José Antonio Saco, el reformador antiesclavista

29 Abr

José Antonio Saco. Imagen: latinamericanstudies.org

 

Ahora invitamos al podio a otro reformista, a Don José Antonio Saco, aquel abogado de la reforma, cuya crítica al absolutismo español le costó la deportación; y nada había más insoportable para los cubanos de entonces que la expulsión de su país.

Está la personalidad de José Antonio Saco, imbuida del espíritu del Enciclopedismo francés; él mismo fue ejemplo vivo de librepensamiento y erudición, basta hojear sus escritos para descubrir en ellos una inesperada y asombrosa gama de intereses, en la que se encadenan las Ciencias Naturales y Humanísticas. En Saco tenemos un antropólogo, un químico, un botánico y quizás al primer ecologista cubano, tempranamente preocupado por la deforestación de nuestros bosques, durante la primera mitad del siglo XIX.

Escribió Saco sobre educación, industria azucarera, el cólera, los fenómenos físicos, el derecho, la política, la historia del Brasil, los indios del Perú; sobre tantas y tantas cosas, que no podemos menos preguntarnos:¿Cómo pudo aquel hombre, en su tiempo, acumular y procesar tan variada y amplia información? ¿Cómo pudo conjugar su rica labor publicitaria con sus obligaciones cívicas y docentes?

Era Saco, por otra parte, bueno para la polémica. Entre las muchas que sostuvo, una de ellas nació de la defensa de los valores, de Heredia; el poeta cubano de la libertad, de quien hablaremos más adelante.

Saco no creyó en la posibilidad de un triunfo revolucionario, descartaba la rebelión armada como vía para mejorar el destino de sus compatriotas. Defendió su idea donde menos le favorecía, en el seno del exilio del cual formaba parte. Sabía que una revolución, que en caso de triunfar le habría beneficiado con el retorno a la patria, era impensable en aquel momento histórico. Cuba no contaba con fuerzas internas y aliados externos suficientes como para emprender la guerra independentista.

No por lo anterior fue José Antonio Saco menos patriota, y su sano nacionalismo aflora claramente cuando cuestiona, también desde el exilio, la alternativa del anexionismo a Estados Unidos. Pensaba que tal acto conduciría inevitablemente para “anglosajonizar” el país y a la absorción de la entonces recién nacida identidad cubana.
Pero de todas las causas en las que Saco empeñó su pluma y su suerte, quizás sea la de la lucha contra el comercio y el empleo de esclavos africanos, la que más repercusiones haya tenido en el progreso de la Isla caribeña. Con su inestimable dialéctica Saco intenta demostrar que la abolición del tráfico de hombres negros, lejos de arruinar o atrasar la agricultura cubana, redundaba en beneficio de su tierra. Trató de ser persuasivo, y por lograr sus fines apeló a una retórica que en momentos adquiría un cierto tufo racista, pero esa era la manera de manipular los códigos establecidos. En tal empeño apelaba a los intereses de los propios esclavistas, más que a sus conciencias. Los fundamentos de su prédica los encontró en el aumento de la producción azucarera en las colonias inglesas y francesas, donde la esclavitud ya estaba abolida.

Lamentablemente eran tiempos en que no bastaba con tener tacto, la calumnia hizo del antiesclavista su víctima. Los enemigos del abolicionismo lo atacaron acusándolo de conspirador que: “empezando por dar de un golpe la libertad a todos los esclavos acabará por degollar a los blancos de su propia raza, y proclamar la independencia”.

Las sanas intenciones de Saco, como él mismo dice, recibieron al fin los “honores de la expatriación”. Saco indagó meticulosamente en los archivos de su Patria y los de Europa. Allí encontró los conocimientos necesarios para historiar y atacar la esclavitud, para elaborar las respuestas que merecían los problemas esenciales de Cuba: reforma agraria, desempleo, transporte, etc. Estos conocimientos sacados a la luz, actualizados y defendidos con magnífica elocuencia encontraron recepción agradecida en los cubanos y españoles ilustrados. Los ensayos de Saco sobre la vagancia y sobre los caminos de la isla de Cuba le valieron el Premio de La Sociedad Económica de Amigos del País.

José Antonio Saco, nacido en Bayamo en 1797; hizo en esta ciudad sus primeros estudios, en el Seminario de San Basilio. A los trece años ya lo encontramos en La Habana, en el seminario de San Carlos, y San Ambrosio, como es de suponer, fue uno de los más brillantes alumnos de aquella institución, donde se graduó de Bachiller en Filosofía y Derecho, con sólo 23 años Saco, sustituye en la cátedra de Filosofía y Derecho, a su amigo y maestro Félix Varela, cuando el presbítero fue nombrado diputado a Cortes. El joven maestro desempeñaría su cargo con distinción hasta que fue reemplazado por otro gran pedagogo: José de La Luz y Caballero, en 1821.

Saco, acosado por su criticismo contra la gobernación española de las colonias, tuvo que trasladarse a Filadelfia y después a New York. Regresó José Antonio Saco a Cuba en 1826. Pero volverá a New York en 1928 para un largo destierro. En esta ciudad fundó con Félix Varela, El Mensajero Semanal, donde publicaron muchos de sus más eminentes compatriotas, generalmente críticos de los yerros del colonialismo.

En 1832 regresa a Cuba y edita la Revista Bimestre Cubana, considerada por los literatos de la época como la primera de su clase dentro de los dominios españoles. Intentó fundar una academia de literatura pero encontró la oposición de los elementos más retrógrados de la Sociedad Patriótica. Entre ellos se encontraba Martínez de Pinillos, conde de Villanueva, portavoz de la oligarquía esclavista de la isla y controlador como intendente de los cuatro millones de dólares en impuesto con los que pagaba sus deudas a las casas banqueras entre otras la Rothschild. Villanueva convenció a Miguel Tacón y Rosique, primer marqués de Unión de Cuba, y gobernador de la isla que lo mejor era echar a Saco de la isla. Nuevamente obligado a salir de su patria, contará como apoyo para su manutención en el extranjero con los fondos que le enviaban hacendados cultos como los Aldama, los Alfonso y los Del Monte.
En esta ocasión Saco va a trasladarse a Falmouth, Inglaterra; reside después en Madrid, allí ingresa en el Club de los Habaneros, donde sostiene la necesidad de reformas políticas en la Isla.
Electo diputado por la provincia de Oriente, le tocó redactar el documento de la protesta hecha por los delegados de América y Asia cuando se negó, en 1837, el lugar que correspondía en la Asamblea Nacional a la representación de Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Sobre este documento el propio Saco apuntaría:

“Ninguna duda quedaba en que ya se había resuelto esclavizar a Cuba, y aunque sus diputados estaban íntimamente convencidos de esta verdad, era necesario manifestar al público, dónde estaba la razón, y dónde la injusticia. Esto hice en un papel que di a luz en Madrid, y que a pesar de haber circulado libremente en toda España, no hubo un solo escritor que saliese a combatirlo. Prueba incontestable de la solidez de sus argumentos y de la justicia de nuestra causa”

En cuanto a las ideas sobre la incorporación de Cuba a los Estados Unidos, hay que decir que Sacó las combatió con formidable argumentación. Era consciente de que a simple vista la anexión se manifestaba como un cambio halagüeño, sin embargo le costaba aceptar la perdida de la nacionalidad cubana que traería consigo la posterior inmigración de norteamericanos a la isla, de modo tal que la anexión sería una absorción.

En 1854 una amnistía general autoriza a José Antonio Saco regresar a Cuba, oportunidad que no aprovecha hasta 1861 en que retorna casado con la viuda de Narciso López (ejecutado por los españoles y mártir del anexionismo como veremos más adelante).

En 1865 el ministro español de Ultramar Antonio Canovas del Castillo, siguiendo las formas de administración inglesa convoca reuniones informativas con notables cubanos y portorriqueños, entre los comisionados elegidos en 1866 se encuentran Nicolás Azcárate, Calixto Bernal y José Antonio Saco. Desafortunadamente todos sus esfuerzos de los encaminados a lograr mayor descentralización y autonomía resultaron en vano.

Saco muere, como decíamos al principio, en Barcelona, en 1879. Vivió lo necesario para ver fracasar la primera contienda independentista (La Guerra de los 10 años, 1868-1878) etapa inicial de una Revolución en cuyas posibilidades no creyó y sobre la que había anticipado, en un texto escrito en París el 1 de noviembre de 1848:

“No hay país sobre la tierra, donde un movimiento revolucionario sea más peligroso que en Cuba… En nuestras actuales circunstancias, la revolución política va necesariamente acompañada de la revolución social; y la revolución social es la ruina completa de la raza cubana. Sin duda que los oprimidos hijos de aquel suelo tienen muchos agravios que reclamar contra la tiranía metropolitana; pero por muchas y graves que sean, los hombres previsores jamás deben provocar un levantamiento que antes de mejorar nuestra condición nos hundiría en las mas espantosas calamidades”

La guerra de 1868-1878 que terminó con la concesión de la libertad a los esclavos sublevados, sin dudas influye en la abolición de la esclavitud, pues no podían los españoles mantener bajo castigo a los esclavos que se habían mantenido fieles a la metrópolis. El 13 de febrero de 1880 el Rey Don Alfonso XII sanciona la Ley del Patronato, por la cual se decretaba el cese del estado de esclavitud en la isla de Cuba, ahora no serían sólo los esclavos y colonos asiáticos incorporados a la insurrección, los que adquirían la libertad, sino en teoría todos los esclavos, incluidos los fieles de España. Sin embargo los esclavos liberados quedaban sometidos al patronato de sus amos, lo cual no dejaba de ser una especie de estado de servidumbre… El artículo primero de la Ley de Patronatos declaraba el cese inmediato del estado de esclavitud en la isla, en el artículo segundo, se define a los siervos que continuaren al servicio de sus amos como patrocinados, y se explica la relación especial de sometimiento que tendrían a los patronos, quienes según el artículo tercer, conservará el derecho de utilizarles en el trabajo de representarlos ante las leyes.

Así mismo, según el artículo cuarto, el amo estará en la obligación de mantener a sus patrocinados, vestirlos, asistirlos en las enfermedades, retribuirles el trabajo con un estipendio mensual y según el quinto capítulo, educar a sus hijos y darle algún oficio.

Tal situación no satisfacía al Partido Liberal Autonomista, continuador de las ideas de Saco, desarrollando la lucha política que condujo a que en el año 1886 se lograra la libertad absoluta de los patrocinados. José Antonio Saco, por ironías de la vida, no alcanzó a ser testigo del fin de aquella explotación inhumana contra la que tanto luchó por la que sufrió la acusación de conspirador y abolicionista.

Fuentes

José Antonio Saco: Papeles sobre Cuba, Dirección General de Cultura, La Habana 1960. Tomo I
José Antonio Saco: ibídem. Tomo II
Beatriz Bernal, Cuba: Fundamentos de la democracia, Fundación Liberal José Martí, Madrid 1994.
Hortensia Pichardo, Documentos para la historia de Cuba, (época colonial). Editora del Consejo Nacional de Universidades, La Habana, 1965
Hortensia Pichardo, Documentos para la historia de Cuba, tomo I. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977.
Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza, Cuba/ España, El Dilema autonomista, 1878-1898, Editorial Colibrí, Madrid, España, 2001
Thomas Hugh: Cuba: La Lucha por la libertad, Editorial Random House Mondadori LS, Madrid, 2011.

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