Más se perdió en Cuba

16 Feb

Ramón Blanco y Erenas, Marqués de Peña Plata (San Sebastián, 1833 – Madrid, 1906). En 1897 es nombrado por Sagasta Capitán General de Cuba, por segunda vez, sustituyendo Valeriano Weyler, estableciendo la autonomía. Le tocó enfrentar tanto a los insurrectos criollos como la invasión norteamericana a la isla la cual tuvo que entregar e los Estados Unidos acatando órdenes de Madrid. Foto: Archivo Nacional de la República de Cuba


¡ Ay, las madres! ¡ Cuanta sangre y cuántas lágrimas se va a derramar en esta revolución a que voy a lanzar a mi país!
José Martí

¿A quién debe Cuba su separación de España?

La cuestión podría ser respondida de manera sencilla: a la incapacidad que tuvo España de tratar a Cuba como a sí misma. Pero el sentido de este título es otro: es conocer cual fue el factor determinante y de última hora en la perdida de la soberanía española en Cuba.
La intervención norteamericana en la guerra cubano-española deja sentada una pregunta la de sí, la isla caribeña, le debía su independencia a los Estados Unidos, a la que el nacionalismo cubano ha tratado de dar una respuesta tajante desde hace tiempo.
Para aclarar el acertijo no nos podemos acercar al tema de la manera dogmática y estrecha que nos imponen las ideologías de estado.
Al responder la interrogante no puede pasarse por alto que el ejército cubano hizo armas en toda oportunidad que tuvo junto al norteamericano. El independentismo hizo coso omiso al armisticio unilateral decretado por Ramón Blanco y Erenas el 10 de abril del 98.
Y repudió llamado hecho por el último gobernador español del al isla, en su carta del 5 de Marzo 1898, al General Máximo Gómez, buscando la una alianza entre cubanos y españoles contra las fuerzas interventoras enviadas por McKinley.

Señor:
Con la sinceridad que siempre ha caracterizado todos mis actos, me dirijo a usted, no dudando por un momento que su clara inteligencia y nobles sentimientos, los que como enemigo honrado reconózcole, harán acoger mi carta favorablemente.
No puede ocultarse a usted que el problema cubano ha cambiado radicalmente. Españoles y cubanos nos encontramos ahora frente a un extranjero de distinta raza, de tendencia naturalmente absorbente, y cuyas intenciones no son solamente privar a España de su bandera sobre el suelo cubano, por razón de su sangre española. El bloqueo de los puertos de la Isla no tiene otro objeto. No sólo es dañoso a los españoles, sino que afecta también a los cubanos, completando la obra de exterminio que comenzó con nuestra guerra civil.
Ha llegado, por tanto, el momento supremo en que olvidemos nuestra pasadas diferencias y en que, unidos cubanos y españoles para nuestra propia defensa, rechacemos al invasor. España no olvidará la noble ayuda de sus hijos de Cuba, y una vez rechazado de la Isla el enemigo extranjero, ella, como madre cariñosa, abrigará en sus brazos a otro nueva hija de las naciones del Nuevo Mundo, que habla en su lengua, profesa su religión y siente correr en sus venas la noble sangre española. Por todas estas razones, General, propongo a usted hacer una alianza ambos ejércitos en la ciudad de Santa Clara. Los cubanos recibirán las armas del Ejército español y, al grito de ¡viva España! Y ¡ viva Cuba!, rechazaremos al invasor y liberaremos de un yugo extranjero a los descendientes de un mismo pueblo”.
Su afectísimo servidor,
Ramón Blanco Erenas
Capitán General

La alienación de los independentista con los norteamericanos, a pesar que tanto su presidente en funciones, como el predecesor nunca reconociera al gobierno de la república cubana en armas. Queda manifestada no solo en acciones sino en documentos como la carta de respuesta que da Máximo Gómez Blanco, ese mismo día, 5 de Marzo 1898
Sr. General Don Ramón Blanco
Señor:
Me asombra su atrevimiento al proponerme otra vez términos de paz, cuando sabe que españoles y cubanos jamás podrán vivir en paz en el suelo de Cuba. Usted representa en esta Cuba una monarquía vieja, desacreditada, y nosotros combatimos por un principio americano, el mismo de Bolívar y de Washington.
Usted dice que pertenecemos a la misma raza y me invita a luchar contra un extranjero; pero usted se equivoca otra vez, porque no hay diferencias de sangre y raza. Yo solo creo en una raza, la Humanidad, y para mí no hay sino naciones buenas o malas. España ha sido, hasta aquí, mala, cumpliendo en estos momentos los Estados Unidos hacia Cuba un deber de humanidad y civilización. Desde el atezado indio salvaje hasta el refinado inglés un hombre es para mí digno de respeto, según su honradez y sentimientos, cualquiera que sea el país o raza a que pertenezca o la religión que profese.
Así son para mí las naciones, y hasta el presente sólo he tenido motivos de admiración para los Estados Unidos. He escrito al presidente McKinley y al general Miles. No veo el peligro de exterminio por los Estados Unidos a que usted se refiere en su carta. Si así fuere, la Historia los juzgará. Por el presente sólo tengo que repetirle que es muy tarde para inteligencias entre su ejército y el mío”.
Su afectísimo servidor, Máximo Gómez Báez

Máximo Gómez Báez (18 de noviembre de 1836 – 17 de junio de 1905) General en Jefe de las tropas independentistas cubanas en la Guerra del 95. Foto:latinamericanstudies.org

¿Eran tan buenas las intenciones del aliado norteamericano?

La imagen de los norteamericanos que nos ofrece Gómez en su carta encontrará en la historia real mas de un motivo de empaño.
Para comenzar tenemos el envío a Cuba como jefe supremo de las Fuerzas Norteamericanas de un hombre carente del más mínimo tacto político necesario para facilitar la relación con los cubanos, el coronel William R. Shafter, más fácil de distinguir por su corpulencia que por su capacidad diplomática y difícil podría ser de otra manera en quien si bien, se había destacado en las tropas federales durante la guerra de Secesión, no era militar de carreras, ya no hablemos de hombre de estudios, ni siquiera había tenido antes puestos de responsabilidad y no sabemos hasta donde habría llegado la paciencia de los cubanos, si con la prolongación de la guerra hubieran llegado a tomar conciencia de su condición subordinada, más que de aliados, de igual a igual. Algo injusto, pues de no ser por la capacidad táctica y estratégica del General Calixto García y sus hombres, del conocimiento del terreno y de las fuerzas españolas que tenía el ejercito libertador cubano, difícilmente habría caído Santiago, y con él, todo la región que vino a dar a manos Norteamericanas.
Hablamos de un suelo ubicado en la provincia donde más fuerte había sido el independentismo cubano, la oriental. Por supuesto esto no lo definía todo, la ocupación inglesa de la zona occidental de la isla entre julio de 1762 y julio de 1763 no impidió la recuperación de la isla total de la isla por España a cambio de la entrega de sus posesiones floridanas a Gran Bretaña. Algo similar habría podido ocurrir con una provincia oriental ocupada ahora por los anglosajones del nuevo mundo.
De cualquier modo, los cubanos son excluidos el 16 de julio de 1898 de la firman el convenio sobre la capitulación entre norteamericanos y españoles. El 17 de julio de 1898 es izada la bandera norteamericana, que no la cubana, en el Castillo del Morro y en la Casa de Gobierno y entran triunfal de los norteamericanos en la ciudad de Santiago de Cuba, sin que se le permita a los independentistas hacer lo mismo en la ciudad. Esto provoca una enérgica carta de protesta por parte de Calixto García a general Shafter

Al Mayor General Shafter, General en Jefe del 5to.

Cuerpo del Ejército de los Estados Unidos.
Señor:
El día 12 de mayo último, el Gobierno de la República de Cuba me ordenó, como comandante en jefe que soy del Ejército Cubano en las Provincias Orientales, que prestara mi cooperación al Ejército americano.
Siguiendo los planes y obedeciendo las órdenes de los jefes, he hecho todo lo posible para cumplir los deseos de mi Gobierno, habiendo sido, hasta el presente, uno de los más fieles subordinados de usted y teniendo la honra de ejecutar sus órdenes e instrucciones hasta donde mis facultades me han permitido hacerlo.
La ciudad de Santiago de Cuba se rindió al fin, al Ejército Americano, y la noticia de tan importante victoria sólo llegó a mi conocimiento por personas completamente extrañas a su Estado Mayor, no habiendo sido honrado con una sola palabra, de parte de Ud. sobre las negociaciones de paz y los términos de la capitulación propuesta por los españoles.
Los importantes actos de la rendición del Ejército español y de la ciudad por usted, tuvieron lugar posteriormente, y sólo llegaron a mi conocimiento por rumores públicos. No fui tampoco honrado con una sola palabra, de parte de Ud., invitándome a mí y a los demás oficiales de mi Estado Mayor para que representáramos al Ejército cubano en ocasión tan solemne. Sé, por último, que Ud. ha dejado constituidas, en Santiago, a las mismas autoridades españolas contra las cuales he luchado tres años como enemigos de la independencia de Cuba. Yo debo informar a usted que esas autoridades no fueron nunca electas por los habitantes residentes en Santiago de Cuba, sino nombradas por decretos de la Reina de España.
Yo convengo, señor, que el Ejército bajo su mando haya tomado posesión de la ciudad y ocupado las fortalezas; yo hubiera dado mi ardiente cooperación a toda medida que Ud. hubiese estimado más conveniente, guardando el orden público, hasta que hubiera llegado el momento de cumplir el voto solemne del pueblo de los Estados Unidos, para establecer en Cuba un gobierno libre e independiente; pero cuando se presenta la ocasión de nombrar las autoridades de Santiago de Cuba, en las circunstancias especiales creadas por una lucha de treinta años contra la dominación española, no puedo menos que ver, con el más profundo sentimiento, que esas autoridades no sean elegidas por el pueblo cubano, sino que son las mismas que tanto la Reina de España como sus ministros habían nombrado para defender la soberanía española contra los cubanos.
Circula el rumor que, por lo absurdo, no es digno de crédito general, de que la orden de impedir a mi Ejército la entrada en Santiago de Cuba ha obedecido al temor de la venganza y represalias contra los españoles. Permítame Ud. que proteste contra la más ligera sombra de semejante pensamiento, porque no somos un pueblo salvaje que desconoce los principios de la guerra civilizada: formamos un ejército pobre y harapiento, tan pobre y harapiento como lo fue el ejército de vuestros antepasados en su guerra noble por la independencia de los Estados Unidos de América; pero, a semejanza de los héroes de Saratoga y de Yorktown, respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía.
En vista de todas las razones aducidas por mí anteriormente, siento profundamente no poder cumplir por más tiempo las órdenes de mi Gobierno, habiendo hecho, hoy, ante el General en Jefe del Ejército cubano, mayor general Máximo Gómez, la formal renuncia de mi cargo como general en jefe de esta sección de nuestro Ejército.
En espera de su resolución, me he retirado, con todas mis fuerzas, a Jiguaní.
Soy respetuosamente de usted, Mayor General,
Calixto García.
Campos de Cuba Libre, 17 de Julio 1898.

García es licenciado por el gobierno independentista de su puesto de Lugarteniente y más tarde enviado a Washington, Estados Unidos para conseguir fondos para el licenciamiento del ejército liberador y reconocimiento a la Asamblea de Santa Cruz, allí donde fallece en extrañas circunstancias el 11 de diciembre de 1898 , se dice que por pulmonía, o por una apoplejía causada tras una cena en su
y unos meses el 9 de febrero de 1899.los restos son traídos en l buque de guerra US Nashville. a la Habana, para ser velados en el palacio de los capitanes generales y luego enterrados en el cementerio Colon. Durante la marcha fúnebre vuelve a suscitarse la disputan entre cubanos y norteamericanos al interponerse el gobernador norteamericano John R. Brooke, y su estado mayor entre el féretro y los compañeros de armas que de Calixto García acompañaban su ataúd, fue como si el miedo de los ocupantes al mal ejemplo dado por García con su carta al general norteamericano William Rufus Shafter acompañara su cadáver hasta el último momento.

Calixto García rodeado de su Estado Mayor. Foto: latinamericanstudies.org

Más sobre el prejuicio anticubano

La fuerte oposición histórica, existente dentro de la unión norteamericana a la separación de los cubanos de España otro de los factores del retrasó significativamente tanto la independencia de España como y la añorada anexión, por parte de no pocos cubanos, de la isla a Estados Unidos, hablo de una reacción antianexionista que, sin desconoces la importancia económica e incluso estratégica que representaría la incorporación de la isla a los Estados Unidos, no dejaba de temer al elemento étnico, una posición basada en prejuicios, por no hablar de un racismo puro y duro que quedó claramente expuesto en el artículo, definámoslo suavemente como proteccionista ¿QUEREMOS A CUBA?, publicado por el Manufacturer de Filadelfia, 16 de marzo de 1889.
Aquí se reconoce que quien posea la isla dominará tendrá canales interoceánicos, que en Cuba están las bahías más hermosas de toda esa región que capacidad productiva no es aventajada en toda la tierra, que su tabaco es el mejor del mundo y su suelo el favorito para le cultivo de la de la caña de azúcar que allí prosperan todos los frutos tropicales, que no hay riesgo de hielo, etc, etc, etc. Pero al mismo tiempo se dice de sus habitantes:

¿Cuál será el resultado de la tentativa de incorporar a nuestra comunidad política una población tal como la que habita la Isla? Ni un solo hombre entre ellos habla nuestro idioma. La población se divide en tres clases: españoles, cubanos de ascendencia española, y negros. Los españoles están probablemente menos preparados que los hombres de ninguna otra raza blanca para ser ciudadanos americanos. Han gobernado a Cuba siglos enteros. La gobiernan ahora con los mismos métodos que han empleado siempre, métodos en que se juntan el fanatismo a la tiranía, y la arrogancia fanfarrona a la insondable corrupción. Lo menos que tengamos de ellos será lo mejor. Los cubanos no son mucho más deseables. A los defectos de los hombres de la raza paterna unen el afeminamiento, y una aversión a todo esfuerzo que llega verdaderamente a enfermedad. No se saben valer, son perezosos, de moral deficiente, e incapaces por la naturaleza y la experiencia para cumplir con las obligaciones de la ciudadanía en una república grande y libre. Su falta de fuerza viril y de respeto propio está demostrada por la indolencia con que por tanto tiempo se han sometido a la opresión española; y sus mismas tentativas de rebelión han sido tan lastimosamente ineficaces que se levantan poco de la dignidad de una farsa. Investir a semejantes hombres con la responsabilidad de dirigir este gobierno, y darles la misma suma de poder que a los ciudadanos libres de nuestros Estados del Norte, sería llamarlos al ejercicio de funciones para las que no tienen la menor capacidad.
En cuanto a los negros cubanos están claramente al nivel de la barbarie. El negro más degradado de Georgia está mejor preparado para la Presidencia que el negro común de Cuba para la ciudadanía americana. Podríamos arreglarlo de modo que la Isla quedase como un territorio o una mera dependencia; pero en nuestro sistema no hay lugar para cuerpos de americanos que no sean, o que no puedan aspirar a ser, ciudadanos.

Y resulta curioso que este discurso que mas allá de lo errado, y siendo una retranca contra las ideas anexionista, haya tenido como respuesta más contundente la que le dio José Martí, en su carta al rotativo neoyorquino The Evening Post, conocida bajo el título de href=”http://es.wikisource.org/wiki/Vindicaci%C3%B3n_de_Cuba”> Vindicación de Cuba, sobre el que volveremos en otro momento.
Al final la idea que sostiene el periódico norteamericano es que la adquisición de Cuba, si bien barata en un principio al final podría salir muy cara. Estamos hablando de 1889, cuando se manejada la posibilidad de la compra de la isla. Pero en 1898, está claro no solo que España no quiere vender la isla, sino que está dispuesta a gastar hasta la última peseta en el sofocamiento del separatismo. Otra cosa será si la guerra toca las puertas de su casa.
Al final se propone como solución lo que tanto había temido y denunciado José Antonio Saco en su vieja polémica con los Anexionistas: el peligro de la americanización de la isla “cubriéndola con gente de nuestra propia raza”. Nótese que no se habla de mezcla, ni de convivencia con la población autóctono. ¿Acaso implica este “silencio” la aplicación de una política eugenésica? Una estrategia que se manifestó en el dejar utilizar el territorio norteamericano para el auspicio de una guerra que trajo por consecuencia la aniquilación de unos En estos espacios morirían por causa del hambre y de las enfermedades alrededor de 200.000 campesinos cubanos y en la que solo se interviene cuando el conflicto comienza a amainar como consecuente de tanto de la declaración de autonomía como del resultados del genocidio aplicado por el Estados Español sin que ninguna nación de la región movieran se un solo dedo en su contra.

Esta posición es la que podría haber confirmado la manida carta presuntamente escrita por el Subsecretario de Guerra J. C. Breckenridge del 24 de diciembre de 1897 al Teniente General N. A. Miles:

...La isla de Cuba, con mayor territorio, tiene mayor densidad de población que Puerto Rico, y está desigualmente repartida; a pesar de ello, constituye el núcleo de población más importante de las Antillas. Su población la constituyen las razas blanca, negra, asiática y sus derivadas. Sus habitantes son por regla general, indolentes y apáticos. En ilustración se hallan colocados desde la más refinada hasta la ignorancia más grosera y abyecta. Su pueblo es indiferente en materia de religión, y por lo tanto, su mayoría es inmoral, como es a la vez de pasiones vivas, muy sensual; y como no posee sino nociones vagas de lo justo y de lo injusto, es propenso a procurarse los goces no por medio del trabajo, sino por medio de la violencia; y como resultado eficiente de esta falta de moralidad, es despreciador de la vida.
Claro está que la anexión inmediata a nuestra federación de elementos tan perturbadores y en tan gran número, sería una locura, y antes de plantearla debemos sanear ese país, aunque sea aplicando el medio que la Divina Providencia aplicó a Sodoma y a Gomorra.
Habrá que destruir cuanto alcancen nuestros cañones, con el hierro y con el fuego; habrá que extremar el bloqueo para que el hambre y la peste, su constante compañera, diezmen su población pacífica, y mermen su ejército; y el ejército aliado habrá de emplearse constantemente en exploraciones y vanguardias, para que sufran indeclinablemente el peso de la guerra entre dos fuegos, y a ellas se encomendarán precisamente todas las empresas peligrosas y desesperadas.
La base de operaciones más conveniente será Santiago de Cuba, desde donde se podrá verificar la invasión lenta por Camagüey, ocupando con la rapidez posible los puertos necesarios para refugio de nuestras escuadras en la estación de los ciclones.
Coetáneamente, o mejor dicho, cuando estos planes empiecen a tener cumplido desarrollo, se enviará un ejército numeroso a la provincia de Pinar del Río, con el objeto de completar el bloqueo marítimo de La Habana con la circunvalación por tierra; pero su verdadera misión será la de impedir que los enemigos sigan ocupando el interior, disgregando columnas de operaciones contra el ejército invasor de Oriente, pues dadas las condiciones de inexpugnabilidad de La Habana, es ocioso exponernos ante ella a pérdidas dolorosas.
El Ejército Occidental empleará los mismos procedimientos que el Oriental. Dominadas y retiradas todas las fuerzas regulares de los españoles, sobrevendrá una época, de tiempo indeterminado, de pacificación parcial durante la cual seguiremos ocupando militarmente todo el país, ayudando con nuestras bayonetas al gobierno independiente que se constituya, aunque sea informalmente, mientras resulte en minoría con el país. El terror por un lado y la propia conveniencia por otro, han de determinar que esa minoría se vaya robusteciendo y equilibrando sus fuerzas, constituyendo en minoría al elemento autonomista y a los peninsulares que se queden en el país.
Llegado este momento, son de aprovecharse, para crear conflictos al gobierno independiente, las dificultades que éste tiene que acarrear la insuficiencia de medios para atender a nuestras exigencias y los compromisos con nosotros contraídos los gastos de la guerra y la organización de un nuevo país. Estas dificultades habrán de coincidir con las reivindicaciones que los atropellos y violencias han de suscitar entre los dos elementos citados, y a los cuales debemos prestar nuestro apoyo.
Resumiendo: nuestra política se concreta a apoyar siempre al más débil contra el más fuerte, hasta la completa exterminación de ambos, para lograr anexarnos la Perla de las Antillas.

El problema de la carta de J.C. Breckenridge es que nadie ha visto la versión original, lo que se conoce es su reproducción en el libro de Enrique Collazo en su libro “La guerra en Cuba” publicado en 1926. Esto sumando al antinorteamericanismo latente de Collazo, sirve de base para que muchos investigadores la tomen por un apócrifo, incluido Rolando Rodríguez cuyo artículo Un documento apócrifo: El memorándum Breackreazon, titulado también de Breckinridge fue publicado en el 2009 por la revista oficialista cubana Calibán, algo que no deja de llamar la atención siendo la historiografía castrista tan poco dada a exculpar a los norteamericanos.
Apócrifo o no el documento de trata de la guerra sangrienta, que al margen del percance de la Fernandina y lo que nos enseñen los animados de Elpidio Valdés y por supuesto de las normas mas elementales del derecho internacional. dejaran fraguar en su propio territorio los norteamericanos, la misma conflagración que según la anécdota de Luis Baralt, impedía conciliar el sueño a su principal promotor,  José Martí, suspirando por el sufrimiento que traería a las madres cubana su “revolución necesaria” (Gonzalo de Quezada y MirandaAsí fue Martí (Editorial Gente Nueva, La Habana 1977, página 88).

Lo cierto es que, ni España había apagado al independentismo cuando entran los Estados Unidos en la guerra, ni tampoco había sido del todo derrotada en la isla por los americanos cuando se firman la paz. El motivo de su rendición es otro que ya hemos sugerido en nuestro artículo anterior sobre los acontecimientos principales de aquella guerra, cuando hablábamos de la orden recibida por Cervera para que regresara con su flota a España, decisión absurda si no tiene en cuanta el temor a un desembarco norteamericano en la propia península.
Como bien afirma el historiador Tomas Hugh en su libro Cuba La Lucha por la libertad, fue la intervención de Estados Unidos, principal cliente de Cuba, lo que ue decidió el fin de la guerra independentista y considera que de no haber sido por este país el gobierno autonomista se habría consolidado y Ramón Blanco hubiera logrado un nuevo Zanjón (página 299) y aunque a la larga el autonomismo habría acogido como buenas las intervenciones norteamericanas, mucho mejor resultó para esta la existencia la existencia de un poder “nacional” comprometido desde su nacimiento con el intervensionismo, una fórmula que sin dudas debe su existencia a la experiencia filipina donde los independentistas no tardaron en enfrentarse a los nuevos ocupantes, en Cuba no fue asís entre otros motivos porque el independentismo quedó obnubilado con la ficción de república independiente que se le ofreció a partir de 1902, cuya constitución nacía con la afrenta de la Enmienda Platt, Ley presentada el 25 de febrero de 1901 por el Comité de Asuntos Cubanos del senado y aprobada definitivamente el 2 de marzo de 1901, el Congreso norteamericano norteamericano, según la cual el gobierno de la isla era tratado como un menor de edad al que se le prohibía la concertación de tratados que menoscabaran la independencia cubana la soberanía cubana, implicara deudas por encima de su capacidad de pago de las mismas y lo peor concedía a los Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente. Así mismo se responsabilizaba al país tanto con su propia higiene como con la protección del comercio y el pueblo del sur de los Estados Unidos., dejaba en el aire el estatus de Isla de Pinos como si Cuba no fuera dueña del archipiélago que lleva su nombre y por ultimo imponía la existencia de bases navales en suelo cubano como la célebre Base de Guantánmo. Con ello se creaban las bases para un proceso de norteamericanización gradual de la isla que no se ha detenido, si quiera con la llegada del régimen comunista, cuya política interna depende, aunque sea por oposición a la que siga los Estados Unidos y que curiosamente ha desarrollado una política de reducción de la natalidad que solo tiene parangón en la aplicada bajo la condición de estado asociado en la otra isla ocupada en 1898 por los norteamericanos. Puerto Rico.
La trascendencia de la ocupación de Cuba por Estados Unidos radica en que aquí se puso en práctica, por primera vez en la historia un modus operandi que luego de ha repetido con mínimas variaciones a nivel global, en Japón y la Europa occidental “liberada” tras las segunda guerra mundial, en Irak y por último en Afganistán. En este sentido y en muchos otros Cuba han sido más que un patio trasero, el gran el laboratorio social de su colosal vecino.

Un pedazo de España al otro lado del océano

Lo que durante la guerra y después de ella tuvo lugar en Cuba fue algo más que un genocidio físico, fue y sigue siendo el intento de taponar una de las mas poderosas fuentes de reproducción del elemento hispano en el nuevo mundo. Es por eso que todavía Cuba a pesar de su pobreza, sus particularidades político culturales y económicas Cuba sigue siendo tan querida por el visitante que llega a ella de la Madre Patria tanto como resultan entrañables a los cubanos que emigran las calles de Madrid, Cádiz o Barcelona.
El fin de la españolidad en Cuba, fue tanto más doloroso, por cuanto significó la pérdida de lo que retóricamente se califica como la “perla más valiosa de la corona”. Ya hemos visto, su valor era económico, pero también humano y cultural. Cuba no sólo era española en cuanto a posesión, lo era en buena medido por su demografía; otro factor a tener en cuenta para comprender cuan hispana era la isla, así como la resistencia que hubo dentro de ella para dejar de ser española; caeríamos en un error si pensáramos que sólo un puñado de oligarcas negreros apostaban por el integrismo; había también mucho hombre humilde en las ciudades que apoyó a España, como aquellos empleados y artesanos que conformaron los cuerpos de voluntarios, y lo mismo ocurrió en la zonas rurales, sobre todo a partir de los asentamientos impulsados durante la guerra de los 10 años, desde la llamada Comisión Central de Colonización, con ellos se ponía en práctica una política de reorganización del establecimiento de los humanos en la isla; de manera que los intereses militares y económicos de la metrópolis quedaran favorecidos. Así, a partir de 1873, fueron desarrollándose, estratégicamente comunidades cuyos habitantes eran beneficiados con exenciones fiscales y en las que se les concedía a los campesinos la propiedad de mil fanegas de tierra tras cultivarlas por unos años. Estas colonias se levantaban como auténticos baluartes del españolismo, allí donde los independentistas solían operar en los campos de Cuba.
Esta estrategia repobladora siguió tras el fin de la guerra, como parte de las medidas encaminadas a la reconstrucción del país, sobre todo en los lugares más deshabitados, en los que se intentó fomentar, junto a la pequeña propiedad, una población blanca, una cultura española que vendría de la mano de nuevos inmigrantes, ya fueran de la península o de islas como las Baleares y Canarias, de los desmovilizados del ejército y de las familias arruinadas que se hubiesen mantenido leales a la corona. Para 1891 tan solo en la zona oriental que va de Santiago de Cuba a Puerto Príncipe, existían 9 de tales colonias con 208 familias albergadas, (Camagüey). No nos cabe la menor duda que tales enclaves de españolismo servirían de muro de contención, tanto contra los independentistas como contra los intervencionistas norteamericano en la guerra que se avecinaba.
Hablando en términos culturales, debemos aceptar que dentro del sector de la población que defendían la españolidad política de Cuba, como dentro de aquel que deseaba, ya fuera por la vía de la reforma, o de la guerra ponerle coto a la dominación de la metrópolis, existía un componente hispánico predominante, en aquella isla y con independencia de los colores de la piel se había impuesto la hegemonía de lo español, integrándose en la isla, como lo que en la península, aún en nuestros días no acaba de cuajar; el factor castellano, el andaluz, el gallego, el vasco, el catalán, el canario, etc.
Elementos que a su vez habrán de mezclarse con otros, dando lugar a la etnogénesis que se inicia en Cuba a partir de 1510 y que aún no ha terminado, un proceso marcado en primer lugar con la asimilación forzada de la población aborigen por parte de los colonizadores, y que continuará con diversas variantes de integración interétnica: hispánica, africana, afro aborigen, hispano aborigen, hispano africana, franco hispana, franco africana y criollo-hispano-afro-china. Siempre como decíamos bajo la preponderancia de un fundamento hispánico, que se fortalece con los cambios demográficos que tienen lugar en la segunda mitad del siglo XIX, con el crecimiento de una población “blanca” %en la que suelen incluirse los asiáticos libres que, no solo detenta el poder, sino que también la mayoría.
Sin desconocer la influencia africana, influjo que por demás está presente en la propia metrópolis, hay que reconocer que la que se generaba en Cuba; era en buena medida una extensión de la cultura hispana, al punto que resulta muy difícil delimitar, al margen de lo que digan nuestros culturólogos e historiadores nacionalistas, hasta donde llega lo autóctono caribeño y hasta donde lo general hispánico, sobre todo cuando hablamos de la cultura de las clases medias altas que se genera en Cuba, una creación espiritual de la que participan descendientes de esclavos como el poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, el publicista Juan Gualberto Gómez o el violinista Claudio José Domingo Brindis de Salas. En este ámbito la separación entre lo cubano y lo español entendido en su sentido más amplio puede resultar forzada. No se puede concebir el nacimiento del Seminario de San Carlos y San Ambrosio en 1773, ni el magisterio de figuras como José Agustín Caballero, al margen de los procesos culturales que tienen lugar en España, ni puede concebirse el nacimiento y funcionamiento de la Sociedad Económica de Amigos del País, a partir de 1793, al límite del esfuerzo ilustrador impulsado desde la metrópolis para todo el orbe hispano por el pensador y político español Gaspar Melchor de Jovellanos, y cuando en el Papel Periódico de la Habana se debaten los temas de la enseñanza, de lo que se está hablando más que de un tema local, de situaciones que se repitan en todo el imperio, donde se dan las luchas entre las nuevas ideas y los prejuicios sociales, Y aún cuando a partir de la segunda década del siglo XIX, se inicia en la Habana y desde ella un movimiento cultural que busca esencias nacionales, como hace el poeta José María Heredia, la lengua en que se habla, y las formar proceden de España y pertenecen por tanto a un mundo español en el que la península es tan solo el territorio de origen, y ni tan siquiera donde se dan siempre los primeros adelantos, como tenemos con el caso del primer ferrocarril de la monarquía, que fue construido en Cuba.
Los historiadores , sobre todo cuando son españoles, honran a los cubanos destacando las grandes figuras que crearon y “reflexionaron sobre el ser de Cuba”, que recuerdan a ese padre de la cubanidad que fue Félix Varela, al polemista José Antonio Saco, que por criticar los males de su tiempo y sin ser un hombre radical, debió enfrentar el exilio, a potenciadores de la literatura como fueron Domingo del Monte, estudiosos de las ciencias naturales como Felipe Poey o novelistas que reflejaron los temas cotidianos de Cuba, como Cirilo Villaverde, con su “Cecilia Valdés” y tienen grandes razones al hacerlo, sin embargo, no tenemos derecho a olvidar que aquella obra fue parte de un todo, que fragmentado, porque no supo o no pudo comprenderse a sí mismo. Incluso el no puede concebir el pensamiento del propio Varela, desgajado de los acontecimientos políticos que tienen lugar en la Metrópolis, su liberalismo, su democratismo e incluso su independentismo tienen profundas raíces hispanas, se ha gestado primero en la experiencia de la guerra independentista contra napoleón y luego en la lucha política dentro de la península contra el despotismo de Fernando VII, el enterrados de la constitución gaditana de 1812, que no se pudo impedir un “¡Viva la Pepa!” americano.
Continuará

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