intermediado por la crisis que significó primero la ofensiva revolucionaria de 1968, luego la mencionada zafra por cuyas cañas que no dieron tanto como se esperaba se desentendió el resto de la economía y por último el fin del subsidio de lo que fuera el campo socialista, desencadenante principal de aquello que se llamó “periodo especial”, y cuyas consecuencias en la alimentación popular sólo encontraron freno estatal tras los disturbios ocurridos en La Habana de 1994 conocidos por el maleconazo.

Supongo que no seré el único cubano emigrado de aquella época que creyó haber resuelto problema de que alguien determinara por ti lo que tenías que ingerir. Hoy tras XX años de existencia externa me he percatado de que no es así, y que aunque no es tan evidente como en el comunismo, son otros y no nosotros lo que en última instancias determinan lo que nos llevamos al estómago.


El papel que antaño jugaba el racionamiento del Estado en este tipo de dominación que nos dice que comer o no, ahora lo juega la desinformación, la publicidad – ese mal que tanto preocupa al pensador Félix Rodrigo Mora-y los añadidos ni siempre saludables que se le hace a casi todo cuanto comemos. Claro ahora existe una pequeña ventaja, la de que podemos buscar la información, crear mecanismos de resistencia, personal o colectiva y hasta protestar en las instancias establecidas como no podíamos hacer por ejemplo en una asamblea del poder popular.

La red está llena de opciones para descubrir las trampas en las que nos hace caer las industrias del alimento, es la plataforma donde, entre otros materiales, publico los archivos de sonido querecojen mis charlas con el profesor Félix José Hernández bajo el título de ¿Qué pasa en Francia? Me refiero a Ivoox. En ella puede encontrar numerosos Podcast, que confirman lo que estoy diciendo, tales como: “Alimentos que dañan al hombre” o Dominación global mediante la alimentación: La nueva industria agroalimentaria.

Recomiendo al lector la escucha de estos materiales como forma de tomar conciencia sobre la dictadura que usando recursos más propios de Un mundo feliz que de 1984, nos está llevando al matadero por un camino empedrado con lo que comemos. Y si tiene más tiempo le sugeriría leer los artículos relacionados con el tema que escribe para The Guardian la periodista Felicity Lawrence, autora de dos libros donde expone los entramados del negocio de la comida, Not on the Label (Lo que la etiqueta no dice) y Eat Your Heart Out. Tengo a mano la edición en español de la segunda obra, publicada por Tendencias, en el 2009 bajo el título de ¿QUIÉN DECIDE LO QUE COMEMOS?

Se trata de un libro al que tengo mucho que agradecer, entre otras cosas por haberme revelado la trampa que se oculta tras esa socorrida soya con la que vegetarianos han creído poder sustituir la carne como la leche los alérgicos a la lactosa, en segundo lugar porque me ha ofrecido una teoría bastante convincente sobre los orígenes de tantas enfermedades mentales y actitudes agresivas en las sociedades modernas, las cuales explica como resultado del desbalance entre las grasas omega 3 y omega 6, y por ultimo porque nos explica el largo recorrido realizado por los copos de trigos y de maíz, desde que se les concibió como alimentos espirituales, con los cuales sustituir aquellas carnes que invitaban al pecado hasta los días de hoy en que la industria del cereal se ha trasformado en una fábrica de caballos de Troya con los que nos atiborramos de “valores agregados” que llevan nuestra salud al cadalso.

Estamos en presencia de un pequeño manual de economía política de la alimentación en el que se denuncian unas transnacionales que no solo manipulan nuestros hábitos alimenticios sino que participan activamente en cadenas de explotación de seres humanos que en mucho recuerdan la vieja esclavitud, esto cuando no les da por arruinar las producciones agrícolas y ganaderas de países poco desarrollado atiborrando sus mercados de un producto abaratado por los subsidios de los Estados Europeos o norteamericanos, los mismos cuyos aranceles y medidas sanitarias dificultan la importación ellos de los productos que sacarían de su atraso a esos países subdesarrolladas.

Felicity Lawrence comienza explicando la gordura de su gato para llevarnos a descubrí todo lo que se nos oculta en los alimentos procesados, bajando de su pedestal incluso aquellos que mucho valoramos como pueden ser las carnes blancas, la leche, las frutas, la verdura, todo parece haber sido envenenado, química o moralmente por el comercio global.

Por supuesto no estamos de acuerdo en todo lo que aquí leemos a Lawrence, como buena inglesa se le escapan algunos pecados, coquetea con ideas maltusianas, se traga el ideario paralizante en lo que a progreso se refiere de los ecologista y hasta permite a uno de sus entrevistados, sin cuestionarlo por ello, que le depare en el paraíso un sitio a Fidel Castro – el mandatario que pudiendo haberlo hecho antes, sólo paró la malnutrición generalizada (y con ellos las enfermedades derivadas) cuando el pueblo cuando se le amotinó Centro Habana -, esto por no señalar la manera en que se le escurren lo conectado que se encuentran los capitalismos chino y británico.

A todo lo anterior hay que añadir un exceso de optimismo en la visión que al final del libro se nor ofrece sobre la alimentación del mañana, algo que tampoco comparto aun estando dispuesto a incorporarme a la lucha por una alimentación sana, es decir al enfrentamiento quijotesco que nos propones contra la mala “jama

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