Cuba: donde muere un imperio y nace otro (I)

2 Feb

El entonces Teniente Coronel de caballería Theodore Roosevelt, posando para un fotógrafo aónima después de su regreso de Cuba en 1898. La fotografía puede haber servido de modelo e inspiración para la estatua ecuestre de Proctor en Portland. imagen tomada de la Galería de Chuck_893

La revista Newsweek, en su edición correspondiente al 11 de febrero del 2008, analizó las posibilidades del entonces candidato a la presidencia de  los Estados Unidos, John McCain; siendo el aspirante a la primera magistratura; hijo y nieto de combatientes en la segunda guerra mundial  y él mismo,  un antiguo soldado y prisionero de guerra en Vietnam.  La redacción del semanario, consideró oportuno, traer a colación aquellos presidentes que  antes de ocupar  sus puestos,  sirvieron en el ejército, entre ellos se encontraba un personaje muy ligado a nuestra historia Theodore Roosevelt, Coronel en la contienda de 1898, entre Cuba y España.

Roosevelt  regresó de aquella contienda a los Estados Unidos aclamado como héroe nacional  y supo sacarle partido político a aquella guerra; con su libro; de memorias  “The Rough Riders”. El  título, que en español significa algo así como jinetes “duros” o “tempestuosos”; alude al nombre informal que tenía el Primer Regimiento de Voluntarios de Caballería de los Estados Unidos, las fuerzas que bajo su mando  y el del coronel Leonardo Wood, participaron en la materialización de un viejo sueño de Theodore, el que defendía desde los tiempos en que se desempeñaba como Asistente de la Secretaría de Marina: “correr a los españoles del mundo occidental”.

Para quienes sobrevivimos la Guerra Fría, no puede dejar de parecernos, cuanto menos curioso, el hecho de que entonces Occidente, comenzara  en la otra orilla del Atlántico y no en esa  mitad de Europa, en la zona separada de  las “democracias populares” por aquello que denominó “ telón de acero” otro célebre testigo de la guerra de los cubanos contra España, Sir Whiston Leonard Spencer Churchill, el célebre observador  británico que, desde el campo español y aún reconociendo las arbitrariedades  coloniales, no le auguró un futuro muy feliz  que digamos Cuba Libre.  Es mas en una carta firmada 29 de febrero de 1896 y dirigida a  amigo  W.Bourke Cockran hacía votos para que  Estados Unidos no  obligar a España a renunciar a Cuba, a menos que estuviera dispuestos a asumir la responsabilidad por los resultados de dicha acción, es decir el surgimiento de otra república degradada como a su entender lo eran las sudamericanas. Lo que no dice, Churchill es que esas “republicas” construidas artificialmente sobre un continuo cultural y étnico deben respectivos nacimiento, en buena medida, a la actividad de agentes al servicio de inglaterra, algo de lo que tampoco gusta hablar hoy a historiadores y políticos “nacionalistas” latinoamericanos.

Curiosamente modo de pensar que sostenian los demócratas norteamericanos, liderandos por el entonces en el entonces presidente Stephen Grover Cleveland,coincidían con la visón del inglesito, tal parecería que escucharan más las observaciones del jóven observador, que las peticiones de reconocimioento de la beligerancia que por entonces hacía, en los propios Estados Unidos, Tomás Estrada Palma, como representante plenipotenciario de la república en Armas y delegado del Partido revolucionario Cubano, tras la muerte de José martí.

Chuchil joven ofical de Husares, Febrero de 1895, un ano antes de su estancia en Cuba

Estas opiniones no fueron óbice para que, una vez establecida aquella república, uno de sus presidentes,  Ramón Grau, apenas terminada la segunda guerra mundial, invitara a la Isla y homenajeara al  ex Primer Ministro Inglés quien acababa de perder las elecciones.

Winston Churchill, llegó a Cuba el 1 de febrero de 1946,  alojandose en el Hotel Nacional y siendo distimguido como Hijo Predilecto por la más tabaquera de nuestras provincias; Pinar del Río, todo un honor para el fumador empedernido de “habanos” que era este Lord.  Entonces Churchill olvidó sus viejos resquemores españolistas,  hablando maravillas de nuestra isla, lamentando que su corona la hubiera  dejado escapar y dando casi  ¡Viva Cuba Libre!  que  se transmutó en “¡Viva la Perla de las Antillas!”

Churchill con su esposa durante su estancia en el Hotel Nacional de La Habana, febrero de 1946

Pero volvamos al libro de Roosevelt. La obra en cuestión, sin lugar a  dudas, contribuyó al  éxito presidencial de su autor, pero ahí no se agota su utilidad; gracias a ella podemos conocer la visión que tuvo el soldado norteamericano sobre un enfrentamiento que interesó a medio mundo.

Ocurre que,  a partir de entonces, allá, en la lejana Europa, comenzó a hablarse de un imperialismo provocado por el desarrollo del capitalismo; hasta  Rusia  llegó el asunto, como lo demuestran las referencias hechas por  alguien que  paradójicamente fue capaz de demoler un imperio y sentar las bases de otro, el líder Bolchevique Vladimir Ilich Lenin,  con su folleto de 1917 “Imperialismo fase superior del  Capitalismo”,  allí también se habla de la guerra hispanoamericana:

“Durante los últimos quince o veinte años, sobre todo después de la guerra hispano-americana (1898) y de la anglo-boer (1899-1902), la literatura económica, así como la política, del Viejo y del Nuevo Mundo, consagra una atención creciente al concepto de “imperialismo” para caracterizar la época que atravesamos.

Siguiendo esta línea de pensamiento la entrada norteamericana en la guerra de Cuba, traería como resultado lo que el historiador Philip S. Former  denomina nacimiento del imperialismo norteamericano. Por supuesto, no siempre se tuvo una visión tan negativa de la participación norteamericana en aquella guerra, sobretodo en su víspera. Para algunos de sus testigos, como por ejemplo Máximo Gómez, jefe de las fuerzas cubanas independentista; significaba el cumplimiento hacia Cuba de “un deber de humanidad y civilización” y lo mismo pensaron muchos de los norteamericanos que voluntariamente se sumaron a aquella invasión, la más popular de cuantas ha participado la enorme nación fuera de sus fronteras, en la que veían un gesto de solidaridad con un pueblo oprimido.

Sin duda alguna hubo ideales implicados en aquella guerra pero también  fue resultado de factores económicos, basta conocer el modo en que era expoliada la isla poco antes de la llamada “Guerra de los 10 años”  para comprender porque muchos de sus hijos optaron por el separatismo. Es importante tomar en cuenta el tratamiento político diferenciado, en detrimento de los criollos,  que sufrían los habitantes de la isla, quienes además enfrentaban la lacra de la corrupción de la burocracia, mal endémico que nunca ha desaparecido, y una distribución del presupuesto que  muy poco les favorecía.

Por ejemplo en 1862  la mayor parte de su presupuesto era consumido por los departamentos que menos le beneficiaban, los de Guerra Marina y Gobernación; desde Cuba se sostenía la colonia penal de la isla africana de Fernando Po y se mandaban a España 13.954 339 pesos, mientras que para el fomento de Cuba sólo se destinaban 3.126 499,47 pesos.  Demás está decir que durante la guerra, fueron las arcas de la maltrecha isla las que financiaron las fuerzas españolas que combatían a sus independentistas.

A pesar de los desastres de la rpimera guerra independentista, los habitantes de Cuba, fueren criollos o peninsulares;  lograron desarrollar muy favorablemente su riqueza, si en 1864 el saldo de  importación/exportación daba un valor positivo de 12 millones de pesos.

En 1884 el saldo alcanzaba la cifra de 27, 65 millones, sin embargo  de poco le valía esto a Cuba, con los injustos aranceles y recargos que le imponía la metrópolis muy superiores a los de la propia España, por ejemplo el arancel de la península para las carnes era en 1885, de 2,80 a 5. 70  pesos por 5,70 kilogramos mientras que Cuba se convertían en 14 pesetas por los 96,5 kilogramos.

Los antecedentes de esta situación se remontan a los tiempos de las guerras napoleónicas, cuando el tráfico marítimo fue interrumpido y España se vio obligada a autorizar el comercio de Cuba con naciones “neutrales” un comercio que sumado la importación de esclavos –a pesar de los acuerdos contra la trata de esclavos firmados por España- y otras liberalizaciones fomentaron  la producción y las exportaciones de la isla; a tal punto que  la nación ya no tuvo suficiente mercado para ellas. Al mismo tiempo la metrópolis comprendió que lo mejor que podía hacer era estimular y fiscalizar el rendimiento  de sus colonias, sobre todo la agraria – en su pacto colonial  había frenado aquellas actividades que compitiesen con  las producción de la península-,  las reformas que se hacían desde España  estuvieron encaminadas, a partir de las década de 1820,  a la extracción máxima de rentas, por medios impositivos y arancelarios, así como derechos diferenciales, no solo sobre las mercancías, sino incluso sobre las navieras que las transportaban, beneficiando claro está a las metropolitanas. Así mismo se centró en la lucha contra el fraude y el contrabando.

Esta es la situación más o menos invariante que nos encontramos en la década de los 80 del siglo XIX en el principal comprador de azúcar, que tenía Cuba; que era los Estados Unidos, capaz de absorber más del 90% del principal rubro de exportación de la isla, el tabaco poseía compradores más variados. Esta concentración de exportaciones de azúcar en Estados Unidos, estimuló la mecanización de los ingenios; por otro lado con el objetivo de enfrentar la competencia internacional fueron abaratados los costes, hasta que en 1883 tiene lugar un auténtico derrumbe de precios.  La salvación de los azucareros cubanos estaba en el mercado norteamericano, sólo vendiendo allí podrían recuperar lo invertido en la modernización de la industria y superar la crisis de los precios; pero España se alzaba como un obstáculo con aquellos incrementos arancelarios que beneficiaban a  productores peninsulares que querían exportar a la isla en detrimento de los de Norteamérica,  el país  donde estaba  el mercado que los azucareros cubanos necesitaban.

Ya teníamos antecedentes de tal situación en los llamados aranceles de aduanas de la isla de Cuba; establecidos en 1870, y que imponían derechos muchos más altos a las mercancías que provenían de otros países o que eran traídas por los barcos que no eran de España,  como una manera de conservar los privilegios del comercio con la metrópolis, equilibrando la “injusticia” que presuponía el hecho de que la península no pudiera enviar a Cuba los productos con la misma facilidad que lo hacían los comerciantes de la república norteamericana.

Ya era  los Estados Unidos  para Cuba, su principal mercado de azúcar y café cuando el congreso del  país  anglosajón decide aprobar el llamado arancel “McKinley Hill”, según el cual los productos de gran consumo  en el país,  eran librados de pago, sin embargo, esto habría favorecido a los cubanos si no fuese por la llamada Enmienda Aldrich, según la cual aquellos países que no correspondieran con reciprocidad a las facilidades norteamericana; tal era el caso de la colonia de Cuba, quedaban excluidos de los  beneficios, del arancel de marras. La alternativa que se le presentaba a Cuba entonces era favorecer; los intereses de los exportadores de España hacia la isla, o la de los productores en Cuba, españoles o criollos.

Es así,  que se gesta dentro de la política isleña un movimiento del que participan autonomistas e integristas, bautizado bajo el término de “Movimiento Económico”, sus impulsores entre otras cosas denunciaron el modo en que España estrangulaba a Cuba con impuestos que sobrepasaban el 41 por ciento de los ingresos; ante la amenaza de que se cerrara el mercado norteamericano se exigió el mantenimiento a todo trance de la reciprocidad comercial con los Estados Unidos, así como el establecimiento con esta nación y otras que puedan tener mercado para el tabaco de Cuba, de tratados y acuerdos que ofrecieran ventajas a este comercio.

España accedió a las reformas demandadas desde la isla estableciendo un arreglo comercial con los Estados Unidos, en julio de 1891 como paso previo a un Tratado de reciprocidad comercial, con ello quedaba claro una vez más la contradicción de intereses entre los habitantes de la isla y los de la nación y esto servía de estímulo, más allá de las declaraciones formales de integrismo de los afectados, a quienes consideraban que la separación no sólo beneficiaría a los cubanos políticamente, sino también  lo hacía  (a ellos y a los norteamericanos) en el plano económico.

….continuará

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