Cuando el bibliotecario frena el saber

7 Jun

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Entrada a la escalera que conduce a la Biblioteca de Fittja, Foto. Carlos M. Estefanía

 

Hace un tiempo podría atestiguar que las bibliotecas públicas de Suecia eran una de las contribuciones mas importantes el país nórdico a la democratización del saber, presupuesto inevitable de la democratización de la política.

Tenía yo, gracias a la biblioteca cercana a casa, todo el conocimiento del mundo a mi disposición, y no había libro que solicitara que en plazo de unos pocos días no estuviera esperando en ella por mí. Hoy no podría afirmar lo mismo.

El cambio lo descubrí en la biblioteca de Alby, cuando solicité hace poco el libro Vithet i Svensk Spelfilm (que en español sería algo así como “Blanquitud en el cine actoral sueco”), del crítico de cine Hynek Pallas.

Como, teóricamente, el libro de Pallas se encontraba en la biblioteca del Centro Multicultural, no lejos de allí, no quisieron solicitar, no importa que les explicara que ya había pasado por esa biblioteca y no lo encontraban, fui condenado a la búsqueda y captura de la obra derrochando entre bibliotecas, derrochando ello un tiempo precioso.

Algo similar me ha ocurrido con el libro “”När Skåne blev svenskt”, (Cuando Skania se volvió sueca) obra del historiador Alf Åberg, que en mi intercambio epistolar con la biblioteca se transformó en “Cuando Suecia se volvió sueca”, error fácil de detectar tras enviarle a los bibliotecarios una revista en formato PDF donde se reseñaba la obra.

Foto de una vieja edición de la obra, originaria de 1958 publicada en tradera.com

El caso es que por encontrarse una vieja edición, ya no cerca de casa, sino en otro municipio, el de Estocolmo propiamente dicho, en la biblioteca de Medborgarplatsens, tampoco me lo quisieron buscar. Cuando les pregunté si podían comprarlo la respuesta de la asistente de la Biblioteca de Fittja, Karin Stafström, fue negativa, pues según ellos creen hay poco interés en la zona por este libro. Como consuelo me dijo que enviaría mi solicitud a la biblioteca central del Municipio, a ver si ellos consiguen la obra.

A mi pregunta de cuántos ciudadanos deben querer un libro para que ellos piensen que existe interés en la obra y la compren. La respuesta de la asistente fue la siguiente: “No hay una regla para esto”, en resumen se trata de un juicio arbitrario que ellos hacen en base a su “conocimiento” de las personas que viven en el lugar y por lo general visitan la biblioteca. Una respuesta que pasa por alto el hecho de que se trata en mi caso de una persona que vive en la zona y que visita la biblioteca y cuya solicitud esta vez han vuelto a ignorar rotundamente.

Y debería ser todo lo contrario, deberían agradecer, como hacían antaño aquí, y sé que hacen en otros sitios, por ejemplo la Biblioteca publica Hialeah, Miami, por la ayuda que significa esta recomendación de compra a los propios bibliotecarios. Mas cuando se trata de obra nacional, con lo cual se contribuye a financiar las propias editoriales de Suecia. Esto por no hablar del orgullo que debería sentir la institución de que un ciudadano de origen extranjero se interese por un momento tan importante en la conformación de la Suecia actual como fue el de la adquisición de Skania, un tema sobre el que, con este libro o sin él escribiré mas adelante.

Por lo visto no es la difusión de la historia local lo que interesa ahora a la biblioteca, prefiere gastar su dinero en adquirir otro tipo de literatura, dentro de la cual, créame, no me costaría mucho elaborar una lista de obras de dudosa calidad literaria, por no hablar de aquellas cargadas de prejuicios de todos tipo, sobretodo de cote sexista, contra los extranjeros, quienes que son prácticamente el cien por ciento de los que visitan la institución “cultural”.

Lo ocurrido no me habría parecido extraño si yo fuese un recién llegado a este país. La respuesta es la típica del prepotente funcionario público que pretende saber más que el propio ciudadano que es lo que este necesita y que en lugar de sentirse un servidor del pueblo se siente como su amo, como si no bastara el hecho de que vive del impuesto que nos restan de nuestros salarios. Afortunadamente he conocido otro tiempo y otros bibliotecarios que supieron hacer su trabajo, que es el de democratizar el saber, mas cuando como en este caso se trata de conocer la historia del país al que hemos arribado.
Mal van las cosas pues en estos suburbios, luego se preguntan después de donde salen los incendiarios.

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