Volver a Moscú bajo el Efecto Invernadero

21 Nov

https://i2.wp.com/www.theskykid.com/wp-content/uploads/2009/04/parnikovyy-effekt-2005.jpg

Conocí a Moscú durante mi niñez y mi juventud y aunque hace 25 años que dejé aquella capital, expulsado por unos “compañeros” empeñados en impedir el fin de mi carrera de filosofía no puedo negar que amo esa ciudad, tanto como quiero y compadezco a sus habitantes, tanto como detesto, tras conocer su verdadera historia, aquella burocracia que en nombre de los sueños, tantos sueños mató.

Y por amar a esa ciudad es que agradezco, el servicio que me ofrece la Biblioteca Internacional de Estocolmo con una película como Парниковый эффект (Efecto Invernadero ) la cual sin apelar a viejas nostalgias me la recrea visualmente en lo mejor de ella, teniendo como pretexto un niño de la calle y su encuentro con una joven forastera, embarazada, engañada, robada, perdida quien encontrará en el pilluelo, más que a un ángel un enamorado caballero, un Don Quijote en plena pubertad, ruso por demás, creíble, para quienes recuerden esa capacidad de amar que nace cuando aún no hemos dejado de ser niños.

Este drama ruso de 2005, Duración: 93 minutos, habla muy bien de su director, Director: Valery de su capacidad de explotar la historia ficticia de Rita, la provinciana interpretada a las mil maravillas por Elena Polyakova) y de ese parlanchín apodado el Mudo al que da vida el pequeño gigante (como actor) que es Aleksandr Yakin, muestra de la vitalidad que tiene la escuela rusa de actuación infantil.

Es una historia de amistad mas allá de la vida, de sobrevivencia y sobretodo de un amor puro que nace y tiene como refugio clandestino un invernadero. Es un bello relato sobre un niño bueno, demasiado como parano haberse corrompido en esa cruda realidad en la que se ha convertido la Rusia postsoviética ( sin desmerecer las miserias de la etapa “comunista”) pero aceptable como héroe de una película realista, que denuncia su sociedad,

Es un film de música inolvidable que apuesta por la amistad y esperanza, aunque sea más allá de las fronteras, mientras que nos recuerda que la avenida Lenin sigue llevando su nombre o que por una suerte de magias sinestésicas nos hace sentir el placer de pisotear las hojas amarillas con que el otoño cubre las aceras, cruzar los puentes enormes y sentir en la cara el sol moscovita, la luz hermosa y sobretodo la briza que se escapa entre los imponentes edificios modernos o de arquitectura estaliniana, en resumen sentir que Moscú, la de siempre, todavía existe y sigue sin creer en lágrimas.

Nadie debería morir sin visitar la capital rusa, o por lo menos de ver la imagen de aquella metrópolis de un imperio mundial imposible, en películas tan bellas como esta.

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