Archivo | febrero, 2010

Hijos del amor y la libertad: Comentando una película sobre la resistencia húngara en 1956

14 Feb

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No tuvimos que esperar a la caída del comunismo para disfrutar de un buen cine hecho en Hungría, de una cinematografía que nació oficialmente el 30 de abril de 1901 con la premiere de la película ”La danza”;  filmación de un espectáculo del Teatro Urania. Desde entonces sufrió los embates de dos guerras mundiales, una dictaduras fascista y otra comunista, con sus respectivas censuras, la emigración de talentos, y todo lo que puede afectar la creación cinematográfica.

Sin embargo, a pesar de los pesares no se puede escribir la historia del cine mundial sin incluir en ella los aportes de los realizadores húngaros, antes, durante y después del paso del país de éstos por el “comunismo”.

En lo personal y gracias a las magníficas relaciones que existían entre Cuba y Hungría, pude disfrutar durante toda mi infancia y juventud de películas del segundo país, que se apartaban por sus temas, de ese cine doctrinario, “realista socialista”, al que muchos creen se redujo la producción cinematográfica en los países comunistas; un cine el el que había de todo, desde comedias hasta películas de espías y que me permitió conocer numerosos elementos de la historia del pequeño país Euroriental, en particular el período de la dominación turca, algo que sembró una suerte de reticencia frente al islam de la cual, a pesar de que racionalmente lo intento, no he podido curarme del todo hasta nuestros días.

Un cine que nos hizo historias infantiles o de amor, y como quien no quiere la cosa, nos ofreció manera de concebir el socialismo de origen marxista leninista, un tanto menos cuartelario, que el que establecido de Cuba.

No hablemos ya de sus animados, para niños o adultos que como los de “Gustavo”, cuya universalidad superaba a muchos de los materiales similares que por entonces se hacía en el mundo libre.

A esta particularidad del séptimo arte en Hungría debió haber contribuido la relativa decentralización de la industria cinematográfica impulsada por János Kádár en los años sesenta a fin de parecer un tanto más liberal enterrando de esta forma los malos recuerdos dejados por su triste papel durante la intervención soviética de 1956

De ese modo nació una suerte de pacto silente entre el poder y los creadores:l por un lado el gobierno se abstenía de prohibir las producciones nacionales, mientras que del otro, los realizadores trataban de evitar asuntos polémicos, o realizaban su crítica social a niveles alegóricos, utilizando metáforas, que en definitiva resultan fácilmente decodificables por el espectador formado bajo cualquier régimen totalitario.

Es más o menos lo que vemos en Cuba con el ICAIC, institución que según el cantautor Pedro Luis Ferrer, es capaz de hacer una crítica mordaz a la sociedad. Se trata de un acercamiento a la realidad que con los años se ha ido haciendo menos alegórico y cada vez mas directo.

El Caso es que de Hungría nos llegó a Cuba la obra de un István Szabó con su inolvidable Mefisto de 1981, ganadora del Oscar a la Mejor Película Extranjera yen  el Festival de Cannes como mejor guión, Coronel Redl de 1984, ganadora del premio del Jurado en el Festival de Cannes, un director del  que no hace mucho compré y disfrute, -motivado por los estudios que hago sobre nazismo y esoterismo-, sy película, Hanussen; obra de 1988 que aborda, aunque no con toda la profundidad que el un tema requería,  la vida del astrólogo hebreo que enseño a gesticular a Hitler.

Tenemos a Miklós Jancsó, con su obra Los rojos y los blancos, que fue mi primera lección de historia de la revolución rusa, una coproducción soviético-húngara de 1967, en la que se aborda la confraternidad nacida entre de un grupo bolcheviques y voluntarios húngaros durante la guerra civil rusa. La película que terminó siendo prohibida en la URSS, por su tratamiento de la guerra como algo absurdo. Es el autor además de Salmo rojo y Rapsodia húngara.

También de aquel país nos llegó el trabajo de Zoltán Fabri con películas prendidas para siembre a nuestra infancia como Los Chicos de la Calle Paul de (1969). Es el realizador de Los húngaros (1978) filme nominado para el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera.

Y así podríamos mencionar otros consagrados como Zoltán Várkonyi, Márton Keleti, László Kabos y Károly Makk, los que por sus obras y por la críticas se convirtieron a pesar del exotismo de sus nombres, referencias obligatorias para el cinéfilo cubano.

Y me alegra saber que con la separación generada tras la implosión del establishmet comunistas en la Europa de 1989, se hayan recuperado los nexos culturales entre mi país de origen, Cuba, y la tierra de los Magiares, que el ICAIC, respondiendo a iniciativas de la Cinemateca de Cuba y de la Embajada Húngara en la isla  organizara, como solía ocurrir en los viejos tiempos de común pertenencia al CAME,  muestras de Cine Húngaro Contemporáneo, como la que tuvo lugar en la capital de la isla en el 2008, con un programa* de seis producciones donde se incluyó comedias, dramas y óperas primas de jóvenes realizadores, producidas en la etapa postcomunista que va del 2000 al 2007.

Y lo mejor es que tales festivales no se quedan en la capital, como nos lo muestra la última edición del mismo, desarrollado del 11 al 17 de enero, en el cine Camilo Cienfuegos de Santa Clara. Lo que le permitió a nuestros compatriotas del interior disfrutar de películas como Solo sexo y nada más, de la directora Krisztina Goda, La victoria del amor, dirigida por Tamás Sas, Glamour, de Frigyes Gordos; Aire fresco, de Ágnes Kocsis; Hipo, de György Pálfi, así como Un tanto América, de Gábor Herendi.

Para nosotros es fundamental que se reactiven los lazos culturales entre los pueblos de Hungría y Cuba, entre otras cosas por lo importante que es para los dos conocer sus respectivas realidades e historias.

Pero e gustaría que si incluyeran en estos festivales películas un tanto más problemáticas según la visión de la historia moderna en la que fuimos formados, me refiero a un trabajo de 2006 de esa misma Krisztina Goda, que ya conocen nuestros espectadores santaclareños. Se trata de la película titulada originalmente ” Szabadság, szerelem ” (La libertad, el amor).

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Se trata de un video que he tomado prestada en la sección Internacional de la Biblioteca de Estocolmo, con un título endilgado en ingles ”Children of Glory” afortunadamente no está doblada al ingles, lo cual me permite disfrutar de una lengua que asocio con mi juventud y que se emparenta con el finladés, como ese mismo pueblo cuyos particulares rostros estudio, para verificar que no resultan ni eslavos, ni germánicos, ni asiáticos y al mismo tiempo, por sus perfiles, por lo rasgados de algunos ojos y el azul de estos parecen ser una mezcla de todos los mencionados.

Y es que los hijos de Atila llevan demasiado tiempo en el corazón de Europa, combatiendo, invadiendo, o siendo invadidos como para no haber sufrido ese mestizaje genético y cultural que al final se expresa en obras de gran universalidad, no importa lo aparentemente local de sus historias.

En este caso los hijos de la historia nos cuenta la historia de un amor entre un campeón de Polo Acuático,  Karcsi Szabó (Iván Fenyö) y la heroina de la obra,  Viki Falkuna (Kata Dobó ), una estudiante destacada durante la revolución de 1956 contra los remanentes del estalinismo.

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Kata Dobó

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Iván Fenyö

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También es tema de la película la posterior resistencia, casa a casa, de Budapest a la invación de los tanques enviados por Nikita Jruchov para aplastar una reforma que se le escapaba de las manos, nacida de una interpretación demaciado literal de su campaña, iniciada en el XX congreso del PCUS (febrero de 1953) contra el culto a la personalidad. Es en Octubre de ese mismo año cuando tendrá lugar la revolución húngara.

Por cierto el actor  Iván Fenyö se da un aire con el resistente húngaro aparecido en la portada de la revista Time dedicada a la invasión soviética de Hungría en 1956, por un momento pensé que se intentaría integrar esa icono con su personaje, pero no fue así.

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Me ha gustado la película, no tanto por la profesionalidad con que se realiza, propia de la vieja escuela de ese buen cine húngaro al que ya estaba acostumbrado, como por lo didáctica que resulta a la hora para dar a conocer a las nuevas generaciones europeas, particularmente superficiales y olvidadizas en lo que al tema del comunismo se refiere, de uno de los acontecimientos más trascendentales de la guerra fría.

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Se trata de un aspecto de la obra que no me resulta dificil juzgar dado que estuve investigando el hecho histórico no hace mucho, de este estudio que salió un modesto un trabajo audiovisual de relativo éxito en Youtube, una especie de homenaje a Imre Nagy -figura que veremos en la película-, el Marxista y Disidente que encabezó, en 1956, aquel intento abortado de gestar un socialismo mas humano, anticipando el experimento Checoslovaco de 1968 y el iniciado por Gorbachov en 1986, interesante relación numerológica.

La película tiene una mirada sino feminista, dad0 el protagonismo que se le concede a la mujer húngara en la resistencia, al menos femenina, y muestra aquello de ”más tiran un par de tetas …” pues es el deseo juvenil de seducir Karci de Seducir a Viki, lo que lo involucra en una serie de acontecimientos, que estan a punto de dar al traste con su carrera olímpica, todo esto en medio del conflicto entre una madre que, como cualquiera otra, quiere proteger a su hijo del compromiso con la patria y el amor, y un abuelo que impulsa al joven en la lucha por la expulsión de los rusos de su patria.

La historia puede resultar un magnífico gancho para la interesar en el tema a estudiantes de nivel pre e incluso universitario, y no dudaría un segundo en utilizar la película como recurso pedagógico si tuviese que abordar den clases aquellos acontecimientos.

Hay que ver los hechos de manera sistémica y la película nos ayuda una clara alusión al desencadenamiento de las protestas en Polonia, el nacimiento de comités estudiantiles enfrentado a la desinformación oficialista, los cambios sociales y gubernamentales que se van dando dentro del país, a la retirada y regreso de los ocupantes soviéticos, y sobre todo a la resistencia desigual de un pueblo frente a un poder muy superior, como vimos, salvando las distancias de la ciencia ficción,  en Avatar. Solo que el final, en coherencia con la historia no es precisamente feliz.

No falta la crítica a Estados Unidos por no haber acudido en defensa de la resistencia, una crítica que bien podría traducirse en condena a esa Europa Occidental, que no supo, no quiso o temió ser solidaria con la parte del continente bajo la hegemonía soviética.

Una ocupación que pactada por los aliados que vencieron a los alemanes durante la segunda guerra mundial, y por la que pagaron en más de una ocasión los comunistas y demócratas locales. Recordemos que del mismo modo en que la resistencia anticomunista húngara fue traicionada, ya lo había sido el movimiento armado comunista en Grecia, aplastado por los ingleses ante los brazos cruzados de Stalin.

Al final nos damos cuenta de que la historia tiene su propia dinámica y que a veces de nada vale el sacrificio heroico de la juventud, si la libertad está programada para otro momento por la historia.

De lo que si no cabe duda es de que Hungría no pudo ser la misma tras aquella rebelión que tan bien se dibuja esta película.

Es verdad que se restauró el comunismo, pero fue un comunismo suavizado por la existencia del pequeña propiedad privada, el derecho a entrar y salir del país sin grandes inconvenientes, y sobretodo por un standard de vida que hacía la situación de los húngaros envidiable en relación a la sus hermanos “soviéticos” por no hablar de cubanos, chinos, koreanos y vietnamitas.

La película, a su manera, intenta curar el trauma húngaro, lo hace trazando paralelos al inicio y al final entre los acontecimientos políticos y el confrontación en el terreno deportivo entre los polistas acuáticos de la URSS y los de Hungría. Explotando lo que parece haber sido un hecho real, un golpe dado al uno de los deportistas húngaros por un contricante soviético.

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El golpe real

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El golpe en la película

Cinematográficamente el recurso es funciona y resulta válido, quizás, desde la perspectiva de la necesidad de sanación de un pueblo humillado por la historia, pero tengo mis reticencias, sobre la viabilidad ética de transformar unas olimpiadas en un ajuste de cuentas, que más que entre pueblos, fue entre un régimen transnacional y todos los países que bajo una soberanía formal, se le sometieron. Hay que pensar en que los deportistas que allí, en la piscina, se enfrentaban no eran en realidad enemigos, sino victimas por igual de lo mismo, el totalitarismo.

Hecha esta observación espero que algún día los cines de Cuba pasen esta película. La oportunidad no me parece tan lejana, después que se han pasado en Cuba películas de morada critica al “socialismo real” como las alemanas Good Bye, Lenin! y La Vida de los Otros, Sobretodo la segunda, donde se anula cualquier tipo de nostalgia pro el viejo régimen y se trata el espionaje de la intimidad de los alemanes de la RDA, una realidad nada ajena a los cubanos. Claro en esta pelicula el funcionario encargad de la vigilancia termina ganado por el intelectual disidente.

En la película húngara, en cambio, el representante del estado encarnado en un interrogador, nos repugna hasta la saciedad.

De todos modos, y mientras llega el momento del feliz encuentro entre los asistentes a nuestras salas públicas de cine y esta buena película, podríamos ir ganando tiempo haciendo llegar esta película a las bibliotecas independientes o círculos de cine alternativos que organizan los disidentes en la isla. Además de pasarla en los canales televisivos de la Florida cuyos programas de ven en La Habana.

Todos saldremos ganando, los cubanos por cultivarnos, los húngaros por que, admirando su historia y amor por la liberta, los sentiremos como como hermanos.

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*2008: SEMANA DE CINE HÚNGARO CONTEMPORÁNEO (2000-2007)
Tomada de la página de la Embajada de Hungría en Cuba
SEMANA DE CINE HÚNGARO CONTEMPORÁNEO (2000-2007)

CINEMATECA DE CUBA

Calle 23 No. 1155 Vedado Habana Cuba. Tel. (537) 55-2844 Fax (537) 55-1188 e-mail: cinemateca@icaic.cu programador: espec2@icaic.cu

Miembro de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos [FIAF] y de la Coordinadora Latinoamericana de Archivos de Imágenes en Movimiento [CLAIM].

Cine Riviera, Calle 23 e/ G y H, Vedado

OCTUBRE, 2008

PROGRAMA

CINE RIVIERA

SEMANA DE CINE HÚNGARO CONTEMPORÁNEO (2000-2007)

J 23: 8:30 p.m.: INAUGURACIÓN CON EL FILME GLAMOUR (Invitaciones, estudiantes del ISA y de la Escuela Internacional de Cine y Televisión y Asociados del Proyecto 23)

V 24: 2:00 p.m.: GLAMOUR

5:00 p.m.: UN TANTO AMÉRICA (VALAMI AMERIKA)

8:00 p.m.: AIRE FRESCO (FRISS LEVEGŐ)

S 25: 2:00 p.m.: SÓLO SEXO Y NADA MÁS (CSAK SZEX ÉS MÁS SEMMI)

5:00 p.m.: HIPO (HUKKLE)

8:00 p.m.: LA VICTORIA DEL AMOR (SOS SZERELEM)

D 26: 2:00 p.m.: AIRE FRESCO (FRISS LEVEGŐ)

5:00 p.m.: GLAMOUR

8:00 p.m.: UN TANTO AMÉRICA (VALAMI AMERIKA)

L 27: 2:00 p.m.: LA VICTORIA DEL AMOR (SOS SZERELEM)

5:00 p.m.: SÓLO SEXO Y NADA MÁS (CSAK SZEX ÉS MÁS SEMMI)

8:00 p.m.: HIPO (HUKKLE)

Ma 28: 2:00 p.m.: UN TANTO AMÉRICA (VALAMI AMERIKA)

5:00 p.m.: AIRE FRESCO (FRISS LEVEGŐ)

8:00 p.m.: GLAMOUR

Mi 29: 2:00 p.m.: HIPO (HUKKLE)

5:00 p.m.: LA VICTORIA DEL AMOR (SOS SZERELEM)

8:00 p.m.: SÓLO SEXO Y NADA MÁS (CSAK SZEX ÉS MÁS SEMMI)

GLAMOUR / Frigyes Gödrös (113’) Hungría, 2000 / s.t. españoles / Károly Eperjes, Eszter Ónodi, György Barkó, Jonas Togay, Miklós Láng, Antal Cserna. 35 mm., Colores. Este sobresaliente filme abarca cinco décadas del devenir histórico de Hungría en el siglo XX, en un período que abarca los sucesos más relevantes desde 1918 hasta 1956. Es además y, sobre todo, una bella historia de amor, la del judío Imre y la alemana Gerda. Imprescindible. Premio Especial del Jurado en el Festival de Tróia, Portugal; Gran Premio (ex aequo) de la Semana de Cine Húngaro del 2000; Mejor fotografía en el Festival Madridimagen. Estreno en Cuba.

UN TANTO AMÉRICA / Valami Amerika / Gábor Herendi (115’) Hungría, 2002 / s.t. españoles / Tibor Szervét, Csaba Pindroch, Gyözö Szabó, Eszter Ónodi, Szonja Oroszlán, Ferenc Hujber. DVD, Sonido Estereofónico. Colores. Budapest de hoy. Un productor de cine húngaro, residente en Estados Unidos, se interesa por el guión escrito por un joven autor de video clips y le ofrece la mitad del presupuesto para poner en pie el proyecto. Pero el joven, Tamás, no tiene plata y habla con sus dos hermanos, un ejecutivo donjuanesco y el otro desempleado, para intentar conseguir de cualquier modo la suma, incluso engañando al productor. Ellos desconocen algo muy importante…Agradable comedia con buenas interpretaciones. Estreno en Cuba.

AIRE FRESCO / Friss levegö / Ágnes Kocsis (109’) Hungría, 2006 / s.t. españoles / Júlia Nyakó, Anita Turóczi, Zoltán Kiss, Béla Stubnya. DVD, Sonido Estereofónico. Colores. Viola es aún una hermosa mujer y busca desesperadamente un hombre al que pueda amar. Vive con su hija Ángela, una jovencita con la que apenas tiene comunicación; sólo se reúnen cuando ven juntas una serie de televisión. Ángela estudia diseño de modas y, en realidad, necesita algo diferente. Aire fresco… Un filme seleccionado para la Semana de la Crítica en Cannes ’06; Premio Sándor Simó a la mejor Opera Prima en la Semana de Cine Húngaro del 2006; Gran Premio en el Festival Internacional de Bratislava; premio Golden Iris en el Festival de Cine Europeo de Bruselas. Estreno en Cuba.

SÓLO SEXO Y NADA MÁS / Csak szex és más semmi / Krisztina Goda (97’) Hungría, 2005 / s.t. españoles / Judit Schell, Sándor Csányi, Kata Dobó, Zoltán Rátóti, Réka Pelsöczy, Adél Jordán. DVD, Sonido Estereofónico. Colores. Tras un fracaso amoroso una atractiva dramaturga de 32 años, Dóra, decide quedar embarazada, pero no tiene con quien. Al mismo tiempo reencuentra en los ensayos de la pieza Las Amistades Peligrosas al seductor Tamás, quien conoció a Dóra en una situación extremadamente embarazosa… Notable e imaginativa comedia, con un ajustado guión y adecuadas interpretaciones. Premio de la crítica cinematográfica húngara a Judit Schell como la mejor intérprete femenina del 2005. Estreno en Cuba.

HIPO / Hukkle / György Pálfi (75’) Hungría, 2002 / s.t. españoles / Ferenc Bandi, Józsefné Rácz, József Farkas, Ferenc Nagy. DVD, Sonido Estereofónico. Colores. Vida cotidiana de los habitantes del campo en una zona de la Hungría de hoy día. El hipo de un anciano sirve de enlace a los pequeños detalles que componen el paisaje: los hombres y mujeres, los animales, las plantas. Así, se obvia la dramaturgia tradicional para componer un peculiar retablo donde la magnificencia del trazado de las imágenes cumple un papel relevante. Un original trabajo sin narrador o diálogos, a medio camino entre la ficción, el documental y la experimentación, que recuerda de algún modo a nuestra Suite Habana. Dedicado al director Sándor Simó (1934-2001). Mención especial al mejor nuevo director en el Festival Internacional de San Sebastián; mención especial en el Festival de París; en los premios del cine europeo el realizador György Pálfi fue nombrado “descubrimiento europeo del año”; premio de los críticos húngaros a la mejor fotografía y sonido y muchas otras distinciones. Estreno en Cuba.

LA VICTORIA DEL AMOR / S.O.S. szerelem! / Tamás Sas (96’) Hungría, 2007 / doblada al español / Sándor Csányi, Monika Ullmann, Iván Fenyö, Patricia Kovács, Boglárka Varga. DVD, Sonido Estereofónico. Colores. La compañía automatizada S.O.S. Amor se dedica a la asesoría con éxito de la seducción de mujeres. Su lema es “no existe una mujer que no quiera dejarse seducir, sólo existen hombres incapaces de lograrlo”. Un día a su director, un hombre de unos treinta y tantos años, separado, con una hija pequeña, se le presenta un caso muy difícil: un joven rico, impetuoso y egocéntrico está enamorado de una linda empleada de una guardería y quiere conquistarla a cualquier precio. El protagonista despliega todo el arsenal de su compañía para lograr la seducción… Agradable comedia que mucho satisfará a los espectadores. Estreno en Cuba.

Programación y Notas: Antonio Mazón Robau

Sigamos a Umberto Eco, aunque dé “pasos de cangrejo”

13 Feb

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Umberto Eco

Soy un admirador fervoroso de Umberto Eco, desde mis tiempos de profesor de semiótica, allá por los inicios de los ya lejanos años noventas del pasado siglo. Desde entonces no he dejado de buscar sus libros y artículos en bibliotecas y librería, leyéndolos con fruición cada vez que daba con ellos.

Esta es la razón por la que me regalé no hace mucho ” A paso de cangrejo”, Random House Mondadori, Barcelona 2007, un libro que todos los cubanos deberíamos leer, no solo por lo ameno, sino por lo que pude enseñarnos de un presente italiano, que se me antoja, tiene mucho del futuro de Cuba.

Si cuando escribe de filosofía Eco no se nos hace difícil, menos lo será en esta compilación de trabajos suyos aparecidos de la prensa italiana. En ello se habla de todo lo que interesa al hombre contemporáneo; de la guerra y la paz, de la historia y el presente, de propaganda y política, del racismo, de las religiones, medios y mediums, del escritor Dan Brown y hasta de los templarios. En resumen, se trata de lo que día a día se discute en los periodicos europeos, pero servido en esa la bandeja de plata, irrechazable, que es el ingenio “econiano”.

Como en otras compilaciones de sus trabajos, se trata con esta selección de un reencuentro ese ocurrente Umberto Eco de todos los tiempos, quien como siempre nos invita a pensar críticamente la actualidad, lo hace utilizando la experiencia del pasado, enfocando los acontecimientos con esa mezcla de cultura clásica y humor tan suyos, expresandose con una certeza tal en lo que esta diciendo, que ni se nos ocurre dudar de lo que dice. Esto último es peligroso, la verdad.´

No todo es perfecto

Por eso, auque se trate de un “amigo” afino el ojo critico, y descubro en medio de las ideas que comparto, algunas que me resultan decepcionantes. En particular cuando veo al maestro, al filosofo convincente de todos los tiempos, comportarse como un activista político, como un antiberslusconiano más, que cuestiona de manera poco sólida la guerra contra Saddam, lo hace por la vía de un pacifismo que, me huelo, poco tiene de humanismo y si mucho de ese egoísmo europeo, que no quiere algazaras a las puertas de la casa, guerras con vecinos musulmanes en los momentos que toda Europa se puebla de mezquitas.

Un pacifismo más egoísta que filantrópico y por supuesto tendencioso, que arremete contra los mismos norteamericanos que un día y como menos obligación -ni Hitler,ni Stalin volaron dos torres gemelas en Nueva York- vinieron a sacarles las castañas del fuego totalitario, exactamente con los mismos medios , y con argumentos no mas convincientes con que lo hicieron en Irak. No es que pretenda pasar a Umberto Eco del lado de los alcones, sino que esperaba una defensa de la no intervención mucho mas aguda y menos lastimera, que lo superpusiera a la izquierda llorosa que sólo se moviliza cuando de ir le a la contra el imperialismo norteamericano, mientras que se pasa por el forro cuanto genocidio tenga lugar en el mundo y no sea imposible implicar a los Estados Unidos.

Para lo sí que nos sirve Eco

Echo con Eco este ajuste, tal vez despiadado por provenir de quien no quisiera ver jamas a su propia patria nunca más envuelta ni en una guerra de “liberación”, y mucho menos una resistencia de corte terrorista -dos males que que ya han sufrido los cubanos en su corta vida como nació vamos a lo que nos interesa, aquello que si debemos rescatar de esta selección de artículos, enfoques muy bien pensados de la realidad italiana que encajan como anillo al dedo en la política cubana, dentro y fuera de la isla, al los trabajos donde no existe desencanto de mi parte y en los que hallo, por el contrario bases argumentales perfectamente extrapolables a la actualidad cubana.

Así tenemos por ejemplo algo que nos suena conocido a los cubanos dentro dentro de la conferencia pronuciada por Eco en la Universidad de Bolonia el 20 de mayo de 2004 y que en el libro se recoge bajo el título de. El lobo y el cordero, retórica de la prevaricación: “En general, las dictaduras , para mantener el consenso popular en torno a sus decisiones, denuncian la existencia de un grupo, una raza o una sociedad secreta que conspiraría contra la integridad del pueblo dominado por el dictador. ..”

Y continua con una frase que parece ser un disparo a esa forma de neocastrismo que es el chavismo en Venezuela:

“….Cualquier forma de populismo, incluso contemporáneo, busca obtener el consenso hablando de una amenaza que procede del exterior o de grupos internos” (página 62)

Aún mas profunda y aplicable a la realidad cubana me parecen el tratamiento de la relación entre intelectual y partido que se nos ofrece en el trabajo Norberto Bobbio: la misión del docto revisitada, versión reducida de otra conferencia, esta vez pronuncianda en sepriembre del mismo año, en Turín, dentro de una serie dedicada Bobbio.

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Norberto Bobbio

Aquí se plantea, junto a la creatividad, otra función del intelectual que ha sido casualmente y desde sus inicios el alfa y omega de la revista cuba nuestra -si que esta fuese Bobbiana y mucho menos boba- la de la critica de su propio discurso, nuestro caso del discurso disidente en el que inévitablemente se enmarca la línea editorial de la primera revista de los cubanos en Suecia.

Siguiendo esta línea de pensamiento sería imposible considerar a Hitler un intelectual, aún cuando su mente siniestra tuviera algo de creativo el la elaboración de su Mein Kamp y es que como nos dice Eco en su inspiración bobbiana, el intelectual no puede separar el movimiento critico del autocrítico, es por eso que dada su falta de capacidad auto critica, no puede hablarse se Hitler como intelectual, sino mas bien como propagandista, lo mismo que deberíamos hacerlo del 99,9 por ciento de los intelectuales oficiales cubano y una también de una buena buena cantidad, mas difícil de determinar por lo dispersos y poco controlado que están, de los del exilio, muchos de los primeros porque el poder (o la mediocridad) no les deja otro remedio y la mayoría de los segundo por que su inteligencia o compromiso político tampoco se lo permite. Como nos dice el eco de Bobbio que es Umbero Eco , el deber de los hombres de cultura es sembrar dudas en lugar de recoger certezas y esto es lo menos que se halla dentro de uno u otro bando de los cubanos enfrentados en “la batalla de ideas” como la llama Fidel Castro.

Y es que ni de un lado ni del otro de la trincheras encontramos, como por lo visto tampoco de encontraba en la Italia de la posguerra, el intelectual tal como, en un concepto que nosotros subscribimos, lo concibió Norberto Bobbio a decir de su compatriota Eco, quien reconoce que la principal lección de Bobbio, que aprendió leleudole es la de que el intelectual: desarrolla su función critica y no propagandistica sólo (o ante todo) cuando sabe hablar contra su partido. El intelectual comprometido debe poner en dificultades ante doto a aquellos con los que se sienten comprometido.

Por supuesto la tarea no parece haber sido fácil para los italianos en los tiempos de la hegemonía de la izquierda, como tampoco lo es para los cubanos bajo la dictadura del Partido comunista y ni siquiera lo es para sus compatriotas de la diáspora bajo la hegemonía de una derecha intransigente, que afortunadamente va perdiendo fuerzas.


De lo difícil de este empeño nadie puede hacernos cuentos. Ahí tenemos los intentos de sembrar el pánico entre nuestros colaboradores por parte de auténticos propagandista, castristas o anticastrista.

Para citar un ejemplo tenemos el caso de Frank Resillez, nadamás y nada menos que “Secretario de Información” del llamado Partido Nacionalista Democrático de Cuba , quién hace algún tiempo estuvo dedicandose a enviarle a nuestros redactores mail calificando a quien escribe de Anti-Exilio y quinta columna, supongo por la manera que tenemos de llamar la atención sobre los errores que se comenten dentro de las filas opuestas al totalitarismo en Cuba.

Llama la atención que el Secretario de Información del Partido Nacionalista Democrático de Cuba , se dedique  a cazar”majases” castristas allí donde no los hay,  en la dirección de Cuba Nuestra, mientras que en su condición especialista del Medio Ambiente, profesión  para lo que parece tener el talento que le falta como analista político,   se opone a la cacería de serpientes Pitón y boas desarrollada por las autoridades de la la Florida en Everglades.

Esto le pasa al pseudoanalista cubanoamericano por no leer a Eco y seguramente tampoco a Bobbio, de lo contrario ya habría comprendido el papel de la critica, y de paso aprendido a hacer en la vida pública las cosas al estilo de Voltaire ,  y no como ese Hitler que parece querer imitar,  cuando califica de quinta columna y de enemigo del exilio a quienes ejercemos nuestra función intlectual.

Vernos en el espejo del fascismo

Los cubanos podemos reconocer nos en la vida de Eco, nuestra historia mas reciente no está muy lejos de la historia moderna de Italia. En particular me ha servido para confirmarlo el artículo: Algunos Recuerdos de mi infancia fascista, aparecido originalmente en Léspresso, en junio del 2000.

Aquí me encuentro con un Eco que tiene mucho que ver con todos los que nacimos y crecimos bajo un régimen totalitario, que reflexiona sobre la revolución fascista sobre la que le hablaban en la escuela, del miedo familiar ante las expresiones del tío disidente, que no habría tenido reparos en escribir una respetuosa carta a las autoridades si de solicitar pensiones se tratase.

Eco explica por que la gente no se marchó estando en desacuerdo con el régimen, de una manera que explica lo que ocurre con tantos cubanos:

” Se aceptaba el confinamiento no porque no se quisiera huir, sino porque una fuga era una empresa titánica. Incluso los disidentes sentían la dictadura como un destino, un ambiente en el que era inevitable pactar con las instituciones considerando que un mínimo de doblez era el tributo necesario (y lícito) que había que pagar para sobrevivir.”

Por los trabajos de este libro he podido de una vez identificar la ideología, al menos en tu etapa juvenil de Eco, algo que siempre me inquietó dado el progresismo que dejaba escapar en sus obras dedicadas a la teoría de los signos. Fue a todas luces un social cristiano o demócrata cristiano, por tanto y ya en la Italia democrática de la posguerra tan enemigo del fascismo como del estalinismo.

De ahí que no tengamos que forzar la comparación de sus vivencias con las nuestras, el mismo nos fascilita la tarea:

“Es como si hoy descubrieram que una persona que ha pasado diez años en un gulag estalinista antes de ser arrestada había presentado una solicitud al soviet local para obtener una beca. Seguro lo hizo en la Rusia de Stalin era inconcebible que se pudiera actuar de otro modo. Los comportamientos éticos también han de ser valorados en relación con el ambiente”

Cámbiese en el párrafo anterior Rusia por Cuba y Stalin por Fidel y tendremos un enunciado perfectamente aplicable a nuestra experiencia.

Pero Eco no solo nos sirve para comprender nuestro presente sino también lo que será nuestro futuro. En su artículo Las ocultaciones evidentes* habla de las manipulaciones de la historia que tuvieron lugar en la Italia pos-fascista y de las que se entera mas tarde, por ejemplo de que muchos antiguos partisanos se habían convertido en salteadores, entre los resistentes no sólo habían marxistas convencidos, sino también monárquicos y católicos. Y no dudo que lo mismo pase en una inversión de la historiografía marxista con Cuba, que tras el cambio de régimen se diga que solo la derecha fue la que se opuso a este.

Por otro lado Eco nos explica la continuidad de las ideas fascistas en su país, explica que si bien hubo depuraciones. aquel país, como Cuba en masa con el comunismo, había aceptado el régimen (de Mussolini). Así muchas personas que habían sido fascistas pero que nunca habían matado a nadie fueron reintegradas a sus puestos de trabajo, de modo tal que el esqueleto burocrático del país quedó conformado por personas que un tanto en broma decían “estábamos mejor cuando estábamos peor“. Que nadie se asombre si lo mismo ocurre en Cuba, y se cae por si solo el gobierno abatido por sus contradicciones o como resultado, Dios no lo quiera de una invasión desde el extranjero.

Ahí tenemos ante nuestros ojos el mismo ejemplo de Irak, donde no prosperó el licenciamiento de su policía y su ejercito, ya por los problemas sociales que esto desencadenó, ya porque no había mejor personal para realizar un trabajo que nadie como los militares y gendarmes de Saddam sabía hacer. Así y a pesar del inmediato alista- miento de nuevas fuerzas en su mayoría, quienes combaten -y quizás colaboren en parte- con el terrorismo desestabilizado del país medio oriental, solo los mismos que defendieron a su dictador con las armas, cumpliendo el deber que desde que el estado es estado le asigna a sus ejércitos, defender sin chistar al poder-.

Ya lo veremos en Cuba, donde muchos oficiales forjados en academias de la isla o en acciones internacionalistas velarán para bien o para mal por el régimen que se establezca tras la marcha de los Castros.

Por lo momento y en lo que eso llega vayamos preparándonos para lo que nos espera, hagámoslo sin dar marcha atrás o para el lado, aunque siguiendo a Umberto Eco con su  Paso del Cangrejo

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Avatar: El Retorno de Gonzalo Guerrero

12 Feb

Avatar:

(Del fr. avatar, y este del sánscr. avatâra, descenso o encarnación de un dios).

1. m. Fase, cambio, vicisitud. U. m. en pl.

2. m. En la religión hindú, encarnación terrestre de alguna deidad, en especial Visnú.

3. m. Reencarnación, transformación.

(Diccionario de la Real Academia )

Que malo anda el cine caballeroooooo!!!!!!!

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Ultimamente estoy muy desencantado con el cine que veo en pantalla grande, tanto más cuando al película amenaza con ser taquillera, que es lo que nos adelanta la prensa, dificil encontrar buenas críticas que nos orienten;sino es en publicaciones especializada, por eso en las raras ocasiones en que voy a ver una de estas que en los periódicos se me anuncian como de las más taquilleras,  lo hago cruzando los dedos y alma en vilo.

Ya no puedo guiarme por la masa espectadora, como hacía en otros tiempos, dentro y fuera de Cuba. Es como si un poder mundial le hubiera lavado la mente a los espectadores, llevándolos a los salones de cine como el rebaño humano que en la Máquina del Tiempo,  llamaban los Morloc  con cirenas al fondo de la tierra para devorarlos. O para ser más exactos con nuestro presente, para comerles el cerebro.

Quizás por eso atracé mi encuentro con Avatar, privilegiando películas o dejándome llevar por mi mujer a una de la peores comedias, si es que se le puede llamar así de las que he visto en los últimos tiempos, “No Es Tan Fácil“, obra que no salva la presencia de estrellas como Meryl Streep , Alec Baldwin, y el siempre cómico Steve Martin.

Buen desquite, aunque no intecionado, por parte de mi mujer, para haceme pagar por aquella invitación inocente de mi parte para ver la infumable Ángeles y Demonios, cuando se me pasó que no existe perdón para las historias de Dan Brown y que la presencia de Thomas Hanks no siempre es garantía de buen cine.

Por lo visto pues parece que ya No Es Tan Fácil, ver una buena película, es lo que concluyo tras caer en la trampa de esta obra, ni siquiera concebida para personas como yo, sino mas bien para ilusionar a señoras conteporáneas de la Streep, madres con hijos mayores, haciéndoles creer que los ex maridos que las abandonaron por mujeres más jóvenes; terminaran renunciando a las segundas, nostálgicos de un pasado a reconquistar, que implorarán una segunda oportunidad, y que incluso competirán con nuevos pretendientes como el tímido Adam, que interpreta Steve Martin.

Sólo hubo un gacho en toda la película que me sacó carcajadas, todo lo demás era tema para señoras en la menospausia.

Pero bueno, para gusto se han hecho los colores, y no dudo que existan miles de personas en el perfil para el que se concibió esta película.

Para mi se trata de una historia larga, aburrida y para colmo mucho menos increíble que la epopeya interplanetaria que me narra Avatar, la película que si me devolvió la fé en todo el genero humano, al menos lo ha hecho en  una parte de él: el gusto del gran público espectador.

Avatar

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Vi esta película casi por casualidad dos días atrás y  mucho después de su estreno en Estados Unidos, país en el que me encontraba en esos momentos.

Compré las entradas desconfiando si valía o no la pena hacerlo,  apostando, para no derrochar dinero en algo que quizas no lo valiera,  por su exhibición mas barata en dos dimensiones. Un gran fallo que usted no debe cometer, pues concluyó,  con el gran espectáculo visual del que gocé en esas condiciones,  que bién habría valido la pena la invertir en  ticket para 3D.

Me he sentado pues frente a la pantalla, incorporado a la aventura como cualquier adolescente, no sólo por la acción que nos devuelve a esa etapa guerrera que nunca muere con el niño, sino por la manera en que aborda dilemas éticos que siguen siendo trascendentes, todo con un acercamiento cinematográfico, sino en todo original, sin duda alguna espectacular y no es porque no reconociera en su relato, otros muchos relatos, de Ficción y de la historia real, o porque me sorprendieran unos efectos que en los tiempos de la manipulación digital de la imagen.

Otra cosa sería hablar de la artisticidad con la que se inventa, una flora, una fauna, y una suerte de humanidad, ante la que sin dudas hay que quitarse el sombrero.

Lo primero que llama la atención de este filme es el hecho de que su héroe sea un jóven paralítico, un licitado de guerra que ha combatido por la libertad de su país nada más y nada menos que en Venezuela, acaso una indirecta contra el chavismo.

En este sentido el filme se suma a una saludable tendencia del cine mas moderno, que reivindica a personas excluidas ya por sus defectos físicos ya por la edad como es el caso del acianito devenido en hombre de acción de la película Up, dirigida el año pasado por: Pete Docter y Bob Peterson y producida por Walt Disney Pictures / Pixar Animation Studios

 

Aquí nos contaban la historia de Carl Fredicksen un viejito de setenta y ocho años, que engancha miles de globos a su casa y vuela rumbo a Sudamérica donde Carl llevando de polizón a bordo un niño de ocho años.

La película está llena de acción y en una de las escenas vemos al viejo Carl combatir y espadirse con la soltura de un Errol Flynn en sus mejores momentos.

El caso de Avatar, también norteamericana y del año 2009,la dirección es de James Cameron, Se trata de una coproducción de los géneros de aventuras, y Ciencia ficción realizada entre Twentieth Century-Fox Film Corporation, Lightstorm Entertainment, y Giant Studios Twentieth Century-Fox Film Corporation, Lightstorm Entertainment, Giant Studios, realizada con un presupuesto de: 230.000.000,00 de dólares. En el reparto se encuentran, además de la veterana Sigourney Weaver, los actores Sam Worthington, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver, Stephen Lang y Michelle Rodríguez.

Paradójicamente el personaje de la Weaver en esta película tiene menos de la cazadora de Aliens -en cuya segunda parte ya había trabajado con Cameron- a la que nos tiene acostumbrado y más de Dian Fossey, aquella conservacionista de gorilas que interpretó en la película Gorilas en la niebla, sólo que aquí sus simios son seres racionales. El espectador se reencuentra con una actriz, en un papel pefecto para quien si bien no goza de gran belleza, tiene en su favor el arte de no envejecer, ni como persona, ni como profesional.

Y me llama la atención la importancia de los roles interpretados por mujeres de procedencia latina y caribeño en la película. Asi tenemos que , Zoe Yadira Saldaña Nazario nacida en1978 en Nueva Jersey de origen dominicano y puertorriqueño, hace de la princesa de los nativos , mientras que Michelle Rodríguez interpreta a Trudy Chacón -nótese el apellido hispano- piloto, un tanto machungona, de helicópteros que rescata a los terrestres amigos de los aborígenes y lucha hasta morir con ellos por su tierra.

La história ocurre lejos de nosotros en tiempo y espacio, en el año 2154 y en Pandora la luna planeta Polifemo, allí viven los na’vi, una suerte de humanóides con una cultura muy similar al que tenían muchos algunos pueblos de África y de América a la llegada de los Europeos, sobretodo con esa relación con la naturaleza que un tanto idílica, como suele considerarse, sobre todo dentro del movimiento de la nueva era, mantienen los pueblos mas primitivo de la tierra, planeta cuya historia colonial parece repetirse en la película, pero con un final naturalmente hollywoodense, la de la increíble victoria de los buenos sobre los malos.

El problema es que los na’vi, viven entorno a un gigantesco árbol que a a su vez cubre una veta de un mineral con el que los terrícolas resolverían sus problemas energéticos : el unobtainium. De ahí que haya que sacar por las buenas o las malas a esos “monos azules” como se les llama uno de los personajes, en franca alusión a los improperios racistas.

Es aquí donde entra a jugar su papel el soldado parapléjico Jake Sully, un marine que viene a sustituir a su hermano muerto, en el programa Avatar, que reproduce el papel jungado por misioneros y antropólogos en los contactos con los pueblos colonizadores, aquí por obra y gracia de la ciencia ficcion, el mimetismo del hombre blanco, se da a través de la transportación de su mente a uno cuerpo artificial de na’vi.

El problema se da, y no nada nuevo en la historia, cuando del mimetismo se pasa a la identificación con el pueblo llamado a desaparecer en nombre de los intereses del conquistador, técnicamente más desarrollado. Es aquí donde viene el dilema moral de la película, el lugar que se ocupa en una guerra entre un racionalismo brutal y un humanismo sin fronteras.

La película toca arquetipos que viven en la memoria colectiva de cualquier pueblo, pero no queda ninguno que no sea el resultado de un enfrentamiento entre un ejercito técnicamente mas poderoso u un grupo humano mas primitivo, para poner un ejemplo en el de los cubanos, primero los indios frente a los primeros colonizadores, luego los descendientes de aquellos convertidos al separatismo frente a los ejercitos que les enviaban para mantener el integrismo; los politicos de España, luego estos mismos ejercitos frente al del nuevo imperio que nace con la guerra hispano-cubano-americana, donde se dieron enfrentamientos en que los integristas mostraron un valor poco reconocido en nuestra historia y menos merecido por la Madre Patria, y así hasta llegar a las pequeñas guerrillas de toda la vida que intentaron enfrentar a Fidel Castro, como si se tratara de un segundo Batista y desconociendo que el nuevo governante emplearía la tecnología militar y social antisubversiba mas efectiva de su tiempo, la que habían probado con todo éxito los soviéticos, el mismo aparato con el que se enfrentan esos héroes reales, no de película, que conforman la disidencia en la isla.

Y hablando de los soviéticos hay que decir que sus nostálgicos ya la emprendieron con La película, aunque no todos, por ejemplo;  mientras que el régimen cubano la estrenaba sin problemas el 6 de febrero, sus colegas chinos la prohibían, acaso viendo una correlación entre estos Navy y los tibetanos o musulmanes que no acaban de entrar por el aro de un estado que paradójicamente representa la modernizaron “occidental” del país.

Al mismo tiempo los comunistas rusos de San Petersburgo ha exigido el arresto del cineasta de James Cameron acusándolo de haber robado ideas de la ciencia ficción soviética para su película Avatar.

Me parece que estos es exagerar, descocer la enorme capacidad que tienen el cine para hacerse de prestamos, y no dudo que haya muchos del olvidado cine Sovietico, que en lo que se refiere a la Ciencia Ficción y la creación de mundos fantásticos todavía no ha sido valorado.

Pero si de homenajes, mejor que hablar de plagios, hechos por el canadiense a otras producciones se trata habría incluir a películas como el Ùltimo samurai cuyo personaje protagónico nos recuerda mucho a Jake Sully, el marine en su toma de partido, prácticamente suicida por el pasado frente a la modernidad.

Y hablando de Japón recuerdo haber visto en Cuba hace ya bastantes años una película de ese país que narraba el increíble traslado en el tiempo de una sección del ejercito moderno, de un grupo de militares que usando su tecnología actual se enfrentaban a un ejercito medieval, con escenas muy similares, a la de esta película, en particular una donde un samurai lograba introducirse en un helicóptero y dar muerte a su tripulación.

Sin duda alguna la película intenta mejorar la imagen del norteamericano promedio frente al mundo, en definitiva es lo que hace todo cine nacional, pero yo creo que hay algo mas, se trata de un intento de hacer sicatrizar las viejas heridas con las que nacieron los estados del Nuevo Mundo, no solo en el norte, sino también en el centro y en el Sur.

En ella se enarbolan viejos planteamientos, como los del Padre Las Casas en su defensa de la Humanidad de los Indios, y resurgen como de la nada, un curioso personaje histórico en que parece haberse inspirado el personaje de Jake Sully. El Hatuey de México que a diferencia del de Cuba, no era indio, si no blanco.

Me refiero a Gonzalo Guerrero,  aquel español nacido en Palos de la Frontera alrededor de 1470 y que murió luchado, del lado de los indios y contra los conquistadores  el 13 de agosto de 1536.

Al igual que Jake Sully, convertido en lider de la resistencia Na’vi contra los mercenarios enviados desde la tierra, este Gonzalo que tanto honor hace a su apellido, y que los conquistadores tildaban de renegado, no solo se aculturó y tuvo amores con una nativa, sino que llegó convertirse en un Jefe Maya.

Como el marine de Avatar, este Guerreo tambien fue soldado;  participando como arcabucero en la tima de Granada, es decir en la derrota de la cultura islámica que presentaba el rey Boabdil. También luchó en Nápoles, contribuyendo con su coraje al nacimiento de la hegemonía Española en Europa.

Gonzalo Guerrero llega al Nuevo Mundo bajo el mando de Diego de Nicuesa, en 1510, y un año después aparece  como naufrago a la costa de Yucatán, junto con ocho compañeros, entre ellos Gerónimo de Aguilar, el único que sobrevivirá,  y servirá  a Cortes como traductor y guía en la conquista de México.

Gonzalo Guerrero, hizo lo opuesto a su compañero: de esclavo de los indios,  no muy dócil que digamos, terminó siendo jefe de sus ejércitos,  asimiló su cultura, tomando una mujer de ellos, como hace Sully al enamorarse y desposarse con la hija del Jefe de los Na’vi: Neytiri.

En el caso de Guerrero su “Neytiri”, es la princesa Zazil Há, quien le dará hijos mestizos a los que se le aplastará la frente como era el uso maya. Y  tal es la entrega del soldado a  la nueva cultura que aceptará como estaba establecido  el sacrificio de una de sus hijas para acabar con las plagas.

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A la llegada de Cortés, este no pudo entender la negativa de Guerrero a ser rescatado de sus captores, ni que este renunciara a su Dios.

Mucho menos comprendieron los españoles, que Guerrero entrenara a los mayas para defender su tierra, como hace el héroe de Avatar con los Na*vi, en el caso de Guerrero  enseñandole a su nuevo pueblo a no temer ni a los caballos y ni a las armas de fuego.

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Sin embargo allí, en las tierras que hoy , facultando si la conquista de la zona en la que hoy ocupa el Parque  de Champotón, en México, estaba  el unobtainium de los españoles, es decir, vetas de Oro,  tanto dieron las partidas de colonizadores que al final logran darle muerte, en combate al Guerrero, por partida triple (por europeo, por maya y por su nombre).  Fue  en julio de 1531 cuando una flecha de ballesta le atravesó el ombligo y un disparo de arcabuz le remató, sólo de ese modo Guerrero dejó de Guerrear, contra los de su “raza”.

Como vemos, muchas veces los relatos del cine palidecen ante los de la vida real, ella es al final la inspiradora del género, no importa la maravilla que guionistas y técnicos puedan aportar.

Por supuesto, aunque no menos heróico que el de Avatar,  no se trata el de Guerrero de un final muy feliz. Lo imporante es destacar las similitudes de esta historia con la película y  reflexionar, si no se trata de un  ajuste moral con nuestra historia, ademas de que pensemos en  la fascinación que despiertan las culturas “atrasadas” en los hombres de las más civilizadas.

Naturalmente puede haber mucho de la congénita preferencia que tenemos por ser cabeza de ratón con respecto a cola de León, no es lo mismo ser un simple arcabucero del rey de España, a ser el capitán de un ejercito, no es lo mismo ser un simple marine que recibe ordenes por un salario, como hacen buena parte de los soldados que mantienen el orden de Irak, a ser el elegido, como ocurre en Jake, el guia la resistencia de un pueblo primitivo, aliado a la naturaleza, contra sus adversarios, el implacable coronel Quaritch, y la tecnología que este tiene a su servicio.

La película tiene una dimención moral importante, es verdad que de cara al mundo se trata de limpiar la cara del marine, manchada para siempre en la guerra de Viet Nam, pero de cara a los Estados Unidos, se le está dando una lección a miles y miles de virtuales soldados, de que hay momentos en que la indisciplina se legitima, y que nadie, incluso un soldado está obligado a convertirse en una máquina de matar, Claro se trata en este caso de soldados de Fortuna, no sé cuan profundo cale en los soldados profesionales del Estado, pero incluso a estos los puede marcar.

Creo que existen fibras mas profundas que son tocadas por esta película, y sobre las que se basan filosofías que van desde la Utopía de Tomas Moro, hasta la idea de ese “buen salvaje” que tanto seduce a Rouseau.

Me refiero a algo que olvidamos, y es que la civilización no solo comprime, cersena y amaestra la naturaleza que nos es ajena, sino también aquella de la que forman parte nuestros cuerpos y nuestros instintos, de ahí que el niño juegue a ser de indio con tanto o mas placer que cuando hace de pistoleros, de ahí que nos encontremos a una europea que durante un buen tiempo hace de esposa de Mazai, esos guerreros cuyos hábitos y estatura de alguna manera nos recuerdas a los navy de Avatar, colores y colas aparte, por eso es que tantos libros y peliculas se venden con éxitos, cuando narran la iniciacion guerrera o chamánica de un europeo, porque sentimos la necesidad de retornar a un estadío en los que nuestra humanidad está un poco menos domesticada.

Pero cuidado, y tomemos en cuenta las prevenciones de algunos estudios post coloniales contra la idealización del colonizado, por bella que sea su relacion con la naturaleza, por citar un ejemplo la de indio norteamericano con su caballo -que llegó con los conquistadores, por cierto, que la película dibuja en la forma que los na’vis domaban a los seres volantes, sobre los que cabalgaban.

Si nos fijamos bien en la sociedad primitiva que nos pinta la película, y que se asemeja a tantas que aun existen en el tercer mundo, idealizadas desde Europa, no existe grandes diferencia entre la anulación del individuo y la opresión que ejerce el poder sobre el pueblo en estado totalitario, y las que aplican los jefes sobre los miembros de su tribu, es decir de esas comunidades humanas en las que sin duda se inspira el guionista de Avatar a la hora de diseñar el modo en que vivían los clanes de Pandora.

Al final nunca sabremos como salir librado, si mirando al futuro o al pasado. Como humanos seguimos siendo esclavos, lo mismos entre pueblos atrasados que entre los más civilizados, mientras tanto solo nos queda soñar y para ello nada mejor que esta película; Avatar.

“Sin Fidel” comentado la última obra de Ann Louise Bardach (III. Final)

11 Feb

Estocolmo, julio de 2008, Ann Louise Bardach habla en WALTIC, sobre un tema de su especialidad, Cuba y su exilio en Miami. Foto: Carlos M. Estefanía

Sin duda alguna, la journalista Bardach tienen mucho de donde sacar a la hora de escribir este libro sobre Cuba y Miami:  la lista de obras y personas consultadas es amplía, no así la de páginas de digitales lo que llama la atención en los momentos que el Internet, siempre que se le trate críticamente, se nos convierte en una fuente de información fundamental sobre cualquier tema.

Esto no impide que la autora de Cuba Confidential nos actualice sobre la evolución de la política norteamericana hacia Cuba, tratando entre otros aspectos,  las consecuencias de medidas como las tomadas en octubre 5 de 1995 por el Presidente Clinton, para expandir las relaciones pueblo a pueblo y los contactos entre organizaciones no gubernamentales de los dos países vecinos, el contragolpe que significó a las tendencias aperturistas el derribo de cuatro pilotos de la organización Hermanos al Rescate, dentro de la que se había infiltrado el agente Juan Pablo Roque-por la aviación militar cubana en febrero del 1996,

la suspensión, en julio de ese mismo año, por Clinton del Título III de la Ley Helms-Burton, que sancionaba a empresas extranjeras que invirtieran en medios confiscados por Cuba a ciudadanos norteamericanos, y la concesión, un año después y por la misma administración de licencias a agencias informativas para norteamericanas para que pudieran operar en la isla, y por supuesto el hecho de la devolución del niño Elían a Cuba, raptado a punta de metralleta por agentes estatales de casa de sus tíos en Miami.

Por supuesto la administración de Bush hijo y sus vínculos con el sector republicano del exilio no escapan a la lupa de la investigadora, la que, como quien no quiere la cosa,  suelta la podrida, de la presunta misión asignada por la Cía a Bush Padre, cuando era sólo un funcionario de la agencia, para que informara sobre los movimientos de los exiliados cubanos, cosa que la familia ex presidencial ha desmentido, diciendo que se trata de otra persona aunque con el mismo nombre.

La escritora nos adentra en los últimos acontecimientos del exilio y de la isla. En Cuba destacando la revitalización de los nexos de la isla con Rusia, China y Venezuela, dedicándole varias páginas al trabajo del Centro Nacional para La Edución Sexual en defensa de los gays cubanos, así como la crítica a la promoción del homosexualismo hecha por la revista Palabra Nueva de la Archidiócesis de La Habana, con lo que la Iglesia católica queda del lado de los “intolerantes” que es decir de los malos.

La escritora trata algunos fenómenos de la disidencia, como son los comunicados dirigidos por Martha Beatriz Roque y Vladimiro Roca al gobierno norteamericano en relación a las medidas encaminadas a restringir los viajes y envíos de dinero a Cuba, algo que afecta indirectamente al sector opositor que se financia desde Estados Unidos, así mismo menciona algunas cabezas emergentes de la disidencia como la galardonada bloguera Yoani Sánchez, o el connotado rockero Gorki`Avila, o de la oposición más dura como la que representa  Jorge Luis García Pérez (Antunes) tras su liberación.

Dentro de Miami la escritora satisface el morbo anticubano ya escarbando en los problemas y botellas generados con los Fondos de la USAID supuestamente destinados a la democratización de la isla, el revuelo armado con el arresto de los cinco espías, cuyo titulo de Cinco Héroes, dado por el gobierno cubano, aparece en mas de una ocasión. Así mismo se adentra en las peculiaridades que tuvieron en esa ciudad con más de un millón de cubanos; las dos últimas campañas presidenciales norteamericanas.

Sin embargo en medio de tanto detalle hay cosas importantes que se omiten, si bien se habla como ya lo había hecho en la conferencia de Estocolmo sobre algunos cambios positivos en el exilio como los que impulsa la Fundación Nacional Cubano Americana tras el desprendimiento de la membresía que recaló en el Cuba Liberty Council, citándose como ya había hecho la periodista en el encuentro de Estocolmo a Francisco (Pepe) Hernández.

Del Presidente Ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana, se recuerda fue designado en 1993 para dirigir el grupo bélico de la organización, pero a su vez se le reconoce su renuncia a las acciones paramilitares y el reencausamiento de la Fundación fuera del lineamiento duro, o se reconoce la importancia en esta nueva actitud The Cuban Study Group, en Brookin Institution, creado tras la debacle del caso Elian, por Carlos Saladrigas, Carlos Cruz y Luis Perez, a quienes califica como conservadores pragmáticos (pag 62).

Por cierto, Saladrigas es destacado en el acápite de reconocimiento con que se incia este libro por sus generosos aportes a la obra, creo en lo personal que eso no lo hace responsable del resultado final de la misma,  he leído los trabajos de mi tocayo en las páginas de la prensa exiliada, y comparto en general sus contenidos; ideas que no solo subscribiría una ”conservador” pragmático, sino también cualquier demócrata de izquierdas.

Carlos Saladrigas, al centro. Foto: Carlos M. Estefanía

Sin embargo, hay que reconocer que la analista se queda corta en el reflejo de las nuevas tendencias hacia la moderación dentro y fuera de Cuba, sobre todo cuando se habla dentro de la oposición al gobierno, no encontramos, y a no ser que nos lo hayamos saltado sin querer referencias a la Coordinadora Social-demócrata de Cuba o sus contraparte en la Isla que se aglutinan dentro de Arco Progresista.

Y que decir de los Democristianos de la Isla;  para que veamos el modo en que se les ignora diremos que mientras al chileno Letelier se le menciona en 11 páginas.

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Así quedó el auto del del ex canciller de Salvador Allende Orlando Leterlier tras el atentado que le quitó la vida.

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Sin embargo mucho mas importante resulta para el tema de Cuba y la transición pacífica el Proyecto Varela, apenas mencionado por la autora

a Oswaldo Payá y al importantísimo proyecto Varela se les encuentra en una sóla y misma página.

Esto por no hablar de la ausencia del Partido Democristiano, cuyos vínculos con sus correligionarios de otras partes del mundo, sobretodo en América latina, fortalecen a la vez que coinciden en el trazado de una política menos confrontativa y más despuesta al diálogo con respecto a la isla y lo mismo ocurre dentro de Cuba con socialcristianismo  miembros del Proyecto Demócrata Cubano, cuya sensibilidad los acerca mucho a los socialistas de Arco Progresista.

Otro tanto ocurre con el exilio donde la especialista pasa por alto el nacimiento de ese fenómeno político que es Consenso Cubano, del que por cierto participa la organización de Saladrigas, la socialdemocracia, los democristianos, y la Fundación Nacional Cubanos Americana, una vez liberada del lastre que representaban sus miembros más exaltados.

Consenso Cubano no nada nuevo,  de ésto ya hemos hablado hace más de cinco años en uno de los primeros capítulos de nuestro libro Pasión y Razón de Cuba, pero que sin duda esta llamada a jugar un papel protagónico en la conformación del exilio como una contraparte respetable de cara al mundo, con respecto al régimen cubano.

En resumen lo que pesa más en esta obra son los actos terrorista –condenables sin dudas-, y no las acciones de aquella oscurecida oposición moderada, cuya forma de resistencia desarma la estrategia autovictimizadora del régimen. Un detalle que no puede pasar por alto quien como Bardach pretende darnos un retrato, ”objetivo” del traspaso de poder entre los dos Castros.

Si se le deja al lector el sabor de que los únicos que se civilizan y entierran el hacha guerrera son los defensores del gobierno cubano, por ejemplo el sector que representa Mariela Castro con sus trabajo en pro de los derechos de los homosexuales, muy acorde a los vientos que desde décadas soplan en los llamados países democráticos, y no se menciona en detalle el surgimiento de una nueva cultura política que entierra la violencia y la capacidad para el acuerdo como vía para la solución de las diferencia entre los cubanos, no solo se estará desinformando al lector, sino que no se estará contribuyendo a fortalecer tan saludable tendencia dentro de la emigración cubana.

Una tendencia que por supuesto avanza contradictoriamente, como ocurre con el revuelo armado en torno al librito Vamos a Cuba, del que también se habla en el libro y como lo vimos en el caso del viaje de Juanes a La Habana y el de los Van Van en Miami, con tales demostraciones en contra que serían el banquete de Bardach si no hubiera cerrado la obra meses antes.

Por supuesto no todo es culpa de la escritora, los extremistas de Miami operan en una sociedad abierta y transparente, todo lo que hacen termina por saberse, incluso cuando conspiran, infiltrados como están hasta los tuetanos.

Es lo contrario de lo que ocurre con las trastadas del gobierno de Cuba, hechas en su mayoría a puertas cerradas, y esto hace que tales acciones se le escapen a los mejores analistas, incluso de la talla de Bardach, quien si fuera a ser realmente justa con la figura que le da vida a sus últimas obras, la de Castro, debería investigar sus últimas jugadas dentro y fuera de Cuba, por ejemplo los hilos que le han permitido no solo controlar a la famosa DISIP sino a Venezuela completa, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y por un pelo no incluimos en la nefasta isla a Honduras. La culpa radica en que con igual o más transparencia opera las nuevas fuerzas del exilio y de la disidencia, mas interesadas en la libertad de Cuba que en la cabeza de Fidel Castro, lamentablemente eso no vende mucho y dedicarles libros no es negocio, ni para las editoriales, ni para los que viven de Castro, defendiéndole o atacándolo.

Y hablando de ataques contra Castro, vale la pena contrastar los efectos del periodismo que hace Bardach, con el de sus colegas anticastristas al que no deja de mencionar en su libro; Ninoska Pérez Castelló, una de las figuras que abandona la Fundación ante la Perestroyka de la misma realizada por Pepe Hernández con respaldo del Mas Canosa hijo.

No sin cierta sorna Perez Castelló es denominada en el libro como la infatigable diva radial del exilio anticastrista, página (55) aunque quien peor lo lleva es el famoso Armando Pérez Roura Perez Roura, dibujado como un oportunista por Bardach cuando recuerda que primero fue campeón de Batista, luego hizo una larga carrera radial bajo el régimen de Castro, hasta reinventarse en Miami, después de salir en 1968 de Cuba, como el encargado de identificar desde sus micrófonos a quienes no mostraban suficiente anticastrismo.

Para colmo de males la periodista saca a relucir que Armando Pérez Roura fue acusado en 2004 por la venta de narcóticos y lo remata lanzando sobre el, ya no, solo la cofradía demócrata tradicional, sino esa masa de obamistas de última hora a quienes recuerda que durante la campaña presidencial del nuevo inquilino de la Casa Blanca, se refería al entonces candidato presidencial como ”Barack Huuuuuu-sein Obama” jugando con la islamofobia desatada en Estados Unidos tras los antentados del 11 de septiembre de 2001.

Para contrarrestar una obra como la que comentamos no sirve el estilo periodístico de trincheras, establecido por los dós Pérez, pejes gordos del anticastrismo visceral,  a los que imitan sin pizca de originalidad pirañitas naturalmente ignoradas en ese libro pero de las que ya nos hemos ocupado en este portal como la expresidiaria Ilianda Curra, subordinada de Ninoska en el Consejo por la Libertad de Cuba, a quien intenta imitar pero usando un lenguaje que parece prestado por uno de eso personajes grotescos que se inventa Zoe Valdés,  y el antiguo marino internacionalista,  Esteban Casañas Lostal, un tanto más cultivado que su compañera -seguro a base de leer la revista Mar y Pezca -auque no menos vulgar,   y cuyos cuentos y panfletos en la internet le convierten en el Mini-Me de Perez Róura en la red.

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Ahora bien del mismo modo que las pirañas apenas atacan a los humanos, aunque los mitos digan lo contrario, hay que decir que el tipo de periodismo arriba mencionado apenas afecta la propaganda del castrismo, sobretodo cuando esta se envuelve en un aura de periodismo profesional como el que el que nos ocupa con este libro.

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Pirañas, según Wikipedia. el contrario de lo que el cine ha divulgado,  estos voraces pecesitos no suelen atacar a los humanos, como tampoco suelen atacar a los verdaderos castristas de su entornos algunos anticastristas de oficio.

Para contrarrestar los efectos de una obra como Without Fidel en el gran público,  al algo muy diferente al discurso de una Ninoska, un Peres Roura – de los que tan bien se sirve Bardach- por no habler de sus émulos de poca monta que nombramos atrás.

Lo que necesitamos es un periodismo que brille por su objetividad, que profundice en lo que Bardach ya ha investigado, que descubra los des balances de su trabajo y que alcance y supere la credibilidad que ella,  ha logrado.

Que se haga este tipo de periodismo, en lugar de seguir imitando, aunque con signo ideológico inverso al que que se hace en Cuba sería una buena misión del Colegio Nacional de Periodistas de Cuba (en El exilio); venga pues aquí nuestra propuesta, auque sabemos que la tarea es más que difícil, cuando a diferencia de la Bardach, a la que en última instancia Cuba, ni le viene, ni le va, un periodista exiliado el tema le toca demasiado cerca, como para alcanzar la total objetividad, valor real que debe buscar el hombre de prensa.

Miembros del Colegio Nacional de Periodistas y de la Academia de Historia de Cuba, en el Exilio, estos dos cuerpos podrían contribuir con su autoridad a que tanto el periodismo como las investigaciones que se realicen sobre Cuba en su entorno tengan la calidad profesional y científica que el tema merece. Esa sería la mejor respuesta a la propaganda y la ideologización que caracteriza la actividad de los comunicadores e historiadores oficiales de la isla, así como sus aliados en todo el mundo. Foto: Carlos M. Estefanía

Y si bien nuestra lengua es importante, y no hay que abandonarla, hace falta además un buen periodismo en el idioma de los nativos,  que leen a Bardach, es decir que se haga un buen periodismo en ese inglés, que el mismo Pérez Roura, con tantos años en Estados Unidos, confiesa no dominar.

Entonces sólo se podrá transmitir un mensaje alternativo al que Bardach hace llegar al norteamericano, al canadiense o al australiano, en esta suerte de despedida hecha en forma de libro a Fidel Castro y que tan poco tiene de bienvenida a la libertad de los cubanos.

Una despedida que termina con un alegato en defensa del levantamiento del embargo que a mi, que siempre he combatido, por inhumanas e inadecuadas; tales sanciones me parecen prosaico, como es que se recuerde que con el fin de las penalidades significaría para los estados unidos entre 5 y 13 millones de dólares de ganancias, por no hablar de los miles de empleos que se crearían en la Florida.

Por supuesto que el embargo debe ser levantado, pero no alegando motivos mercachifles que sólo llevan agua al molino de quienes aún defienden esas sanciones, debe ser levantado por que si hace daño,  sólo se lo hace al pueblo, no a los Castros y porque en ningún sentido acelera en la isla los cambios necesarios.

Pese a todo, una vez que se devela la ideología profunda de la autora vale la pena leer este libro, que al final recolecta infinitud de datos que no deben ser pasados por alto, aunque si reinterpretar a la hora de pensar en Cuba.

Quizás un día se haga una nueva edición, o cambie de opinión la autora en relación a su cometido periodístico, entonces valdría la pena, ampliar el contenido de la obra.

Para ello recomendamos a la escritora la consulta de otras fuentes, y de la misma manera manera que usa a René Vázquez Díaz, como una de las suyas.

Si de conocer a Cuba y su exilio se trata, mejor que codearse con el Autor de Bienvenido a Miami, Doctor Leal, sería entrevistarse con las personas en la imagen. A la Izquierda el expreso político y fundador de la Coordinadora Social Demócrata de Cuba Arnoldo Muller, a la derecha, el arquitecto y facilitador de Consenso de Cuba, Oscar Visiedo, especialista formado en la antigua RDA y uno de los pioneros en el establecimiento de redes digitales en Cuba. Frente a ellos René Vazque Díaz, quien apenas ha vivido e Cuba, y que cuando la visita va como privilegiado de la Comunidad Cubana en el Exterior poco o nada tiene que aportar. Foto: Carlos M. Estefanía

Que cuando la escritora viaje a Cuba,  contacte con la disidecnia que representan intelectuales de la talla de Manuel Cuestra Morua, Oscar Espinosa o su colega Miriam Léiva, a quien ciertamente premiamos no hace mucho por su excelente trabajo periodístico en el terreno digital.

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Que la Bardach sin dejar de entrevistarse con el oficialismo, choque con el discurso popular,  implacable y realista, para nada terrorista, de Los Aldeanos y de Silvito el libre.

Que cuando viaje a Miami, del mismo modo que toma nota sobre lo que dicen Ninoska y Pérez Roura, lo haga de otros actores de los medios, como es el caso, aparentemente apolítico del humorista Alexis Valdés, quien entre risa y risa dice mucho de lo que no le conviene ni a la intransigencia de Cuba, ni a la de la Florida además de transmitir una critica social muy vinculada a lo local.

Que se reuna con los social demócratas e incluya en sus nuevas confidencias la que tienen que hacerle estos hombres, muchos de los cuales teniendo orígenes guerrilleros como el de Castro o Posada, dijeron mucho antes que Pepe Hernández, y de manera definitiva, odios a las armas sin dejar por ello de bregar por la libertad de su patria.

El Autor, abajo, primero a la derecha, reunido con directivos de la Cooridinadora Socialdemócrata de Cuba

Que se entreviste con Marcelino Miyares, para que sepa de los caminos que sigue la Democracia Cristiana,

Marcelino Miyares, cuarto de izquierda a derecha, presidiendo la cena de inauguración del Encuentro Juventud y Cultura Cubana II. Nuevos Paradigmas. Conferencia-Taller. México, DF. 4 de Diciembre de 2009, organizado por ODCA y la Fundación Konrad Adenauer. Foto: Carlos M. Estefanía

y de paso le cuente de la proyección actual del grupo cuyo comité de voceros coordina es decir, de ese Consenso Cubano, para que le descubra a sus lectores, que los opositores a Castro son mucho, muchisimo más que unos Caracortadas, y que el exilio en la medida que madura y se enriquece con nuevas oleadas, de origen cada vez mas proletario, adopta facetas mas civilizadas y por tanto se vuelve más peligroso para el Castrismo y el terrorismo que su libro pasa por alto, el detestado que práctica el régimen de Cuba contra su pueblo, y por último que amplie su corta lista de sitios en la web,  consultados los portales cuyos nombres, misteriosamente,  no aparecen en esta edición de su libro; entre otros:  Cubanet,  Encuentros en la red y naturalmente Cuba Nuestra, ésta revista que precisamente por no ser violenta ni mercernaria, está censurada en la isla, con lo saludable que ella resulta para todo el que quiera conocer lo que pasa entre los cubanos de allá y de acá.

Voceros de las organizaciones que conforman Consenso Cubano. Foto: Carlos M. Estefanía

“Sin Fidel” comentado la última obra de Ann Louise Bardach (II)

10 Feb

Contraportada del libro: Without Fidel, de Ann Lousie Bardach (2009)

El arte de lustrar a los dos hermanos Castro

Aunque se pasen algunas cosas por alto en Whithout Fidel, no se le puede negar meticulosidad, actualidad y enjundia a este libro sobre los momentos finales de la vida de Fidel Castro como gobernante y de la entrada de su hermano, al poder máximo, y el reflejo que estos tienen entre sus enemigos, no se puede negar tampoco el poco servicio que a estos se les hace, sean intransigentes o no, cuando, sin mentir en lo que se dice, se describe los aspectos mas sórdidos del exilio.

En libro tiene gancho para el gran público no cubano, entiéndase anglosajón, Norteamericano, Británico o Australiano, sin dudas, no por que reactive en su imaginario la vieja imagen que da sobre este la película Scarface, con su inolvidable Tony Montana, carácter con el que se compara a más de un exiliado.

Al mismo tiempo la periodista muestra la casa de la que procede Vanity Fair, adentrándose en vanidades como las que constituyen los árboles genealógicos de Fidel y Raúl y donde les descubriremos más de un pariente inesperado a los dos Castros.

Àrbol  familiar de Fidel Castro

Àrbol familiar de Raúl Castro

La escritora se propone no machacar en los lugares comunes con los que el exilio más dolido, se refiere a los Castros como tiranos y asesinos y esto le sirve de pretexto para ofrecer como alternativa una imagen, hasta cierto punto positivo de los dos hermanos.

Muchas veces dejando la responsabilidad de este endulcoramiento a otros, por ejemplo cuando deja que hable por ella Katiuska Blanco, autora del libro Todo el Tiempo de los cedros, publicado en la Habana en el 2003, donde como es natural se nos da una imagen idílica de el entorno familiar y personalidades de quienes gobiernan a Cuba desde hace cincuenta años.

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Aquí vemos una Lina Ruz, la madre de Fidel asimilada en su amor por los hijos y por la libertad a una suerte de Mariana Grajales y un Fidel Castro fascinado en la cárcel por grandes pensadores como Descartes y de Kant.

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Julio de 1954, Fidel Castro es visitado en la prisión de Isla de Pinos por su hijo

Tal interés por los grandes pensadores le ganara adeptos  a Fidel, sobretodo entre los que desconozcan que el saber filosófico en si, no hace de nadie necesariamente un humanista, por el contrario la filosofía puede ser un arma atroz, tanto más cuando más racionalista, en manos de un revolucionarios con aspiraciones dictatoriales, como los vimos el caso de Lenin, cuyo conocimiento de la filosofía clásica está fuera de toda duda, por no hablar del jacobinismo cubano del que Castro está muy lejos de ser el unico ejemplar.

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René Descartes, óleo sobre lienzo de Frans Hals, 1649, Museo del Louvre


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Immanuel Kant 1724 – 1804

Pero me da la impresión que el que mejor parado sale en este libro es Raúl Castro, tal parece que se tratara de su presentación en sociedad, de Raúl, a demás del equipo que le rodea, cuyas peculiaridades también son tratadas por la autora.

En el caso concreto de Raúl, este se nos muestra como hijo, marido y padre ejemplar, como un dirigente efectivo y pragmático quién,  y si bien no es un Gorbachov no tendría reparos en aplicar en Cuba el modelo chino o la solución vietnamita, sólo que su hermano se lo impide.

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Raúl Castro junto a Vilma Espín, la madre de sus cuatro hijos conocidos; Deborah, Mariela, Alejandro y Nilsita. Segun el árbol que nos ofrece Bardach habría otros dos hijos productos de una relación de Raúl con otra mujer en los años setenta. Sin embargo la imagen general que se nos ofrece es la de un buen padre de familia.

Este mensaje resulta muy efectivo para irle abriendo la mente, del lector norteamericano hacía la mejoría de las relaciones con Cuba, un país donde los derechos humanos no se violan ni en menor, ni en mayor medida que en China o Vietnam, países “comunistas” cuyos vínculos con los Estados Unidos mejoran día a día.

Por cierto entre las muchas anc édotas sobre Rául que la periodista menciona, a fin de destacar su diferencia de talante con Fidel, está la de la canción en honor a Mao, que el nuevo mandatario cubano recordó e intepretó a capela durante la visita que le hiciera su colega chino Hu Jintao.

Uno de los temas que mas parece atraer a la periodista es el de los espías y los desertores. Quizás por ellos nos encontramos una larga lista de cubanos pasados de bando en el que se incluyen desde militares hasta presentadores de televisión, pasando por hijos de altos dirigentes, una lista donde nos encontramos nombres ya olvidados como el del famoso Aspillaga, quien delató redes completas de espías montadas por el gobierno, hasta el afamado conductor de televisión Carlos Otero, pasado por el hijo de Ramiro Valdés.

Lo que también resulta curioso es el partido que la autora saca de las declaraciones de muchos de estos desertores del régimen, declaraciones que lo mismo demuestran el mal trabajo de la CIA, que desmienten los rumores sobre la presunta homosexualidad atribuida por sus enemigos a Raúl Castro, y con la que suelen jugar los humoristas del exilio, según la autora reconoce.

Espías y desertores

El tema del espionaje resulta muy recurrente en la obra, incluso cuando se trata de misiones tan poco heróicas como  las de los famosos “Cinco héroes” presos en Estados Unidos, o las que tuvieron falsos disidentes  de infiltrar a la prensa independiente y grupos de opositores.

Me llama la atención que al referirse al falso disidente, de Néstor Baguer, Bardach califique al octogenario personaje como el mas notorio “doble agente”, lo que implica calificar también de agentes a los disidentes infiltrado por el agente gubernamental y que este califica como terroristas de la información en lugar de periodistas.

Dentro de los golpes recibidos por la disidencia se mencionan nombres y acontecimientos mas o menos conocidos, por ejemplo haciéndose referencia al libro El Camaján, escrito por dos autores oficialistas, donde se cuenta la jugarreta hecha por los servicios de la Seguridad a Elizardo Sánchez, cuando lo filmaron recibiendo una medalla, el famoso caso del agente “Juana”. Dice la autora que esta es la razón por la que Elizardo, no cayera preso entre los 75 disidentes arrestado en la primavera del 2003, a los que se hace referencia en varias partes de la obra.

En otros momentos de habla de la sorpresa recibida por Martha Beatriz Roque cuando descubrió que su mano derecha, la señora Ofelia Collazo también era un agente del gobierno (página 2249).

El tema del espionaje y contra espionaje es amplio, quizás también lo sea el de los vínculos internacionales de Cuba como exportadora no tanto de terroristas como de la de “revolucionarios”.

Cuando se habla de terrorismo el trago amargo, con toda intencionalidad, se lo lleva el exilio.

Bosch y Posada: Si no existieran habría que inventarlos

Una buena parte del libro está dedicada, a quienes se denominan como el pediatra y el exterminador, Orlando Bosch Ávila y Luis Posada Carriles, dos de los mas determinados enemigos y asesinos potenciales del “Comandante en Jefe”. Ambos estudiaban en la Universidad en los mismos años que Fidel Castro.

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Orlando Bosch Ávila

En el caso de Bosch, nos enteramos que vivía en la misma calle que su futuro enemigo, que presidía la escuela de medicina, cuando Fidel era delegado de la escuela de Leyes, que comandaba las fuerzas del movimiento castrista en las Villas durante la lucha antibatistiana, cuando Castro tomó el poder Bosch fue nombrado Gobernador de la provincia y no pasará mucho tiempo sin que denuncie a Castro por haber traicionado a la revolución, abandonando su puesto y comandando por mas de un año una guerrilla antigubernamental hasta que en julio del sesenta se establece en Miami.

En el caso se Posada se nos dice que no estuvo vinculado a la política en sus años estudiantiles cuando se formaba como químico, especializándose en el exterminio de plagas.

Tras la llegada de Castro comienza a operar contra este a pesar de tener muchos familiares afines al gobierno, incluida una hermana que llegó al rango de Coronela en las nuevas fuerzas armadas.

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Luis Posada Carriles

La periodista nos narra meticulosamente el historial armado de Orlando Bosch, el respaldo que recibió de Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), su rol como dirigente de la Coordinación de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), sus presuntos vínculos con la Operación Cóndor, mediante la cual las dictaduras militares del Cono Sur , dieron cuenta,  en la década de 1970, de  una guerrilla que  como sabemos fue instruida, organizada y promovida, muchas veces de forma suicida,  desde Cuba.

También se les involucra en la planificación del asesinato contra el ex embajador y luego exiliado chileno en Estados Unidos Orlando Letelier.

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Letelier

En otra parte se detallan los supuestos vínculos de Posada Carriles con la CIA, y  operaciones Contra Castro, como el intento de atentado realizado durante el viaje de éste a en Chile durante 1971.

Así mismo se profundiza en el trabajo que realiza Posada como asesor de los servicios secretos de Venezuela,  es decir la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP).

Pero a lo que mas partido se saca en este libro es al atentado terrorista sufrido en 6 de octubre 1976 el vuelo 455 de Cubana supuestamente planeado por Bosch y Posada Carriles, usando en la operación los contactos de estos antigua DISIP venezolana.

En el libro se le da eco a las acusaciones hechas por Fidel Castro de que sus dos enemigos se hallaban tras el horroroso crimen, y de la continuidad que le ha dado Chávez a estas acusaciones tras la declinación de la salud de su maestro.

Cuando seguimos, según la versión que se nos da en el libro, los pasos de las acciones de estos dos anticastristas, no podemos menos que llegar a una conclusión, es tal la cadena de errores y barbaridades que comenten que si no existieran el sistema de seguridad cubano habría tenido que inventarlos.

Solo así se puede desviar el foco de barbaridades similares y actos terroristas cometidos por los discípulos de Fidel, en Cuba y el resto del mundo, por los miembros de esa escuela revolucionaria que ideología comunista o anticomunista aparte también integran Orlando Bosch y Luis Posada Carriles.

No hay que buscar mucho para encontrar ejemplo de la utilidad que le sacan los partidarios de la Habana a Posada, ahí mismo tenemos el encontronazo entre un vocero abierto del gobierno de la isla como es Edmundo García y María Elvira Salazar el Martes 2 de febrero del 2010, la que el nombre de Orlando Bosch se convierte en el mejor escudo de García contra el exilio que representa Salazar.

Algo parecido a García hace Ann Louise Bardach, aunque con cierta sutileza, al explotar en su obra el sensacionalismo de las acciones terroristas anticastrista, usando para ello no pocas declaraciones oficiales del gobierno cubano.

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Pero este no es su único ataque al exilio que la periodista hace en su libro, como veremós más adelante

continuará…

“Sin Fidel” comentado la última obra de Ann Louise Bardach (I)

9 Feb

Ann Louise Bardach, Instituto Cervantes de Estocolmo, Julio de 2008 . Foto: Carlos M. Estefanía

Encuentro en Estocolmo con Ann Louise Bardach

Conocí personalmente a Ann Louise Bardach entre junio y julio de 2008, durante el desarrollo de WALTIC:-El valor de la palabra, un congreso de Escritores y traductores literarios un desarrollado en La Casa del Pueblo de Estocolmo.

Como una de las actividades del evento participaba en un panel dedicado a Cuba, junto a René Vázquez Díaz, su organizador, la periodista, Ana Menéndez, y el sociólogo Rafael Hernández, director de la revista Temas.

Rafael Hernández, director de la revista Temas. Instituto Cervantes de Estocolmo. Foto: Carlos Manuel Estefanía

En el público, no podían faltar los dos polos del tema cubano en Suecia, de un lado la Fundadora de la procastrista asociación Eva Björklund, del otro el fundador del grupo anticastrista Misceláneas de Cuba, Alexis Gainza.

Eva Björklund, fundadora del grupo procrastista Asociación Sueco Cubana, retratando al Panel. Foto. Carlos M. Estefanía

Alexis Gainza, fundador del grupo anticastrista Misceláneas de Cuba, retratando al panel. Foto. Carlos M. Estefanía

Por supuesto, llevando Vázquez Díaz las voz cantante se trató, de que aquello no se transformara en un acto de denuncia contra el régimen de la Habana.

Para no dar espacio a ello, el conductor, en su introducción además de arremeter contra el bloqueo, las acciones terroristas de los cubano americanos y la industria del anticastrismo en Miami quienes recibían financiamiento desde Miami en todo momento de evitar las preguntas abiertas del público, sustituyendo estas por un diálogo cerrado, cuerpo a cuerpo entre los asistentes y los conferencistas al final de la charla y recomendó el libro The Cuba Confidencial, como que nadie sabe más del terrorismo contra Cuba que su autora, Ann Louise Bardach.

Mucho menos incendiario resultó la intervención de Rafael Hernández, donde se aspiró más que el espíritu de confrontación o victimización, la vocación de reconciliación en primer lugar entre Cuba y Los Estados Unidos, quizás después entre los cubanos de uno y otro lado del estrecho de la Florida.

Incluso las intervención de la propia Bardach se apartaba de lo que parecía ser el guión general del panel, el de desacreditar a los anticastristas cuando, sin dejar de referirse a Posada Carriles, encarnación de todo lo malo del exilio, aludía los cambios positivos que se estaban dando dentro del exilio, en particular dentro de la Fundación Nacional Cubano Americana, en cuanto al rechazo de la violencia como solución al tema de Cuba.

En ese sentido la periodista mostró, un conocimiento mucho más profundo y multilateral sobre la realidad del exilio cubano en estos momentos que el que aparenta tener el autor de Bienvenido a Miami, Doctor Leal”.

No sé si sería por las recomendaciones de nuestra amiga común Lisette Bustamante, o por que ese es su carácter, pero debo reconocer que en su trato conmigo, Ann Louise Bardach, se mostró extraordinariamente afable.

Atra cosa fue a la hora de colaborar como colega, prometiéndome desde el inició concederme una entrevista que por una razón u otra nunca se dio, no se si fue una casualidad, tal vez un alerta contra Cuba Nuestra proveniente de Vázquez Díaz, o quizás simplemente que el olfato de periodista le indica lo peligroso que puede resultar para la “víctima” un buen interviú.

Paradójicamente, su compañero de panel Rafael Hernández, quien radica en Cuba, trabaja en un medio público, no tuvo reparos en charlar largo y tendido con este servidor sobre lo humano y lo divino.

Así mismo pude entrevistar Ana Menéndez, quien sin recomendaciones algunas, o quizás gracias a la falta de interferencias de fuerzas oscuras no tuvo inconvenientes a la hora de responderme algunas preguntas.

Sin embargo lo que no me dijo en aquel momento Ann Louise, sobre ella misma y su visión de Cuba , que era lo que más me interesaba lo he podido encontrar en su última obra: Without Fidel: A Death Foretold in Miami, Havana, and Washington (Sin Fidel: Una muerte anunciada en Miami, La Habana, y Washington), Scribner, New York, London, Toronto, Sydney, octubre de 2009, un libro que encontré entre las novedades recibidas por la biblioteca de la Escuela Superior de Södertorn, a las afueras de Estocolmo.

En la solapa de Without Fidel se nos dice de la autora, que desde el año 1992 viene cubriendo la política cubana en Miami, y que es autora, además de The Cuba Confidential, de The Traveler’ s, Literary Companion y coeditora de The Prision Letters of Fidel Castro, así mismo pertenece a la Brookings Institution Cuba Study Project, además de enseñar periodismo global en la Universidad de California en Santa Bárbara.

En el prefacio, firmado por la Bardach  al año exacto de nuestro encuentro, en Julio del 2009, ya se nos adelanta cual será el contenido: la obra se divide en tres partes, la primera dedicada, a historia de Fidel Castro y sus luchas personales hasta llegar definitivamente al sanatorio en que se encuentra, la segunda a la obsesión con el personaje que tienen sus más acérrimos enemigos, en particular, Jorge Mas Canosa, Luis Posada Carrieles y Orlando Bosch, la tercera y última está dedicada a Raúl Castro, a su ideología y particularidades como sustituto de su hermano mayor. Se nos advierte que serán recapitulados momentos de la obra anterior, Cuba Confidential, se comenta la propuesta de Raúl Castro para canjear disidentes y sus familiares por los cinco espías -naturalmente inaceptada tanto por la corte norteamericana como por los propios disidentes en prisión- y se cierra con las palabras del presidente Obama, emitidas el pasado 17 de abril sobre la necesidad de superar décadas de malos entendidos entre Cuba y los Estados Unidos.

Con tales antecedentes era de esperar una buena investigación y tras una lectura rápida reconozco que en muchos sentidos lo es, aunque también tiene sus faltas y trampas como veremos más adelante.

continuará

“Before the Rains”: Cuando la Historia con mayúsculas se disfraza

8 Feb

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What makes “Before the Rains” so touching is that it isn’t what it seems to be about. It seems to be about a quietly good Englishman, a planter in south India, who wants to build a road to the top of a mountain.
Deepak Chopra

Prestada por la biblioteca de Hallunda, he visto anoche una película interesante y bella, de esa que provocan la catarsis,  se titula Before the Rains, realizada en 2007 bajo la dirección de Santosh Sivan.

Es bella por la ambientación en esa India de los años treinta, que miseria de los nativos y ostentación de los colonizadores aparte, nos atrapas, interesante por lo que nos cuenta del choque y convivencia de los ritos  y creencias de arraigo milenario con la dominación inglesa.

Se trata de una coproducción entre el Reino Unido  y La India que se aparta de ese cine frívolo que tanto produce la segunda nación, país que más cine hace en el mundo, una producción que recuerdo, era muy vista por el público de las URSS de los ochenta, como si se saciara con ella el hambre del público por el melodrama, supliendose asi la falta de una telenovela latinoamericana, que al final llegó a imponerse en las estepas.

Por mi parte no fue en los cines de Moscú, sino en la Cinemateca de Cuba donde me enctré con el cine hindú, y fue gracias a la selección de sus festivales, con muy buenas películas, como esta que comento hoy.

En este caso se trata de un drama que tiene como protagonistas a magníficos actores, entre ellos; Linus Roache en el papel del amo inglés Henry Moores, Rahul Bose como el servidor T. K. Neelan y Nandita Das en el papel de la criada Sajani .

Es una película en la que se mezclan erotismo y violencia, pero sin abusar de nuestros sentidos, al memos de los míos.

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En ella se nos narra la historia de Sajani, una mujer, casada contra su voluntad con un hombre violento,  que trabaja como criada en la casa de los Moores, y que mantiene una relación amorosa con el cabeza de familia, Henry, mientras que  esposa de este, interpretada por Jennifer Ehle,  y su hijo están  de viaje.

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Protagonistas de la película:  Roache, Jennifer Ehle, Rahul Bose, Nandita Das y el director Santosh Sivan

La cosa se complica cuando regresa el resto de la familia británica y para colmo  el marido de la criada descubre que esta lo engaña con alguien, cuya identidad desconoce.

La película, aunque no lo parezca,  trata de mucho más que de los amores  imposibles entre el hombre blanco y su morena criada, una relación desgraciada de la que es testigo el sirviente, y por la que está a punto de pagar si no fuera por los modos ancestrales y bárbaros con que  que los hindues descubrían cuando un hombre mentía o no.

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El mérito de esta obra no radica solo en el retrato superficial que nos ofrece sobre las relaciones de poder existente entre colono y colonizado, o entre hombre y mujer, sino en la síntesis que nos ofrece de lo que fue la historia compartida de Inglaterra y La india, una historia donde el honor de una cultura, como el de la criada tras la seducción,  fue mancillado por otra, y cuya solución final coincide,  no por casualidad y pese a la afrenta,  con la que se da entre  entre  los personajes de Henry Moores y T. K. Neelan.

Se trata pues de simbolizar una separación que a pesar de los odios fue,  por parte de los hindúes, no tanto de los británicos, de manera pacífica, una lección para los que aún en nuestros días buscan la guerra, más como venganza, que  como solución a las diferencias.

Menos mal que aún se hacen obras como esta, que salvan al cine como género artístico en medio de tantos efectos y violencia gratuita; se la recomiendo a todo aquel que me lea y si quiere más información o simplement disfrutar de una bella música puede visitar su sitio oficial pinchando aquí.

“Bienvenido a Miami, Doctor Leal”. El último servicio literario de Vázquez Díaz al Régimen de Cuba

7 Feb

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Foto de René Vazquez Díaz; publicada en el 2003 por La Jiribilla ;publicación de la cultura oficialista cubana

Me encontré en la Biblioteca de La Casa de la Cultura de Estocolmo el libro de René Vázquez Díaz Väkommen till Miami, Doktor Leal (Bienvenido a Miami, Doctor Leal). Lo pedí prestado, pensando para mis adentros  en qué nueva trastada habría hecho este supuesto exiliado y muy bien apuntalado escritor cubano radicado  en Suecia.

Ciudad de Miami. Foto: Carlos M. Estefanía

No tuve que avanzar mucho en la lectura para encontrarle las cuatro patas al gato, con visos de realismo, Vázquez Díaz, estrella intelectual del castrismo europeo,  nos trata la historia del medico Oto Leal; ciudadano norteamericano de origen cubano, cuya mujer, muy a la sueca,  acaba de dejarlo por un anestesista cuatro años mas jóven, con quien ella se ha ido a vivir, además de arrebatarle a sus dos hijas adoradas , Alma y Amanda.

Hasta aquí el relato prometía ser interesante, expresando la crisis de la familia sueca, y sobretodo las complicaciones que se generan cuando uno de los miembros de la pareja proviene de otra cultura.

Si hubiese seguido por ese camino,  y centrado en el tema,  el autor habría terminado  haciendo un aporte a la comprensión de esta sociedad nórdica en la que,  por una razón u otra,  más de dos mil cubanos hermos recalado,

Claro profundizar mucho en el asunto requiere un coraje cívico del que no me parece abundante nuestro compatriota,  fundador de una organización de inmigrantes amigos de la Embajada de Cuba.

Seguir por esa vía  puede llevar a Vázquez Díaz a una disidencia frente a lo establecido en su segunda patria, que terminaría por cerrarle las puertas que le han convertido, reconozcámoslo,  en un escritor de éxito , al menos en relación a otros escritores inmigrados en Suecia.

Otra cosa es que sus obras tengan valor literario más allá de servir instrumentalmente al régimen cubano con el que dijo haber roto cuando se nos presentaba como exiliado , amén de explotar el antinorteamericanismo,  que unas veces por razones de izquierda, otras de derecha,  anida en el alma de gran parte de los europeos, cuyas naciones y unión, que aunque no quiera reconocerlo se encuentra en relación a los Estados Unidos en un estadío muy similar al que se hallaba Cuba tras una independencia,  mediatizada por la intervención.

Salvando las distancias, la democracia europea le debe a los norteamericano, lo mismo que la primera república de Cuba, como país soberano,  a su vecino, enorme vecino, y esto tiene un precio, no sólo en términos políticos sino incluso culturales, el que lo dude que le pregunten a esos nacionalistas catalanes que,  mientras arremeten contra el castellano,  se desviven por la formación de sus hijos en lengua inglesa, un inglés que no es el precisamente el británico y que hoy hablan los jóvenes europeos,  aún con más soltura que el que  las clases medias cubanas dominaban en los tiempos en que según la imagen del pasado que nos ofrece el castrismo, éramos “neocolonia norteamericana”, un inglés que cuando lo escucho supera al de muchos exiliados con décadas y negocios en U.S.A.

El giro de la novela, y por supuesto el inicio de su servicio a La Habana se da cuando el doctor Leal decide regresar a los Estados Unidos y tiene que enfrentarse con los servicios de seguridad norteamericanos, quienes le acusan de terrorista  por el hecho de haber participado en los intercambios científicos que promueve Suecia con Cuba, como si este tipo de encuentro, al márgen del absurdo de lo que resta del “bloqueo”  no tuvieran ya lugar entre Norteamerica y Cuba, isla en la que incluso se forman médicos de origen estadounidense.

En la reseña del libro que aparece en Boksidan.net,  una página sueca que lo vende,  se nos cuenta lo que ocurre con el exitoso neurocirujano; éxito de Uppsala, tras volar sobre el Atlántico y llegar a Miami, donde se le introduce en una habitación y se le interroga acerca de sus contactos en Cuba, sin acceso a abogados, esta sería la bienvenida que recibe Otto Leal en un país en guerra contra el terrorismo.

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El reseñista sueco asegura que Bienvenido a Miami, Dr. Leal es un thriller apasionante sobre la política de U. S. Cuba y la lucha contra el terrorismo, aunque reconoce también que resulta una impactante novela sobre el deseo de un padre separado de sus hijos y sus intentos de encontrar un nuevo amor.

Menos favor le hace a la objetividad de Vázquez Díaz la reseña que se le hace en un medio declaradamente vinculado con el gobierno cubanos como es “Rebelión”, allí Jorge Capelán,  bajo el título de “De pronto el doctor Leal”, una novela sobre el sórdido Miami, describe la obra como:

“un torbellino político y existencial de 181 páginas en el que lo personal se mezcla con el drama del pueblo cubano en lucha por su independencia y los designios de la política estadounidense que desde los días John Quincy Adams considera a la mayor de las Antillas como “una fruta madura a punto de caer”.

Así mismo se nos informa que la novela de René Vázquez Díaz, titulada originalmente “De pronto el doctor Leal”, fue ganadora del premio Juan Rulfo de Novela Corta 2007.

Sobre la imagen que se da del exilio cubano en esta obra no vamos a pronunciarnos nosotros, dejaremos que lo haga el redactor de Rebelión:

“…condensa en sus páginas un retrato despiadado de los círculos anticastristas de Miami, su apego a un pasado mítico y mentiroso al que once millones de cubanos a noventa millas de distancia desde hace cincuenta años se empeñan en no regresar nunca más, y los manejos de las agencias gubernamentales estadounidenses (“los lobos que no aúllan”, como las describe uno de los personajes) para las que las vidas de los seres humanos no son más que medios para la consecución de fines geopolíticos que la historia ya ha condenado al fracaso”

Él es un hombre honesto que es víctima de las jugarretas de la historia. Un cirujano prestigioso que adquiere conciencia de la maldad de la política. De pronto comprende que la moral y el honor no existen en lo que respecta a la guerra sucia de los EE.UU. contra Cuba. Las autoridades estadounidenses dicen estar en guerra contra el terrorismo, pero en Miami viven terroristas cubanos como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, dos asesinos que son culpables del atentado contra un avión cubano de pasajeros en el que murieron 73 personas. Los EE.UU. (¡y también Suecia!) amparan comercialmente a dictaduras como China y Arabia Saudita al mismo tiempo que causan sufrimiento a Cuba, explica el autor a la revista Ordfront, que en estos días lanza la edición sueca del libro.”

Podrá señalársenos qué vemos de raro en esto, nosotros que hemos custionado, como vías para solucionar el problema cubano de el embargo, las acciones armadas o aislamiento del pueblo de la isla,  políticas que sin dudas sea convertido en blancos por el novelista.

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Aclararemos que hay una diferencia fundamental entre criticar los errores que una parte del exilio – no todo- comete, y sacarle partido a estos equívocos,  con el fin, no de emendar la estrategia para liberar a Cuba, sino de encubrir o justificar las traiciones  contra su pueblo, del totalitarimo vigente en Cuba

Es este sentido los que respaldan inconcientemente políticas erradas, o los que concientemente las defienden en ellos atacando, a quienes alertan contra estas, se convierten en aliado, concientes o inconcientes de los René Vázquez Díaz del mundo.

René Vazquez Díaz. Foto: Germán Díaz GuerraRené Vazquez Díaz. Foto: Germán Díaz Guerra

Quienes siguen en Suecia, en La Habana, o en la propia Miami, una estrategia idéntica, la de ocultar los males de la Habana exaltando las inconsecuencias que desde el punto de vista de los valores democráticos o civilizatorios, comente el sector menos inteligente del anticastrismo.

No es que estados Unidos, bajo el pánico generado por la guerra contra el terrorismo no haya cometido excesos, que deben ser criticados desde la óptica de la literatura, excesos que incomodan a miles de “transeúntes internacionales” y que a veces se traducen en el absurdo de retener en las oficina de los servicios de seguridad nacional;  a quienes último podría pasar por enemigos de esa nación rabinos israelíes de clara apariencia asquenazi ,  de lo que personalmente soy testigo, la trampa está en que las improbables peripecias del Doctor Leal se convierten en nada frente a las reales peripecias de miles y miles de médicos cubanos que por el solo hecho de nacer en Cuba sufren una represión y control que deja chiquitas las de esa suerte de “proceso” por el que pasa el doctor Leal, para disfrute vengativo del lector europeo, presuntamente incomodado por las medidas de seguridad en los aereopuertos norteamericanos.

Si Vázquez Díaz quisiera adentrarse en la vida de esos médicos, aunque no estaría mal que lo hiciera, no estaría obligado a introducirse en las mazmorras donde se pudren con sus huesos los Doctores Elías Biscet y Darsi Ferrer, tampoco seguirle el periplo a los médicos internacionalistas fugados de África y America Latina, concretamente de Bolivia o Venezuela, hacia ese Miami que René Vázquez tanto detesta pero de la que al parecer no puede desprenderse.

Al escritor le bastaría con hurgar en su propia comunidad,  la que conforman la colonia cubana en Suecia, en ella encontraría,  muchos médicos, no precisamente intransigentes o que no vayan a Cuba despues de recibir asilo, pero que han preferido pagar el precio de la extranjería a seguir  sufriendo lo que cualquier ciudadano en Cuba, dando aquí  la atención que merece su pueblo y con la que seguro soñaron cuando eligieron su carrera.

Esos son los médicos de carne y hueso de los que debería hablarnos a René Vázquez, y no de ese ficticio del que hoy se vale, como un instrumento que cada vez se va quedando más obsoleto, en la media en que el exilio cubano reconoce sus errores y que los norteamericanos presididos por Obama cambian sus relaciones con Cuba,  en la medida en que se van favoreciendo, la unificación familiar,  los intercambios comerciales y culturales,  en incluso esos contactos científicos, que para inconveniencia de los propagandistas del castrismo en Europa,  desde hace año se vienen dando, eventos sobre los que existe una gran desinformación a la que tan buen partido saca el novelista.

Por el momento la asociación del Castrismo en Suecia, la misma que nos trata de terroristas y agentes del imperialismo, imitando en sus mentiras a nuestros enemigos del exilio, trata de no perder tiempo y antes de que envejezca la novela organiza un encuentro con su mas querido cubano en Suecia, René Vázquez Díaz, para que le de su versión de quienes son los exiliados cubanos en Miami, tomando como base Bienvenidos a Miami, doctor Leal.

Matizar esa imagen, he aquí una buena tarea para  la Unión de Cubanos en Suecia, que solo parece existir en la red, o mejor para los que como los comunistas que se benefician cuando defienden a Castro,  han hecho un oficio de la lucha por la democratización de Cuba, o aquellos que le han sacado sus buenos cuartos a los exiliados que administran los fondos de la USAID para democratizar la isla, en resumen toda esa serie de profesionales de la libertad y que lo mismo en Suecia que Candá  brillan por su ausencia cuando los castristas desinforman a pecho descubierto sobre  su patria y quienes salimos de ella.

Afiche invitando a un encuentro con René Vázquez, para hablar de su novela y del exilio cubano en Miami. El encuentro lo organiza el Partido de Vanguardia del Castrismo en Suecia, conocido oficialmente como Asociación Sueco Cubana, de la que el escritor se ha convertido, desde hace años, en algo más que un compañero de caminos

Franquismo y Guevarismo: contra el resto de los “ismos”

6 Feb

Desde España nuestra colaboradora Luz Modroño nos remite la invitación a la actividad que sobre la Represión Franquista se celebrará el próximo jueves, 11 de febrero, en la Fundación Progreso y Cultura.

Así mismo nos informa que el ciclo es coordinado por el exdiputado socialista Antonio Chazarra y que en esta ocasión la conferencia será impartida por Isabel Villalonga, actual concejala en el Ayuntamiento de Madrid.

En dicha conferencia se abordarán los componentes políticos, sociológicos, culturales, educativos y psicológicos que conformaron aquella parte de la historia española que no conviene olvidar, según Modroño por que, entre otras cosas: “el que olvida su propia historia está condenado a repetirla”.

La conferencia, nos dice nuestra colaboradora, será seguida por un coloquio que promete ser tan interesante como en anteriores actos.
Sería muy bueno que los cubanos de Madrid acudieran a este evento, dando allí su testimonio y de paso aprendiendo las similitudes que existen entre los regímenes totalitarios, no importa se en teoría de definen de derecha o de izquierda.

No es de extrañar pues que mientras Franco hacía de la suyas,  en junio del 1959, al Che Guevara,  uno de los pocos comunistas confesos dentro de la dirigencia de la Revolución cubana, no le bastara con hacer escala en España, sino que tenía también que hacer su aporte a la economía franquista,  gastando su salario revolucionario en compras madrileñas, visitando de paso una plaza de toros,  escoltado por los mismos  agentes con quienes Francisco Franco reprimía a socialistas, anarquista y hasta los falangistas que se tomaron en serio el sueño de la revolución nacionalsindicalista, es decir a la disidencia de su propio “movimiento”.

Esperemos que, gracias a nuestros compatriotas,  esta histórica visita, no sea pasada por alto en un actor que despierta la Memoria Histórica de la España actual.

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Cuando el tigre les muerde el trasero

4 Feb

Respondiendo a una tribu de cazadores pigmeos

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Estuvieron mucho tiempo buscandoles las cosquillas al Hombre de Cuba Nuestra, ahora chillan como pequeños “liliputos” aplastado por el terrible manotazo de un Gulliver.

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Noto, con sádico placer, por sus reacciones,  el dolor que la causa algunos de sus “objetivos” mis últimos escritos, los observo totalmente derrotados, como pigmeos enfrentados a la técnica del hombre europeo.

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Pigmeas

Noto la debilidad de mis enemigos, cuando en lugar de enviar contra-argumentos me mandan, a veces con nombres falsos,  chismes de poca monta o insultos con un retórica barrio bajera propia de brigadas de acción y respuesta rápidas, o de aquellas deleznables turbas que enturbiaban los orígenes humanistas de la revolución, injuriando, acosando y hasta linchando a quienes querían marcharse por el Mariel.

Y les digo de antemano, que para las ideas opuestas siempre habrá espacio en estas páginas, nunca para los arrebatos, ni las diarreas verbales de las verduleras.

Curiosamente los ataques provienen de supuestos exiliados, pero el modus operandis los delata, usan la misma jerga, con la misma técnica difamatoria de las fuerzan represivas en Cuba, por caer en bajezas mentan sin venir al caso a unos padres, que ya quisieran ellos haber tenido, o sin mirarse en un espejo – donde escubririan un hipopotamo parado en dos patas- acuden con sus escarnios a la parte  martiana de mi físico, a una cabeza hecha mas para el pensamiento que para llevar pelos, lo hacen en una obsesión diría que freudiana con mi craneo, como si la temprana alopecia que el exceso de testosterona en ella genera les recordara algo que mucho les falta.

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Pero el ataque, no se queda en la forma solariega, o en la guapería barata de niños criados y presumiblemente usados en los internados del estado. Va más allá, en una de las histerias se usa la vieja técnica totalitaria de desacreditar al contrario mezclando verdades con mentiras, reafirmando así lo que venimos diciendo hace rato sobre quien es el titiritero que manipula a estos enemigos del flanco derecho, tan similares a sus clones del lado izquierdo.

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Asi tenemos a alguien, que de nos ser por la miserable intención encubierta reduciríamos a la concición de bretero o imbécil,  que entre sus invenciones alude a una supuesta falta de virilidad por parte de quien escribe como causa de su salida de la Unión de Cubanos en Suecia; mostrando un desconocimiento total ya no de quien es el Hombre de Cuba Nuestra, sino incluso de la Historia Verdadera del exilio cubano en Suecia.

La mentira se cae por su propio peso, no sólo por la Hombría probada de quién desde estas páginas y en otros espacuios llama las cosas por su nombre, sino además por que como ya he contestado a otros esbirros digitales, que usan el mismo truquito para separarnos del sector más desinformado del exilio, vivo en un país donde las personas con otras inclinaciones diferente a las mías, es decir los  homo o bisexuales, tienen tal protección legal que expulsarlas por su orientación equivaldría a una demandan millonaria de la que no se libraría, ya no la Unión de Cubanos en Suecia, sino la Unión Europea.

Si esa fuera la causa de mi ruptura con la organización que fundamos los cubanos en 1994, estaría durmiendo a mis anchas y recibiendo el resarcimiento de quienes me expulsaron. Por supuesto las causas fueron otras y eso lo sabe muy bien el informante original, que viene sirviendo a la Embajada de Cuba desde el primer momento que puso un pié en Escandinavia.

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Foto tomada por Enrique de Armas a los Miembros de la Unión de Cubanos en Suecia. , al centro Vidal Fajardo, designado por autor (a la derecha) como presidente de la U. C. S.

Fui el fundador de la Unión de Cubanos en Suecia, organización que a punto de morir coloqué en manos del Señor Vidal Fajardo, quedando públicamente como su asesor. En un momento dado Fajardo mal aconsejado desde el exilio decidió prescindir de mis servicios, por un motivo puramente político en ideológico, por mi defensa del diálogo como arma contra el totalitarismo. Por mi parte acepté la renuncia no sin entes aprovechar el hecho para dejar clara mis diferencias con el camino que bajo el mandato de este señor había tomado la organización que coloqué en sus manos. Quien diga lo contrario, es o un mentiroso, o un agente de la seguridad del estado, con suficiente información para que a travez de medias verdades, como la del alejamiento de una organización- buscar la credibilidad mínima, para decir sus mentiras, es este caso las causas reales de la separación.

Por mentir, lanzar rumores y des-informar ya no saben que decir; apelan a muertos que nos les pueden desmentir, como el periodista Alberto Landa o se mezclan en mi antiguo matrimonio,  atrabuyéndole a este mi residencia en Suecia, una mentira que cualquiera puede comprobar las razones verdaderas en los archivo de inmigración, lo que si está claro es que actúan como con la misma vocación de chismosa que esas una viejas cederistas, a las que harán compañía cuando se venga abajo el régimen comunista.

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Cederistas de Fiesta

Hay quienes en su vileza, mezclan el ataque con la petición de clemencia. Si quieren que les deje en paz, entonces que no provoquen, que no se pongan en la mirilla del Hombre de Cuba Nuestra, si no quieren seguir probando tranca, la misma que sus infundios no podrán nunca desacreditar.

Creyeron tener en la mano la cadena de un mono, han descubierto que al final lo que se encontraba era un tigre, que les raja las nalgas con sus zarpazos, para más inri llegando su propio año, según los chinos.

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Jonathan Swift

Viajes de Gulliver

Primera Parte

Un viaje a Liliput

Capítulo 1

El autor da algunas referencias de sí y de su familia y de sus primeras inclinaciones a viajar. Naufraga, se salva a nado y toma tierra en el país de Liliput, donde es hecho prisionero e internado…

Mi padre tenía una pequeña hacienda en Nottinghamshire. De cinco hijos, yo era el tercero. Me mandó al Colegio Emanuel, de Cambridge, teniendo yo catorce años, y allí residí tres, seriamente aplicado a mis estudios; pero como mi sostenimiento, aun siendo mi pensión muy corta, representaba una carga demasiado grande para una tan reducida fortuna, entré de aprendiz con míster James Bates, eminente cirujano de Londres, con quien estuve cuatro años, y con pequeñas cantidades que mi padre me enviaba de vez en cuando fuí aprendiendo navegación y otras partes de las Matemáticas, útiles a quien ha de viajar, pues siempre creí que, más tarde o más temprano, viajar sería mi suerte. Cuando dejé a míster Bates, volví al lado de mi padre; allí, con su ayuda, la de mi tío Juan y la de algún otro pariente, conseguí cuarenta libras y la promesa de treinta al año para mi sostenimiento en Leida. En este último punto estudié Física dos años y siete meses, seguro de que me sería útil en largas travesías.

Poco después de mi regreso de Leida, por recomendación de mi buen maestro míster Bates, me coloqué de médico en el Swallow, barco mandado por el capitán Abraham Panell, con quien en tres años y medio hice un viaje o dos a Oriente y varios a otros puntos. Al volver decidí establecerme en Londres, propósito en que me animó míster Bates, mi maestro, por quien fuí recomendado a algunos clientes. Alquilé parte de una casa pequeña en la Old Jewry; y como me aconsejasen tomar estado, me casé con mistress Mary Burton, hija segunda de míster Edmund Burton, vendedor de medias de Newgate Street, y con ella recibí cuatrocientas libras como dote.

Pero como mi buen maestro Bates murió dos años después, y yo tenía pocos amigos, empezó a decaer mi negocio; porque mi conciencia me impedía imitar la mala práctica de tantos y tantos entre mis colegas. Así, consulté con mi mujer y con algún amigo, y determiné volverme al mar. Fui médico sucesivamente en dos barcos y durante seis años hice varios viajes a las Indias Orientales y Occidentales, lo cual me permitió aumentar algo mi fortuna. Empleaba mis horas de ocio en leer a los mejores autores antiguos y modernos, y a este propósito siempre llevaba buen repuesto de libros conmigo; y cuando desembarcábamos, en observar las costumbres e inclinaciones de los naturales, así como en aprender su lengua, para lo que me daba gran facilidad la firmeza de mi memoria.

El último de estos viajes no fue muy afortunado; me aburrí del mar y quise quedarme en casa con mi mujer y demás familia. Me trasladé de la Old Jewry a Fatter Lane y de aquí a Wapping, esperando encontrar clientela entre los marineros; pero no me salieron las cuentas. Llevaba tres años de aguardar que cambiaran las cosas, cuando acepté un ventajoso ofrecimiento del capitán William Pritchard, patrón del Antelope, que iba a emprender un viaje al mar del Sur. Nos hicimos a la mar en Bristol el 4 de mayo de 1699, y la travesía al principio fue muy próspera.

No sería oportuno, por varias razones, molestar al lector con los detalles de nuestras aventuras en aquellas aguas. Baste decirle que en la travesía a las Indias Orientales fuimos arrojados por una violenta tempestad al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según observaciones, nos encontrábamos a treinta grados, dos minutos de latitud Sur. De nuestra tripulación murieron doce hombres, a causa del trabajo excesivo y la mala alimentación, y el resto se encontraba en situación deplorable. El 15 de noviembre, que es el principio del verano en aquellas regiones, los marineros columbraron entre la espesa niebla que reinaba una roca a obra de medio cable de distancia del barco; pero el viento era tan fuerte, que no pudimos evitar que nos arrastrase y estrellase contra ella al momento. Seis tripulantes, yo entre ellos, que habíamos lanzado el bote a la mar, maniobramos para apartarnos del barco y de la roca. Remamos, según mi cálculo, unas tres leguas, hasta que nos fue imposible seguir, exhaustos como estábamos ya por el esfuerzo sostenido mientras estuvimos en el barco. Así, que nos entregamos a merced de las olas, y al cabo de una media hora una violenta ráfaga del Norte volcó la barca. Lo que fuera de mis compañeros del bote, como de aquellos que se salvasen en la roca o de los que quedaran en el buque, nada puedo decir; pero supongo que perecerían todos. En cuanto a mí, nadé a la ventura, empujado por viento y marea. A menudo alargaba las piernas hacia abajo, sin encontrar fondo; pero cuando estaba casi agotado y me era imposible luchar más, hice pie. Por entonces la tormenta había amainado mucho.

El declive era tan pequeño, que anduve cerca de una milla para llegar a la playa, lo que conseguí, según mi cuenta, a eso de las ocho de la noche. Avancé después tierra adentro cerca de media milla, sin descubrir señal alguna de casas ni habitantes; caso de haberlos, yo estaba en tan miserable condición que no podía advertirlo. Me encontraba cansado en extremo, y con esto, más lo caluroso del tiempo y la media pinta de aguardiente que me había bebido al abandonar el barco, sentí que me ganaba el sueño. Me tendí en la hierba, que era muy corta y suave, y dormí más profundamente que recordaba haber dormido en mi vida, y durante unas nueve horas, según pude ver, pues al despertarme amanecía. Intenté levantarme, pero no pude moverme; me había echado de espaldas y me encontraba los brazos y las piernas fuertemente amarrados a ambos lados del terreno, y mi cabello, largo y fuerte, atado del mismo modo. Asimismo, sentía varias delgadas ligaduras que me cruzaban el cuerpo desde debajo de los brazos hasta los muslos. Soló podía mirar hacia arriba; el sol empezaba a calentar y su luz me ofendía los ojos. Oía yo a mi alrededor un ruido confuso; pero la postura en que yacía solamente me dejaba ver el cielo. Al poco tiempo sentí moverse sobre mi pierna izquierda algo vivo, que, avanzando lentamente, me pasó sobre el pecho y me llegó casi hasta la barbilla; forzando la mirada hacia abajo cuanto pude, advertí que se trataba de una criatura humana cuya altura no llegaba a seis pulgadas, con arco y flecha en las manos y carcaj a la espalda. En tanto, sentí que lo menos cuarenta de la misma especie, según mis conjeturas, seguían al primero. Estaba yo en extremo asombrado, y rugí tan fuerte, que todos ellos huyeron hacia atrás con terror; algunos, según me dijeron después, resultaron heridos de las caídas que sufrieron al saltar de mis costados a la arena. No obstante, volvieron pronto, y uno de ellos, que se arriesgó hasta el punto de mirarme de lleno la cara, levantando los brazos y los ojos con extremos de admiración, exclamó con una voz chillona, aunque bien distinta: Hekinah degul. Los demás repitieron las mismas palabras varias veces; pero yo entonces no sabía lo que querían decir. El lector me creerá si le digo que este rato fue para mí de gran molestia. Finalmente, luchando por libertarme, tuve la fortuna de romper los cordeles y arrancar las estaquillas que me sujetaban a tierra el brazo izquierdo -pues llevándomelo sobre la cara descubrí el arbitrio de que se habían valido para atarme-, y al mismo tiempo, con un fuerte tirón que me produjo grandes dolores, aflojé algo las cuerdecillas que me sujetaban los cabellos por el lado izquierdo, de modo que pude volver la cabeza unas dos pulgadas. Pero aquellas criaturas huyeron otra vez antes de que yo pudiera atraparlas.

Sucedido esto, se produjo un enorme vocerío en tono agudísimo, y cuando hubo cesado, oí que uno gritaba con gran fuerza: Tolpo phonac. Al instante sentí más de cien flechas descargadas contra mi mano izquierda, que me pinchaban como otras tantas agujas; y además hicieron otra descarga al aire, al modo en que en Europa lanzamos por elevación las bombas, de la cual muchas flechas me cayeron sobre el cuerpo -por lo que supongo, aunque yo no las noté- y algunas en la cara, que yo me apresuré a cubrirme con la mano izquierda. Cuando pasó este chaparrón de flechas oí lamentaciones de aflicción y sentimiento; y hacía yo nuevos esfuerzos por desatarme, cuando me largaron otra andanada mayor que la primera, y algunos, armados de lanzas, intentaron pincharme en los costados. Por fortuna, llevaba un chaleco de ante que no pudieron atravesar.

Juzgué el partido más prudente estarme quieto acostado; y era mi designio permanecer así hasta la noche, cuando, con la mano izquierda ya desatada, podría libertarme fácilmente. En cuanto a los habitantes, tenía razones para creer que yo sería suficiente adversario para el mayor ejército que pudieran arrojar sobre mí, si todos ellos eran del tamaño de los que yo había visto. Pero la suerte dispuso de mí en otro modo. Cuando la gente observó que me estaba quieto, ya no disparó más flechas; pero por el ruido que oía conocí que la multitud había aumentado, y a unas cuatro yardas de mí, hacia mi oreja derecha, oí por más de una hora un golpear como de gentes que trabajasen. Volviendo la cabeza en esta dirección tanto cuanto me lo permitían las estaquillas y los cordeles, vi un tablado que levantaba de la tierra cosa de pie y medio, capaz para sostener a cuatro de los naturales, con dos o tres escaleras de mano para subir; desde allí, uno de ellos, que parecía persona de calidad, pronunció un largo discurso, del que yo no comprendí una sílaba.

Olvidaba consignar que esta persona principal, antes de comenzar su oración, exclamó tres veces: Langro dehul san. (Estas palabras y las anteriores me fueron después repetidas y explicadas.) Inmediatamente después, unos cincuenta moradores se llegaron a mí y cortaron las cuerdas que me sujetaban al lado izquierdo de la cabeza, gracias a lo cual pude volverme a la derecha y observar la persona y el ademán del que iba a hablar. Parecía el tal de mediana edad y más alto que cualquiera de los otros tres que le acompañaban, de los cuales uno era un paje que le sostenía la cola, y aparentaba ser algo mayor que mi dedo medio, y los otros dos estaban de pie, uno a cada lado, dándole asistencia. Accionaba como un consumado orador y pude distinguir en su discurso muchos períodos de amenaza y otros de promesas, piedad y cortesía. Yo contesté en pocas palabras, pero del modo más sumiso, alzando la mano izquierda, y los ojos hacia el sol, como quien lo pone por testigo; y como estaba casi muerto de hambre, pues no había probado bocado desde muchas horas antes de dejar el buque, sentí con tal rigor las demandas de la Naturaleza, que no pude dejar de mostrar mi impaciencia -quizá contraviniendo las estrictas reglas del buen tono -llevándome el dedo repetidamente a la boca para dar a entender que necesitaba alimento. El hurgo -así llaman ellos a los grandes señores, según supe después- me comprendió muy bien. Bajó del tablado y ordenó que se apoyasen en mis costados varias escaleras; más de un centenar de habitantes subieron por ellas y caminaron hacia mi boca cargados con cestas llenas de carne, que habían sido dispuestas y enviadas allí por orden del rey a la primera seña que hice. Observé que era la carne de varios animales, pero no pude distinguirlos por el gusto. Había brazuelos, piernas y lomos formados como los de carnero y muy bien sazonados, pero más pequeños que alas de calandria. Yo me comía dos o tres de cada bocado y me tomé de una vez tres panecillos aproximadamente del tamaño de balas de fusil. Me abastecían como podían buenamente, dando mil muestra de asombro y maravilla por mi corpulencia y mi apetito. Hice luego seña de que me diesen de beber. Por mi modo de comer juzgaron que no me bastaría una pequeña cantidad, y como eran gentes ingeniosísimas, pusieron en pie con gran destreza uno de sus mayores barriles y después lo rodaron hacia mi mano y le arrancaron la parte superior; me lo bebí de un trago, lo que bien pude hacer, puesto que no contenía media pinta, y sabía como una especie de vinillo de Burgundy, aunque mucho menos sabroso. Trajéronme un segundo barril, que me bebí de la misma manera, e hice señas pidiendo más; pero no había ya ninguno que darme. Cuando hube realizado estos prodigios, dieron gritos de alborozo y bailaron sobre mi pecho, repitiendo varias veces, como al principio hicieron: Hekinah degul. Me dieron a entender que echase abajo los dos barriles, después de haber avisado a la gente que se quitase de en medio gritándole: Borach mivola; y cuando vieron por el aire los toneles estalló un grito general de: Hekinah degul. Confieso que a menudo estuve tentado, cuando andaban paseándoseme por el cuerpo arriba y abajo, de agarrar a los primeros cuarenta o cincuenta que se me pusieran al alcance de la mano y estrellarlos contra el suelo; pero el recuerdo de lo que había tenido que sufrir, y que probablemente no era lo peor que de ellos se podía temer, y la promesa que por mi honor les había hecho -pues así interpretaba yo mismo mi sumisa conducta-, disiparon pronto esas ideas. Además, ya entonces me consideraba obligado por las leyes de la hospitalidad a una gente que me había tratado con tal esplendidez y magnificencia. No obstante, para mis adentros no acababa de maravillarme de la intrepidez de estos diminutos mortales que osaban subirse y pasearse por mi cuerpo teniendo yo una mano libre, sin temblar solamente a la vista de una criatura tan desmesurada como yo debía de parecerles a ellos. Después de algún tiempo, cuando observaron que ya no pedía más de comer, se presentó ante mí una persona de alto rango en nombre de Su Majestad Imperial. Su Excelencia, que había subido por la canilla de mi pierna derecha, se me adelantó hasta la cara con una docena de su comitiva, y sacando sus credenciales con el sello real, que me acercó mucho a los ojos, habló durante diez minutos sin señales de enfado, pero con tono de firme resolución. Frecuentemente, apuntaba hacia adelante, o sea, según luego supe, hacia la capital, adonde Su Majestad, en consejo, había decidido que se me condujese. Contesté con algunas palabras, que de nada sirvieron, y con la mano desatada hice seña indicando la otra -claro que por encima de la cabeza de Su Excelencia, ante el temor de hacerle daño a él o a su séquito-, y luego la cabeza y el cuerpo, para dar a entender que deseaba la libertad. Parece que él me comprendió bastante bien, porque movió la cabeza a modo de desaprobación y colocó la mano en posición que me descubría que había de llevárseme como prisionero. No obstante, añadió otras señas para hacerme comprender que se me daría de comer y beber en cantidad suficiente y buen trato. Con esto intenté una vez más romper mis ligaduras; pero cuando volví a sentir el escozor de las flechas en la cara y en las manos, que tenía llenas de ampollas, sobre las que iban a clavarse nuevos dardos, y también cuando observé que el número de mis enemigos había crecido, hice demostraciones de que podían disponer de mí a su talante. Entonces el hurgo y su acompañamiento se apartaron con mucha cortesía y placentero continente. Poco después oí una gritería general, en que se repetían frecuentemente las palabras Peplom Selan y noté que a mi izquierda numerosos grupos aflojaban los cordeles, a tal punto que pude volverme hacia la derecha. Antes me habían untado la cara y las dos manos con una especie de ungüento de olor muy agradable y que en pocos minutos me quitó por completo el escozor causado por las flechas. Estas circunstancias, unidas al refresco de que me habían servido las viandas y la bebida, que eran muy nutritivas, me predispusieron al sueño. Dormí unas ocho horas, según me aseguraron después; y no es de extrañar, porque los médicos, de orden del emperador, habían echado una poción narcótica en los toneles de vino.

A lo que parece, en el mismo momento en que me encontraron durmiendo en el suelo, después de haber llegado a tierra, se había enviado rápidamente noticia con un propio al emperador, y éste determinó en consejo que yo fuese atado en el modo que he referido -lo que fue realizado por la noche, mientras yo dormía-, que se me enviase carne y bebida en abundancia y que se preparase una máquina para llevarme a la capital.

Esta resolución quizá parezca temeraria, y estoy cierto de que no sería imitada por ningún príncipe de Europa en caso análogo; sin embargo, a mi juicio, era en extremo prudente, al mismo tiempo que generosa. Suponiendo que esta gente se hubiera arrojado a matarme con sus lanzas y sus flechas mientras dormía, yo me hubiese despertado seguramente a la primera sensación de escozor, sensación que podía haber excitado mi cólera y mi fuerza hasta el punto de hacerme capaz de romper los cordeles con que estaba sujeto, después de lo cual, e impotentes ellos para resistir, no hubiesen podido esperar merced.

Estas gentes son excelentísimos matemáticos, y han llegado a una gran perfección en las artes mecánicas con el amparo y el estímulo del emperador, que es un famoso protector de la ciencia. Este príncipe tiene varias máquinas montadas sobre ruedas para el transporte de árboles y otros grandes pesos. Muchas veces construye sus mayores buques de guerra, de los cuales algunos tienen hasta nueve pies de largo, en los mismos bosques donde se producen las maderas, y luego los hace llevar en estos ingenios tres o cuatrocientas yardas, hasta el mar. Quinientos carpinteros e ingenieros se pusieron inmediatamente a la obra para disponerla mayor de las máquinas hasta entonces construida. Consistía en un tablero levantado tres pulgadas del suelo, de unos siete pies de largo y cuatro de ancho, y que se movía sobre veintidós ruedas. Los gritos que oí eran ocasionados por la llegada de esta máquina, que, según parece, emprendió la marcha cuatro horas después de haber pisado yo tierra. La colocaron paralela a mí; pero la principal dificultad era alzarme y colocarme en este vehículo. Ochenta vigas, de un pie de alto cada una, fueron erigidas para este fin, y cuerdas muy fuertes, del grueso de bramantes, fueron sujetas con garfios a numerosas fajas con que los trabajadores me habían rodeado el cuello, las manos, el cuerpo y las piernas. Novecientos hombres de los más robustos tiraron de estas cuerdas por medio de poleas fijadas en las vigas, y así, en menos de tres horas, fui levantado, puesto sobre la máquina y en ella atado fuertemente. Todo esto me lo contaron, porque mientras se hizo esta operación yacía yo en profundo sueño, debido a la fuerza de aquel medicamento soporífero echado en el vino. Mil quinientos de los mayores caballos del emperador, altos, de cuatro pulgadas y media, se emplearon para llevarme hacia la metrópolis, que, como ya he dicho, estaba a media milla de distancia.

Hacía unas cuatro horas que habíamos empezado nuestro viaje, cuando vino a despertarme un accidente ridículo. Habiéndose detenido el carro un rato para reparar no sé qué avería, dos o tres jóvenes naturales tuvieron la curiosidad de recrearse en mi aspecto durante el sueño; se subieron a la máquina y avanzaron muy sigilosamente hasta mi cara. Uno de ellos, oficial de la guardia, me metió la punta de su chuzo por la ventana izquierda de la nariz hasta buena altura, el cual me cosquilleó como una paja y me hizo estornudar violentamente. En seguida se escabulleron sin ser descubiertos, y hasta tres semanas después no conocí yo la causa de haberme despertado tan de repente.

Hicimos una larga marcha en lo que quedaba del día y descansé por la noche, con quinientos guardias a cada lado, la mitad con antorchas y la otra mitad con arcos y flechas, dispuestos a asaetearme si se me ocurría moverme. A la mañana, siguiente, al salir el sol, seguimos nuestra marcha, y hacia el mediodía estábamos a doscientas yardas de las puertas de la ciudad. El emperador y toda su corte nos salieron al encuentro; pero los altos funcionarios no quisieron de ninguna manera consentir que Su Majestad pusiera en peligro su persona subiéndose sobre mi cuerpo.

En el sitio donde se paró el carruaje había un templo antiguo, tenido por el más grande de todo el reino, y que, mancillado algunos años hacía por un bárbaro asesinato cometido en él, fue, según cumplía al celo religioso de aquellas gentes, cerrado como profano. Se destinaba desde entonces a usos comunes, y se habían sacado de él todos los ornamentos y todo el moblaje. En este edificio se había dispuesto que yo me alojara. La gran puerta que daba al Norte tenía cuatro pies de alta y cerca de dos de ancha. Así que yo podía deslizarme por ella fácilmente. A cada lado de la puerta había una ventanita, a no más que seis pulgadas del suelo. Por la de la izquierda, el herrero del rey pasó noventa y una cadenas como las que llevan las señoras en Europa para el reloj, y casi tan grandes, las cuales me ciñeron a la pierna izquierda, cerradas con treinta y seis candados. Frente a este templo, al otro lado de la gran carretera, a veinte pies de distancia, había una torrecilla de lo menos cinco pies de alta. A ella subió el emperador con muchos principales caballeros de su corte para aprovechar la oportunidad de verme, según me contaron, porque yo no los distinguía a ellos. Se advirtió que más de cien mil habitantes salían de la ciudad con el mismo proyecto, y, a pesar de mis guardias, seguramente no fueron menos de diez mil los que en varias veces subieron a mi cuerpo con ayuda de escaleras de mano. Pero pronto se publicó un edicto prohibiéndolo bajo pena de muerte.

Cuando los trabajadores creyeron que ya me sería imposible desencadenarme, cortaron todas las cuerdas que me ligaban, y acto seguido me levanté en el estado más melancólico en que en mi vida me había encontrado. El ruido y el asombro de la gente al verme levantar y andar no pueden describirse. Las cadenas que me sujetaban la pierna izquierda eran de unas dos yardas de largo, y no sólo me dejaban libertad para andar hacia atrás y hacia adelante en semicírculo, sino que también, como estaban fijas a cuatro pulgadas de la puerta, me permitían entrar por ella deslizándome y tumbarme a la larga en el templo.

Capítulo 2

El emperador de Liliput, acompañado de gentes de la nobleza, acude a ver al autor en su prisión. -Descripción de la persona y el traje del emperador.- Se designan hombres de letras para que enseñen el idioma del país al autor.- Éste se gana el favor por su condición apacible.- Le registran los bolsillos y le quitan la espada y las pistolas.

Cuando me vi de pie miré a mi alrededor, y debo confesar que nunca se me ofreció más curiosa perspectiva. La tierra que me rodeaba parecía toda ella un jardín, y los campos, cercados, que tenían por regla general cuarenta pies en cuadro cada uno, se asemejaban a otros tantos macizos de flores. Alternaban con estos campos bosques como de media pértica; los árboles más altos calculé que levantarían unos siete pies. A mi izquierda descubrí la población, que parecía una decoración de ciudad de un teatro.

Ya había descendido el emperador de la torre y avanzaba a caballo hacia mí; lo que estuvo a punto de costarle caro, porque la caballería, que, aunque perfectamente amaestrada, no tenía en ningún modo costumbre de ver lo que debió de parecerle como si se moviese ante ella una montaña, se encabritó; pero el príncipe, que es jinete excelente, se mantuvo en la silla, mientras acudían presurosos sus servidores y tomaban la brida para que pudiera apearse Su Majestad. Cuando se hubo bajado me inspeccionó por todo alrededor con gran admiración, pero guardando distancia del alcance de mi cadena. Ordenó a sus cocineros y despenseros, ya preparados, que me diesen de comer y beber, como lo hicieron adelantando las viandas en una especie de vehículos de ruedas hasta que pude cogerlos. Tomé estos vehículos, que pronto estuvieron vaciados; veinte estaban llenos de carne y diez de licor. Cada uno de los primeros me sirvió de dos o tres buenos bocados, y vertí el licor de diez envases -estaba en unas redomas de barro- dentro de un vehículo, y me lo bebí de un trago, y así con los demás. La emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre de uno y otro sexo, acompañados de muchas damas, estaban a alguna distancia, sentados en sus sillas de manos; pero cuando le ocurrió al emperador el accidente con su caballo descendieron y vinieron al lado de su augusta persona, de la cual quiero en este punto hacer la prosopografía. Es casi el ancho de mi uña más alto que todos los de su corte, y esto por sí solo es suficiente para infundir pavor a los que le miran. Sus facciones son firmes y masculinas; de labio austríaco y nariz acaballada; su color, aceitunado; su continente, derecho; su cuerpo y sus miembros, bien proporcionados; sus movimientos, graciosos, y majestuoso su porte. No era joven ya, pues tenía veintiocho años y tres cuartos, de los cuales había reinado alrededor de siete con toda felicidad y por lo general victorioso. Para considerarle mejor, me eché de lado, de modo que mi cara estuviese paralela a la suya, mientras él se mantenía a no más que tres yardas de distancia; pero como después lo he tenido en la mano muchas veces, no puedo engañarme en su descripción. Su traje era muy liso y sencillo, y hecho entre la moda asiática y la europea; pero llevaba en la cabeza un ligero yelmo de oro adornado de joyas y con una pluma en la cresta. Tenía en la mano la espada desenvainada para defenderse si acaso yo viniera a escaparme; la espada era de unas tres pulgadas de largo, y la guarnición y la vaina eran de oro, avalorado con diamantes. Su voz era aguda, pero muy clara y articulada; yo no podía oírla estando de pie. Las damas y los cortesanos vestían con la mayor magnificencia; tanto, que el espacio en que se encontraban podía compararse a un guardapiés bordado de figuras de oro y plata que se hubiera extendido en el suelo. Su Majestad Imperial me hablaba con frecuencia, y yo le respondía; pero ni uno ni otro entendíamos palabra.

Estaban presentes varios sacerdotes y letrados -por lo que yo colegí de sus vestidos-, a quienes se encargó que se dirigiesen a mí. Yo les hablé en todos los idiomas de que tenía algún conocimiento, tales como alto y bajo alemán, latín, francés, español, italiano y lengua franca; pero de nada sirvió. Después de unas dos horas se retiró la corte y me dejaron con una fuerte guardia, para evitar la impertinencia y probablemente la malignidad de la plebe, que se apiñaba muy impaciente a mi alrededor todo lo cerca que su temor le permitía, y entre la cual no faltó quien tuviera la desvergüenza de dispararme flechas estando yo sentado en el suelo junto a la puerta de mi casa. Con una de ellas estuvo en nada que me atinase al ojo izquierdo. Entonces el coronel hizo coger a seis de los cabecillas, y pensó que ningún castigo sería tan apropiado como entregarlos atados en mis manos, lo que ejecutaron, en efecto, algunos de sus soldados, empujándolos con los extremos de las picas hasta que estuvieron a mi alcance. Los cogí a todos en la mano derecha, me metí cinco en el bolsillo de la casaca, y en cuanto al sexto hice como si fuese a comérmelo vivo. El pobre hombre gritó despavorido, y el coronel y sus oficiales mostraron gran disgusto, especialmente cuando me vieron sacar mi cortaplumas; pero pronto les tranquilicé, pues mirando amablemente y cortando en seguida las cuerdas con que el hombre estaba atado, lo dejé suavemente en el suelo, donde él al punto echó a correr. Hice lo mismo con los otros, sacándolos del bolsillo uno por uno, y observé que tanto los soldados como el pueblo se consideraron muy obligados por este rasgo de clemencia, que se refirió en la corte muy en provecho mío.

Llegada la noche encontré algo incómoda mi casa, donde tenía que echarme en el suelo, y así tuve que seguir un par de semanas; en este tiempo el emperador dio orden de que se hiciese una cama para mí. Se llevaron a mi casa y se armaron seiscientas camas de la medida corriente. Ciento cincuenta de estas camas, unidas unas con otras, daban el ancho y el largo; a cada una se superpusieron tres más, y, sin embargo, puede creerme el lector si le digo que no me preocupaba en absoluto la idea de caerme al suelo, que era de piedra pulimentada. Según el mismo cálculo se me proporcionaron sábanas, mantas y colchas, bastante buenas para quien de tanto tiempo estaba hecho a penalidades.

La noticia de mi llegada, conforme fue extendiéndose por el reino, atrajo a verme número tan enorme de personas ricas, desocupadas y curiosas, que las poblaciones quedaron casi vacías; y se hubiera llegado a un gran descuido en la labranza y en los asuntos domésticos si Su Majestad Imperial no hubiese proveído por diversos edictos y decretos de gobierno contra esta dificultad. Dispuso que los que ya me hubiesen visto se volviesen a sus casas y que nadie se acercase a la mía en un radio de cincuenta yardas sin permiso de la corte, con lo cual obtuvieron los secretarios de Estados considerables emolumentos.

En tanto, el emperador celebraba frecuentes consejos para discutir qué partido había de tomarse conmigo, y después me aseguró un amigo particular -persona de gran calidad que estaba, según fama, tanto como el que más, en los secretos de Estado- que la corte tenía numerosas preocupaciones respecto de mí. Temían que me libertase, que mi dieta, demasiado costosa, fuera causa de carestías. Algunas veces determinaron matarme de hambre, o, por lo menos, dispararme a la cara y a las manos flechas envenenadas que me despacharían pronto; pero luego consideraban que el hedor de un tan gran cuerpo muerto podía desatar una peste en la metrópoli y probablemente extenderla a todo el reino. En medio de estas consultas, varios oficiales del ejército llegaron a la puerta de la gran Cámara del Consejo, y dos de ellos, que fueron admitidos, dieron cuenta de mi conducta con los seis criminales antes mencionados, conducta que produjo impresión tan favorable para mí en el corazón de Su Majestad y en el de toda la Junta, que se despachó una comisión imperial para obligar a todos los pueblos situados dentro de un radio de novecientas yardas en torno de la ciudad a entregar todas las mañanas seis bueyes, cuarenta carneros y otras vituallas para mi manutención, junto con una cantidad proporcionada de pan, de vino y de otros licores. En pago de todo ello, Su Majestad entregaba asignados contra su tesoro; porque sépase que este príncipe vive especialmente de su fortuna personal y sólo rara vez, en grandes ocasiones, levanta subsidios entre sus vasallos, que están obligados a auxiliarle en las guerras a expensas de sí propios. Se dictó también un estatuto para que se pusieran a mi servicio seiscientas personas, que disfrutaban dietas para su mantenimiento y pabellones convenientemente edificados para ellas a ambos lados de mi puerta. Asimismo se ordenó que trescientos sastres me hiciesen un traje a la moda del país; que seis de los más eminentes sabios de Su Majestad me instruyesen en su lengua, y, por último, que a los caballos del emperador y a los de la nobleza y tropas de guardia se los llevase a menudo a verme para que se acostumbrasen a mí. Todas estas disposiciones fueron debidamente cumplidas, y en tres semanas hice grandes progresos en el estudio del idioma, tiempo durante el cual el emperador me honraba frecuentemente con sus visitas y se dignaba auxiliar a mis maestros en la enseñanza. Ya empezamos a conversar en cierto modo, y las primeras palabras que aprendí fueron para expresar mi deseo de que se sirviese concederme la libertad, lo que todos los días repetía puesto de rodillas. Su respuesta, por lo que pude comprender, era que el tiempo lo traería todo, que no podía pensar en tal cosa sin asistencia de su Consejo, y que antes debía yo Lumos Kelmin peffo defmar lon Emposo: esto es, jurar la paz con él y con su reino. No obstante, yo sería tratado con toda amabilidad; y me aconsejaba conquistar, con mi paciencia y mi conducta comedida, el buen concepto de él y de sus súbditos. Me pidió que no tomase a mal que diese orden a ciertos correctos funcionarios de que me registrasen, porque suponía él que llevaría yo conmigo varias armas que por fuerza habían de ser cosas peligrosísimas si correspondían a la corpulencia de persona tan prodigiosa. Dije que Su Majestad sería satisfecho, porque estaba dispuesto a desnudarme y a volver las faltriqueras delante de él. Esto lo manifesté, parte de palabra, parte por señas. Replicó él que, de acuerdo con las leyes del reino, debían registrarme dos funcionarios; y aunque él sabia que esto no podría hacerse sin mi consentimiento y ayuda, tenía tan buena opinión de mi generosidad y de mi justicia que confiaba en mis manos las personas de sus funcionarios añadiendo que cualquier cosa que me fuese tomada me sería devuelta cuando saliera del país o pagada al precio que yo quisiera ponerle. Tomé a los funcionarios en mis manos y los puse primeramente en los bolsillos de la casaca y luego en todos los demás que el traje llevaba, excepto los dos de la pretina y un bolsillo secreto que no quise que me registrasen y en que guardaba yo alguna cosilla de mi uso que a nadie podía interesar sino a mí. Por lo que hace a los bolsillos de la pretina, en uno llevaba un reloj de plata, y en el otro una pequeña cantidad de oro en una bolsa. Aquellos caballeros, provistos de pluma, tinta y papel, hicieron un exacto inventario de cuanto vieron, y cuando hubieron terminado me pidieron que los bajase para ir a entregárselo al emperador. Este inventario, vertido por mí más tarde dice literalmente como sigue:

«Imprimis. En el bolsillo derecho de la casaca del «Gran-Hombre-Montaña» (así traduzco Quinbus Flestrin), después del más detenido registro, encontramos sólo una gran pieza de tela ordinaria, de bastante tamaño para servir de alfombra en la gran sala del trono de Vuestra Majestad. En el bolsillo izquierdo vimos una enorme arca de plata, con tapa del mismo metal, que nosotros los comisionados no pudimos alzar. Expresamos nuestro deseo de que fuese abierta, y uno de nosotros se metió en ella, y se encontró hasta media pierna en una especie de polvo, parte del cual nos voló a la cara y nos obligó a estornudar varias veces a los dos. En el bolsillo derecho del chaleco encontramos un enorme envoltorio de objetos blancos, delgados, doblados unos sobre otros, del grandor aproximado de tres hombres, atado con un fuerte cable y marcado con cifras negras, que nosotros, con todos los respetos, suponemos que son escrituras, de letras casi como la mitad de nuestra palma de la mano cada una. En el izquierdo había una especie de artefacto, del dorso del cual se elevaban veinte largas pértigas -algo así como la estacada que hay ante el palacio de Vuestra Majestad-, y con lo cual conjeturamos que el Hombre-Montaña se peina la cabeza, pues no siempre nos decidimos a molestarle con preguntas, a causa de las grandes dificultades que encontrábamos para hacernos comprender de él. En el gran bolsillo del lado derecho de su cubierta media -así traduzco la palabra Ranfu-lo, con que designaban mis calzones- vimos una columna de hierro hueca, de la altura de un hombre, sujeta a un sólido trozo de viga mayor que la columna; de un lado de ésta salían enormes pedazos de hierro, de formas extrañas, que no sabemos para qué puedan servir. En el bolsillo izquierdo, otra máquina de la misma clase. En el bolsillo más pequeño del lado derecho había varios trozos redondos y planos de metal blanco y rojo, de tamaños diferentes; algunos de los trozos blancos, que parecían ser de plata, eran tan grandes y pesados que apenas pudimos levantarlos entre los dos. En el bolsillo izquierdo había dos columnas negras de forma irregular; con dificultad alcanzábamos a su extremo superior desde el fondo del bolsillo. Una de ellas estaba tapada y parecía toda de una pieza; pero en la parte alta de la otra aparecía un objeto redondo, blanco, dos veces como nuestra cabeza de grande, aproximadamente. Dentro de cada uno había cerradas la presión de su vientre. Del de la derecha minado por nuestras órdenes, tuvo que enseñarnos el Gran-Hombre-Montaña, pues sospechábamos que pudieran ser máquinas peligrosas. Las sacó de sus cajas y nos dijo que en su país tenía por costumbre afeitarse la barba con una de ellas y cortar la carne con la otra. Había dos bolsillos en que no pudimos entrar: los llamaba él sus bolsillos de pretina, y eran dos grandes rajas abiertas en la parte superior de su media cubierta, pero que mantenía cerradas la presión de su vientre. Del de la derecha colgaba una gran cadena de plata, con una extraordinaria suerte de máquina al extremo. Le ordenamos sacar lo que hubiese sujeto a esta cadena, que resultó ser una esfera la mitad de plata y la otra mitad de un metal transparente, porque en el lado transparente vimos ciertas extrañas cifras, dibujadas en circunferencia, y que creímos poder tocar, hasta que notamos que nos detenía los dedos aquella substancia diáfana. Nos acercó a los oídos este aparato, que producía un ruido incesante, como el de una aceña. Imaginamos que es, o algún animal desconocido, o el dios que él adora; aunque nos inclinamos a la última opinión, porque nos aseguró -si es que no le entendimos mal, ya que se expresaba muy imperfectamente- que rara vez hacía nada sin consultarlo. Le llamaba su oráculo, y dijo que señalaba cuándo era tiempo para todas las acciones de su vida. De la faltriquera izquierda sacó una red que casi bastaría a un pescador, pero dispuesta para abrirse y cerrarse como una bolsa, y de que se servía justamente para este uso. Dentro encontramos varios pesados trozos de metal amarillo, que, si son efectivamente de oro, deben tener incalculable valor.

»Una vez que así hubimos, obedeciendo las órdenes de Vuestra Majestad, registrado diligentemente todos sus bolsillos, observamos alrededor de su cintura una pretina hecha de la piel de algún gigantesco animal, de la cual pretina, por el lado izquierdo, colgaba una espada del largo de cinco hombres, y por el derecho, un talego o bolsa, dividido en dos cavidades, capaz cada una de ellas para tres súbditos de Vuestra Majestad. En una de estas cavidades había varias esferas o bolas de un metal pesadísimo, del tamaño de nuestra cabeza aproximadamente, y para levantar las cuales hacía falta buen brazo. La otra cavidad contenía un montón de ciertos granos negros, no de gran tamaño ni peso, pues pudimos tener más de cincuenta en la palma de la mano.

»Esto es exacto inventario de lo que encontramos sobre el cuerpo del Hombre-Montaña, quien se comportó con nosotros muy correctamente y con el respeto debido a la comisión de Vuestra Majestad. Firmado y sellado en el cuarto día de la octogésimanovena luna del próspero reinado de Vuestra Majestad. -Clefrin Frelock, Marsi Frelock.»

El emperador, cuando le fue leído este inventario, me ordenó, aunque en términos muy amables, que entregase los distintos objetos que en él se mencionaban. Me pidió primero la cimitarra, que me quité con vaina y todo. Mientras tanto, mandó que tres mil hombres de sus tropas escogidas -que estaban dándole escolta- me rodeasen a cierta distancia, con arcos y flechas en disposición de disparar; pero no me di cuenta de ello porque tenía mi vista totalmente fija en Su Majestad.

Después mostró su deseo de que desenvainase la cimitarra, la cual, aunque algo enmohecida por el agua del mar, estaba en su mayor parte en extremo reluciente. Lo hice así, e inmediatamente todas las tropas lanzaron un grito entre de terror y sorpresa, pues al sol brillaba con fuerza, y les deslumbró el reflejo que se producía al flamear yo la cimitarra de un lado para otro. Su Majestad, que es un príncipe por demás animoso, se intimidó mucho menos de lo que yo podía esperar; me ordenó volverla a la vaina y arrojarla al suelo lo más suavemente que pudiese, a unos seis pies de distancia del extremo de mi cadena. Pidió después una de las columnas huecas de hierro, como llamaban a mis pistoletes. Lo saqué, y, conforme a su deseo, le expliqué como pude para qué servía; y cargándolo sólo con pólvora, la cual, gracias a lo bien cerrado de mi bolsa, se libró de mojarse en el mar -percance contra el cual tiene buen ciudado de precaverse todo marinero avisado-, advertí primero al emperador que no se asustara y luego tiré al aire. Aquí el asombro fue mucho mayor que a la vista de la cimitarra. Cientos de hombres cayeron como muertos de repente, y hasta el emperador, aunque no cedió el terreno, no pudo recobrarse en un rato. Entregué los dos pistoletes del mismo modo que había entregado la cimitarra, y luego la bolsa de la pólvora y las balas, previniéndole que pusiese aquélla lejos del fuego, pues con la más pequeña chispa podía inflamarse y hacer volar por los aires su palacio imperial. De la misma manera entregué mi reloj, al que el emperador tuvo tan gran curiosidad por ver, que mandó a dos de los más corpulentos soldados de su guardia que lo sostuvieran sobre un madero en los hombros, como hacen en Inglaterra los carreteros con los barriles de cerveza. Se asombró del continuo ruido que hacía y del movímiento del minutero, que él podía fácilmente percibir -porque la vista de ellos es mucho más perspicaz que la nuestra-, y requirió la opinión de algunos de sus sabios que tenía próximos, opiniones que fueron varias y apartadas, como el lector puede bien imaginar sin que yo se las repita, aunque, desde luego, no pude entenderlas muy perfectamente. Luego entregué las monedas de plata y de cobre, la bolsa, con nueve piezas grandes de oro y algunas más pequeñas; el cuchillo y la navaja de afeitar; el peine, la tabaquera, el pañuelo y el libro diario. La cimitarra, los pistoletes y la bolsa de la carga fueron llevados en carro a los almacenes de Su Majestad; pero las demás cosas me fueron devueltas.

Tenía yo, como antes indiqué, un bolsillo secreto que escapó del registro, donde guardaba unos lentes -que algunas veces usaba por debilidad de la vista-, un anteojo de bolsillo y otros cuantos útiles que, no importando para nada al emperador, no me creí en conciencia obligado a descubrir, y que temía que me rompiesen o estropeasen si me arriesgaba a soltarlos.

Capítulo 3

El autor divierte al emperador y a su nobleza de ambos sexos de modo muy extraordinario. -Descripción de las diversiones de la corte de Liliput. -El autor obtiene su libertad bajo ciertas condiciones.

Mi dulzura y buen comportamiento habían influído tanto en el emperador y su corte, y sin duda en el ejército y el pueblo en general, que empecé a concebir esperanzas de lograr mi libertad en plazo breve.Yo recurría a todos los métodos para cultivar esta favorable disposición. Gradualmente, los naturales fueron dejando de temer daño alguno de mí. A veces me tumbaba y dejaba que cinco o seis bailasen en mi mano, y, por último, los chicos y las chicas se arriesgaron a jugar al escondite entre mi cabello. A la sazón había progresado bastante en el conocimiento y habla de su lengua. Un día quiso el rey obsequiarme con algunos espectáculos del país, en los cuales, por la destreza y magnificencia, aventajan a todas las naciones que conozco. Ninguno me divirtió tanto como el de los volatineros, ejecutado sobre un finísimo hilo blanco tendido en una longitud aproximada de dos pies y a doce pulgadas del suelo. Y acerca de él quiero, contando con la paciencia del lector, extenderme un poco.

Esta diversión es solamente practicada por aquellas personas que son candidatos a altos empleos y al gran favor de la corte. Se les adiestra en este arte desde su juventud y no siempre son de noble cuna y educación elevada. Cuando hay vacante un alto puesto, bien sea por fallecimiento o por ignominia -lo cual acontece a menudo-, cinco o seis de estos candidatos solicitan del emperador permiso para divertir a Su Majestad y a la corte con un baile de cuerda, y aquel que salta hasta mayor altura sin caerse se lleva el empleo. Muy frecuentemente se manda a los ministros principales que muestren su habilidad y convenzan al emperador de que no han perdido sus facultades. Flimnap, el tesorero, es fama que hace una cabriola en la cuerda tirante por lo menos una pulgada más alta que cualquier señor del imperio. Yo le he visto dar el salto mortal varias veces seguidas sobre un plato trinchero, sujeto a la cuerda, no más gorda que un bramante usual de Inglaterra. Mi amigo Reldresal, secretario principal de Negocios Privados, es, en opinión mía -y no quisiera dejarme llevar de parcialidades-, el que sigue al tesorero. El resto de los altos empleados se van allá unos con otros.

Estas distracciones van a menudo acompañadas de accidentes funestos, muchos de los cuales dejan memoria. Yo mismo he visto romperse miembros a dos o tres candidatos. Pero el peligro es mucho mayor cuando se ordena a los ministros que muestren su destreza, pues en la pugna por excederse a sí mismos y exceder a sus compañeros llevan su esfuerzo a tal punto, que apenas existe uno que no haya tenido una caída, y varios han tenido dos o tres. Me aseguraron que un año o dos antes de mi llegada, Flimnap se hubiera desnucado infaliblemente si uno de los cojines del rey, que casualmente estaba en el suelo, no hubiese amortiguado la fuerza de su caída.

Hay también otra distracción que sólo se celebra ante el emperador y la emperatriz y el primer ministro, en ocasiones especiales. El emperador pone sobre la mesa tres bonitas hebras de seda de seis pulgadas de largo: una es azul, otra roja y la tercera verde. Estas hebras representan los premios que aquellas personas a quienes el emperador tiene voluntad de distinguir con una muestra particular de su favor. La ceremonia se verifica en la gran sala del trono de Su Majestad, donde los candidatos han de sufrir una prueba de destreza muy diferente de la anterior, y a la cual no he encontrado parecido en otro ningún país del viejo ni del nuevo mundo. El emperador sostiene en sus manos una varilla por los extremos, en posición horizontal, mientras los candidatos, que se destacan uno a uno, a veces saltan por encima de la varilla y a veces se arrastran serpenteando por debajo de ella hacia adelante y hacia atrás repetidas veces, según que la varilla avanza o retrocede. En algunas ocasiones el emperador tiene un extremo de la varilla y el otro su primer ministro; en otras, el ministro la tiene solo.

Aquel que ejecuta su trabajo con más agilidad y resiste más saltando y arrastrándose es recompensado con la seda de color azul; la roja se da al siguiente, y la verde al tercero, y ellos la llevan rodeándosela dos veces por la mitad del cuerpo. Se ven muy pocas personas de importancia en la corte que no vayan adornadas con un ceñidor de esta índole.

Los caballos del ejército y los de las caballerizas reales, como los habían llevado ante mí diariamente, ya no se espantaban y podían llegar hasta mis mismos pies sin dar corcovos. Los jinetes los hacían saltar mi mano cuando yo la ponía en el suelo, Y uno de los monteros del emperador, sobre un corcel de gran alzada, pasó mi pie con zapato y todo, lo que fue, a no dudar, un formidable salto.

Un día tuve la buena fortuna de divertir al emperador por un procedimiento curioso. Le pedí que me hiciese llevar varios palitos de dos pies de altura y del grueso de un bastón corriente; inmediatamente Su Majestad ordenó al director de sus bosques que dictase las disposiciones oportunas, y a la mañana siguiente llegaron seis guardas con otros tantos carros, tirados por ocho caballos cada uno. Tomé nueve de estos palitos y los clavé firmemente en el suelo, en figura rectangular, de dos pies y medio en cuadrado; cogí otros cuatro palitos y los até horizontalmente a los cuatro ángulos, a unos dos pies del suelo. Después sujeté mi pañuelo a los nueve palitos que estaban de pie y lo extendí por todos lados, hasta que quedó tan estirado como el parche de un tambor; y los cuatro palitos paralelos, levantando unas cinco pulgadas más que el pañuelo, servían de balaustrada por todos lados. Cuando hube terminado mi obra pedí al emperador que permitiese a fuerzas de su mejor caballería en número de veinticuatro hombres, subir a este plano y hacer en él ejercicio. Su majestad aprobó mi propuesta y fui subiendo a los soldados con las manos, uno por uno, ya montados y armados, así como a los oficiales que debían mandarlos. Tan pronto como estuvieron formados se dividieron en dos grupos, simularon escaramuzas, dispararon flechas sin punta, sacaron las espadas, huyeron, persiguieron, atacaron y se retiraron; en una palabra: demostraron la mejor disciplina militar que nunca vi. Los palitos paralelos impedían que ellos y sus caballos cayesen del escenario aquel; y el emperador quedó tan complacido, que mandó que se repitiese la diversión varios días, y una vez se dignó permitir que le subiera a él mismo y encargarse del mando. Llegó, aunque con gran dificultad, incluso a persuadir a la propia emperatriz de que me permitiese sostenerla en su silla de manos, a dos yardas del escenario, desde donde abarcaba con la vista todo el espectáculo. Sólo una vez un caballo fogoso, que pertenecía a uno de los capitanes, hizo, piafando, un agujero en el pañuelo, y, metiendo por él la pata, cayó con su jinete; pero yo levanté inmediatamente a los dos, y, tapando el agujero con una mano, bajé a la tropa con la otra, de la misma manera que la había subido. El caballo que dio la caída se torció la mano izquierda, pero el jinete no se hizo ningún daño, y yo arreglé mi pañuelo como pude. No obstante, no me confiaría más en su resistencia para empresas tan peligrosas.

Dos o tres días antes de que me pusieran en libertad estaba yo divirtiendo a la corte con este género de cosas, cuando llegó un correo a informar a Su Majestad de que un súbdito suyo, paseando a caballo cerca del sitio donde me habían hallado por primera vez, había visto en el suelo un objeto negro, grande, de forma muy extraña, que alcanzaba por los bordes la extensión del dormitorio de Su Majestad y se levantaba por el centro a la altura de un hombre, y que no era criatura viva, como al principio sospecharon, porque yacía sobre la hierba, sin movimiento. Algunos habían dado la vuelta a su alrededor varias veces; subiéndose unos en los hombros de otros, habían alcanzado a la parte de arriba, y golpeando en ella, descubierto que estaba hueca; con todos los respetos, habían pensado que podía ser algo perteneciente al Hombre-Montaña, y si Su Majestad lo mandaba estaban dispuestos a encargarse de llevarlo con sólo cinco caballos. Entonces me di cuenta de lo que querían decir, y me alegré en el alma de recibir la noticia. Según parece, al llegar a la playa después del naufragio, me encontraba yo en tal estado de confusión, que antes de ir al sitio donde me quedé dormido, mi sombrero, que había yo sujetado a mi cabeza con un cordón mientras remaba, y se me había mantenido puesto todo el tiempo que nadé, se me cayó; el cordón, supongo, se rompería por cualquier accidente que yo no advertí. Yo creía que el sombrero se me había perdido en el mar. Supliqué a Su Majestad que diese órdenes para que me lo llevasen lo antes posible, al mismo tiempo que le expliqué su empleo y su naturaleza, y al siguiente día los acarreadores llegaron con él, aunque no en muy buen estado. Habían practicado dos agujeros en el ala, a pulgada y media del borde, y metido dos ganchos por los agujeros; estos ganchos se unieron por medio de una larga cuerda a los arneses, y de esta suerte arrastraron mi sombrero más de media milla inglesa; pero como el piso de aquel país es extremadamente liso y llano, recibió mucho menos daño del que se pudiera temer.

Dos días después de esta aventura, el emperador, que había ordenado que estuviesen listas las tropas de su ejército de guarnición en la metrópoli y las cercanías, tuvo la ocurrencia de divertirse de una manera muy singular: hizo que yo me estuviera, como un coloso, en pie y con las piernas tan abiertas como buenamente pudiese, y luego mandó a su general -que era un adalid de larga experiencia y gran valedor mío- disponer sus tropas en formación cerrada y hacerlas pasar por debajo de mí, los infantes de a veinticuatro en línea y la caballería de a dieciséis, a tambor batiente, con banderas desplegadas y con lanzas en ristre. Este cuerpo se componía de tres mil infantes y mil caballos.

Había enviado yo tantos memoriales y tantas solicitudes en demanda de libertad, que Su Majestad, por fin, llevó el asunto primero al Gabinete y luego al Consejo pleno, donde nadie se opuso, excepto Skyresh Bolgolam, quien se complacía, sin que yo le diese motivo alguno, en ser mi mortal enemigo. Pero fue aprobado, en contra de su voluntad, por toda la Junta, y confirmado por el emperador. Ese ministro a que me refiero era Galbet, o sea almirante del reino, persona muy de la confianza de su señor y muy versada en los asuntos, pero de temperamento rudo y agrio. Sin embargo, le persuadieron al fin para que consintiese, pero concediéndole que los artículos y condiciones bajo los cuales se me pusiera en libertad, y que yo debía jurar, fuese él mismo quien los redactase. Estos artículos me fueron presentados por Skyresh Bolgolam en persona, acompañado de los subsecretarios y varias personas significadas. Una vez que me fueron leídos, se me propuso que jurase su cumplimiento, primero a la usanza de mi propio país y luego según el procedimiento descrito por las leyes de allá, y que consistió en sostenerme en alto el pie derecho con la mano izquierda, al tiempo que me colocaba el dedo medio de la mano derecha en la coronilla y el pulgar en la punta de la oreja derecha. Pero como el lector puede que sienta curiosidad por tener una idea del estilo y modo de expresión peculiar de este pueblo, así como por conocer los artículos en virtud de los cuales recobré la libertad, he hecho la traducción de todo el documento, palabra por palabra, tan fielmente como he podido, y quiero sacarlo a luz en este punto:

«Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, muy poderoso emperador de Liliput, delicia y terror del universo, cuyos dominios se extienden cinco mil blustrugs -unas doce millas en circunferencia- hacia los confines del globo; monarca de todos los monarcas, más alto que los hijos de los hombres, cuyos pies oprimen el centro del mundo y cuya cabeza se levanta hasta tocar el Sol; cuyo gesto hace temblar las rodillas de los príncipes de la tierra; agradable como la primavera, reconfortante como el verano, fructífero como el otoño, espantoso como el invierno. Su Muy Sublime Majestad propone al Hombre-Montaña, recientemente llegado a nuestros celestiales dominios, los artículos siguientes, que por solemne juramento él viene obligado a cumplir:

»Primero. El Hombre-Montaña no saldrá de nuestros dominios sin una licencia nuestra con nuestro gran sello.

»Segundo. No le será permitido entrar en nuestra metrópoli sin nuestra orden expresa. Cuando esto suceda, los habitantes serán avisados con dos horas de anticipación para que se encierren en sus casas.

»Tercero. El citado Hombre-Montaña limitará sus paseos a nuestras principales carreteras, y no deberá pasearse ni echarse en nuestras praderas ni en nuestros sembrados.

»Cuarto. Cuando pasee por las citadas carreteras pondrá el mayor cuidado en no pisar el cuerpo de ninguno de nuestros amados súbditos, así como sus caballos y carros, y en no coger en sus manos a ninguno de nuestros súbditos sin consentimiento del propio interesado.

»Quinto. Si un correo requiriese extraordinaria diligencia, el Hombre-Montaña estará obligado a llevar en su bolsillo al mensajero con su caballo un viaje de seis días, una vez en cada luna, y, si fuese necesario, a devolver sano y salvo al citado mensajero a nuestra imperial presencia.

»Sexto. Será nuestro aliado contra nuestros enemigos de la isla de Blefuscu, y hará todo lo posible por destruir su flota, que se prepara actualmente para invadir nuestros dominios.

»Séptimo. El citado Hombre-Montaña, en sus ratos de ocio, socorrerá y auxiliará a nuestros trabajadores, ayudándoles a levantar determinadas grandes piedras para rematar el muro del parque principal y otros de nuestros reales edificios.

»Octavo. El citado Hombre-Montaña entregará en un plazo de dos lunas un informe exacto de la circunferencia de nuestros dominios, calculada en pasos suyos alrededor de la costa.

»Noveno. Finalmente, bajo su solemne juramento de cumplir todos los anteriores artículos, el citado Hombre-Montaña dispondrá de un suministro diario de comida y bebida suficiente para el mantenimiento de 1.724 de nuestros súbditos, y gozará libre acceso a nuestra real persona y otros testimonios de nuestra gracia. Dado en nuestro palacio de Belfaborac, el duodécimo día de la nonagésimaprimera luna de nuestro reinado.»

Juré y suscribí estos artículos con gran contento y alborozo, aun cuando algunos no eran tan honrosos como yo podía haber deseado, lo que procedía enteramente de la mala voluntad de Skyresh Bolgolam, el gran almirante. Inmediatamente después me soltaron las cadenas y quedé en completa libertad. El mismo emperador en persona me hizo el honor de hallarse presente a toda la ceremonia. Mostré mi reconocimiento postrándome a los pies de Su Majestad, pero él me mandó levantarme; y después de muchas amables expresiones, que no referiré por que no se me tache de vanidoso, agregó que esperaba que yo fuese un útil servidor y que mereciese todas las gracias que ya me había conferido y otras que pudiera conferirme en lo futuro.

El lector habrá podido advertir que en el último artículo dictado para el recobro de mi libertad estipula el emperador que me sea suministrada una cantidad de comida y bebida bastante para el mantenimiento de 1.724 liliputienses. Pregunté algún tiempo después a un amigo mío de la corte cómo se les ocurrió fijar ese número precisamente, y me contestó que los matemáticos de Su Majestad, habiendo tomado la altura de mi cuerpo por medio de un cuadrante, y visto que excedía a los suyos en la proporción de doce a uno, dedujeron, tomando sus cuerpos como base, que el mío debía contener, por lo menos, mil setecientos veinticuatro de los suyos, y, por consiguiente, necesitaba tanta comida, como fuese necesaria para alimentar ese número de liliputienses. Por donde puede el lector formarse una idea del ingenio de aquel pueblo, así como de la prudente y exacta economía de tan gran príncipe.

Capítulo 4

Descripción de Mildendo, metrópoli de Liliput, con el palacio del emperador. -Conversación entre el autor y un secretario principal acerca de los asuntos de aquel imperio. -El ofrecimiento del autor para servir al emperador en sus guerras.

Lo primero que pedí después de obtener la libertad fue que me concediesen licencia para visitar a Mildendo, la metrópoli; licencia que el emperador me concedió fácilmente, pero con el encargo especial de no producir daño a los habitantes ni en las casas. Se notificó a la población por medio de una proclama mi propósito de visitar la ciudad. La muralla que la circunda es de dos pies y medio de alto y por lo menos de once pulgadas de anchura, puesto que puede dar la vuelta sobre ella con toda seguridad un coche con sus caballos, y está flanqueada con sólidas torres a diez pies de distancia. Pasé por encima de la gran Puerta del Oeste, y, muy suavemente y de lado, anduve las dos calles principales, sólo con chaleco, por miedo de estropear los tejados y aleros de las casas con los faldones de mi casaca. Caminaba con el mayor tiento para no pisar a cualquier extraviado que hubiera podido quedar por las calles, aunque había órdenes rigurosas de que todo el mundo permaneciese en sus casas, ateniendose a los riesgos los desobedientes. Las azoteas y los tejados estaban tan atestados de espectadores, que pensé no haber visto en todos mis viajes lugar más populoso. La ciudad es un cuadrado exacto y cada lado de la muralla tiene quinientos pies de longitud. Las dos grandes calles que se cruzan y la dividen en cuatro partes iguales tienen cinco pies de anchura. Las demás vías, en que no pude entrar y sólo vi de paso, tienen de doce a dieciocho pulgadas. La población es capaz para quinientas mil almas. Las casas son de tres a cinco pisos; las tiendas y mercados están perfectamente abastecidos.

El palacio del emperador está en el centro de la ciudad, donde se encuentran las dos grandes calles. Lo rodea un muro de dos pies de altura, a veinte pies de distancia de los edificios. Obtuve permiso de Su Majestad para pasar por encima de este muro; y como el espacio entre él y el palacio es muy ancho, pude inspeccionar éste por todas partes. El patio exterior es un cuadrado de cuarenta pies y comprende otros dos; al más interior dan las habitaciones reales, que yo tenía grandes deseos de ver; pero lo encontré extremadamente difícil, porque las grandes puertas de comunicación entre los cuadros sólo tenían dieciocho pulgadas de altura y siete pulgadas de ancho. Por otra parte, los edificios del patio externo tenían por lo menos cinco pies de altura, y me era imposible pasarlo de una zancada sin perjuicios incalculables para la construcción, aun cuando los muros estaban sólidamente edificados con piedra tallada y tenían cuatro pulgadas de espesor. También el emperador estaba muy deseoso de que yo viese la magnificencia de su palacio; pero no pude hacer tal cosa hasta después de haber dedicado tres días a cortar con mi navaja algunos de los mayores árboles del parque real, situado a unas cien yardas de distancia de la ciudad. Con estos árboles hice dos banquillos como de tres pies de altura cada uno y lo bastante fuertes para soportar mi peso. Advertida la población por segunda vez, volví a atravesar la ciudad hasta el palacio con mis dos banquetas en la mano. Cuando estuve en el patio exterior me puse de pie sobre un banquillo, y tomando en la mano el otro lo alcé por encima del tejado y lo dejé suavemente en el segundo patio, que era de ocho pies de anchura. Pasé entonces muy cómodamente por encima del edificio desde un banquillo a otro y levanté el primero tras de mí con una varilla en forma de gancho. Con esta traza llegué al patio interior, y, acostándome de lado, acerqué la cara a las ventanas de los pisos centrales, que de propósito estaban abiertas, y descubrí las más espléndidas habitaciones que imaginarse puede. Allí vi a la emperatriz y a la joven princesa en sus varios alojamientos, rodeadas de sus principales servidores. Su Majestad Imperial se dignó dirigirme una graciosa sonrisa y por la ventana me dio su mano a besar.

Pero no quiero anticipar al lector más descripciones de esta naturaleza porque las reservo para un trabajo más serio que ya está casi para entrar en prensa y que contiene una descripción general de este imperio desde su fundación, a través de una larga seria de príncipes, con detallada cuenta de sus guerras y su política, sus leyes, cultura y religión, sus plantas y animales, sus costumbres y trajes peculiares, más otras materias muy útiles y curiosas. Porque aquí mi principal propósito sólo es referir acontecimientos y asuntos ocurridos a aquellas gentes o a mí mismo durante los nueve meses que residí en aquel imperio.

Una mañana, a los quince días aproximadamente de haber obtenido mi libertad, Reldresal, secretario principal de Asuntos Privados -como ellos le intitulan-, vino a mi casa acompañado sólo de un servidor. Mandó a su coche que esperase a cierta distancia y me pidió que le concediese una hora de audiencia, a lo que yo inmediatamente accedí, teniendo en cuenta su categoría y sus méritos personales, así como los buenos oficios que había hecho valer cuando mis peticiones a la corte. Le ofrecí tumbarme para que pudiera hacerse oír de mí más cómodamente; pero él prefirió permitirme que lo tuviese en la mano durante nuestra conversación. Empezó felicitándome por mi libertad, en la cual, según dijo, podía permitirse creer que había tenido alguna parte; pero añadió, sin embargo, que a no haber sido por el estado de cosas que a la sazón reinaba en la corte, quizá no la hubiese obtenido tan pronto. «Porque -dijo- por muy floreciente que nuestra situación pueda parecer a los extranjeros, pesan sobre nosotros dos graves males: una violenta facción en el interior y el peligro de que invada nuestro territorio un poderoso enemigo de fuera. En cuanto a lo primero, sabed que desde hace más de setenta lunas hay en este imperio dos partidos contrarios, conocidos por los nombres de Tramecksan y Slamecksan, a causa de los tacones altos y bajos de su calzado, que, respectivamente, les sirven de distintivo. Se alega, es verdad, que los tacones altos son más conformes a nuestra antigua constitución; pero, sea de ello lo que quiera, Su Majestad ha decidido hacer uso de tacones bajos solamente en la administración del gobierno y para todos los empleados que disfrutan la privanza de la corona, como seguramente habréis observado; y por lo que hace particularmente a los tacones de Su Majestad Imperial, son cuando menos un drurr más bajos que cualesquiera otros de su corte -el drurr es una medida que viene a valer la decimoquinta parte de una pulgada-. La animosidad entre estos dos partidos ha llegado a tal punto, que los pertenecientes a uno no quieren comer ni beber ni hablar con los del otro. Calculamos que los Tramocksan, o tacones-altos, nos exceden en numero; pero la fuerza está por completo de nuestro lado. Nosotros nos sospechamos que Su Alteza Imperial, el heredero de la corona, se inclina algo hacia los tacones-altos; al menos, vemos claramente que uno de sus tacones es más alto que el otro, lo que le produce cierta cojera al andar. Por si fuera poco, en medio de estas querellas intestinas, nos amenaza con una invasión la isla de Blefuscu, que es el otro gran imperio del universo, casi tan extenso y poderoso como este de Su Majestad. Porque en cuanto a lo que os hemos oído afirmar acerca de existir otros reinos y estados en el mundo habitados por criaturas humanas tan grandes como vos, nuestros filósofos lo ponen muy en duda y se inclinan más bien a creer que caísteis de la Luna o de alguna estrella, pues es evidente que un centenar de mortales de vuestra corpulencia destruirían en poco tiempo todos los frutos y ganados de los dominios de Su Majestad. Por otra parte, nuestras historias de hace seis mil lunas no mencionan otras regiones que los dos grandes imperios de Liliput o Blefuscu, grandes potencias que, como iba a deciros, están empeñadas en encarnizadísima guerra desde hace treinta y seis lunas. Empezó con la siguiente ocasión: Todo el mundo reconoce que el modo primitivo de partir huevos para comérselos era cascarlos por el extremo más ancho; pero el abuelo de su actual Majestad, siendo niño, fue a comer un huevo, y, partiéndolo según la vieja costumbre, le avino cortarse un dedo. Inmediatamente el emperador, su padre, publicó un edicto mandando a todos sus súbditos que, bajo penas severísimas, cascasen los huevos por el extremo más estrecho. El pueblo recibió tan enorme pesadumbre con esta ley, que nuestras historias cuentan que han estallado seis revoluciones por ese motivo, en las cuales un emperador perdió la vida y otro la corona. Estas conmociones civiles fueron constantemente fomentadas por los monarcas de Blefuscu, y cuando eran sofocadas, los desterrados huían siempre a aquel imperio en busca de refugio. Se ha calculado que, en distintos períodos, once mil personas han preferido la muerte a cascar los huevos por el extremo más estrecho. Se han publicado muchos cientos de grandesvolúmenes sobre esta controversia; pero los libros de los anchoextremistas han estado prohibidos mucho tiempo, y todo el partido, incapacitado por la ley para disfrutar empleos. Durante el curso de estos desórdenes, los emperadores de Blefuscu se quejaron frecuentemente por medio de sus embajadores, acusándonos de provocar un cisma en la religión por contravenir una doctrina fundamental de nuestro gran profeta Lustrog, contenida en el capítulo cuadragésimocuarto del Blundecral -que es su Alcorán-. No obstante, esto se tiene por un mero retorcimiento del texto, porque las palabras son éstas: «Que todo creyente verdadero casque los huevos por el extremo conveniente». Y cuál sea el extremo conveniente, en mi humilde opinión, ha de dejarse a la conciencia de cada cual, o cuando menos a la discreción del más alto magistrado, el establecerlo. Luego, los anchoextremistas han encontrado tanto crédito en la corte del emperador de Blefuscu y aquí tanta secreta asistencia de su partido, que entre ambos imperios viene sosteniéndose una sangrienta guerra hace treinta y seis lunas, con varia suerte, y en ella llevamos perdidos cuarenta grandes barcos y un número mucho mayor de embarcaciones más pequeñas, junto con treinta mil de nuestros mejores marinos y soldados; y se sabe que las bajas del enemigo son algo mayores que las nuestras. Pero ahora han equipado una flota numerosa y están precisamente preparando una invasión contra nosotros, y Su Majestad Imperial, poniendo gran confianza en vuestro valor y esfuerzo, me ha ordenado exponer esta relación de sus negocios ante vos.»

Rogué al secretario que presentase mis humildes respetos al emperador y le hiciera saber que juzgaba yo no corresponderme, como extranjero que era, intervenir en cuestiones de partidos; pero que estaba dispuesto, aun con riesgo de mi vida, a defender su persona y su estado contra los invasores.

Capítulo 5

El autor evita una invasión con una extraordinaria estratagema. -Se le confiere un alto título honorífico. -Llegan embajadores del emperador de Blefuscu y demandan la paz.

El imperio de Blefuscu es una isla situada al lado nordeste de Liliput, de donde sólo está separada por un canal de ochocientas yardas de anchura. Yo no lo había visto aún, y ante la noticia del intento de invasión evité presentarme por aquel lado de la costa, no me descubriese alguno de los buques del enemigo, que no tenía de mí noticia ninguna, rigurosamente prohibida como está la relación entre los dos imperios durante la guerra, bajo pena de muerte, y decretado por nuestro emperador el embargo de todos los buques, sin distinción. Comuniqué a Su Majestad un proyecto que había formado para apresar completa la flota del enemigo, la cual, por lo que nos aseguraban nuestros exploradores, estaba anclada en el puerto, lista para darse a la vela al primer viento favorable. Consulté a los más experimentados hombres de mar acerca de la profundidad del canal, que sondaban frecuentemente, y me dijeron que en el centro, durante la marea alta, tenía setenta glumgruffs de profundidad, lo que equivale a unos seis pies de medida europea, y el resto de él, cincuenta glumgruffs lo más. Me dirigí hacia la costa nordeste, frente a Blefuscu, y allí, tumbado detrás de una colina, saqué mi pequeno anteojo de bolsillo y descubrí anclada la flota del enemigo, constituída por unos cincuenta buques de guerra y un gran número de transportes. Volví después a mi casa y di orden -para lo cual tenía autorización- de que me llevasen una gran cantidad del cable más fuerte y de barras de hierro. El cable venía a tener el grueso del bramante, y las barras la longitud y el tamaño de agujas de hacer media. Tripliqué el cable para hacerlo más resistente, y con el mismo fin retorcí juntas tres de las barras de hierro, cuyos extremos doblé en forma de gancho. Cuando hube fijado cincuenta ganchos a otros tantos cables volví a la costa nordeste y, quitándome la casaca, los zapatos y las medias, me entré en el mar, con mi chaleco de cuero, como una hora antes de subir la marea. Vadeé todo lo aprisa que pude y nadé en el centro unas treinta yardas, hasta que hice pie; llegué a la flota en menos de media hora. El enemigo se aterró de tal modo cuando me vio, que saltó de los barcos y nadó a la costa, donde no habría menos de treinta mil almas. Tomé entonces mis trebejos y, después de pasar un gancho por la proa de cada buque, até juntas todas las cuerdas por su extremo. Mientras yo procedía a esta maniobra, el enemigo me disparó varios miles de flechas, muchas de las cuales me daban en las manos y en la cara y, además de excesivo escozor, me causaban gran molestia en mi trabajo. Por lo que más temía era por los ojos, que infaliblemente hubiera perdido a no haber dado en seguida con un medio. Guardaba yo, entre otros pequeños útiles, un par de lentes en un bolsillo secreto que, como antes advertí, había escapado a las investigaciones del emperador; los saqué y me los sujeté a la nariz todo lo fuerte que pude, y así armado continué tranquilamente mi obra, a pesar de las flechas del enemigo, muchas de las cuales iban a dar contra los cristales de mis lentes, pero sin otro efecto que el de desajustármelos un poco. Una vez que tuve fijos todos los ganchos, cogí el nudo y empecé a tirar; pero no se movía ni un barco, porque todos estaban demasiado fuertemente sujetos por las anclas; así, que faltaba la parte más dura de mi empresa. Solté la cuerda y, dejando los ganchos fijos a los barcos, corté resueltamente con mi navaja los cables que amarraban las anclas, mientras recibía sobre doscientos tiros en la cara y las manos. Tomé luego el extremo anudado de los cables a que estaban atados los ganchos, y con gran facilidad me llevé tras de mí cincuenta de los mayores buques de guerra del enemigo.

Los blefuscudianos, que no tenían la menor sospecha de lo que yo me proponía, quedaron al principio confundidos de asombro. Me habían visto cortar los cables y pensaban que mi designio era solamente dejar los barcos a merced de las olas o que se embistiesen unos contra otros; pero cuando vieron toda la flota echar a andar en orden y a mí tirando delante, lanzaron tal grito de dolor y desesperación, que casi es imposible de explicar ni de concebir. Ya fuera de peligro, me detuve un rato para sacarme las flechas que se me habían hincado en las manos y en la cara y me untó ungüento del que me habían dado al principio de mi llegada, según he referido anteriormente. Luego me quité los lentes, y aguardando alrededor de una hora a que la marea estuviese algo más baja, vadeé el centro con mi carga y llegué salvo al puerto real de Liliput.

El emperador y toda su corte estaban en la playa esperando el éxito de esta gran aventura. Veían avanzar los barcos formando una extensa media luna; pero no podían distinguirme a mí, que estaba metido hasta el pecho en el agua. Ya llegaba yo a la mitad del canal y su zozobra no menguaba, porque las aguas me cubrían hasta el cuello. Pensaba el emperador que yo me había ahogado y que la flota del enemigo se aproximaba en actitud hostil; pero en breve se desvanecieron sus temores, porque, disminuyendo la poca profundidad del canal a cada paso que daba yo, pronto estuve a distancia para hacerme oír; y alzando el cabo del cable con que estaba atada la flota, grité en voz muy alta: «¡Viva el muy poderoso emperador de Liliput!» Este gran príncipe me recibió al llegar a tierra con todos los encomios posibles y me hizo allí mismo nardac, que es el más alto título honorífico entre ellos.

Su Majestad quería que yo aprovechase alguna otra ocasión para traer a sus puertos el resto de los barcos de su enemigo. Y tan desmedida es la ambición de los príncipes, que parecía pensar nada menos que en reducir todo el imperio de Blefuscu a una provincia gobernada por un virrey, en aniquilar a los anchoextremistas desterrados y en obligar a estas gentes a cascar los huevos por el extremo estrecho, con lo cual quedaría él único monarca del mundo entero. Pero yo me encargué de disuadirle de su propósito por medio de numerosos argumentos sacados de los principios de la política, así como de los de la justicia, y protesté francamente que yo nunca serviría de instrumento para llevar a la esclavitud a un pueblo libre y valeroso. Y cuando el asunto se discutió en Consejo, la parte más prudente del Ministerio fue de mi opinión.

Esta rotunda declaración mía era tan opuesta a los planes y a la política de Su Majestad Imperial, que éste no me perdonó nunca; se refirió a ella de una muy artificiosa manera en el Consejo, donde, según me dijeron, algunos de los más prudentes parecían -al menos, este alcance podía darse a su silencio- ser de mi opinión; pero otros, que eran mis enemigos secretos, no pudieron contener ciertas expresiones, que por caminos indirectos llegaron hasta mí. Desde este momento comenzó una intriga entre Su Majestad y una camarilla de ministros maliciosamente dispuestos en contra mía, intriga que estalló en menos de dos meses y hubiera conducido probablemente a mí total perdición. ¡De tan poco peso son los mayores servicios para los príncipes si se los pone en la balanza frente a una negativa de satisfacer sus pasiones!

A las tres semanas de mi hazaña llegó una solemne embajada de Blefuscu con humildes ofrecimientos de paz, y ésta quedó prontamente concertada, en condiciones muy ventajosas para nuestro emperador, y de las cuales hago gracia a los lectores. Los embajadores eran seis, con una comitiva de unas quinientas personas, y su entrada fue de toda magnificencia, como correspondía a la grandeza de su señor y a la importancia de su negocio. Cuando estuvo concluido el tratado, durante cuya negociación yo les auxilié con mis buenos oficios, valiéndome del crédito que entonces tenía, o al menos parecía tener, en la corte, Sus Excelencias, a quienes en secreto habían informado de cuanto había procurado en favor suyo, me invitaron a visitar aquel reino en nombre del emperador, su señor, y me pidieron que les diese alguna muestra de mi fuerza colosal, de la que habían oído tantas maravillas, en lo cual les complací. Pero no quiero molestar al lector con estos detalles.

Cuando hube entretenido algún tiempo a Sus Excelencias, con infinita satisfacción y sorpresa por su parte, les pedí que me hiciesen el honor de presentar mis más humildes respetos al emperador, su señor, la fama de cuyas virtudes tenía tan justamente lleno de admiración al mundo entero, y a cuya real persona tenía resuelto ofrecer mis servicios antes de regresar a mi país. De consiguiente, la próxima vez que tuve el honor de ver a nuestro emperador pedí su real licencia para hacer una visita al monarca blefuscudiano, licencia que se dignó concederme, según pude claramente advertir, de muy fría manera. Pero no pude adivinar la razón, hasta que cierta persona vino a contarme misteriosamente que Flimnap y Bolgolam habían presentado mi trato con aquellos embajadores como una prueba de desafecto, culpa de la que puedo asegurar que mi corazón era por completo inocente. Y ésta fue la primera ocasión en que empecé a concebir idea, aunque imperfecta, de lo que son cortes y ministros.

Es de notar que estos embajadores me hablaron por medio de un intérprete, pues los idiomas de ambos imperios se diferencian entre sí tanto como dos cualesquiera de Europa, y cada nación se enorgullece de la antigüedad, belleza y energía de su propia lengua y siente un manifiesto desprecio por la de su vecino. No obstante, nuestro emperador, valiéndose de la ventaja que le daba la toma de la flota, les obligó a presentar sus credenciales y pronunciar su discurso en lengua liliputiense. Debe, sin embargo, reconocerse que a consecuencia de las amplias relaciones de ambos reinos en el campo del comercio y los negocios; del continuo recibimiento de desterrados, que entre ellos es mutuo, y de la costumbre que hay en cada imperio de enviar al otro a los jóvenes de la nobleza y de las más acaudaladas familias principales para que se afinen viendo mundo y estudiando hombres y costumbres, hay pocas personas de distinción, así como comerciantes y hombres de mar que viven en las regiones marítimas, que no sepan sostener una conversación en ambas lenguas. Así pude apreciarlo algunas semanas después, cuando fuí a ofrecer mis respetos al emperador de Blefuscu; visita que, en medio de las grandes desdichas que me acarreó la maldad de mis enemigos, resultó para mí muy feliz aventura, como referiré en el oportuno lugar.

Recordará el lector que cuando firmé los artículos en virtud de los cuales recobré la libertad, había algunos que me disgustaban por demasiado serviles, y a los cuales sólo me podía obligar a someterme una necesidad extrema. Pero siendo ya como era un nardac del más alto rango del imperio, tales oficios se consideraron por bajo de mi dignidad, y el emperador -dicho sea en justicia- nunca jamás me los mencionó.

Capítulo 6

De los habitantes de Liliput: sus estudios, leyes y costumbres y modo de educar a sus hijos. -El método de vida del autor en aquel país. -Vindicación que hizo de una gran dama.

Aunque es mi propósito dejar la descripción de este imperio para un tratado particular, me complace, en tanto, obsequiar al curioso lector con algunas nociones generales. De poco menos de seis pulgadas de alto los naturales de estatura media, hay exacta proporción en los demás animales, así como en árboles y plantas. Por ejemplo: los caballos y bueyes más grandes tienen de cuatro a cinco pulgadas de altura; los carneros, pulgada y media, poco más o menos; los gansos, el tamaño de un gorrión aproximadamente; y así las varias gradaciones en sentido descendente, hasta llegar a los más pequeños, que para mi vista eran casi imperceptibles. Pero la Naturaleza ha adaptado los ojos de los liliputienses a todos los objetos propios para su visión; ven con gran exactitud, pero no a gran distancia. Como testimonio de la agudeza de su vista para los objetos cercanos puedo mencionar la diversión que me produjo observar cómo un cocinero pelaba una calandria que no llegaba al tamaño de una mosca corriente, y cómo una niña enhebraba una aguja invisible con una seda invisible. Sus árboles más crecidos son de unos siete pies de altura; me refiero a algunos de los existentes en el gran parque real, y a las copas de los cuales llegaba yo justamente con el puño. Los otros vegetales están en la misma proporción; pero esto lo dejo a la imaginación de los lectores.

Solamente diré ahora algo acerca de la cultura, que durante largas épocas ha florecido en aquel pueblo en todas sus ramas. La manera de escribir es muy particular, pues no escriben ni de izquierda a derecha, como los europeos, ni de derecha a izquierda, como los árabes, ni de arriba abajo, como los chinos, sino oblicuamente, de uno a otro ángulo del papel, como las señoras de Inglaterra.

Entierran sus muertos con la cabeza para abajo, porque tienen la idea de que dentro de once mil lunas todos se levantarán otra vez, y que al cabo de este período la Tierra -que ellos juzgan plana- se volverá de arriba abajo, y gracias a este medio, cuando resuciten se encontrarán de pie. Los eruditos confiesan el absurdo de esta doctrina; pero la práctica sigue, en condescendencia con el vulgo.

Hay en este imperio algunas leyes y costumbres muy particulares; y si no fuesen tan por completo contrarias a las de mi querido país, me darían ganas de decir algo en su justificación. Sólo sería de desear que se cumpliesen. La primera de que hablaré se refiere a los espías. Todos los crímenes contra el Estado se castigan con la mayor severidad; pero si la persona acusada demuestra plenamente su inocencia en el proceso, inmediatamente se da al acusador muerte ignominiosa, y de sus bienes muebles y raíces es cuatro veces indemnizada la persona inocente, por la pérdida de tiempo, por el peligro a que estuvo expuesta, por las molestias de su prisión y por todos los gastos que haya tenido que hacer para su defensa. Si el fondo no alcanza es generosamente completado por la Corona. El emperador, asimismo, confiere al interesado alguna pública prueba de su gracia y se hace por la ciudad la proclamación de su inocencia.

Consideran allí el fraude como un crimen mayor que el robo, y, por consecuencia, rara vez dejan de castigarlo con la muerte porque sostienen ellos que el cuidado y la vigilancia, practicados con el común entendimiento, pueden preservar de los ladrones los bienes de un hombre, mientras que la honradez no tiene defensa contra una astucia superior; y como es necesario que haya perpetuas relaciones de compra y venta y comercio a crédito, donde se permite y tolera el fraude, o donde no hay leyes para castigarlo, el comerciante más honrado sale siempre perdiendo y el bribón saca la ventaja. Recuerdo que en una ocasión intercedía yo con el rey por un criminal que había perjudicado a su amo en una gran cantidad de dinero recibido por orden, y con el cual se escapó; y como dijese a Su Majestad, a modo de atenuación, que se trataba sólo de un abuso de confianza, el emperador encontró monstruoso que yo presentase como defensa la mayor agravación de su crimen; y la verdad es que al contestarle tuve bien poco que añadir a la respuesta usual de que las diferentes naciones tienen diferentes costumbres, porque confieso que quedé enteramente confundido.

Aunque nosotros, generalmente llamarnos al premio y al castigo los goznes sobre que gira todo gobierno, nunca vi que pusiera en práctica esta máxima nación ninguna, a excepción de Liliput. Quienquiera que allí pueda probar suficientemente que ha observado con puntualidad las leyes de su país durante setenta y tres lunas, tiene derecho a ciertos privilegios, de acuerdo con su calidad y la condición de su vida, unidos a una cantidad de dinero proporcionada, que sale de un fondo afecto a este uso.Asimismo adquiere el título de sninall, o sea legal, que se agrega a su apellido, pero que no pasa a la descendencia. Aquellas gentes creyeron enorme defecto de nuestra política lo que yo les referí acerca de obligar nuestras leyes sólo por el castigo, sin mencionar el premio para nada. Por esta razón, la imagen de la Justicia en sus tribunales está representada con seis ojos: dos delante, dos detrás y uno a cada lado, que significan circunspección, más una bolsa de oro abierta en la mano derecha y una espada envainada en la izquierda, con que se quiere mostrar que está mejor dispuesta para el premio que para el castigo.

Al escoger personas para cualquier empleo se mira más la moralidad que las grandes aptitudes; pues dado que el gobierno es necesario a la Humanidad, suponen allí que el nivel general del entendimiento humano ha de convenir a un oficio u otro, y que la Providencia nunca pudo pretender hacer de la administración de los negocios públicos un misterio que sólo comprendan algunas personas de genio sublime, de las que por excepción nacen tres en una misma época. Piensan, por el contrario, que la verdad, la justicia, la moderación y sus semejantes residen en todos los hombres, y que la práctica de estas virtudes, asistidas por la experiencia y una recta intención, capacitan a cualquier hombre para el servicio de su país, salvo aquellos casos en que se requieran estudios especiales. Y creían por de contado que la falta de virtudes morales estaba tan lejos de poder suplirse con dotes superiores de inteligencia, que nunca debían ponerse cargos en manos tan peligrosas como las de gentes que merecieran tal concepto, pues, cuando menos, los errores cometidos por ignorancia con honrado propósito jamás serían de tan fatales consecuencias para el bien público como las prácticas de un hombre inclinado a la corrupción y de grandes aptitudes para conducir y multiplicar y defender sus corrupciones.

Del mismo modo, no creer en una Divina Providencia incapacita a un hombre para desempeñar cargos públicos; porque, dado que los reyes se proclaman a sí Mismos diputados de la Providencia, los liliputienses entienden que no hay nada más absurdo en un príncipe que dar empleos a hombres que niegan la autoridad en nombre de la cual ellos se conducen.

Al hablar de estas y de las siguientes leyes quiero que se entienda que me refiero sólo a las instituciones originales, y no a la escandalosa corrupción en que este pueblo ha caído a causa de la degenerada naturaleza del hombre; pues por lo que toca a esa vergonzosa práctica de obtener altos cargos haciendo volatines, o divisas de favor y distinción saltando por encima de varillas o arrastrándose bajo ellas, ha de saber el lector que fue introducida por el abuelo del emperador hoy reinante, y ha prosperado a tal punto por el incremento gradual de partidos y facciones.

La ingratitud allí es un crimen capital, como leemos que lo ha sido en algunos otros países; porque -razonan ellos- aquel que paga con maldad a su bienhechor ha de ser necesariamente un enemigo común del resto de la Humanidad, que no le ha hecho beneficio ninguno, y, por lo tanto, tal hombre no es a propósito para esta vida.

Sus nociones respecto de los deberes de padres e hijos difieren extremadamente de las nuestras. De ningún modo conceden que un niño está obligado a su padre por haberlo engendrado, ni a su madre por haberlo traído al mundo; lo cual, teniendo en cuenta las miserias de la vida humana, no es un beneficio en sí mismo, ni tampoco fue la intención de sus padres, cuyo pensamiento durante sus lides amorosas tenía bien distinta ocupación. Por estos y otros parecidos razonamientos, es su opinión que los padres son los últimos a quienes debe confiarse la educación de sus propios hijos, y, en consecuencia, hay en cada edad establecimientos públicos, adonde todos los padres, con excepción de los aldeanos y los labradores, están obligados a llevar a sus pequeños de uno y otro sexo para que los críen y eduquen así que llegan a la edad de veinte lunas, tiempo en que ya se les suponen algunos rudimentos de docilidad. Estos seminarios son de varias categorías, acomodadas a las diferentes clases, y para ambos sexos. Tienen profesores especialmente hábiles en la educación de niños para la condición de vida conveniente a la alcurnia de sus padres y a la propia capacidad de cada uno, así como a las particulares inclinaciones. Diré primero algo de los establecimientos para varones, y luego de los de hembras.

Los seminarios para niños varones de noble o eminente cuna cuentan con graves y cultos profesores y sus correspondientes auxiliares. Las ropas y el alimento de los niños son sencillos y simples. Se educa a éstos en los principios de honor, justicia, valor, modestia, clemencia, religión y amor de su país; se les tiene siempre dedicados a algún quehacer, excepto en las horas de comer y dormir, que son muy pocas, y en las dos que se destinan a recreo, que consiste en ejercicios corporales. Son vestidos por hombres hasta que tienen cuatro años de edad, y a partir de entonces se les obliga a vestirse solos, por elevado que sea su rango, y las mujeres ayudantes, que proporcionalmente tienen la edad de las nuestras de cincuenta años, realizan sólo los trabajos serviles. No se tolera a los niños que hablen nunca con criados, sino que han de ir juntos, en grupos mayores o menores, a esparcirse en sus recreos, y siempre en presencia de un profesor o auxiliar; así se evitan esas tempranas perniciosas impresiones de insensatez y vicio a que nuestros niños están sujetos. A los padres sólo se les tolera que los vean dos veces al año; la visita no dura más de una hora. Se les consiente que besen al niño al llegar y al marcharse; pero un profesor, que siempre está presente en tales ocasiones, no les tolera de ningún modo que cuchicheen, ni que usen de expresiones de mimo ni que les lleven regalos de juguetes, dulces o cosa parecida.

La pensión para la educación y el mantenimiento de los niños se encargan de cobrarla a las familias, por medio de embargo, los oficiales del emperador, en caso de no haber sido debidamente satisfecha.

Los establecimientos para niños de familias de posición media, como comerciantes, traficantes y menestrales, funcionan proporcionalmente según el mismo sistema, sólo que los que han de dedicarse a oficio empiezan el aprendizaje a los once años, mientras los de las personas de calidad continúan sus ejercicios hasta los quince, que corresponden a los veinticinco entre nosotros, aunque su reclusión va perdiendo gradualmente en rigor durante los tres años últimos.

En los seminarios para hembras, las niñas de calidad son educadas casi lo mismo que los varones, sólo que las viste reposada servidumbre de su mismo sexo, pero siempre en presencia de un profesor o auxiliar, hasta que se visten ellas solas, que es cuando llegan a los cinco años. Si se descubre que estas niñeras intentan alguna vez distraer a las niñas con cuentos terroríficos o estúpidos, o con alguno de los disparates que acostumbran las doncellas entre nosotros, son públicamente paseadas con azotes tres vueltas a la ciudad, encarceladas por un año y desterradas de por vida a la parte más desolada del país. De este modo las señoritas sienten tanta vergüenza como los hombres, de ser cobardes y melindrosas, y desprecian todo adorno personal que vaya más allá de lo decente y lo limpio; ni tampoco advierten en su educación diferencia ninguna basada en la diferencia de sexo, a no ser que los ejercicios femeninos nunca llegan a ser tan duros, que se les instruye en algunas reglas referentes a la vida doméstica, y que se les asigna un plan menos amplio de estudios. Es allí una máxima que, entre gentes de calidad, la esposa debe ser siempre una discreta y agradable compañía, ya que no puede ser siempre joven. Cuando las muchachas llegan a los doce años, que es entre ellos la edad del matrimonio, sus padres o tutores se las llevan a casa con vivas expresiones de gratitud para los profesores, y rara vez sin lágrimas de la señorita y de sus compañeras. En los colegios para hembras de más baja categoría se enseña a las niñas toda clase de trabajos propios de su sexo y de sus varios rangos. Las destinadas a aprendizajes salen a los siete años, y las demás siguen hasta los once.

Las familias modestas que tienen niños en estos colegios, además de la pensión anual, que es todo lo más reducida posible, tienen que entregar al administrador del colegio una pequeña parte de sus entradas mensuales, destinada a constituir un patrimonio para el niño, y, en consecuencia, la ley limita los gastos a todos los padres, porque estiman los liliputienses que nada puede haber tan injusto como que las gentes, en satisfacción de sus propios apetitos, traigan niños al mundo y dejen al común la carga de sostenerlos. En cuanto a las personas de calidad, dan garantía de apropiar a cada niño una cantidad determinada, de acuerdo con su condición, y estos fondos se administran siempre con buena economía y con la justicia más rigurosa.

Los aldeanos y labradores conservan a sus hijos en casa, ya que su ocupación ha de ser sólo labrar y cultivar la tierra, y, por tanto, su educación, de poca consecuencia para el común. A los pobres y enfermos se les recoge en hospitales, porque la mendicidad es un oficio desconocido en este imperio.

Y ahora quizá pueda interesar al lector curioso que yo le dé alguna cuenta de mis asuntos particulares y de mi modo de vivir en aquel país durante una residencia de nueve meses y trece días. Como tengo idea para las artes mecánicas, y como también me forzaba la necesidad, me había hecho una mesa y una silla bastante buenas valiéndome de los mayores árboles del parque real. Se dedicaron doscientas costureras a hacerme camisas y lienzos para la cama y la mesa, todo de la más fuerte y basta calidad que pudo encontrarse, y, sin embargo, tuvieron que reforzar este tejido dándole varios dobleces, porque el más grueso era algunos puntos más fino que la batista. Las telas tienen generalmente tres pulgadas de ancho, y tres pies forman una pieza. Las costureras me tomaron medida acostándome yo en el suelo y subiéndoseme una en el cuello y otra hacia media pierna, con una cuerda fuerte, que sostenían extendida una por cada punta, mientras otra tercera medía la longitud de la cuerda con una regla de una pulgada de largo. Luego me midieron el dedo pulgar de la mano derecha, y no necesitaron más, pues por medio de un cálculo matemático, según el cual dos veces la circunferencia del dedo pulgar es una vez la circunferencia de la muñeca, y así para el cuello y la cintura, y con ayuda de mi camisa vieja, que extendí en el suelo ante ellas para que les sirviese de patrón, me asentaron las nuevas perfectamente. Del mismo modo se dedicaron trescientos sastres a hacerme vestidos; pero ellos recurrieron a otro expediente para tomarme medida. Me arrodillé, y pusieron una escalera de mano desde el suelo hasta mi cuello; uno subió por esta escalera y dejó caer desde el cuello de mi vestido al suelo una plomada cuya cuerda correspondía en largo al de mi casaca, pero los brazos y la cintura, me los medí yo mismo. Cuando estuvo acabado mi traje, que hubo que hacer en mi misma casa, pues en la mayor de las suyas no hubiera cabido, tenía el aspecto de uno de esos trabajos de retacitos que hacen las señoras en Inglaterra, salvo que era todo de un mismo color.

Disponía yo de trescientos cocineros para que me aderezasen los manjares, alojados en pequeñas barracas convenientemente edificadas alrededor de mi casa, donde vivían con sus familias. Me preparaban dos platos cada uno. Cogía con la mano veinte camareros y los colocaba sobre la mesa, y un centenar más me servían abajo en el suelo, unos llevando platos de comida y otros barriles de vino y diferentes licores, cargados al hombro, todo lo cual subían los camareros de arriba, cuando yo lo necesitaba, en modo muy ingenioso, valiéndose de unas cuerdas, como nosotros subimos el cubo de un pozo en Europa. Cada plato de comida hacía por un buen bocado, y cada barril, por un trago razonable. Su cordero cede al nuestro, pero su vaca es excelente. Una vez comí un lomo tan grande, que tuve que darle tres bocados; pero esto fue raro. Mis servidores se asombraban de verme comerlo con hueso y todo, como en nuestro país hacemos con las patas de las calandrias. Los gansos y los pavos me los comía de un bocado por regla general, y debo confesar que aventajan con mucho a los nuestros. De las aves más pequeñas podía coger veinte o treinta con la punta de mi navaja.

Un día, Su Majestad Imperial, informado de mi método de vida, expresó el deseo de tener él y de que tuviera su real consorte, así como los jóvenes príncipes de la sangre de ambos sexos, el gusto -como él se dignó decir- de comer conmigo. En consecuencia vinieron, y yo los coloqué en tronos dispuestos sobre mi mesa, justamente frente a mí, rodeados de su guardia. Flimnap, gran tesorero, asistía allí de igual modo, en la mano el blanco bastón, insignia de su cargo, y observé que frecuentemente me miraba con agrio semblante, lo que hice ademán de no ver. Lejos de ello, comí más que de costumbre, en honor a mi querido país, así como para llenar de admiración a la corte. Tengo mis razones particulares para creer que esta visita de Su Majestad dio a Flimnap ocasión para hacerme malos oficios con su señor. Este ministro había sido siempre mi secreto enemigo, aunque exteriormente me halagaba más de lo que era costumbre en la aspereza de su genio. Pintó al monarca la triste situación de su tesoro: cómo se veía obligado a negociar empréstitos con gran descuento; cómo los vales reales no circularían a menos de nueve por ciento bajo la par; cómo, en fin, yo había costado a Su Majestad por encima de millón y medio de sprugs -la mayor moneda de oro de ellos, aproximadamente del tamaño de una lentejuela-, y, en resumidas cuentas, cuán prudente sería en el emperador aprovechar la primera ocasión favorable para deshacerse de mí.

Debo aquí vindicar la reputación de una distinguida dama que fue víctima inocente a costa mía. El tesorero dio en sentirse celoso de su mujer, por culpa de ciertas malas lenguas que le informaron de que su gracia había concebido una violenta pasión por mi persona, y durante algún tiempo cundió por la corte el escándalo de que ella había venido una vez secretamente a mi alojamiento. Declaro solemnemente que esto es una infame invención, sin ningún fundamento, fuera de que su gracia se dignaba tratarme con todas las inocentes muestras de confianza y amistad. Confieso que venía a menudo a mi casa, pero siempre públicamente y nunca sin tres personas más en el coche, que eran generalmente su hermana, su joven hija y alguna amistad particular; pero lo mismo hacían otras muchas damas de la corte. Y además apelo a todos mis criados para que digan si alguna vez vieron a mi puerta coche ninguno sin saber a qué personas llevaba. En tales ocasiones, cuando un criado me pasaba el anuncio, era mi costumbre salir inmediatamente a la puerta, y, luego de ofrecer mis respetos, tomar el coche y los dos caballos cuidadosamente en mis manos -porque si los caballos eran seis, el postillón desenganchaba cuatro siempre- y ponerlos encima de la mesa, donde había colocado yo un cerco desmontable todo alrededor, de cinco pulgadas de alto, para evitar accidentes. Con frecuencia he tenido al mismo tiempo cuatro coches con sus caballos sobre mi mesa, llena de visitantes, mientras yo, sentado en mi silla, inclinaba la cabeza hacia ellos; y cuando yo departía con un grupo, el cochero paseaba a los otros lentamente alrededor de la mesa. He pasado muchas tardes muy agradables en estas conversaciones; pero desafío al tesorero y a sus dos espías -se me antoja citarlos por sus nombres y allá se las hayan después-, Clustril y Drunlo, a que prueben que me visitó nunca nadie de incógnito, salvo el secretario Reldresal, que fue enviado por mandato expreso de Su Majestad Imperial, como antes he referido. No me hubiese detenido tanto en este particular a no tratarse de un punto que toca tan cerca a la reputación de una gran señora, para no decir nada de la mía propia, aunque yo tenía entonces el honor de ser nardac, lo que no es el tesorero, pues todo el mundo sabe que sólo es glumlum, titulo inferior en un grado, como el de marqués lo es al de duque en Inglaterra, aunque esto no quita para que yo reconozca que él estaba por encima de mí en razón de su cargo. Estos falsos informes, que llegaron después a mi conocimiento por un accidente de que no es oportuno hablar, hicieron que Flimnap, el tesorero, pusiera durante algún tiempo mala cara a su señora, y a mí peor; y aunque al fin se desengañó y se reconcilió con ella, yo perdí todo crédito con él y vi decaer rápidamente mi influencia con el mismo emperador, quien, sin duda, se dejaba influir demasiado por aquel favorito.

Capítulo 7

El autor, informado de que se pretende acusarle de alta traición, huye a Blefuscu. -Su recibimiento allí.

Antes de proceder a dar cuenta de mi salida de este reino puede resultar oportuno enterar al lector de una intriga secreta que durante dos meses estuvo urdiéndose contra mí.

Yo, hasta entonces, había ignorado siempre lo que eran cortes, pues me inhabilitaba para relacionarme con ellas lo modesto de mi condición. Desde luego, había oído hablar y leído bastante acerca de las disposiciones de los grandes príncipes y los ministros; pero nunca esperé encontrarme con tan terribles efectos de ellas en un país tan remoto y regido, a lo que yo suponía, por máximas muy diferentes de las de Europa.

Estaba disponiéndome yo para rendir homenaje al emperador de Blefuscu, cuando una persona significada de la corte -a quien yo una vez había servido muy bien, con ocasión de haber ella incurrido en el más profundo desagrado de Su Majestad Imperial- vino a mi casa muy secretamente, de noche, en una silla de mano, y, sin dar su nombre, pidió ser recibida. Despedidos los silleteros, me metí la silla con su señoría dentro, en el bolsillo de la casaca, y dando órdenes a un criado de confianza para que dijese que me sentía indispuesto y me había acostado, aseguré la puerta de mi casa, coloqué la silla de mano sobre la mesa, según era mi costumbre, y me senté al lado. Una vez que hubimos cambiado los saludos de rigor, como yo advirtiese gran preocupación en el semblante de su señoría y preguntase la razón de ello, me pidió que le escuchase con paciencia sobre un asunto que tocaba muy de cerca a mi honor y a mi vida. Su discurso fue así concebido, pues tomé notas de él tan pronto como quedé solo.

-Habéis de saber -dijo- que recientemente se han reunido varias comisiones de consejo con el mayor secreto y sois vos el motivo; y hace no más que dos días que Su Majestad ha tomado una resolución definitiva. Sabéis muy bien que Skyresh Bolgolam, galvet -o sea almirante-, ha sido vuestro mortal enemigo casi desde que llegasteis. No sé las razones en que se funde; pero su odio ha aumentado a partir de vuestra gran victoria contra Blefuscu, con la cual su gloria como almirante está muy obscurecida. Este señor, en unión de Flimnap, el gran tesorero -cuya enemiga contra vos es notoria a causa de su señora-; Limtoc, el general; Lalcon, el chambelán, y Balmull, el gran justicia, han redactado en contra vuestra artículos de acusación por traición y otros crímenes capitales.

Este prefacio me alteró en tales términos, consciente como estaba yo de mis merecimientos y mi inocencia, que estuve a punto de interrumpir, cuando él me suplicó que guardara silencio, y prosiguió de esta suerte:

-Llevado de la gratitud por los favores que me habéis dispensado, me procuré informes de todo el proceso y una copia de los artículos, con lo cual arriesgué mi cabeza en servicio vuestro.

ARTÍCULOS DE ACUSACIÓN CONTRA QUINBUS FLESTRIN (EL HOMBRE-MONTAÑA)

Artículo I

«Que el citado Quinbus Flestrin, habiendo traído la flota imperial de Blefuscu al puerto real, y habiéndole después ordenado Su Majestad Imperial capturar todos los demás barcos del citado imperio de Blefuscu y reducir aquel imperio a la condición de provincia, que gobernase un virrey nuestro, y destruir y dar muerte no sólo a todos los desterrados anchoextremistas, sino asimismo a toda la gente de aquel imperio que no abjurase inmediatamente de la herejía anchoextremista, él, el citado Flestrin, como un desleal traidor contra Su Muy Benigna y Serena Majestad Imperial, pidió ser excusado del citado servicio bajo el pretexto de repugnancia a forzar conciencias y a destruir las libertades y las vidas de pueblos inocentes.

Artículo II

»Que siendo así que determinados embajadores llegaron de la corte de Blefuscu a pedir paz a la corte de Su Majestad, el citado Flestrin, como un desleal traidor, ayudó, patrocinó, alentó y advirtió a los citados embajadores, aunque sabía que se trataba de servidores de un príncipe que recientemente había sido enemigo declarado de Su Majestad Imperial y estado en guerra declarada contra su citada Majestad.

Artículo III

»Que el citado Quinbus Flestrin, en contra de los deberes de todo súbdito fiel, se dispone actualmente a hacer un viaje a la corte e imperio de Blefuscu, para lo cual sólo ha recibido permiso verbal de Su Majestad Imperial, y so color del citado permiso pretende deslealmente y traidoramente emprender el citado viaje, y, en consecuencia, ayudar, alentar y patrocinar al emperador de Blefuscu, tan recientemente enemigo y en guerra declarada con Su Majestad Imperial antedicha.

»Hay algunos otros artículos, pero éstos son los mas importantes, y de ellos os he leído un extracto.

»En el curso de los varios debates habidos en esta acusación hay que reconocer que Su Majestad dio numerosas muestras de su gran benignidad, invocando con frecuencia los servicios que le habíais prestado y tratando de atenuar vuestros crímenes. El tesorero y el almirante insistieron en que se os debería dar la muerte más cruel e ignominiosa, poniendo fuego a vuestra casa durante la noche y procediendo el general con veinte mil hombres armados de flechas envenenadas a disparar contra vos, apuntando a la cara y a las manos. Algunos servidores vuestros debían recibir orden secreta de esparcir en vuestras camisas y sábanas un jugo venenoso que pronto os haría desgarrar vuestras propias carnes con vuestras manos y morir en la más espantosa tortura. El general se sumó a esta opinión, así que durante largo plazo hubo mayoría en contra vuestra; pero Su Majestad, resuelto a salvaros la vida si era posible, pudo por último disuadir al chambelán.

»Reldresal, secretario principal de Asuntos Privados, que siempre se proclamó vuestro amigo verdadero, fue requerido por el emperador para que expusiera su opinión sobre este punto, como así lo hizo, y con ello acreditó el buen concepto en que le tenéis. Convino en que vuestros crímenes eran grandes, pero que, no obstante, había lugar para la gracia, la más loable virtud en los príncipes, y por la cual Su Majestad era tan justamente alabado. Dijo que la amistad entre vos y él era tan conocida en todo el mundo, que quizá el ilustrísimo tribunal tuviera su juicio por interesado. Sin embargo, obedeciendo al mandato que había recibido, descubriría libremente sus sentimientos. Si Su Majestad, en consideración a vuestros servicios y siguiendo su clemente inclinación, se dignara dejaros la vida y dar orden solamente de que os sacaran los dos ojos, él suponía, salvando los respetos, que con esta medida la justicia quedaría en cierto modo satisfecha y todo el mundo aplaudiría la benignidad del emperador, así como la noble y generosa conducta de quienes tenían el honor de ser sus consejeros. La pérdida de vuestros ojos -argumentaba él- no serviría de impedimento a vuestra fuerza corporal, con la que aun podíais ser útil a Su Majestad. La ceguera aumenta el valor ocultándonos los peligros, y el miedo que tuvisteis por vuestros ojos os fue la mayor dificultad para traer la flota enemiga. Y, finalmente, que os sería bastante ver por los ojos de los ministros, ya que los más grandes príncipes no suelen hacer de otro modo.

»Esta proposición fue acogida con la desaprobación mas completa por toda la Junta. Bolgolam, el almirante, no pudo contener su cólera, antes bien, levantándose enfurecido, dijo que se admiraba de cómo un secretario se atrevía a dar una opinión favorable a que se respetase la vida de un traidor, que los servicios que habíais hecho eran, según todas las verdaderas razones de Estado, la mayor agravación de vuestros crímenes; que la misma fuerza que os permitió traer la flota enemiga podría serviros para devolverla al primer motivo de descontento; que tenía firmes razones para pensar que erais un estrechoextremista en el fondo de vuestro corazón, y que, como la traición comienza en el corazón antes de manifestarse en actos descubiertos, él os acusaba de traidor con este motivo, e insistía, por tanto, en que se os diera la muerte.

»El tesorero fue de la misma opinión. Expuso a qué estrecheces se veían reducidas las rentas de Su Majestad por la carga de manteneros, que pronto habría llegado a ser insoportable, y aun añadió que la medida propuesta por el secretario, de sacaros los ojos, lejos de remediar este mal lo aumentaría, como lo hace manifiesto la práctica acostumbrada de cegar a cierta clase de aves, que así comen más de prisa y engordan más pronto. A su juicio, Su Sagrada Majestad y el Consejo, que son vuestros jueces, estaban en conciencia plenamente convencidos de vuestra culpa, lo que era suficiente argumento para condenaros a muerte sin las pruebas formales requeridas por la letra estricta de la ley.

»Pero Su Majestad Imperial, resueltamente dispuesto en contra de la pena capital, se dignó graciosamente decir que, cuando al Consejo le pareciese la pérdida de vuestros ojos un castigo demasiado suave, otros había que poderos infligir después. Y vuestro amigo el secretario, pidiendo humildemente ser oído otra vez, en respuesta a lo que el tesorero había objetado en cuanto a la gran carga que pesaba sobre su Majestad con manteneros, dijo que Su Excelencia, que por sí solo disponía de las rentas del emperador, podía fácilmente prevenir este mal con ir aminorando vuestra asignación, de modo que, falto de alimentación suficiente, fuerais quedándoos flojo y extenuado, perdierais el apetito y os consumierais en pocos meses. Tampoco sería entonces -tan peligroso el hedor de vuestro cadáver, reducido como estaría a menos de la mitad; e inmediatamente después de vuestra muerte, cinco o seis mil súbditos de Su Majestad podían en dos o tres días quitar toda vuestra carne de vuestros huesos, transportarla a carretadas y enterrarla en diferentes sitios para evitar infecciones, dejando el esqueleto como un monumento de admiración para la posteridad.

»De este modo, gracias a la gran amistad del secretario, quedó concertado el asunto. Se encargó severamente que el proyecto de mataros de hambre poco a poco se mantuviera secreto; pero la sentencia de sacaros los ojos había de trasladarse a los libros; no disintiendo ninguno, excepto Bolgolam, el almirante, quien, hechura de la emperatriz, era continuamente instigado por ella para insistir en vuestra muerte.

»En un plazo de tres días vuestro amigo el secretario recibirá el encargo de venir a vuestra casa y leeros los artículos de acusación, y luego daros a conocer la gran clemencia y generosidad de Su Majestad y de su Consejo, gracias a la cual se os condena solamente a la pérdida de los ojos, a lo que Su Majestad no duda que os someteréis agradecida y humildemente. Veinte cirujanos de Su Majestad, para que la operación se lleve a efecto de buen modo, procederán a descargaros afiladísimas flechas en las niñas de los ojos estando vos tendido en el suelo.

»Dejo a vuestra prudencia qué medidas debéis tomar; y, para evitar sospechas, me vuelvo inmediatamente con el mismo secreto que he venido.»

Así lo hizo su señoría, y yo quedé solo, sumido en dudas y perplejidades.

Era costumbre introducida por este príncipe y su Ministerio -muy diferente, según me aseguraron, de las prácticas de tiempos anteriores- que una vez que la corte había decretado una ejecución cruel fuese para satisfacer el resentimiento del monarca o la mala intención de un favorito-, el emperador pronunciase un discurso a su Consejo en pleno exponiendo su gran clemencia y ternura, cualidades sabidas y confesadas por el mundo entero. Este discurso se publicaba inmediatamente por todo el reino, y nada aterraba al pueblo tanto como estos encomios de la clemencia de Su Majestad, porque se había observado que cuando más se aumentaban estas alabanzas y se insistía en ellas, más inhumano era el castigo y más inocente la víctima. Y en cuanto a mí, debo confesar que, no estando designado para cortesano ni por nacimiento ni por educación, era tan mal juez en estas cosas, que no pude descubrir la clemencia ni la generosidad de esta sentencia; antes bien, la juzgué -quizá erróneamente- más rigurosa que suave. A veces pensaba en tomar mi defensa en el proceso; pues, aun cuando no podía negar los hechos alegados en los varios artículos, confiaba en que pudieran admitir alguna atenuación. Pero habiendo examinado en mi vida atentamente muchos procesos de Estado y visto siempre que terminaban según a los jueces convenía, no me atreví a confiarme a tan peligrosa determinación en coyuntura tan crítica y frente a enemigos tan poderosos. En una ocasión me sentí fuertemente inclinado a la resistencia, ya que, estando en libertad como estaba, difícilmente hubiera podido someterme toda la fuerza de aquel imperio, y yo podía sin trabajo hacer trizas a pedradas la metrópoli; pero en seguida rechacé este proyecto con horror al recordar el juramento que había hecho al emperador, los favores que había recibido de él y el alto título de nardac que me había conferido. No había aprendido la gratitud de los cortesanos tan pronto que pudiera persuadirme a mí mismo de que las presentes severidades de Su Majestad me relevaban de todas las obligaciones anteriores.

Por fin tomé una resolución que es probable que me valga algunas censuras, y no injustamente, pues confieso que debo el conservar mis ojos, y por lo tanto mi libertad, a mi grande temeridad y falta de experiencia; porque si yo hubiese conocido entonces la naturaleza de los príncipes y los ministros como luego la he observado en otras muchas cortes, y sus sistemas de tratar a criminales menos peligrosos que yo, me hubiera sometido a pena tan suave con gran alegría y diligencia. Pero empujado por la precipitación de la juventud y disponiendo del permiso de Su Majestad Imperial para rendir homenaje al emperador de Blefuscu, aproveché esta oportunidad antes de que transcurriesen los tres días para enviar una carta a mi amigo el secretario comunicándole mi resolución de partir aquella misma mañana para Blefuscu, ateniéndome a la licencia que había recibido; y sin aguardar respuesta, marché a la parte de la isla donde estaba nuestra flota. Cogí un gran buque de guerra, até un cable a la proa, y después de levar anclas me desnudé, puse mis ropas -juntas con mi colcha, que me había llevado bajo el brazo- en el buque, y, tirando de él, ya vadeando, ya nadando, llegué al puerto de Blefuscu, donde las gentes llevaban esperándome largo tiempo.

Me enviaron dos guías para que me encaminasen a la capital que lleva el mismo nombre. Los llevé en las manos hasta que llegué a doscientas yardas de las puertas y les rogué que comunicasen mi llegada a uno de los secretarios y le hiciesen saber que esperaba allí las órdenes de Su Majestad. Al cabo de una hora obtuve respuesta de que Su Majestad, acompañado de la familia real y de los magnates de la corte, salía a recibirme. Avancé cien yardas. El emperador y su comitiva se apearon de sus caballos, la emperatriz y las damas de sus coches, y no advertí en ellos temor ni inquietud alguna. Me acosté en el suelo para besar la mano de Su Majestad y de la emperatriz. Dije a Su Majestad que había ido en cumplimiento de mi promesa y con permiso del emperador, mi dueño, a tener el honor de ver a un monarca tan poderoso y de ofrecerle cualquier servicio de que yo fuese capaz y se aviniese con mis deberes hacia mi propio príncipe, no diciendo una palabra acerca de la desgracia en que había caído, puesto que a la sazón no tenía yo informes ofíciales de ella y podía fingirme por completo ignorante de tal designio. Ni tampoco podía razonablemente pensar que el emperador descubriese el secreto estando yo fuera de su alcance, en lo que no obstante, bien pronto pude echar de ver que me engañaba.

No he de molestar al lector con la relación detallada de mi recibimiento en esta corte, que fue como convenía a la generosidad de tan gran príncipe, ni las dificultades en que me encontré por falta de casa y lecho, y que me redujeron a dormir en el suelo envuelto en mi colcha.

Capítulo 8

El autor, por un venturoso accidente, encuentra modo de abandonar Blefuscu. -Después de varias dificultades, vuelve sano y salvo a su país natal.

Tres días después de mi llegada, paseando por curiosidad hacia la costa nordeste de la isla, descubrí, como a media legua dentro del mar, algo que parecía como un bote volcado. Me quité los zapatos y las medias, y, vadeando dos o trescientas yardas, vi que el objeto iba aproximándose por la fuerza de la marea, y luego reconocí claramente ser, en efecto, un bote, que supuse podría haber arrastrado de un barco alguna tempestad. Con esto, volví inmediatamente a la ciudad y supliqué a Su Majestad Imperial que me prestase veinte de las mayores embarcaciones que le quedaron después de la pérdida de su flota y tres mil marineros, bajo el mando del vicealmirante. Esta flota se hizo a la vela y avanzó costeando, mientras yo volvía por el camino más corto al punto desde donde primero descubriera el bote; encontré que la marea lo había acercado más todavía. Todos los marineros iban provistos de cordaje que yo de antemano había trenzado para darle suficiente resistencia. Cuando llegaron los barcos me desnudé y vadeé hasta acercarme como a cien yardas del bote, después de lo cual tuve que nadar hasta alcanzarlo. Los marineros me arrojaron el cabo de la cuerda, que yo amarré a un agujero que tenía el bote en su parte anterior, y até el otro cabo a un buque de guerra. Pero toda mi tarea había sido inútil, pues como me cubría el agua no podía trabajar. En este trance me vi forzado a nadar detrás y dar empujones al bote hacia adelante lo más frecuentemente que podía con una de las manos; y como la marea me ayudaba, avancé tan de prisa, que en seguida hice pie y pude sacar la cabeza. Descansé dos o tres minutos y luego di al bote otro empujón, y así continué hasta que el agua no me pasaba de los sobacos; y entonces, terminada ya la parte más trabajosa, tomé los otros cables, que estaban colocados en uno de los buques, y los amarré primero al bote y después a nueve de los navíos que me acompañaban. El viento nos era favorable, y los marineros remolcaron y yo empujé hasta que llegamos a cuarenta yardas de la playa, y, esperando a que bajase la marea, fuí a pie enjuto adonde estaba el bote, y con la ayuda de dos mil hombres con cuerdas y máquinas me di traza para restablecerlo en su posición normal, y vi que sólo estaba un poco averiado.

No he de molestar al lector relatando las dificultades en que me hallé para, con ayuda de ciertos canaletes, cuya hechura me llevó diez días, conducir mi bote al puerto real de Blefuscu, donde se reunió a mi llegada enorme concurrencia de gentes, llenas del asombro en presencia de embarcación tan colosal. Dije al emperador que mi buena fortuna había puesto este bote en mi camino como para trasladarme a algún punto desde donde pudiese volver a mi tierra natal, y supliqué de Su Majestad órdenes para que se me facilitasen materiales con que alistarlo, así como su licencia para partir, lo que después de algunas reconvenciones de cortesía se dignó concederme.

En todo este tiempo se me hacía maravilla no tener noticia de que nuestro emperador hubiese enviado algún mensaje referente a mí a la corte de Blefuscu; pero después me hicieron saber secretamente que Su Majestad Imperial, no imaginando que yo tuviera el menor conocimiento de su propósito, creía que sólo había ido a Blefuscu en cumplimiento de mi promesa, de acuerdo con el permiso que él me había dado y era notorio en nuestra corte, y que regresaría a los pocos días, cuando la ceremonia terminase. Mas sintióse, al fin, inquietado por mi larga ausencia, y, luego de consultar con el tesorero y el resto de aquella cábala, se despachó a una persona de calidad con la copia de los artículos dictados en contra mía. Este enviado llevaba instrucciones para exponer al monarca de Blefuscu la gran clemencia de su señor, que se contentaba con castigarme no más que a la pérdida de los ojos, así como que yo había huido de la justicia y sería despojado de mi título de nardac y declarado traidor si no regresaba en un plazo de dos horas. Agregó además el enviado que su señor esperaba que, a fin de mantener la paz y la amistad entre los dos imperios, su hermano de Blefuscu daría orden de que me devolviesen a Liliput sujeto de pies y manos, para ser castigado como traidor.

El emperador de Blefuscu, que se tomó tres días para consultar, dio una respuesta consistente en muchas cortesías y excusas. Decía que por lo que tocaba a enviarme atado, su hermano sabía muy bien que era imposible; que aun cuando yo le había despojado de su flota, no obstante, él me estaba muy obligado por los muchos buenos oficios que le había dispensado al concertarse la paz; que, sin embargo, sus dos majestades podían quedar pronto tranquilas, por cuanto yo había encontrado en la costa una colosal embarcación capaz de llevarme por mar, la cual había él dado orden de alistar con mi propia ayuda y dirección, y así confiaba en que dentro de pocas semanas ambos imperios se verían libres de carga tan insoportable.

Con esta respuesta se volvió a Liliput el enviado. El monarca de Blefuscu me refirió todo lo acontecido, ofreciéndome al mismo tiempo -pero en el seno de la más estrecha confianza- su graciosa protección si quería continuar a su servicio. Pero en este punto, aun cuando yo creía sus palabras sinceras, resolví no volver a depositar confianza en príncipes ni ministros mientras me fuera posible evitarlo; y así, con todo el reconocimiento debido a sus generosas intenciones, le supliqué humildemente que me excusase. Le dije que ya que la fortuna, por bien o por mal, había puesto una embarcación en mi camino, estaba resuelto a aventurarme en el Océano antes que ser ocasión de diferencias entre dos monarcas tan poderosos. Tampoco encontré que el emperador mostrase el menor disgusto, y descubrí, gracias a cierto incidente, que estaba muy contento de mi resolución, lo mismo que la mayor parte de sus ministros.

Estas consideraciones me movieron a apresurar mi marcha algo más de lo que yo tenía pensado; a lo que la corte, impaciente por verme partir, contribuyó con gran diligencia. Se dedicaron quinientos obreros a hacer dos velas para mi bote, según instrucciones mías, disponiendo en trece dobleces el más fuerte de sus lienzos. Pasé grandes trabajos para hacer cuerdas y cables, trenzando diez, veinte o treinta de los más fuertes de los suyos. Una gran piedra que vine a hallar después de larga busca por la playa me sirvió de ancla. Me dieron el sebo de trescientas vacas para engrasar el bote y para otros usos. Pasé trabajos increíbles para cortar algunos de los mayores árboles de construcción con que hacerme remos y mástiles, tarea en que me auxiliaron mucho los armadores de Su Majestad, ayudándome a alisarlos una vez que yo había hecho el trabajo más duro.

Transcurrido como un mes, cuando todo estuvo dispuesto, envié a ponerme a las órdenes del emperador y a pedirle licencia para partir. El emperador y la familia real salieron del palacio; me acosté, juntando la cara al suelo, para besar su mano, que él muy graciosamente me alargó, y otro tanto hicieron la emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre. Su Majestad me obsequió con cincuenta bolsas de a doscientos sprugs cada una, con más un retrato suyo de tamaño natural, que yo coloqué inmediatamente dentro de uno de mis guantes para que no se estropeara. Las ceremonias que se celebraron a mi partida fueron demasiadas para que moleste ahora al lector con su relato.

Abastecí el bote con un centenar de bueyes y trescientos carneros muertos, pan y bebida en proporción y tanta carne ya aderezada como pudieron procurarme cuatrocientos cocineros. Tomé conmigo seis vacas y dos toros vivos, con otras tantas ovejas y moruecos, proyectando llevarlos a mi país y propagar la casta. Y para alimentarlos a bordo cogí un buen haz de heno y un saco de grano. De buena gana me hubiese llevado una docena de los pobladores pero ésta fue cosa que el emperador no quiso en ningún modo permitir; y además de un diligente registro que en mis bolsillos se practicó, Su Majestad me hizo prometer por mi honor que no me llevaría a ninguno de sus súbditos, a menos que mediase su propio consentimiento y deseo.

Preparado así todo lo mejor que pude, me di a la vela el 24 de septiembre de 1701, a las seis de la mañana; y cuando había andado unas cuatro leguas en dirección Norte, con viento del Sudeste, a las seis de la tarde divisé una pequeña isla, como a obra de media legua al Noroeste. Avancé y eché el ancla en la costa de sotavento de la isla, que parecía estar inhabitada. Tomé algún alimento y me dispuse a descansar. Dormí bien y, según calculé, seis horas por lo menos, pues el día empezó a clarear a las dos horas de haberme despertado. Hacía una noche clara. Tomé mi desayuno antes de que saliera el sol, y levando ancla, con viento favorable, tomé el mismo rumbo que había llevado el día anterior, en lo que me guié por mi brújula de bolsillo. Era mi intención arribar, a ser posible, a una de las islas que yo tenía razones para creer que había al Nordeste de la tierra de Van Dieme. En todo aquel día no descubrí nada; pero el siguiente, sobre las tres de la tarde, cuando, según mis cálculos, había hecho veinticuatro leguas desde Blefuscu, divisé una vela que navegaba hacia el Sudeste; mi rumbo era Levante. La saludé a la voz, sin obtener respuesta; aprecié, no obstante, que le ganaba distancia, porque amainaba el viento. Tendí las velas cuanto pude, y a la media hora, habiéndome divisado, enarboló su enseña y disparé un cañonazo.No es fácil de expresar la alegría que experimenté ante la inesperada esperanza de volver a ver a mi amado país y a las prendas queridas que en él había dejado. Amainó el navío sus velas, y yo le alcancé entre cinco y seis de la tarde del 26 de septiembre; el corazón me saltaba en el pecho viendo su bandera inglesa. Me metí las vacas y los carneros en los bolsillos de la casaca y salté a bordo con todo mi pequeño cargamento de provisiones. El navío era un barco mercante inglés que volvía del Japón por los mares del Norte y del Sur, y su capitán, Mr. John Biddel, de Deptford, hombre muy amable y marinero excelente. Nos hallábamos a la sazón a la latitud de 30 grados Sur; había unos cincuenta hombres en el barco y allí encontré a un antiguo camarada mío, un tal Peter Williams, que me recomendó muy bien al capitán. Este caballero me trató con toda cortesía y me rogó que le diese a conocer cuál era el sitio de donde venía últimamente y adónde debía dirigirme, lo que yo hice en pocas palabras; pero él pensó que yo desvariaba y que los peligros porque había pasado me habían vuelto el juicio. Entonces saqué del bolsillo mi ganado vacuno y mis carneros, y por ellos, después de asombrarse grandemente, quedó del todo convencido de mi veracidad. Le enseñé después el oro que me había dado el emperador de Blefuscu, así como el retrato de tamaño natural de Su Majestad y algunas otras curiosidades de aquel país. Le di dos bolsas de doscientos sprugs, y le prometí que en llegando a Inglaterra le regalaría una vaca y una oveja preñadas.

No he de molestar al lector con la relación detallada de este viaje, que fue en su mayor parte muy próspero. Llegamos a las Dunas el 13 de abril de 1702. Sólo tuve una desgracia, y fue que las ratas de a bordo me llevaron uno de los dos carneros; encontré sus huesos en un agujero, completamente mondados de carne. El resto de mi ganado lo saqué salvo a tierra y le di a pastar en una calle de césped de los jardines de Greenwich, donde la finura de la hierba les hizo comer con muy buena gana, en contra de lo que yo había temido. Y tampoco me hubiera sido posible conservarlo durante tan largo viaje si el capitán no me hubiese cedido parte de su mejor bizcocho, que, reducido a polvo y amasado con agua, fue su alimento constante. El poco tiempo que estuve en Inglaterra, obtuve considerable provecho de enseñar mi ganado a numerosas personas de calidad y a otras, y antes de emprender mi segundo viaje lo vendí por seiscientas libras. A mi último regreso he encontrado que la casta ha aumentado considerablemente, especialmente los carneros; y espero que ello será muy en ventaja de la manufactura lanera, a causa de la finura del vellón.

Sólo estuve dos meses con mi mujer y mis hijos, pues mi deseo insaciable de ver países extraños no podía permitirme continuar más. Dejé a mi mujer mil quinientas libras y la instalé en una buena casa de Recriff. El resto de mis reservas lo llevé conmigo, parte en dinero, parte en mercancías, con esperanza de aumentar mi fortuna. El mayor de mis tíos, Juan, me había dejado una hacienda en tierras, cerca de Epping, de unas treinta libras al año, y yo tenía un buen arrendamiento del Black Bull en Fetter Lane, que me rendía otro tanto; así que no corría el peligro de dejar mi gente a la caridad de la parroquia.

Mi hijo Juanito, que se llamaba así por su tío, estaba en la Escuela de Gramática y era aún muchacho. Mi hija Betty -hoy casada y con hijos- aprendía entonces a bordar. Me despedí de mi mujer, mi niño y mi niña, con lágrimas por ambas partes, y pasé a bordo del Adventure, barco mercante de trescientas toneladas, destinado para Surat, mandado por el capitán John Nicholas, de Liverpool.

Pero la relación de esta travesía debo remitirla a la segunda parte de mis viajes.

Fin de la Primera Parte

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