Bolivarianismo: un proyecto al servicio del imperialismo (II)

25 Dic

Mapa de Cuba realizado por el sabio alemán Alejandro de Humboldt, el cual apareció plasmado junto con su obra Ensayo Político sobre la Isla de Cuba. Corresponde a la edición del año 1827. : Archivo Nacional de la República de Cuba, Mapoteca, M-715

Lo que de verdad le interesa a los ingleses que participan (para disgusto de México) en el Congreso Anfictiónico de Panamá, es mantener el estado de cosas, en el Nuevo Mundo, que no tengan lugar nuevos procesos independentistas con respecto a Europa y sobre todo impedir el liderazgo dentro de éste de los Estados Unidos. Una república que por lo avanzado de sus legislación que seguía constituyendo un mal ejemplo, lo mismos para Europa que para las nuevas naciones americanas, que después de obtener la independencia había osado volver a revelarse contra su ex metrópolis declarando lo que se conoce como la Guerra Anglo Americana de 1812-1815.

Esta confrontación de la que se conoce poco fuera de Canadá y Estados Unidos fue motivada por las restricciones al comercio con la Francia napoleónica impuesta por el Reino Unido, el secuestro de marineros mercantes estadounidenses para servir en la Marina Real Británica y la colaboración británica con la creación de una confederación indígena que frenara la expansión de Estados Unidos hacia el oeste. La derrota de Napoleón le preemitió a los ingleses concentrar sus fuerzas en Norteamérica en impedir con ella la liberación del Canadá por parte de los Estados Unidos.

A partir de aquí Inglaterra comenzará un proceso de neocolonización financiera de sus antiguas colonias hasta llegar a nuestros días de hoy, en que Estados Unidos se ha convertido en un auténtico servidor de los intereses británicos (aunque la visión común sea de que es al revés) no sólo en el aspecto militar, sino  incluso en el moral, convertido en el monigote que pueden golpear los antiimperialistas del mundo, sin que se mancille el buen nombre de quienes en realidad manejan los hilos de la economía mundial.

Sin embargo, para aquel entonce, la reconquista de Estados Unidos no se había completado, habrá que esperar para ellos el final de la guerra se secesión. Sus gobernantes si bien escaldados por los resultados de la guerra de 1812, intentaban defender sus intereses, creando y asumiendo una política de neutralidad en los conflictos de hemisferio, como por ejemplo el que enfrentaba al imperio brasileño y las repúblicas del Río la Plata, abogando entre bambalinas por la paz definitiva entre las España y sus excolonias, buscando para ello la ayuda de Rusia.

En virtud de ese mismo afán de estabilidad Estados Unidos se oponía a una invasión a Cuba por parte de Colombia o México. Para conocer este aspecto “Documentos Sobre el Congreso Anfictiónico de Panamá”, nos ofrece una fuente fundamental en las Instrucciones del Gobierno de estados Unidos a sus delegados al Congreso de Panamá, Washington, 8 de Mayo de 1826, firmado por Henry Clay. Veamos la parte que atañe a la isla:

“Entre los asuntos que deben llamar la consideración del Congreso no hay uno que tenga un interés tan poderoso y tan dominante como el que se refiere a Cuba y Puerto Rico, pero en particular al primero. La isla de Cuba, por su posición, por el número y carácter de su población, y por sus recursos enormes aunque casi desconocidos, es en la actualidad el importante objeto que atrae la atención tanto de Europa como de América. Ninguna potencia, ni aun España misma, tiene un interés más profundo en su suerte futura, cualquiera que fuese, que Estados Unidos.

Nuestra política en relación a ella está amplia y claramente descubierta en la nota al señor Middelton. Allí declaramos que no deseamos mudanza alguna en la posesión o condición política de aquella isla, y que no podemos ver con indiferencia que pasase de España a otra potencia europea. Tampoco deseamos que se trasfiera o anexe a alguno de los nuevos Estados americanos. En caso de la larga duración de la actual guerra se presentan tres situaciones, en una de las cuales puede colocarse aquella isla; y todas tres merecen la más seria y particular atención.

La primera es su independencia, fiándose de sus propios recursos, a la conclusión de la guerra, para la conservación de ella. Segunda: su independencia con la garantía de otras potencias; o de Europa, o de América o de ambos y tercera: su conquista, y su unión al dominio de la República de Colombia, o de México. Examinaremos ahora cada una de estas situaciones en el orden en que las hemos colocado.

Primera. Si Cuba fuere capaz de mantener un gobierno independiente contra los asaltos internos y externos, preferiríamos verla en aquel estado, pues que deseamos la felicidad de otras como la nuestra, y creemos que esta independencia más probablemente se asegurará por un Gobierno local, que nace directamente de, y se identifica con el sentimiento, interés y simpatía de los gobernados. Pero una sola ojeada a la extensión reducida, condición, moral y carácter discorde de sus habitantes nos convencerá de su incompetencia actual de sostener un Gobierno sin el auxilio de otras potencias. Y si ahora el atentado de romper la conexión con España tuviese feliz éxito, parte de los habitantes de la isla, e igualmente sus vecinos en Estados Unidos vivirían en la continua alarma de presenciar aquellas escenas trágicas que se representaron en una isla vecina, y su población por el mero hecho de su independencia, sería tentada a emplear todos los medios que la vecindad, semejanza de origen y simpatía pudiesen suplir para fomentar y estimular la insurrección, a fin de ganar fuerzas para su propia causa.

Aunque una independencia garantizada pudiera libertar la isla de los peligros que hemos expuesto, sin embargo sustituiría otros no menos temibles, y según mi opinión, casi insuperables. ¿Quiénes han de ser las potencias que garanticen? ¿Serán exclusivamente americanas, o se unirán estas con algunas de las europeas? ¿Cuál ha de ser el importe de sus respectivas contribuciones militares y navales a la potencia protegida, y de los demás medios necesarios al apoyo del Gobierno local? ¿A quién se confiará el mando de aquellas fuerzas? ¿De las potencias que garantizaren no excitará al que manda los celos y los temores de la que no manda? Confesemos ingenuamente que estas son cuestiones que confunden, y que aunque no se debe desechar la idea de independencia bajo estas circunstancias como enteramente inadmisible, si acaso se logra un consentimiento será con repugnancia, pues atraerá inevitablemente una serie de sucesos imprevistos e imposibles de evitar.

Con respecto a la conquista y unión de la isla a Colombia o a México, es preciso confesar (en caso que estas potencias lo intentasen) que se muda todo el carácter de la presente guerra. La lucha, de parte de las Repúblicas se ha dirigido hasta aquí a la adquisición de su independencia, y han granjeado los buenos deseos y las simpatías de la mayor parte del mundo, y en particular de Estados Unidos. Pero en caso de alistar una expedición militar contra Cuba, ya se hace una guerra de conquista. En una guerra de esta naturaleza, sean las que fuesen las resultas, los derechos de los neutrales sufrirían una impresión seria, y quizás se verán en la necesidad de cumplir con un deber que no podrán descuidar. Las naciones de Europa quizás se creerán obligadas a interponer sus fuerzas para impedir un curso de eventos que no pueden mirar con indiferencia. Si su interposición se limitase únicamente al objeto de impedir una mudanza en el estado actual de las cosas con respecto a las islas, Estados Unidos, lejos de verse empeñado en poner obstáculos a sus intenciones, se verá en la necesidad, en oposición a sus deseos, de cooperar con ellas. En el supuesto que se emprenda la expedición indicada debe haber un examen detenido, primero, de los medios que tengan Colombia y México para efectuar el objeto, y segundo, su poder para conservar la conquista, en caso de realizarla. No tenemos datos suficientes para formar un juicio sano en cuanto al primer punto. Para formarlo con exactitud debemos estar impuestos en primer lugar de las fuerzas militares y navales que las Repúblicas pueden emplear; en segundo las que puede tener España para resistir a los invasores, y en tercero, qué porción de los habitantes se unirían a uno y otro lado de los beligerantes. Aunque no tenemos una relación circunstanciada de estos puntos, es notorio que España está en actual posesión, con una fuerza militar bien considerable; y este ejército recientemente reforzado ocupa al Morro, que se cree casi inexpugnable, juntamente con las demás plazas de la Isla. Sabemos igualmente que, acosada del continente de América, todos sus medios y todos sus esfuerzos se han concentrado en esta preciosa colonia que todas sus miras, destruidas por largo tiempo por la multitud de sus empeños en Norte y Sudamérica, se dirigirán a este solo punto, y reuniendo los restos de sus ejércitos en Europa y en América, se opondrá con tesón a la invasión. Y además hay motivos para creer que si las potencias europeas no prestan sus auxilios abiertamente, lo harán en secreto y sin incurrir en responsabilidad.

Con esta combinación de recursos y circunstancias favorables no se puede negar que la conquista de Cuba es bien dificultosa, y tal vez impracticable, si la expedición carece de medios cuantiosos y poderosos, tanto navales como militares.

¿Y acaso poseen Colombia y México estos medios? Lo dudamos. Ambos tienen que crear una marina. Un navío de línea, dos fragatas y dos o tres buques menores mal tripulados, componen toda la fuerza naval de Estados Unidos Mexicanos. La de Colombia no es mucho mayor, ni mejor tripulada.

Pero los medios de transportar y defender la fuerza militar durante la travesía, son absolutamente indispensables. Sería además temeridad e imprudencia desembarcar un ejército en Cuba, si las dos Repúblicas no tuviesen una superioridad naval en el Golfo de México, para proveer las contingencias que siempre se deben anticipar en las vicisitudes de una guerra. Últimamente es bien sabido que los habitantes de Cuba, lejos de unirse a favor de una invasión, tienen la mayor aprehensión en cuanto a su seguridad, y que temen en particular una invasión de Colombia, por el carácter de una porción de las tropas de aquella República.

En caso que se superasen todas estas dificultades y se hiciese la conquista de la Isla, nos atormentaría el temor de la inestabilidad de su condición futura.

La misma falta de fuerzas navales que experimentarían en la reducción de la Isla, les impedirían defender y conservarla. Ni Colombia ni México jamás podrán aspirar al rango de gran potencia naval. Ambas Repúblicas (y México en particular) carecen de extensión de costas, bahías y puertos, cunas de los marineros; en fin, de todos los elementos necesarios para una poderosa marina. Inglaterra, Francia, Países Bajos, España misma cuando se recobre de su actual debilidad, como precisamente sucederá antes de muchos años, precederán a México y a Colombia en este ramo. Una guerra con cualquiera de estas naciones de Europa, pondría a Cuba, si estuviese en manos de alguna de estas Repúblicas, en el peligro más eminente. El Gobierno de Estados Unidos no puede cerrar los ojos al hecho, que en caso que las Repúblicas emprendan una expedición militar contra Cuba, los buques, marineros, cañones y demás medios navales se conseguirían principalmente en [nuestro país]. Lejos de fomentar la adquisición de estos abastecimientos, estamos resueltos a conservar una fiel neutralidad, y compeler la observancia de las leyes; no obstante el mero hecho de una colección en nuestros puertos no sujeta a sospechas ásperas e injuriosas; y veríamos con bastante sentimiento los recursos sacados de nuestro país, empleados en un objeto enteramente opuesto a nuestra política y a nuestros intereses.

El Presidente espera que estas reflexiones, apoyadas en las demás que ustedes tengan por conveniente hacer, cuando no sean de bastante peso para impedir totalmente la invasión de Cuba, al menos convencerá al Congreso de la inutilidad de emprenderla con medios dudosos e insuficientes. Las relaciones francas y amistosas que siempre deseamos cultivar con las nuevas Repúblicas, exige que ustedes expongan claramente y sin reserva, que Estados Unidos con la invasión de Cuba tendría demasiado que perder para mirar con indiferencia una guerra de invasión seguida de una manera desoladora, y para ver una raza de habitantes peleando contra la otra, en apoyo de unos principios y con motivos que necesariamente conducirán a los excesos más atroces, cuando no a la exterminación de una de las Partes: la humanidad de Estados Unidos a favor del más débil, que precisamente sería el que sufriese más, y el imperioso deber de defenderse contra el contagio de ejemplos tan cercanos y peligrosos, le obligaría a toda costa (aun a expensas de la amistad de Colombia y de México) a emplear todos los medios necesarios para su seguridad.

Si acaso saliesen fallidos todos sus esfuerzos para persuadir a las Repúblicas que desechen la intención de invadir a Cuba y Puerto Rico, entonces se valdrán ustedes de todos los medios posibles para inducirles a que suspendan sus operaciones hasta que se sepa el resultado de la interposición que creemos han hecho el Emperador de Rusia y sus aliados a instancias de Estados Unidos con el objeto de poner fin a la guerra, como igualmente la que se ha hecho por Colombia. Rusia es acreedora a esta suspensión, y su Emperador no dejaría de apreciar esta deferencia, y quizás extenderá sus buenos servicios a las nuevas Repúblicas, en caso que España se niegue a los consejos amistosos que han interpuesto algunas de las potencias europeas. Pero hay motivos poderosos para creer que España reflexionará bien antes de desecharlos, y que verá, como lo ve todo el mundo, que sus verdaderos intereses estriban en la paz; los recientes sucesos, y en particular la caída del castillo de San Juan de Ulúa, y de la plaza del Callao no dejarían de influir bastante en el ánimo del Rey de España y acelerar la terminación de la guerra”
Documentos sobre el Congreso Anfictiónico de Panamá, páginas 126-130.

Y será esta obligación de Estados Unidos a intervenir la que determinará la posición de los representantes británicos en el Congreso en lo que se refiere a una invasión de la isla. Los representantes británicos al congreso recibieron instrucciones orientadas a expresar las opiniones de su Gobierno en lo que atañe a las posesiones insulares de España en las Antillas, considerando que sería conveniente para conseguir la paz con España que los nuevos Estados de América tomaran en cuenta la situación peculiar de la isla de Cuba.

Inglaterra estaba definitivamente interesada en que la isla se mantuviese como una colonia de España: Así lo vemos en las instrucciones complementarias a la delegación británica que emite George Canning en un despecho firmado en el 18 de Marzo de 1826 en Londres.

“En efecto, el Gobierno británico, lejos de negar el derecho de los nuevos Estados de América a llevar un ataque hostil contra Cuba, considerada simplemente como una posesión de una potencia con la que están en guerra, o bien como un arsenal en el cual se equipan expediciones contra ellos, se ha rehusado invariablemente a unirse a los Estados Unidos para reclamar en México y Colombia por la supuesta intención, o para intimar que su ejecución nos desagradaría. Lo lamentaríamos, por cierto, pero no nos arrogamos ningún derecho para fiscalizar las operaciones militares de un beligerante contra otro.

Sin embargo, el Gobierno de los Estados Unidos manifiesta abrigar una opinión distinta. Concibe que los intereses de los Estados Unidos serían afectados en forma tan directa, sea por la ocupación de La Habana por una fuerza invasora, o por las consecuencias que un ataque contra Cuba -aunque no se hiciera con éxito- podría tener en el interior de la isla, que el Gabinete de Washington apenas disimula su intención de intervenir directamente, y por la fuerza, para impedir o reprimir una operación semejante.

Ni Inglaterra ni Francia podrían contemplar con indiferencia la ocupación de Cuba por Estados Unidos. Obsérvese, por lo tanto, las complicadas consecuencias a que podría conducir una expedición contra Cuba por México o Colombia y déjese que los Estados reunidos en Panamá consideren si vale la pena continuar una guerra en que la única operación que falta realizar (siendo probable que sea hondamente sentida por su adversario) les está así moralmente vedada por las consecuencias a que conduciría. La esterilidad de semejante guerra, por una parte, comparada con las ventajas que pueden derivarse de una pacificación rápida y honorable, por la otra, debo esperar que inclinarán al Congreso de Panamá a intentar una negociación con España.”
Documentos sobre el Congreso Anfictiónico de Panamá, páginas, 146-147

Como se ve lo que temen los ingleses es en relación a Cuba, es que esta termine anexada por una Unión quese proyectaría sobre el Caribe amenazando los interese de Francia y la propia Gran Bretaña.

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