Del elemento africano en la conformación de lo “cubano”

2 Mar

Callejón de Hamel, en el el popular barrio de Cayo Hueso, el camino es un verdadero santuario afrocubanos al aire libre. Debe su nombre al legendario Hamel Fernando, el traficante de armas y luego comerciante que la tomó bajo su protección a todo el vecindario. El muro de 200 metros de largo, fue pintado por Salvador González en 1990, está lleno de símbolos, frases e imágenes de las deidades africanas. Foto y pie de foto: Enmanuela Fabrini

Con la colonización de Cuba no solo se inició la explotación minera de los indios, sino también la llegada de esclavos negros. A ellos alude Velásquez en carta dirigida a la Corona el primero de agosto de 1515.

“Si desto V. A. Fuese servido, ha de mandar a los oficiales de la Española que les envíen los maestros que han servido en las obras que se han hecho por allí por V. A é dos pares de bueyes con sus carretas, é doce negros que saben bien servir á las obras, é con esto se podrá hacer á poca costa; también será menester alguna artillería”.

La primera licencia para la introducción de esclavos en Cuba, dada por el rey Carlos en el año 1517, y aunque las leyes estatuyeron tempranamente que únicamente de Angola, Guinea y Cabo Verde podían ser llevados esclavos negros a las indias, los antropólogos cubanos constataron la presencia en Cuba de representantes de todas las etnias que pueblan las regiones intertropicales de la costa occidental de África.

La codicia negrera hizo crecer la población de origen africano en la isla al punto que entre, si bien para 1774 esta constituía el 43% de la población, entre los años 1817 y 1855, esta llegó a sobrepasar el 50 por ciento de la población, proporción que sólo se reducirá a partir de 1858 donde las personas llamadas de color conforman el 47, 8 por ciento de la población iniciándose una tendencia que en 1899 la ubica los negros como solo el 32,1%.

De la mezcla y convivencia del indio arahuaco sometido, el negro esclavizado, de un europeo fundamentalmente español y posteriormente de un asiático desarraigado (para 1862 podían constatarse en Cuba más de 60000 chinos procedentes de Shangai y Cantón), de indios Yucatecos, de hindúes y hasta de Escandinavos nació esa comunidad que hoy denominamos pueblo cubano. Una comunidad sobre cuyos orígenes y mala vida ha reflexionado el Antropólogo Fernando Ortiz en su libro “Los negros Brujos” editado por primera vez en Cuba en 1906.

Ortiz recuerda que los primeros colonizadores llegaron a la isla como Aventureros, un puñado de audaces andaluces y castellanos que tras ocho siglos de guerras incesantes, expulsados los árabes y judíos, sobraron como soldados, imposibilitados de adquirir nuevas tierras a golpes de lanzas, con ellos venían además un clero belicoso de intransigencia exacerbada en la lucha contra los infieles.

El hecho de que la navegación Entre España y América fuera monopolizada por el puerto de Sevilla hasta 1720 y después por Cádiz hasta 1764 hizo que llegaran a Cuba solamente los españoles del Sur quienes a decir de Ortiz tenían carácter más impulsivo y afán de lucro inmediato en mayor grado que los del norte, avezados en el trabajo sedentario tras siglos de vida pacifican. Fueron ellos los que sometieron a los indios y los que introdujeron el trabajo esclavo, costumbre tomada de los árabes, también los que formaron muchos de los caracteres de nuestra sicología. Del mismo modo los negros trajeron los caracteres psíquicos de las comarcas de donde fueron arrebatados, algunos eran agricultores pacíficos, otros guerreros indómitos.

Los blancos pronto se vieron divididos entre criollos y peninsulares (mas que entre cubanos y españoles como se les ve hoy en día) una división que sirvió de fundamento a la oposición política entre separatistas e integristas que no tardaron en tratarse como enemigos. Los primeros respaldados por un sector del blanco nativo, y no pocos afrocubanos que consideraban que las autoridades españolas frenaban sus posibilidades económicas y coartaban sus derecho a participar en la administración pública y contra las cuales no quedaba otro camino que el de la conspiración.

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