Descubriendo Teotihuacan: La ciudad de los Dioses

8 Ene

Llevado por mi hermano José Carlos y su mujer mexicana,  he tenido la fortuna, pocas semanas antes de despedir el año,  de conocer Teotihuacan;  el lugar donde fueron hechos los dioses, que es el nombre,  que los mexicanos dieron a las ruinas dejadas por una civilización desconocida hasta nuestros días, un centro urbano, que se considera el más antiguo de Mesoamérica; ubicado a 45 kilómetros al noreste de la Ciudad de México y que en sus mejores momento llegó a contar con una población cercana a los 200 mil habitantes.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, Teotihuacan, se ha convertido en un centro turístico; al que acuden viajeros mayoritariamente mexicanos, como si siguieran la huella de aquellos otros peregrinos, pertenecientes a pueblos y civilizaciones posteriores que visitaban el lugar sagrado;  intuyendo que algo grande tenía que ocurrir en esas pirámides, heredadas de un régimen teocrático, que nadie sabe cómo, ni por qué desapareció.

He subido, y sufrido del terrible vértigo que provoca la escalinata en la pirámide de Quetzalcōātl, “Serpiente emplumada”; el Dios que conocí en mis febriles lecturas de adolescente; fascinado por las culturas precolombinas, el mismo que da nombre a esa figura equiparable a un Buda o un Jesús, de la que no sin humor nos habla y dibuja  Eduardo del Río, “Rius”, en un librito para mí entrañable; Quetzalcōātl no era del PRI.

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He comprado, para la mujer que me ama y la hija que adoro; al incansable vendedor de orfebrería, que nos ofrece una genial conferencia sobre el sitio, algunas de sus bellas prendas de plata, y a otro, para el masaje y la buena energía; una bola de obsidiana, piedra volcánica con que fabricaban armas y otros utensilios los antiguos mexicano.

El vendedor, a mi derecha, nos dio una magnífica conferencia sobre el lugar, cómo no comprarle algo de su bella mercancía. Foto: Jose Carlos Estefanía

Luego hemos recubierto una fabulosa cooperativa que reproduce bellísimas figuras hechas en buena medida  de Jade, la  piedra verde que da la suerte, también producen  bebidas mágicas y saludables,  propias de los sumos  sacerdotes del pasado, como el pulque o el licor de Xoconostle, de los que mi hermano me ha obsequiado sendas botellas, para la buena suerte de mi paladar.

Artezanías del Museo de la Piedra, en Teotihuacán, México. Foto: Carlos M. Estefanía

He montado un material audiovisual con  mis fotos, que sí bien no son las mejores técnicamente hablando, sirven al menos para compartir con mis amigos y no olvidar jamás un viaje maravilloso, el que me llevó , de  México, a Teotihuacan.

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