Longford. Entre la discriminación del hombre y la apología de una asesina

29 Jul

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‘…although by the end I had become as corrupt as Ian was, there is a distinction…I did not instigate…but I knew the difference between right and wrong…I didn’t have a compulsion to kill…I wasn’t in charge…but in some ways I was more culpable because I knew better.’
Myra Hindley

Longford, serie televisiva de 2006 dirigida por Tom Hooper, pudo haber sido una excelente obra audiovisual, como lo fuera su The King’s Speech.

A primera vista el drama resulta impecable en todos los sentidos, pero sin nos fijamos bien la mata las dosis de sexismo contra el hombre que nos va prodigando durante sus 93 minutos de duración, casi sin que se note, este drama inglés.

Dicho lo anterior he de quitarme el sombrero ante su protagonista, Jim Broadbent y la manera excelente, reconozcámoslo, en que encarna la figura de un político europeo inusual en los tiempos que vivimos, me refiero  al séptimo conde de Longford,  ya desaparecido, Francis Aungier Pakenham. Creo que Broadbent con su interpretación ha reinvidincado a su personaje incluso mas allá de las pretenciones del director por no hablar de la institución que de seguro financió la producción de una obra que, como la mayoría de las de factura inglesa que llegan a mis ojos transmiten una ideología de estado, no menos ferrea y coherente en si misma que la que podría inducirnos el Viejo cine soviético.

El verdadero Francis Aungier Pakenham (5 Diciembre de 1905 – 3 Agosto de 2001). Foto wikimedia.org

Es en medio de esta envoltura que se nos presenta a un individuo con quien; al margen de su férrea convicción religiosa que no comparto (me aterran las Iglesias como referentes de la actividad pública) me identifico plenamente, más cuando en la película nos lo muestran como un hombre vencido por su buena fe en la gente.

Lo que asombra, cuando se indaga mas allá del video, no es la derrota, sino la larga vida política que pudo tener çeste, por lo que sé, honorable Lord, nacido, en una familia aristocrática Anglo-Irlandésa, el 05 de diciembre 1905 y fallecido a los 95 años el 3 de agosto de 2001, al parecer la conciencia tranquila no solo nos permite dormir bien, sino además vivir mucho como le ocurrió a este par de Irlanda.

Se educó en el Eton College y New College, Oxford, donde se graduó con honores en Filosofía, Política y Economía.  En aquella ciudad Oxford conoció a su futura esposa, Elizabeth Harman, estudiante de licenciatura en el Lady Margaret Hall. En la película nos muestran al personaje como alguien de suma influencia en el político aunque no siempre de acuerdo con su marido, fue ella quien los convirtió al socialismo y el hizo de ella, no sin encontrar resistencia una católica.  Se casaron el 3 de noviembre 1931 y, finalmente, tuvieron ocho hijos, algunos de los cuales aparecerán en la película sufriendo las consecuencias de las excentricidades del padre, como la hija que ver convertida la presentación de un libro de su autoria en tribuna frente a la prensa de la campaña sobre la que gira la película; el fracasado intento de libera a uno de los infanticidas implicados en el célebre caso de Los asesinatos de los páramos (Moors Murders) me refiero a Myra Hindley, que intepreta, sin mucho que destacar, ni tampoco criticar, Samantha Morton.

Autorretraro de Myra Hindley

Resulta que esta mujer, Hindley junto a su amante Ian Brady, encarnado por Andy Serkis como si diera vida a un “Anibal el Canibal” de baja intensidad, violaron y asesinaron a cinco niños con edades comprendidas entre los 10 y los 17, durante un período que va desde el año 1963 al 1968, el hecho ocurrió en la zona hoy conocida como Gran Manchester, Inglaterra.

Es la relación entre el Barón y la coautora lo que sirve de eje al material y también ella la que permite avizorar, si nos libramos del embrujo emotivo que nos lanza el realizador el trato discriminatorio que se intenta dar los dos inculpados en una cadena de asesinatos injustificables.

El relato también se apoya en los diálogos del político y Ian Brady,  cuya caracterización como personaje más bien parece responder al estereotipo de un psicópata que campea por sus respetos en una cárcel que a la presumible situación de sobre castigo en la que se encuentra los pedófilos cuando can en prisión. No es eso lo que ocurre cuando nos presentan a Hindley, quien, a diferencia de Brady se nos presenta  en la pantalla, transferida a una prisión de alto rigor (tras un intento de fuga) acosada por las otras presas y drogada por sus carceleras, algo solo invoca nuestra conmiseración, una piedad que nunca se intenta despertar, usando recursos emotivos similares, con respecto al marido. Por el contrario se coloca en boca Margaret Hall un parlamento de dudosa cientificidad aduciendo que el escándalo frente a la asesina tiene lugar porque siempre son los hombres los que matan o seducen niños.

En lo personal creo que es al revés, que la prensa prefiere hacerse eco de crímenes cometidos por autores masculinos y no femeninos, que existe un velo mediático que encubre el fenómeno de la criminalidad femenina sin otro objetivo que el de satanizar al hombre,  con todo lo que se diga de la sociedad patriarcal. Y es que el poder al final siente que en la testosterona se haya la energía que le puede derrocar, es ella pues la que se tiene que disciplinar, incluso para evitar que los dominados de reproduzcan más allá de lo que es posible controlar. Por eso el pánico social es dirigido contra los asesinos, no contra las asesinas, por ello, al ver a una mujer los niños subían sin reparo al auto de los asesinos de los páramos. No se trata de un caso aislado, se indaga en la misma red se verán la gran cantidad de “criminalas” de las que nadie habla.

Tampoco convence la tesis que sostiene la esposa del político, una vez que se deja embaucar por Hindley, de que siendo el padre de la segunda un abusador, la hija estuviera condenada a ser dominada por su marido, ese malo de la película, presentado como un sicópata arrogante, que parece campear por su respetos ante sus guardianes y al que, en medio de la aversión que nos despierta nos costará creer que creer cuando alerta a Longford del modo en que le manipula la mujer, alguien que, si no le arrestró a la perversión, al menos,  por su pasado, bien estaría predestinada a ser tan abusadora como su pareja, es decir en el mejor de los casos una “tal para cual” en relación al repulsivo asesino que estamos viendo.

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Carol Ann Lee (derecha), autora de  “One of Your Own: The Life and Death of Myra Hindley”, una biografía sobre la asesina Myra Hindley, muerta en noviembre del 2002. Foto: Robert Burdock

Es una pena que el feminismo haya lastrado una película,  que pudo haber sido tan interesante, tratándose como se trata del hombre que en 1947, fuera nombrado secretario de Relaciones Exteriores adjunto, fuera del gabinete, encargado de la zona británica en la Alemania ocupada y a cuyo trato humano con los derrotados en la segunda guerra mundial se hace una leve referencia, un gesto que llevó al primer Canciller Federal de Alemania, Konrad Adenauer calificar a Pakenham, con ser uno de los padres fundadores del nuevo estado alemán.

Poro todo esto pierde importancia en una película que hace poco honor a su nombre, el que sólo usa como anzuelo para hacernos tragar una historia, de relativa relevancia en la vida aquel antiguo líder de la Cámara de los Lores y Secretario de Estado que fue Francis Aungier Pakenham.

Es como si lo más importante dentro de sus esfuerzos para rehabilitar a los delincuentes fuese el caso de Myra Hindley y todo el revuelo sensacionalista armando en torno por la prensa. Buena forma de castigar para la posteridad y ante una masa que cada día lee menos y ve más cine a este papista converso en tierra de herejes.

Yo prefiero no quedarme ni con ese, ni con el que en su (para mi ingenuidad) creyó en la promoción del cristianismo como medio para la recuperación moral de la nación, yo prefiero quedarme con el Longford del que solo se habla de pasada en la película que lleva su nombre, aquel que desde sus tiempos de concejal de la ciudad de Oxford, allá por los años 30  y casi hasta su muerte en pleno siglo XXI visitaba presos, y que en 1956, fundó una organización con el objetivo ayudarles en su reintegración social, el hombre que presidió la comisión cuyo informe condujo a la creación del sistema de libertad condicional en 1965 en Inglaterra, a la figura prominente en el Festival Nacional de la Luz de 1971, el hombre que se enfrentó a la explotación comercial del sexo y  cuya campaña contra la pornografía le valió el mote de ” Señor Porn” burla de la que se hace eco la película sin marcar mucha,  distancia a nivel visual.

En ella vemos de una manera un tanto ridiculizada la gira realizada  por Pakenham, a principios de la década de los 1970, por los establecimientos de la industria del sexo, incluidos los clubes de strip-tease de Copenhague, con el fin de elaborar un estudio que sirviera de base a su campaña antipornográficas lanzada por basada en un estudio princio que le llevó a recorrer  los clubes de sexo en Dinamarca en 1971.  Se trata de un tema que adquiera soberana actualidad en estos días, cuando El primer ministro británico David Cameron anuncia la activación de filtros de contenidos adultos en la red para proteger la población infantils, del acceso fácil a la pornografía por la vía del Internet, una prohibición que al parecer va más allá de la protección del menor y que pretende regular algunos contenidos, del imaginario erótico como son por ejemplo la simulación de violaciones. Pero no era esto lo que preocupaba al séptimo conde de Longford, sino algo que nos llama la atención desde nuestra llegada a Suecia, que una revista pornográfica este al alcance de la mano de un escolar (así nos lo muestra una escena de la película) como si no hubiese el menor “pecado” en ello.

Menos se habla de un hecho que convierte a la figura en un ser políticamente incorrecta en estos momentos, de su oposición al movimiento gay después de haber sido uno de los paladines de la despenalización de la homosexualidad, en la desarticulación de un legislación que tan duro hizo pagar a Oscar Wilde por su orientación. Pero esto no importó para que la inquisición de la ideología Quer, quien hizo de Longford blanco de sus sátiras lo mismo en espectáculos teatrales y apariciones en televisión, teniendo como verdugo principal al comediante Julián Clary.

En resumen que de toda la obra política, por no hablar de sus estudios sobrte la  historia de Irlanda, de Francis Aungier Pakenham, lo que ha importado a los realizadores de esta serie británica es el timo ético emocional del que fue objeto Frank Longford, no para desenmascarar Hindley, sino para manipulando su historia convencernos de la maldad innata del hombre, para hacer de la masculinidad una agravante, tanto como es la feminidad una atenuante en el sistema de ” justicia” occidental. No se trata de que Ian Brady no fuese un monstruo, sino de que, si va a existir piedad con su mujer, la mas odiada de toda Inglaterra, también tienes que haberla él, sobretodo cuando del par era el único que no podía diferenciar entre el bien o el mal, es lo ella misma reconocería  en prisión, de acuerdo a lo revelado públicamente por Mail Online, el 3 de enero de 2013.

Ian Brady nacido el 2 enero de 1938

Si el propio Longford con toda su inteligencia, y compasión no fue capaz de darse cuenta de ello  ¿de dónde saldrá la figura en la política europea que luche por la redención del género masculino, más cuando el arte toma partido a favor de nuestra discriminación? No creo que salga de ningún sitio; estamos jodidos “man”.

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