De la resiliencia al Masculinismo. Recomendación tras leer un libro

2 Jun

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Luis Rojas Marcos, autor del libro que comentaré, es actualmente Profesor de Psiquiatría en la Universidad de Nueva York, miembro de la Academia de Medicina de la misma ciudad, de la Asociación Americana de Psiquiatría (miembro distinguido vitalicio) y de la Academia Americana de Medicina Paliativa.

Según su página personal, Rojas Marcos nació en Sevilla en 1943, se graduó como Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Bilbao (1975) y en Ciencias Médicas por la Universidad del Estado de Nueva York (1977), luego se especializó en psiquiatría en el Hospital Bellevue y la Universidad de Nueva York (1969-1972). En 1972, el Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense le otorga una beca de tres años para investigar los efectos de la barrera del lenguaje en inmigrantes, enfermos mentales que tenían dificultad en expresarse en la lengua inglesa.

En 1981 se le nombra Director de los Servicios Psiquiátricos de la red de hospitales públicos de Nueva York, desde este puesto impulsará la creación del Project HELP (Homeless Emergency Liaison Project), el primer servicio médico móvil para atender y hospitalizar a enfermos mentales graves y desamparados sin techo, que ha servido de modelo a otros estados norteamericanos y otros países.

En 1992 Rojas Marcos asume la máxima responsabilidad por los servicios municipales de salud mental, alcoholismo y drogas. creando desde allí los primeros programas de salud mental específicos para las comunidades inmigrantes hispanoamericana, china, rusa y caribeña de la ciudad. Luis Rojas Marcos también es conocido por el programa Choose to de-fuse para la prevención de violencia en los colegios públicos de la ciudad.

Marcos fue testigo de los atentado terroristas del 11 de septiembre de 2001, sus experiencias se recogen tanto en la obra : ‘Más allá del 11 de septiembre: La superación del trauma’, también condimentan la obra que abrodaremos: Superar la Adversidad: El Poder de la Resiliencia, publicado por Espasa-Calpe en el 2010 (ISBN 9788467032598).

Lo primero que quiero comentar tras leerme esta obra, es que entre el Doctor Luis Rojas Marcos y un servidor existe una barrera filosófica infranqueable, el defiende la Eutanasia -lo cual parece imponerse en la medicina del estado donde opera, mientras yo me pronuncio contra ella, el lo hace y esto me parece una agravante, a pesar de comprender perfectamente como funcionan los mecanismos de la depresión , lo deja claro en su libro Superar la Adversidad: el poder de la resiliencia, que he tomado prestado en la biblioteca del Instituto Cervantes de Estocolmo.

Para mi, cuando se trata de un paciente terminal, o aquejado de una enfermedad dolorosa, la depresión es inevitable y toda decisión tomada en ese estado debe ser cuestionada en su “voluntariedad”, no se trata de asumir la argumentación religiosa, sino la humanista de aportar hasta el último momento por la vida de un ser humano.

Marcada esta distancia, las manchas no me impedirán ver el sol, las virtudes de un librito fácil de leer y magnífico popularizador de un fenómeno, que si bien nos rodeas, apenas caemos en cuenta, el de nuestra capacidad, no sólo de sobrevivir, sino de crecer ante las circunstancias más adversas, y que la psiquis del individuo se explica por algo más que un cúmulo fatal de traumas, sino también por la capacidad de sobreponernos a esos dolores emocionales que es lo que se denomina, en términos psicológicos resiliencia.

Así pues Rojas Marcos nos explica en su libro el concepto de resiliencia, apelando a un sinnúmero de experiencias personales, noticias y estudios científicos que enriquecen mucho esta obra, entre las referencias encuentro una muy grata, la del escritor y maratonista japonés Haruki Murakami; cuyo inspirador librito, “De que hablo cuando hablo de correr”, acabo de leerme y no puedo menos que recomendar.
Pienso que si queremos fortalecer muestra propia resiliencia debemos tomar en cuenta sus seis pilares, los cuales según él para  “Superar la adversidad” serian los siguientes: las conexiones afectivas gratificantes con otras personas, funciones ejecutivas personales como por ejemplo saber regular las emociones, identificar metas y programar los pasos para conseguirlas, ubicar nuestro propio centro de control en lugar de colocarlo en el exterior, en manos de Dios o del destino la tendencia a percibir las cosas positivamente y la conciencia de los motivos personales que dan sentido a la vida.

Estamos en presencia de un libro que nos recuerda que nadie escapa a las desdicha, no al estrés que estas conllevan, pero que no todo ha de ser resignación ante la desgracia,  nos explica cuales son esos mecanismos protectores que genera líderes o simplemente sobrevivientes en las peores tragedias, nos explica la importancia de las ganas de vivir y sobretodo la magia del crecimiento postraumático.

Todo esto es bueno e interesante, todo ello da valor al libro, pero lo que no esperaba encontrar y para mi resulta una verdadera “pepita de oro” es la exposición que hace el libro sobre las diferencias de sobrevivencia que existe entre hombres y mujeres, tanto por razones genéticas como sociales.

Todo un aporte, seguramente que involuntario por parte de este médico, al debate sobre la llamada sociedad patriarcal, esa suerte de teoría conspiratoria según la cual los hombres nos habríamos confabulado para crear una sociedad en la que la peor parte la llevan las mujeres.

De lo primero que se toma nota es que los hombres tienden a exponerse más que las mujeres en situaciones de peligro, vaya, vamo tonto que se juega la piel en lugar de enviar por delante al sujeto dominado, pienso por ejemplo en esa barbaridad que es la guerra, ese suicidio colectivo a la que se han dedicado durante siglo los crueles patriarcales, en lugar de quedarse en casa cuidando críos, algo que gracias a Dios y en virtud de la política de igualdad de género, mejor decir de aniquilación de género o degenerativa, perdón, si se me repito, está cambiando, en la medida que el feminismo aniquila el polo femenino estableciendo como paradigma para hombres y mujeres, lo que durante siglos fura la construcción de lo masculino, es decir lo que no pare, lo que no cría hijos, lo que se vestía así y hacía el amor con “asá” (hoy según los medios y no hay amor mas tierno, comprensivo y humano que el que se da entre “asá ” y “asá”), aquel cuyo portador humano que  usaba antaño en la trinchera, la mina o el taller, para matar o morir, para producir no importa los riesgos que atrae a la salud, física y humana, que tenía la especialidad en oficios ahora compartidos por ambos , que no siempre son los mas creativos, como pinta en su propaganda el femeninos.

La cosa es que según Amanda Ripley en su libro, que cita el doctor Rojas, cuando se trata de tormentas, huracanes y fuegos, el número de hombres que mueren casi duplica al de las mujeres, algo que se explica en parte porque los hombres tienden a hacer trabajos mas peligrosos, además de ser mas impulsados, osados y atrevidos. Vaya aquí tiene una noble meta los auspiciadores del “igualitarismos” el de borrar tan injusta diferencia.

Y la  cosa no queda ahí, resulta que en las sociedades Occidentales, ser varón se ha convertido en un factor de riesgo de ser víctima de infanticidio, y después le toca el turno a la justicia mundial, la cual de cada cinco personas que ejecuta cuatro son hombres. En los países desarrollados los hombres son mas propensos que las mujeres a morir de un infarto del miocardio, el médico especula sobre si será por qué son más peleones y fumadores, si fuera así esto sería la expresión de las tareas, estresantes y competitivas que asigna la “conspiración patriarcal” precisamente a los hombres. Pero no nos asustemos la liberación está por llegar. En el libro se reconoce que estas diferencias ya se están diluyendo.

Y después vienen los males generados por el alcohol, la droga, causas genéticas – la pareja de cromosomas femeninos XX tiene ventajas sobre la pareja masculina XY a la hora de protegernos de algunas enfermedades que hacen que la mortalidad infantil en menores de un año sean mayores en varones que en hembras y por si fuera poco todo esto, tenemos el llamado trastorno por déficit de atención con hiperactividad TDAH, afecta a cinco hombres por cada mujer que lo padece.

Ya he hablado de este mal que no fue catalogado como trastorno infantil hasta el año 1994, y es lógico que se manifiesta en constante distracción -lo que en realidad es un pendular de la atención en distintos focos, lo que impide la concentración en uno solo-, desinhibición y alteración del sistema regulador de la actividad.

Esto que hoy consideramos un mal, debió haber sido el bien durante milenios, cuando la horda sobrevivía gracia a estos individuos que debieron ser los más hábiles para la caza y la guerra. Pero vivimos otros tiempos y aunque esta, llamémosla mutación, sigue reapareciendo en 4 de cada cien adultos, esta lejos de ser premiada, resulta reprimida por una sociedad que funciona de otra manera. No me extraña pues que la autoestima de los pacientes de TDAH, esté dañada, que la tasa de suicidios entre ellos sea mas alta que la del resto de la población y que se cuadruplen ente ellos la posibilidad de ser encarcelados por actos de violencia, y la sabemos, se trata de una masa de individuo predominantemente masculina.

Después de esto, no me queda mas remedio que abordar el tema de resiliencia, desde una perspectiva “masculinista” (¿le suena la expresión?), es decir que denuncie una relación de poder -no caeremos en el error feminista de atribuirla a una conspiración de mujeres contra hombres- que genera  este auténtico genocidio que se sólo media humanidad, por el solo crimen de haber nacido masculina, sexismo despiadado y cruel que pone en entredicho el fantasma azuzado por académicos y políticos de la conspiración patriarcal, los mismos que en su guerra al hombre, usan y abusan de las mujeres como hicieron los comunistas con los obreros y los nazis con el pueblo alemán, para usarlas de carne de cañón y al final en nombre de la “lucha de género” llevarlas al mismo matadero, donde ya tienen a sus compañeros, una adversidad para la cual no habrá resiliencia que valga.

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