Heredia, el independentista que se desencantó

1 Sep

Jose Maria Heredia

Junto a Félix Varela, otra de las figuras emblemáticas de la etapa del independentismo cubano la fue el poeta cubano José María Heredia, quien al Contrario de Varela será partidario, al menos en su primera etapa de su actividad política de asociar el movimiento independentista cubano con el proyecto de Bolívar. Heredia participa en la sociedad secreta ¨Soles y Rayos de Bolívar”,

José María Heredia es considerado El primer poeta cantor de la libertad de Cuba. Nació en Santiago de Cuba el 21 de diciembre de 1803, como hijo del dominicano don José Francisco de Heredia, antiguo oidor de la Audiencia de Caracas durante la guerra de independencia venezolana.

Niño precoz, recibió de su padre los inicios de la enseñanza. Traducía a Horacio a los ocho años de edad y a los diez ya versificaba. Entre los 16 y 18 años se da la primera estancia de Heredia en México, donde hizo dos cursos universitarios, continuará sus estudios en la Habana, ciudad en cuya universidad se recibió de bachiller en derecho civil el 12 de abril de 1821. Dos años después, el 7 de junio de 1823, obtiene el título de abogado en la audiencia de Puerto Príncipe; pronto iniciaría su colaboración con los periódicos y su actividad conspiradora.

Heredia se trasladó a “La Atenas de Cuba”, Matanzas, donde ya había vivido durante el año 1818. Allí publica sus primeras poesías. Al descubrirse la conjura de los Soles y Rayos de Bolívar el poeta debió esconderse en casa de don José Arango, vecino prominente de Matanzas a cuya hija dedica su famosa Epístola a Emilia.

Heredia, disfrazado, parte para Boston el 14 de noviembre de 1823, en el bergantín Galaxy.

Heme libre por fin, heme distante
de tiranos y siervos. Mas Emilia,
¡que mudanza cruel! Enfurecido
brama el viento invernal: sobre sus alas
vuela y devora el suelo desecado
el yelmo punzador……..
mi cuerpo sufre, pero mi alma fiera
con noble orgullo y menosprecio aplaude
su libertad…
“A Emilia” (fragmentos)

En los Estados Unidos Heredia se vincula con los intelectuales cubanos exiliados, entre ellos al propio Félix Várela. Vivió el poeta en Nueva York una vida tranquila, de paseos y lecturas, aunque con el alma agitada por las noticias de Cuba; conoció el clima y la naturaleza de Norteamérica, repudió el frío y amó lo bello. Nada borró de su mente la hermosura de su tierra, ni tan siquiera la contemplación impresionada del Niágara, inspiración de una de sus más importantes odas:

Más ¿ que en ti busca mi anhelante vista
con inútil afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas, ¡ay!, las palmas deliciosas
que en las llanuras de mi patria
nacen del sol a la sonrisa, y crecen
y al soplo de las brisas del Océano
bajo un cielo purísimo se mecen?
“Al Niágara”(fragmento)

Admiraba el sistema republicano norteamericano, entonces el más avanzado del mundo, pero no se hallaba a sí mismo en aquella cultura extraña, aunque fue buen traductor. Era el inglés una lengua “bárbara” para este hombre dotado con el arte de la palabra hispana. Tal vez por lo anterior, y por los buenos amigos que le aguardaban al sur, entre ellos el presidente Guadalupe Victoria, prefirió marchar a México en agosto de 1825. Durante el viaje, el buque que lo conducía se acercó lo suficiente a las costas de Cuba como para verla e inspirarle a escribir “El himno del Desterrado”:

¡Tierra!, claman: ansiosos miramos
al confín del sereno horizonte,
y a lo lejos descúbrese un monte…
¡Lo conozco!… ¡Ojos tristes, llorad!
“El himno del desterrado (fragmento)
Su primera impresión al llegar a México fue de asombro, por el estado de paz y prosperidad que entonces imperaba. Con los años, la opinión de Heredia sobre aquel país cambiaría radicalmente, al punto de ver, con los ojos de un México corrupto y caudillista el futuro de Cuba independiente. Lo que aquel propagandista del pensamiento liberal vivió en la tierra de Morelos le llevó al convencimiento de que ella necesitaría por lo menos de un siglo o dos para vivir en paz y democracia.

Pero no todo le fue mal a Heredia en tierra azteca. Allí encontró el amor sereno y puro de quien sería su esposa, Jacoba Yáñez, hija del amigo y magistrado Isidro Yáñez:

Cuando en mis venas férvidas ardía
la fiera juventud, en mis canciones
el tormentoso afán de mis pasiones
en dolorosas lágrimas vertía.
Hoy a ti las dedico, esposa mía,
cuando el amor más libre de ilusiones
inflama nuestros puros corazones
y sereno y de paz me luce el día.
“A Mi esposa “(fragmento)

En México desarrolló Heredia buena parte de su vida política y literaria, dirigió una serie de periódicos (El Iris de México; La Miscelánea, El Conservador), intervino en revuelta, y en conspiraciones para libertar la antigua Cubanacán. Ascendió por su talento en la jerarquía administrativa de aquel país como muy pocos extranjeros lo han hecho en la historia. En 1925 es nombrado por el presidente Victoria oficial de la Secretaría de Estado. En 1827 fue juez de primera instancia en Cuernavaca. Allí se ganó muchas enemistades, incluso entre emigrados cubanos que lo excluyeron de las juntas independentistas y lo acusaron de enemigo de la libertad. Heredia conoció el lado oscuro de la política mexicana y se vio obligado a renunciar. Pero su carrera administrativa no se detuvo. En diciembre del siguiente año se le designó fiscal de la Audiencia de México, donde ocupó la plaza de magistrado en enero de 1831. En 1833 será diputado a la legislatura de México, por cinco meses, después renunció nuevamente.

Heredia perpetuó la tradición paterna de rectitud en la administración. Se le acusó de cambiar de partido, pero cuando lo hizo fue por dictados de su conciencia, nunca por una prebenda. Defendió la rebelión por la libertad, pero condenó el motín contra la Constitución. No cayó este hombre en un error muy común entre los revolucionarios de confundir el compromiso con la libertad con la fidelidad a un líder. Heredia supo dar su voto a quien peleaba por derrocar la usurpación y la tiranía, pero también desaprobó las felonías de quienes llegando la poder bajo la bandera de la libertad la traicionaba. Eso explica la ruptura con el poderoso general Santa Ana, de quien había sido secretario y amigo durante su campaña hacia el gobierno.

Este cubano culto, comprendió que no solo la inmoralidad, sino también la ignorancia constituían una razón de peso para que México careciese de un gobierno regular y seguro. Para elevar la cultura de aquel pueblo puso a su disposición el saber y talento que le distinguió como catedrático de Literatura e Historia, y como rector del Instituto Mexicano.

Pasaron trece años de destierro; trece años sin ver a su madre, a sus hermanas, a sus amigos. Heredia, desencantado con México, paradigma de los países independizados de España, perdió la fe en el separatismo como solución a los males de su patria. Abatido y mortalmente enfermo escribió;

“…las calamidades y miserias que estoy presenciando hace ocho años han modificado mucho mis opiniones, y vería como un crimen cualquiera tentativa de transplantar a la feliz y opulenta Cuba los males que afligen al continente americano”.

Desde la patria, la madre le había hecho saber que el terrible capitán general, Miguel Tacón, había decretado una amnistía. Heredia decidió reencontrarse con los suyos y con su tierra. El 4 de noviembre de 1836 regresó el poeta a La Habana. Fue una terrible falta para los amigos, quienes le tildaron de “ángel caído”. Pasó en Cuba sólo dos meses y medio, en los que se le vigiló constantemente, en los que sufrió amarguras y humillaciones. Las autoridades españolas que no creyeron mucho en la carta de retractación dirigida al Gobernador de la Isla por aquel poeta de la libertad; más bien recordaban al Heredia que en 1829 había sido condenado, en contumacia, a la pena de muerte por su implicación en la Conspiración del Águila Negra, tramada desde México. Retornado a aquel país, se topó con una ley que prohibía a los extranjeros desempeñar puestos públicos. Tuvo que buscar un empleo más cercano a las letras, que a la política y aceptó el cargo de director del periódico oficial Gaceta del Gobierno, en aquél puesto, lamentablemente, los conflictos y desavenencias no cesaron de acosarle. Heredia fallece el 7 de mayo de 1839 en Toluca, México. Tenía solamente treinta y cinco años de edad.

Fue este escritor un autor realmente prolífico. Entre sus obras vale la pena mencionar la compilación de poesía impresa en N.York en 1825 y alguno de sus trabajos publicados en México como; Los últimos romanos (1829), los artículos de La Miscelánea (1829- 1832) y Lecciones de Historia de ese mismo año.

Se han encontrados indicios que señalan a Heredia como el posible autor de la novela anónima Xicoténcal, donde se relata los amores del joven Xicoténcal y Teutila durante la campaña bélica de Cortés en tierras tlaxcaltecas. Se trata la primera novela escrita sobre los acontecimientos de la conquista española y su espíritu es más bien anticolonialista. De confirmarse esta hipótesis podría consignarse a Heredia como el iniciador de la novela indigenista americana.

Ya dijimos que el talento de Heredia se despertó a edad muy temprana. Publicó en los periódicos más leídos por la juventud cubana de su época. No le faltaron halagos ni ataques por parte de sus contemporáneos; para unos era el primer lírico de Cuba, para otros un plagiario cuyos versos se inspiraban en el agua sucia de la zanja. Afortunadamente, el saldo de la crítica literaria y política favoreció la memoria de aquel poeta romántico, de momentos neoclásicos; a quien José Martí, consideró un verdadero símbolo de patriotismo, no importa el desencanto al que le llevara su terrible experiencia en tierra americana.

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