Memoria en Memoria de Oswaldo Payá. “Frente al Matrix nuestro de cada día, un Neo que todos esperan: EL DISIDENTE”

23 Jul

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Editorial Publicado en  Cuba Nuestra número 20, Marzo del 2004  dedicado a Oswaldo Payá con motivo de su visita a Suecia

Pese a sus altibajos, el trasfondo filosófico que subyace en la trilogía The Matrix fascina a cualquiera. Y son los cubanos, por su cultura cinematográfica y sus vivencias socio políticas, los mejores dotados para encontrar las claves, cuando no una plena identificación con lo que plantean, en lenguaje cinematográfico los hermanos Wachowski, para desentrañar los discursos de una serie que es mucho más que un festival de artes marciales y efectos logrados con ordenadores.
La primera parte de ese espectáculo fílmico se remonta al año 1999, cierre del siglo en que nacieron totalitarismos de los cuales el cubano quedó como agonizante remanente. Sin dudas, mucho deben los autores intelectuales de The Matrix tanto a esos sistemas de opresión en sí, como a la manera en que fueron representados por la literatura y el cine (1984 por ejemplo). Del mismo modo, los guionistas no tienen el menor reparo en coquetear con filosofías y posturas cívicas nacidas de algún modo como respuesta al despotismo y la manipulación de las conciencias por el poder. Nada cuesta reconocer en esta obra la rebeldía universal de un Bakunin, o la concepción humanista de un Sartre, quienes ven en la posibilidad de elegir (incluido el sacrificio) una de las cualidades más importantes de cuantas nos diferencian de los animales: así Neo responde: “es mi opción”, cuando su contrincante, el policía Smith indaga estupefacto por que continua una lucha a todas luces perdida. Se trata de la misma respuesta silente da con su tenacidad el opositor pacifico cubano frente al agente gubernamental que le acosa y encarcela.

 

Por supuesto hay también en esta película, como en la actitud del disidente, parte de la cosecha de un Platón que nos enseña a desconfiar de la realidad perceptible, recordándonos que la verdad está en otro lado, del mismo modo que la verdad no es esa que encuentra el cubano, en lo que ve y escucha de inmediato, en ese mundo sensorial construido por los medios de comunicación estatales, en las palabras de los “creadores de opinión” oficiales, en los programas de “educación”, en los mensajes que le transmiten las llamadas “organizaciones de masas” etc. La verdad, dura e incuestionable, esta más bien en lo que descubren, día a día, calle a calle, los denostados periodistas independientes, voces honestas del pueblo. Pero aceptarla es pagar un precio muy duro, y es preferible para mucho continuar el sueño eterno y no sentir así como las “máquinas” les succionan la vida.
Hay en este filme mucho de la ética cristiana, la misma que marca al movimiento democrático cubano. Es la doctrina de Jesús, la que lleva a un hombre a sacrificarse por los demás, sin rencores contra el que le maltrata, sin otro afán que la PAZ, lo único que piden al “Gran Arquitecto” del sistema imperante en Cuba; allí donde la coacción física solamente es superada por la ideológica, donde la conquista de la imaginación del individuo, y la reprogramación de su visión del mundo, no es menos importante para la élite dominante que la privación a los ciudadanos de cualquier medio de resistencia física o económica. Es en este punto donde Matrix y la Cuba de hoy confluyen un 100 porciento. Si en el mundo controlado por las máquinas a los hombres se les hacía vivir una realidad virtual, completamente ajena a la descarnada explotación de sus cuerpos, una cosa similar pasa a los cubanos imbuidos en una soporífera mitología “revolucionaria”, que les programa de modo tal que, a nivel de conciencia colectiva, puedan evitar el conflicto entre la falta real de libertad y la creencia en que se vive en el mejor de los mundos posibles. Y así como los resistentes en The Matrix sueñan con la llegada de un “elegido'” que les libre del poderío de las opresoras Maquinas, encontrándolo en un individuo común, quien precisamente por la fe que le inculca un profeta abandona su mediocre existencia para convertirse en héroe; el Neo (o los Neos) de Cuba habrá de salir, si no ha salido ya, de entre los hombres simples de un pueblo sometido. Quizás lo tengamos en estos momentos en una cárcel o despertando al eco de proyectos como el Várela, u otros que emulan en la propuesta de una transición pacífica hacia la democracia. Sólo hay una diferencia radical con la película: el Neo de Cuba golpea a su enemigo sólo con ideas (aunque se le responda con agresiones físicas) pues es en el mundo de los arquetipos ideales, el de la verdad donde vive a costa del martirio, donde alcanza una fortaleza sobre humana, capaz de colocar en apuros a los millones de clones que moviliza el sistema contra el opositor.
Quien no lo entienda así es porque carece de una concepción heraclitiana del cambio, porque no tiene, la capacidad del Neo cubano, de encontrar el Tao que rige la inexorable transformación de la sociedad cubana. Será esta filosofía, y una conducta consecuente como la de un Oswaldo Payá, (a quien dedicamos este número) o cualquiera de los tantos disidentes que trabajan hoy en Cuba por la democratización, las que revolucionarán al Matrix nuestro de cada día, en una revolución que esperamos, no será de las armas, sino de las almas.
El Director

 

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