El recuerdo indeleble del imperio bizantino: Descubriendo en Santa Sofía, la marca del vikingo:

16 Nov

Representación del Emperador Constantino Monimacos, el Cristo Pantocrator y de la Emperatriz Zoe (siglo XI) en las paredes de Santa Sofía (Divina Sbiduría) en Constantinopla, hoy Estambul. Foto: Carlos M. Estefanía

Quedé marcado desde mi juventud por la curiosidad sobre Bizancio, continuación directa, medieval y cristiana de la antigua Roma, y el día, en que durante una de mis lecturas históricas de la juventud, descubrí que la caída de Constantinopla, su capital, a manos de los musulmanes, había tenido lugar pocas décadas antes del descubrimiento de América.

Antiguas murallas de Constantinopla. Foto: Carlos M. Estefanía

Ocurrió el 29 de mayo de 1453, tras la espera de una ayuda occidental que nunca llegó y el asedio de dos meses ejercido por Mehmet I sobre la ciudad que posteriormente se llamará Estambul.

Plataforma donde eran coronados los emperadores con rito cristiano, tradición nacida en la iglesia de Santa Sofía y continuada en el resto de Europa hasta los tiempos de Napoleón y más allá. Foto: Carlos M.Estefanía

Así, traicionados por sus correligionarios, desparecieron los restos de un imperio que en sus mejores momentos ocupaba territorios, lo mismo en la costa sur de España, y el resto del sur de Europa, que en el norte de África que en la ribera occidental del Mar Negro, aglutinando una variedad de pueblos y culturas innumerables a los que impuso como religión oficial y de estado, aquella cuyos portadores en sus inicios se dejaron matar antes de adorar a un emperador, la de los cristianos.

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Y ha querido el Todopoderoso que mis caminos me llevaran a la “Nueva Roma” y que allí descubriese la iglesia más grande de la antigüedad, Santa Sofía, cuya construcción fue iniciada por el emperador Constantino I durante su reinado (324-337) y terminada por Constantino II. En los años treinta del pasado siglo será convertida por el secularizador Atatürk en museo, después de haber servido como mezquita a los turcos durante siglos.

Puerta por la que sólo podía entrar el Emperador, iglesia de Santa Sof'ía. Foto: Carlos M. Estefanía

Y he quedado tan impresionado como aquel enviado del príncipe Vladimir que no sabía sí se encontraba en el cielo o la tierra; o quizás como debió estarlo aquel guerrero vikingo que plantó su nombre para siempre en uno de los balcones del maravilloso edificio, como marcando cual sería el final de mi camino también iniciado en tierra nórdica.

Ell Grafiti de un guerrero nórdico en uno de los balcones de Santa Sofía. Foto: Carlos M. Estefanía

Dejó aquí el testimonio gráfico de lo que allí vi.

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